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Domingo 1 de Junio del 2003

Amor aparente
Pastor Tony Hancock

En una feria de ganado, un hermoso cordero campeón se vendía al público. La dueña del cordero era una pequeña niña, y ella estaba parada junto al animal mientras las personas anunciaban sus pujas. Cuando las pujas pasaron de cinco dólares por libra, la niña empezó a llorar. Cuando llegaron a diez dólares, abrazó su mascota entre sollozos. Conforme más subían las pujas, más lloraba la niña. Finalmente, un negociante compró el cordero por más de mil dólares. Sin embargo, las lágrimas de la niña le tocaron el corazón, y anunció que devolvería el animal a la niña. La multitud aplaudió su decisión.

El hombre que relata esta historia cuenta que, algunos meses después, le tocó calificar algunas redacciones de niños de todo el estado en el que residía. En una de ellas, una niña contaba acerca de la ocasión en que su cordero campeón había sido vendido al público. Escribió ella: Los precios subieron tan alto durante la subasta que empecé a llorar de felicidad. El hombre que compró el cordero a un precio mucho más alto del que jamás hubiera soñado luego me lo devolvió, y cuando llegamos a casa, mi papá asó el cordero - y fue delicioso.

En este caso, ¡lo que parecía ser un inmenso amor por su mascota resultó ser más bien un gran amor por el dinero! Es muy fácil tener un amor aparente.

Éste fue el problema en la ciudad de Sardis. Había un amor aparente por el Señor. Esta iglesia tenía fama de estar viva, de tener grandes obras y de estar en avivamiento; pero en realidad, la iglesia estaba muerta.

No creo que nuestra iglesia esté en ese punto. Dios sigue haciendo cosas grandes entre nosotros. Sin embargo, en cualquier iglesia, en cualquier hogar, en cualquier vida en que Dios esté obrando, existe el peligro de mostrar un amor que es solamente aparente. El pasaje de hoy, entonces, puede servirnos como una especie de vacuna, para que no caigamos en esta trampa, y más bien seamos receptores de las bendiciones del Señor.

Lectura: Apocalipsis 3:1-6

3:1 Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás muerto.
3:2 Sé vigilante, y afirma las otras cosas que están para morir; porque no he hallado tus obras perfectas delante de Dios.
3:3 Acuérdate, pues, de lo que has recibido y oído; y guárdalo, y arrepiéntete. Pues si no velas, vendré sobre ti como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti.
3:4 Pero tienes unas pocas personas en Sardis que no han manchado sus vestiduras; y andarán conmigo en vestiduras blancas, porque son dignas.
3:5 El que venciere será vestido de vestiduras blancas; y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre, y delante de sus ángeles.
3:6 El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.

¿Cuál fue la razón del amor de Sardis que era sólo aparente? Sus problemas surgían del pasado. No se trata de algún conflicto o cosa semejante; más bien, el problema fue que la iglesia descansaba sobre los éxitos del pasado, y se había vuelto pasiva. Se parecía a una persona que trata de manejar por la carretera de la vida mirando solamente el retrovisor. ¡No avanzará muy rápido! Si sólo le interesa ver dónde ha estado, y no se fija más bien a dónde va, no alcanzará su destino. Se hundirá en la pasividad.

I. Cristo nos advierte del peligro de la pasividad

Sardis era una ciudad que había sido muy prestigiosa, pero estaba en declive. Tenía un gran templo a la diosa Cibeles, pero el templo nunca se había terminado. Había sido la capital de la provincia de Asia durante el imperio persa, pero ya no era la capital; era una ciudad cuyos días de gloria quedaban en el pasado.

La iglesia cristiana de Sardis reflejaba el carácter de su ciudad. Según las palabras de Jesús, esta iglesia tenía fama de estar viva, pero en realidad estaba muerta. No sabemos lo que había sucedido en esta iglesia, pero le había ganado la fama de ser una iglesia activa y progresiva. Sin embargo, su estado real era diferente. Se parecía a su ciudad. La ciudad de Sardis era muy conocida por su necrópolis, un cementerio inmenso de innumerables montículos que encerraban los cadáveres de los difuntos.

Jesús le dice a la iglesia de Sardis que, como su ciudad, descansaba en su pasado glorioso, pero en la actualidad su característica sobresaliente era la muerte, no la vida. Surge, entonces, la pregunta: ¿cómo llegó la iglesia de Sardis a ser así? Y quizás más importante, ¿cómo podemos nosotros evitar el mismo camino? Examinemos el pasaje para ver si podemos encontrar la clave.

La falla sobresaliente que notamos es que la iglesia se había vuelto pasiva. Dos veces en los versos dos y tres Jesús llama a la iglesia a despertar. Le dice que debe reavivar lo que quedaba de bueno dentro de ella. Los creyentes aparentemente se habían vuelto cómodos con sus logros. Sentían que ya habían ganado la batalla, y que no les quedaba más por hacer.

