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Domingo 8 de Junio del 2003

La puerta abierta
Pastor Tony Hancock

Hay personas que no saben aprovechar las oportunidades que se les ofrecen. Se cuenta la historia del granjero que decía que un relámpago le había puesto fuego a su viejo granero, y le había ahorrado el esfuerzo de tumbarlo. Luego, la lluvia le lavó el carro, y así no tuvo que hacer eso tampoco. Ahora, decía el granjero, sólo estoy esperando a que llegue el terremoto para tumbarme las mazorcas de maíz.

La persona sabia no espera que la vida le dé todo sobre una charola de plata. Sabe que hay que aprovechar las oportunidades. Como se dice, a hierro candente, batir de repente.

¡Qué triste sería llegar al final de nuestra vida para darnos cuenta de que hemos despreciado la mayor oportunidad! Cristo nos ofrece a todos la oportunidad de entrar en su reino. En una carta escrita a una iglesia débil y cansada, Jesús nos muestra el camino de la oportunidad segura.

Lectura: Apocalipsis 3:7-13

3:7 Escribe al ángel de la iglesia en Filadelfia: Esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, el que abre y ninguno cierra, y cierra y ninguno abre:
3:8 Yo conozco tus obras; he aquí, he puesto delante de ti una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar; porque aunque tienes poca fuerza, has guardado mi palabra, y no has negado mi nombre.
3:9 He aquí, yo entrego de la sinagoga de Satanás a los que se dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y se postren a tus pies, y reconozcan que yo te he amado.
3:10 Por cuanto has guardado la palabra de mi paciencia, yo también te guardaré de la hora de la prueba que ha de venir sobre el mundo entero, para probar a los que moran sobre la tierra.
3:11 He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona.
3:12 Al que venciere, yo lo haré columna en el templo de mi Dios, y nunca más saldrá de allí; y escribiré sobre él el nombre de mi Dios, y el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, la cual desciende del cielo, de mi Dios, y mi nombre nuevo.
3:13 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

En varias ocasiones he tenido la experiencia de encerrar las llaves por accidente en el carro. Es una sensación muy frustrante regresar al carro y saber que es mío, que tengo derecho a manejarlo, y que está lleno de gasolina - pero por la falta de una llave, no puedo.

Jesús aquí se identifica como el que tiene la llave de David. Al parecer, esta expresión proviene de la práctica antigua de cerrar las puertas de la ciudad en la noche o en tiempos de peligro. El rey era quien tenía la llave, aunque muchas veces encomendaba la responsabilidad a alguna persona de confianza.

Jesús es el que tiene la llave al reino de Dios, la llave al reino mesiánico que se establece mediante el linaje de David, del cual él es el cumplimiento. Este Jesús, el único que tiene la llave para abrir entrada al reino de Dios, te hace

I. Una invitación irresistible

Cristo escribe a una iglesia que es débil, pero que se ha mantenido fiel a él a pesar de todo. Esta iglesia sufría la persecución de quienes creían defender la verdadera fe bíblica, una sinagoga de judíos que rechazaban la autoridad mesiánica de Jesucristo y pensaban así defender la pureza de la fe bíblica.

A pesar de esta persecución, la iglesia se mantenía fiel. Jesucristo, entonces, les dice que les ha abierto una puerta que nadie podrá cerrar. Es una puerta de oportunidad y de promesa que nadie será capaz de atrancar.

Cristo abre la puerta a los que se mantienen fieles a él. No importa cuáles sean las cosas que suceden en este mundo, no importa cuán abrumadoras sean las circunstancias o qué tan encerrado te sientas, Cristo te abre una puerta que nadie podrá cerrar. Y la única condición es que confíes en él y le seas fiel.

En algunos programas antiguos de concurso, los concursantes tenían que escoger entre la puerta uno, la dos o la tres para ver qué premio podrían recibir. Cristo no te deja en dudas acerca de lo que está detrás de esta puerta abierta. Es, sencillamente, la puerta a su reino.

Pero, ¿qué es el reino de Dios? Para tener una idea, pasemos a Apocalipsis 11:15 ("El séptimo ángel tocó la trompeta, y hubo grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos del mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos"). Aquí vemos que es un reino eterno que toma el lugar del reino del mundo. En el mundo reina Satanás mediante el pecado y la muerte, pero Cristo tomará el reino que le pertenece y reinará por siempre.

Podemos, entonces, elegir nuestra ciudadanía. Podemos pertenecer a este mundo, que se está terminando; o podemos pertenecer al reino de Dios, que se extenderá a todo el mundo cuando Jesucristo regrese.

Cristo nos abre esa puerta. Es el único capaz de hacerlo. Y lo que nos promete es algo realmente espectacular. Es

II. Una posición imperdible

Volviendo a nuestro pasaje, notemos lo que promete al que salga vencedor. La persona que salga vencedor es la que tiene victoria sobre el mundo y sus tentaciones. ¿Cuál es la victoria que vence al mundo? Juan lo dice en su primera carta, capítulo cinco, verso cuatro: Ésta es la victoria que vence al mundo: nuestra fe.

