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Domingo 11 de Mayo del 2003

El honor de ser madre
Pastor Tony Hancock

Hoy celebramos un día especial en honor a las madres. Las madres más que nadie merecen que se celebre un día en su honor.

Un día, una madre fue a consultar con su terapeuta. Luego de que la madre le describiera su vida, el terapeuta la resumió de este modo: Usted invierte el 50% de sus energías en el trabajo, el 50% en su esposo, y el 50% en sus hijos. Creo que veo el problema.

Es muy triste que el mundo actual no respete la gran contribución que hacen las madres. A las mujeres se les dice que les hace falta una carrera para desarrollarse como personas. La carrera de ser madre no se respeta.

Sin embargo, a la vista de Dios, hay gran honor en ser madre. Dios mismo ha honrado a las madres grandemente. Él también llama a todos a honrar a las madres. Ahora, ¿qué de la mujer que no es madre? ¿Carece de valor? Claro que no. Puede ser usada por Dios en maneras que la mujer que tiene la responsabilidad de una familia no puede. Es apropiado, sin embargo, honrar a las madres, porque al hacerlo, honramos al Dios que creo la maternidad.

¿En qué consiste el honor de ser madre? El honor más grande viene de Dios. La realidad es que

I. Dios ha honrado a las madres

Cuando Dios creó al hombre y a la mujer, Adán le dio como nombre a su pareja Eva. Según Génesis 3:20, El hombre llamó Eva a su mujer, porque ella sería la madre de todo ser viviente.

Cada mujer que es madre refleja en su ser algo del poder creativo de Dios. Sólo Dios puede dar la vida, pero la madre posee una reflexión del poder que Dios tiene para dar vida. Ella no es la creadora de la vida nueva, pero es el instrumento usado por Dios para traer vida nueva al mundo. Podemos decir, entonces, que Dios ha honrado a las madres compartiendo con ellas su poder creativo. Dios ha dado un poder especial y único a las madres, por lo cual ellas deben ser honradas.

Esta realidad llega a su apogeo en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. La forma más grande en que Dios ha honrado a las madres es al usar a una de ellas para traer a su Hijo al mundo.

Cuando el ángel le apareció a María para anunciar el nacimiento de Jesús, le dijo estas palabras: ¡Te saludo, tú que has recibido el favor de Dios! El Señor está contigo (Lucas 1:28). Dios favoreció a María, y a todas las mujeres, usándola para traer a este mundo a su Hijo. En algunos círculos, se usa el título Madre de Dios para referirse a María. Este título no es correcto. Ella no es la madre de Dios, pues Dios no puede tener madre; él siempre existe. Más bien, María fue madre de Jesucristo en su humanidad. Ella fue madre de la naturaleza humana de Jesús, mientras que su naturaleza divina siempre había existido.

Aunque no debemos de cometer el error, entonces, de pensar de María como madre de Dios, reconocemos que ella sí fue la madre de Jesús. Ningún hombre tuvo que ver con el nacimiento de Jesús. José no fue su padre. María, sin embargo, sí fue su madre.

Las mujeres han recibido un honor que se nos ha negado a los hombres – el honor de que una de ellas fuera usada para traer al mundo al Hijo de Dios. Si Dios ha honrado de tal modo a las madres, nosotros también debemos de hacerlo. En efecto,

II. Dios llama a todos a honrar a las madres

En primer lugar, Dios llama a los esposos a honrar a las madres. Los esposos deberán apreciar y apoyar a sus esposas.

Es una desgracia que en tantas partes de América Latina a la mujer se le vea como poco más que una sirvienta doméstica. El apóstol Pedro nos da otra idea en su primera carta. Dice así: Ustedes esposos, sean comprensivos en su vida conyugal, tratando cada uno a su esposa con respeto, ya que como mujer es más delicada, y ambos son herederos del grato don de la vida. Así nada estorbará las oraciones de ustedes. (1 Pedro 3:7)

La esposa no existe sencillamente para que su esposo la use; al contrario, la tarea del esposo es la de buscar formas de apoyar a su esposa, respetándola como quien comparte con él la salvación. Muchas culturas menosprecian a las mujeres, pero dentro del cristianismo no cabe tal actitud. Al decirnos que tanto la mujer como el hombre son herederos del don de la vida, Pedro nos da a entender que ambos tienen igual valor ante Dios, pues ha elegido salvar a ambos.

La actitud del hombre hacia su esposa, entonces, ha de ser la actitud de un jardinero hacia una bella flor. Precisamente por su delicadez y fragilidad le da mayor cuidado, para que pueda lucir en toda su belleza. El esposo que ama a Dios jamás se aprovecha de la debilidad de su esposa, sino que más bien busca la manera de ayudarla a desarrollar sus habilidades para que juntos puedan servir al Señor.