Cuando la iglesia se establece y marcha bien, es una tremenda tentación caer en la misma trampa. Podemos mirar las cosas que Dios ya ha hecho, y estar tan enfocados en lo que ya fue que se nos olvida mirar hacia el futuro y preguntarnos qué es lo que Dios quiere que hagamos ahora.

Es bueno celebrar el pasado, pero nunca debemos de permitir que el pasado ocupe nuestra atención y nos ciegue a la voluntad de Dios para nuestro futuro. ¿Cuál es la solución? Irónicamente, la solución a este parálisis del pasado es recordar - pero no recordar los éxitos pasados, sino recordar la verdad que una vez aprendimos acerca del Señor. Es por esta razón que Jesús llama a la iglesia a recordar lo que habían recibido y oído. Es una referencia a la enseñanza de los apóstoles, quienes habían trasmitido a la iglesia lo que habían recibido del Señor.

La solución para la iglesia que está fascinada con su propio pasado es un regreso a la realidad bíblica, un encuentro más profundo con el Señor y con su voluntad. En vez de recordar siempre las glorias del pasado, Cristo nos llama a contemplar las verdades de su Palabra y buscar su aplicación aquí y ahora, para así llevarnos al futuro que él nos promete.

II. Cristo nos promete honor si perseveramos puros

Había dentro de la iglesia de Sardis un remanente de personas que habían mantenido su fe intacta. Estaban enfocados en lo que Jesús quería, en vez de adaptarse a la forma de vivir de quienes los rodeaban.

La ciudad de Sardis tenía una industria de tela de lana. Los ciudadanos de la ciudad se sentían orgullosos de su ropaje. La iglesia de Sardis compartía con sus conciudadanos una preocupación por las apariencias. Detrás de las apariencias, sin embargo, no había realidad. Su amor era sólo aparente.

Pero había quienes tenían un amor real, en medio de tanta ficción. Había quienes se mantenían fieles a Cristo y buscaban su voluntad, en vez de acoplarse a la sociedad mundana. A estas personas, Jesús da una triple promesa. Tenemos que entender que, habiendo recibido el evangelio, nuestro orgullo siempre nos está presionando a ser como Sardis. Recuerda el pasado, nos susurra. Piensa en todas esas cosas que Dios ya hizo por medio de ti.

Ese no es el camino al triunfo. El triunfo viene cuando perseveramos en comunión con Cristo mediante su Palabra. Si lo hacemos, Cristo nos da una triple promesa: en primer lugar, nos vestirá de ropa blanca. A distinción del ropaje de los de Sardis que sólo servía para ocultar el vacío que traían adentro y que estaba manchado por su contacto con la sociedad mundana, esta ropa representa una pureza real que viene de Jesús, y que cualquier seguidor suyo puede compartir por fe.

La segunda cosa que Cristo promete es ciudadanía eterna en el reino de Dios. Jamás borraré su nombre del libro de la vida, dice. En las ciudades antiguas, cada ciudadano estaba apuntado en un libro. Al morir, su nombre era borrado del libro. Jesús nos enseña que, por nuestra unión con él, recibimos una ciudadanía que la muerte jamás nos podrá quitar, sino que estaremos para siempre con él. Nunca tendremos que preocuparnos del mañana, pues para siempre disfrutaremos de la protección de nuestro Señor.

La tercera cosa que nos promete es reconocimiento ante el Padre. Dice, Reconoceré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. Imagina cómo será esa escena celestial, en la que Jesucristo mismo nos reconocerá como sus fieles. Piensa cómo será que él diga, Sí, éste fue uno de los que se mantuvo fiel.

Yo creo que, en ese momento, nada de lo que hayamos vivido aquí en la tierra tendrá importancia. Estaremos tan enfocados en el amor y la aprobación de nuestro Señor, que eso llenará nuestro corazón y nos hará olvidar todo lo demás.

Por lo que Jesús nos promete, vale la pena mantenernos fieles. Vale la pena resistir la tentación de ser pasivos, de enfocarnos en el pasado y empezar a tomar el carácter de la cultura moribunda que nos rodea.

¿Sientes en tu propia vida la tentación de ser pasivo? ¿Sientes el deseo de vivir con un amor para el Señor que es sólo aparente? No manejes mirando el retrovisor. Enfócate en el futuro que Dios tiene para ti, regresando a su Palabra para encontrar su voluntad. Medita sobre lo que ya sabes del Señor Jesucristo, buscando su ayuda y su apoyo para vivir en poder.

Si perseveras, recibirás un gran premio. No lo pierdas a causa de la pasividad.


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