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Domingo 23 de Marzo del 2003

Lo que tienes no es tuyo
Pastor Tony Hancock

Un domingo por la mañana, el pastor animaba a su congregación a considerar el potencial de la iglesia. Les dijo: ¡Con la ayuda de Dios podemos ver el día en que esta iglesia pasará de gatear a caminar! La iglesia, entusiasmada, respondió: ¡Que la iglesia camine, pastor!

El pastor siguió: Y cuando la iglesia empiece a caminar, entonces ¡la iglesia podrá correr! La congregación respondió: ¡Que la iglesia corra, pastor! Finalmente el pastor dijo: ¡Al fin la iglesia podrá ir de correr a volar! ¡La iglesia puede volar! Pero, por supuesto, para que eso suceda, tenemos que recibir más dinero.

De repente descendió un gran silencio sobre la iglesia. Finalmente, se oyó una voz desde atrás: Que la iglesia gatee, pastor, que la iglesia gatee.

Dios ha dado a su iglesia todo lo que necesita para cumplir la función para la cual él nos llamó. Nosotros somos responsables por nuestro uso de aquellas cosas que hemos recibido. Cristo nos llama a usar fielmente en su servicio todo lo que nos ha entregado.

Para que esto suceda, tenemos que reconocer que lo que tenemos realmente no nos pertenece a nosotros. Somos simplemente administradores de lo que Dios ha puesto bajo nuestro control.

Jesús nos contó una historia para ilustrar este punto.

Lectura: Lucas 19:11-27

19:11 Oyendo ellos estas cosas, prosiguió Jesús y dijo una parábola, por cuanto estaba cerca de Jerusalén, y ellos pensaban que el reino de Dios se manifestaría inmediatamente.
19:12 Dijo, pues: Un hombre noble se fue a un país lejano, para recibir un reino y volver.
19:13 Y llamando a diez siervos suyos, les dio diez minas, y les dijo: Negociad entre tanto que vengo.
19:14 Pero sus conciudadanos le aborrecían, y enviaron tras él una embajada, diciendo: No queremos que éste reine sobre nosotros.
19:15 Aconteció que vuelto él, después de recibir el reino, mandó llamar ante él a aquellos siervos a los cuales había dado el dinero, para saber lo que había negociado cada uno.
19:16 Vino el primero, diciendo: Señor, tu mina ha ganado diez minas.
19:17 El le dijo: Está bien, buen siervo; por cuanto en lo poco has sido fiel, tendrás autoridad sobre diez ciudades.
19:18 Vino otro, diciendo: Señor, tu mina ha producido cinco minas.
19:19 Y también a éste dijo: Tú también sé sobre cinco ciudades.
19:20 Vino otro, diciendo: Señor, aquí está tu mina, la cual he tenido guardada en un pañuelo;
19:21 porque tuve miedo de ti, por cuanto eres hombre severo, que tomas lo que no pusiste, y siegas lo que no sembraste.
19:22 Entonces él le dijo: Mal siervo, por tu propia boca te juzgo. Sabías que yo era hombre severo, que tomo lo que no puse, y que siego lo que no sembré;
19:23 ¿por qué, pues, no pusiste mi dinero en el banco, para que al volver yo, lo hubiera recibido con los intereses?
19:24 Y dijo a los que estaban presentes: Quitadle la mina, y dadla al que tiene las diez minas.
19:25 Ellos le dijeron: Señor, tiene diez minas.
19:26 Pues yo os digo que a todo el que tiene, se le dará; mas al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.
19:27 Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí.

Jesús tomó una historia de la primera plana del periódico para expresar la idea. La mención del hombre de la nobleza es una referencia a Arquelao, hijo de Herodes el Grande, quien tuvo que ir a Roma para solicitar el derecho de ser rey sobre un territorio romano. Mientras estaba fuera, sus propios súbditos, que estaban menos que encantados con la idea de tenerlo como rey, mandaron una delegación a Roma para pedir que no se le diera el reinado. Esos días no eran muy democráticos, y no se tomó en cuenta el deseo de la población. Arquelao fue coronado rey, y regresó para gobernar sobre Judea, Samaria e Idumea.

Jesús tomó esta situación actual y la usó para enseñar una lección espiritual. Era una lección para sus seguidores, dondequiera que vivan, hasta que él regrese. Estas palabras, entonces, son para nosotros también.

Podemos aprender dos lecciones importantes acerca de nuestro uso de las cosas que se nos han encomendado.

I. Jesús nos llama a servirlo aunque nadie más lo haga

Los súbditos de Arquelao lo odiaban con razón. El era un rey conocido por ser despiadado. Los súbditos de Jesús también lo rechazan, pero en su caso es sin razón alguna.

La realidad es que todo el mundo debería estar bajo el mando de Jesús. El es rey por derecho sobre toda la creación. La humanidad, sin embargo, ha preferido sus propios caminos a los de él, y lo ha rechazado.

Tenemos que entender que los súbditos del rey y sus siervos no son las mismas personas. En la historia, los siervos representan a los discípulos. Los súbditos, en cambio, son quienes deberían reconocer la autoridad de Cristo, pero no lo hacen.

Quizás en esta mañana tú nunca has reconocido la autoridad de Cristo sobre tu vida, y más bien pretendes vivir la vida según tus propios criterios. Deberás darte cuenta de lo que sucede con quienes eligen tal camino. Al final de la historia, se nos dice que el rey, enfurecido, ordenó la muerte de sus enemigos.