El que sale vencedor, entonces, es simplemente la persona que tiene fe verdadera en Cristo y no la abandona. A esta persona, Cristo promete que la hará columna en el templo de su Dios, y que ya no saldrá jamás de allí.

El templo que Dios desea no es un edificio esplendoroso; es un pueblo que lo adore. Cuando nos reunimos para adorar y sentimos la presencia del Espíritu entre nosotros, estamos saboreando lo que será nuestra experiencia celestial de conocer plenamente la presencia de Dios entre nosotros.

Cada uno de nosotros llega a formar parte de ese edificio. Como dice Pedro, Al acercarse a él, también ustedes son como piedras vivas, con las cuales se está edificando una casa espiritual. (1 Pedro 2:4-5) Esa casa espiritual es la morada de Dios, que tendrá su total expresión cuando lleguemos al cielo.

Lo que Cristo nos está prometiendo, entonces, bajo el símbolo de ser columnas en su templo, es que tendremos una posición que es indestructible e imperdible, una posición eterna de honor y de utilidad a Dios.

En los templos antiguos, las columnas de los templos eran la parte más indestructible. Aunque las paredes, el techo y las demás partes se podían caer, las columnas muchas veces quedaban en pie.

El área de Filadelfia era propensa a los terremotos. Muy posiblemente, los miembros de esta iglesia habían sido testigos de un terremoto que dejó sólo las columnas de algún templo pagano en pie.

De todos modos, Jesús promete a cada uno de sus seguidores un lugar que no se podrá perder, una posición dentro de su templo del cual no podrán ser quitados. Es una posición imperdible.

Pero, ¿qué caso tener una posición grandiosa en una casa insignificante? En otras palabras, ¿qué tan bueno es este reino al cual Jesús nos ofrece entrada? La respuesta es que es

III. Un reino indestructible

Jesús dice: Sobre él grabaré el nombre de mi Dios y el nombre de la nueva Jerusalén, ciudad de mi Dios, la que baja del cielo de parte de mi Dios. Habría sido especialmente importante para los creyentes de Filadelfia el nombre de la nueva Jerusalén, pues su propia ciudad había cambiado de nombre un par de veces durante los años precedentes.

Alrededor del año 17 d.C., un terremoto arrasó con la ciudad. Cuando el emperador romano proveyó los fondos para su reconstrucción, la población cambió el nombre de la ciudad a Neocesarea en honor al César. Unos 55 años más tarde, el nombre fue cambiado otra vez a Flavia. Se llamó tanto Filadelfia como Flavia por varios años.

A distinción de su ciudad, entonces, que cambiaba de nombre a cada rato según el placer del César que estuviera en poder, Jesús promete a los suyos un reino cuya identidad esta garantizada por Dios mismo.

No solamente el nombre de la nueva ciudad - la nueva Jerusalén - sino también el nombre de Dios mismo serían grabados sobre la persona, la columna dentro del templo de Dios. Ahora bien, si no te gusta la idea de que Dios te haga un tatuaje, no te preocupes. Obviamente Jesús nos está dando a entender, bajo este símbolo, que seremos propiedad de Dios, ciudadanos de la nueva Jerusalén, para siempre - como si su nombre estuviera labrado en piedra sobre nosotros.

Cristo nos promete la entrada a un reino que jamás se destruirá, un reino que será poderosamente establecido para siempre. Nos promete que estaremos con él por la eternidad, felices en la presencia de su Padre, disfrutando por siempre de un reino que se caracteriza por la justicia, el gozo y la paz.

La invitación que Cristo nos hace es irresistible, en el sentido de que es demasiado buena como para rechazarla. Sin embargo, no es irresistible en el sentido de ser obligatorio. Más bien, tenemos que aceptar su invitación.

Se cuenta la historia de dos hombres que iban caminando por la calle. Uno de ellos era pastor, y el otro era presidente de una compañía que fabricaba jabón. De pronto, el fabricante de jabón le dijo al pastor: Parece que el evangelio no tiene mucho efecto. Mira a ese borracho allá, y esta mujer de mala vida. ¿Qué cambio ha hecho el evangelio en sus vidas? Aún se ve mucha maldad en este mundo.

El pastor no replicó nada, hasta llegar a donde jugaba un niño en el lodo. Le dijo al fabricante de jabón: Parece que el jabón no sirve para nada. ¡Mira cómo está este niño de sucio! Le respondió el fabricante: Ah, pero es que el jabón se tiene que aplicar para que tenga efecto. Le dijo el pastor: Así es precisamente con el evangelio.

Amigo mío, Jesucristo te ha abierto una puerta que nadie puede cerrar - menos tú. Tú puedes tomar la decisión de no entrar en ese reino de vida al cual él te invita. Puedes seguir en tu vida de pecador, y él no te obligará a dejarla.

Un día, sin embargo, será muy tarde. ¿Por qué no aceptas hoy la oferta de Jesús? Él murió en la cruz para salvarte de tus pecados. Sólo quiere que te arrepientas y lo recibas por fe.

¿Qué esperas? Ven ahora a Cristo, y acepta su perdón.


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