Los hijos también deberán honrar a las madres, mostrando a sus madres el debido respeto. Dice Proverbios 15:20: El hijo necio menosprecia a su madre. Es una gran falta de sabiduría menospreciar a la madre, cualesquiera que hayan sido sus fallas. Es de sabios respetar y honrar a su madre. La honra que el hijo le debe a la madre puede cambiar con el transcurso de los años, pero nunca se acaba la responsabilidad de honrarla. Por supuesto, la madre sabia aprecia los intentos de sus hijos, aunque su sinceridad sobrepase su conocimiento.

En algún día de las madres, dos niños le dieron a su mamá una planta en maceta como regalo. Con caras tristes, le dijeron: Había un ramo de flores que queríamos comprarte, pero no nos alcanzó el dinero. ¡Nos pareció perfecto porque traía una tarjetita que decía En paz descanse, y tú siempre estás pidiéndonos un poco de paz para que puedas descansar! Por lo menos sus corazones eran sinceros.

El padre también deberá hacer que sus hijos respeten a su propia madre. La madre, por su carácter más amoroso, puede permitir que los hijos la traten de una manera que no es conveniente. El padre deberá disciplinar a sus hijos y enseñarles a tratar con respeto a su madre, jamás levantándole la voz y hablándole con respeto en todo tiempo.

¿Tiene Dios un mensaje para las madres también? Sí,

III. Dios llama a las madres a ser dignas de honor

A los esposos y a los hijos les toca honrar a la madre cualquiera que sea su carácter. Sin embargo, Dios desea que las mujeres también se esfuercen en ser dignas del honor que reciben.

¿Cómo se puede hacer esto? Leemos en Proverbios 31:30, Engañoso es el encanto y pasajera la belleza; la mujer que teme al Señor es digna de alabanza. En realidad no importa si puedas vestir las últimas modas, si tengas una buena figura o si parezcas modelo; todo eso es pasajero. El hombre mira lo exterior, pero Dios mira al corazón. El corazón es el verdadero depósito del tesoro de la belleza. Me parece que muchos hombres se han casado con mujeres bellas, y luego se han arrepentido de haberlo hecho. El proverbio dice: Como argolla de oro en hocico de cerdo es la mujer bella pero indiscreta. (Proverbios 11:22)

La belleza verdadera de la mujer no está en el color de sus ojos, en el arreglo de su cabello o en su forma de llevarse; la verdadera belleza es la belleza del alma. Esta belleza nunca cederá ante las arrugas, las canas o la celulitis; al contrario, se vuelve más y más grande con el transcurso de los años. Si quieres ser realmente bella, tú que eres mujer y madre, teme a Dios. Sométete a su voluntad para tu vida, busca más de él, y pasa tiempo con él cada día. Así serás realmente bella y digna de elogio.

La madre también se muestra digna de honor tomando en serio su llamamiento de madre. En la descripción de la mujer ideal que tenemos en Proverbios 31 encontramos este versículo: Está atenta a la marcha de su hogar, y el pan que come no es fruto del ocio. Sus hijos se levantan y la felicitan. (Proverbios 31:27-28) Desgraciadamente, hay muchas mujeres modernas que no consideran el ser ama de casa como algo honorable. La cultura, y hasta los mismos esposos, muestran una falta de aprecio por la importante labor que hace la mujer al cuidar la casa y criar a los hijos.

En realidad, no hay nadie que pueda criar a un niño como lo puede hacer la madre. Madres, tomen en serio el trabajo que Dios les ha dado de educar a sus niños, de enseñarles a temer a Dios, y de formar su carácter. Es el trabajo más importante que puedan tener. Si te es necesario trabajar fuera de la casa, Dios no lo prohíbe. Es noble que apoyes a tu esposo para proveer por la familia. No olvides, sin embargo, que tu trabajo más importante es el cuidado de esas vidas que Dios ha puesto a tu cargo. Ellos no se van a criar solos.

Un famoso predicador de otra generación tuvo cuatro hijos, y todos también se hicieron predicadores. ¡Ya se imaginarán cómo habrán sido las cenas en aquella casa! En alguna ocasión, un visitante le preguntó a uno de los hijos quién era el mejor predicador de la casa, pensando que nombraría a su famoso papá. Sin pensarlo mucho, el hijo respondió: Mi mamá.

Tú que eres madre tienes la gran oportunidad de predicar con tu vida, tu ejemplo y tus consejos a tu familia. Dios te honrará por hacerlo.


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