Jesús no desea la muerte de nadie. Al contrario; él mismo murió para que tú pudieras ser librado de la muerte. Sin embargo, si tú te rehúsas a aceptar su perdón y entregarte a él, se encontrará obligado a condenarte al destino que tu pecado merece.

Hay también un mensaje aquí para el creyente. Es muy fácil dejar que el mundo determine nuestras prioridades. Si vamos a servir a Cristo, no podemos gastar nuestro tiempo y nuestro dinero como el mundo lo hace.

Imagínate cómo habrá sido para los siervos que se habían quedado a cargo de los asuntos del rey. Todos sus conciudadanos se quejaban con ellos de su patrón, les decían que no valía la pena servirlo, y pasaban su tiempo haciendo planes de instalar a otro.

No creo que haya sido muy fácil mantenerse fieles bajo tales circunstancias. Sin embargo, dos de los tres se mantuvieron firmes en su misión de manejar fielmente los asuntos de su amo. A veces no es fácil ser creyente. Esto es cierto en muchos sentidos, pero vamos a relacionarlo con nuestro tema del uso de nuestras cosas y nuestro tiempo. ¿Qué escogeremos cuando nuestros hijos nos piden el último aparato electrónico que todos sus amigos tienen, y tenemos que escoger entre dar nuestro diezmo a la iglesia o comprarles el aparato?

¿Cómo responderemos cuando nuestros vecinos se compran un carro del año - financiado por cinco años, desde luego - y nosotros nos quedamos con nuestro cacharro, porque creemos que Dios no desea que tengamos muchas deudas?

¿Qué hacemos cuando nuestros amigos hablan de sus vacaciones en Orlando o Miami, mientras que nosotros las pasamos en algún viaje misionero? En todas estas situaciones, tenemos que darnos cuenta de que Jesús nos llama a servirlo, aunque nadie más lo haga.

II. Jesús nos llama a servirlo porque todo lo que tenemos es suyo

El punto más interesante de esta historia viene cuando regresa el rey, y empieza a recibir los informes de sus siervos. Los primeros dos siervos fueron fieles, haciendo un buen uso de lo que su amo les había dejado.

El tercer siervo, en cambio, no fue así. El prefirió esconder lo que tenía a correr el riesgo de que pudiera perderse. Su amo se enojó con él, y mandó quitar lo poco que él tenía y dárselo al que había sido más fiel en su uso del dinero.

¿Por qué fue tan duro el rey con su siervo? Simplemente porque el dinero no pertenecía al siervo para hacer con él como quisiera. Ese dinero le había sido dado con un propósito. Se les había dicho a los tres: Hagan negocio hasta que yo vuelva. El tercer siervo, sin embargo, no quiso tomar el riesgo que envuelve el negocio.

Esta es la lección que Jesús nos enseña a través de esta historia. Si lo que tenemos - la vida, las posesiones, la familia - en realidad fuera nuestro, podríamos hacer lo que quisiéramos con él. La realidad, sin embargo, es que no nos pertenece.

Un hombre hablaba con Dios y le decía: Señor, te necesito. Quiero que me salves y me des tu paz, tu gozo y tu vida. El Señor respondió: No hay problema. ¿Qué tienes? El hombre dijo: Pues, realmente no tengo nada. Le preguntó el Señor: ¿Tienes una billetera? Dijo el hombre: Sí, sólo contiene cuatro dólares. Bien, le dijo el Señor, dámelo. ¿Qué más tienes? Bueno, contestó el hombre, tengo también una casa - aunque ya casi no alcanzo a pagar la hipoteca.

No hay problema, dijo Dios. Dámela. ¿Vives sólo en esa casa? No, respondió el hombre. Tengo una familia. Está bien, dijo Dios, dámela. ¿No tienes algo más? El hombre contestó: Pues, ya tienes todo lo que tengo. ¡Me vas a dejar con la pura ropa que traigo puesta! Dámela, le dijo Dios. Luego le dijo: Hombre, tengo una billetera, una casa, una familia, y algo de ropa. Respondió el hombre: ¡Te felicito! Entonces Dios le dijo: Quiero que me los cuides. Están en tus manos, pero nunca olvides que son míos.

De igual modo, cuando Jesús vuelva, seremos juzgados como creyentes en base al uso que hemos hecho de nuestras cosas según el propósito para el cual Jesús nos los dio. Cuando él nos pregunte, ¿Qué hiciste con ese tiempo que te di? ¿Qué hiciste con esa familia que te encomendé? ¿Qué hiciste con el dinero que te suplí? entonces tendremos que rendir cuentas.

Este juicio no es para determinar nuestra entrada al cielo. Es, más bien, para determinar nuestra recompensa. Jesús nos enseña que habrá recompensa para el que sierva fielmente a su Señor.

Nuestra vida aquí en la tierra es una preparación para la eternidad. El uso que hacemos aquí y ahora de los recursos que Dios nos ha dado determinará nuestra posición en la eternidad. Si hemos sido fieles aquí, tendremos el gusto de recibir más privilegios y más responsabilidades cuando estemos en el cielo.

En cambio, si derrochamos lo que tenemos aquí, entonces quizás lleguemos al cielo - pero llegaremos como desamparados, sin nada que mostrar por los años de vida aquí en la tierra.

¿Cómo quieres ver la iglesia? ¿Cómo quieres que Jesús te responda cuando él regrese? Recuerda que lo que tienes no es tuyo. Tu familia no existe para servirte; más bien, te ha sido encomendada para que tú la ayudes a crecer en la fe.

Tu dinero no es tuyo; asegúrate de estarle dando a Dios lo que él se merece. Tu tiempo no te pertenece; ten cuidado de no estarle dando al Señor solamente las sobras.


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