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Domingo 11 de Febrero de 2018

Una vida bien enfocada
Pastor Tony Hancock

Durante mi tercer año de primaria, mis padres descubrieron que yo tenía un problema. Era un problema de la vista. Lentamente iba perdiendo la capacidad de ver las cosas de lejos, aunque veía perfectamente bien de cerca. Descubrimos el problema cuando empecé a tener dolores de cabeza, y en la escuela no podía ver el pizarrón.

Este problema se llama miopía, y representa un defecto en la estructura del ojo. El resultado es que las imágenes de objetos lejanos no se enfocan sobre la retina. ¡Qué importante es el buen enfoque! Sin poder enfocar las letras que aparecían en el pizarrón, no podía entender lo que me enseñaban mis maestros.

Felizmente, con unos lentes el problema se resolvió. Es difícil vivir con una falta de enfoque en los ojos, pero es aun peor vivir con una vida desenfocada. Las cosas no se ven claramente. La verdad se ve borrosa. Todo es frustrante. En realidad, muchos vivimos - o hemos vivido - sin enfoque en nuestra vida.

¿Cómo es la vida sin enfoque? Es una vida sin dirección clara, una vida que no tiene buenos propósitos ni metas fijas. Es una vida que, al final, no trae satisfacción al corazón. Estoy convencido de que Dios no quiere que vivamos así. El nos invita a una vida de enfoque, una vida de claridad y concentración.

Una vida de enfoque no siempre sabe cuál es el paso siguiente. No significa necesariamente tener los próximos cinco años planeados hasta el último detalle. El enfoque en la vida tiene que ver, más bien, con nuestros valores y la dirección general de nuestra vida. Si tienes un buen sentido de dirección, aunque estés perdido, tendrás una idea de la dirección general en la que tienes que ir. De igual modo, si tienes una vida enfocada, sabrás hacia dónde dirigirte, aunque no estés seguro de todo lo que sucederá en el proceso.

Hacia el final de su vida, el apóstol Pablo le escribió una carta a su hijo espiritual Timoteo. De hecho, Pablo escribió dos cartas a Timoteo. La primera la escribió mientras estaba en su pleno ministerio apostólico. Le había encargado una Iglesia a Timoteo, y le escribió con instrucciones para su ministerio. Primera de Timoteo es una carta muy práctica.

Su segunda carta a Timoteo, en cambio, es mucho más personal. Pablo estaba en la cárcel, y sabía que pronto sería ejecutado. Había estado en la cárcel varias veces antes, y siempre había salido. Esta vez, sin embargo, no quedaría en libertad. Daría su vida en servicio al Señor.

Cuando uno está a punto de morir, las cosas se ven con mucha claridad. Uno llega a ver que mucho de lo que antes valoraba, realmente no era tan importante. Con esa claridad de vista, Pablo le escribe a Timoteo y nos muestra cómo es una vida de visión, una vida enfocada.

Abramos la Biblia en 2 Timoteo 1, y leamos los versos 3 al 7:

1:3 Al recordarte de día y de noche en mis oraciones, siempre doy gracias a Dios, a quien sirvo con una conciencia limpia como lo hicieron mis antepasados.
1:4 Y, al acordarme de tus lágrimas, anhelo verte para llenarme de alegría.
1:5 Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido.
1:6 Por eso te recomiendo que avives la llama del don de Dios que recibiste cuando te impuse las manos.
1:7 Pues Dios no nos ha dado un espíritu de timidez, sino de poder, de amor y de dominio propio. (NVI)

La primera cosa que notamos en estos versículos es el cariño que existe entre Pablo y Timoteo. El apóstol se acuerda de su hijo espiritual constantemente, y ora por él. Por su parte, Timoteo había llorado cuando se tuvo que despedir de Pablo, y Pablo recuerda sus lágrimas.

En el capítulo dos, Pablo llama a Timoteo su hijo. No era su hijo físico, sino que era su hijo espiritual. De hecho, no sabemos si Pablo estaba casado; la Biblia nunca menciona que haya tenido hijos. Algunos piensan que fue viudo, y otros que su esposa lo abandonó cuando se convirtió. Lo seguro es que Pablo había discipulado a Timoteo, y lo había adoptado como un hijo en la fe.

Ahora que llega al final de su vida, se ve cuánto atesora esta relación. No fue sólo con Timoteo; encontramos muchas expresiones de cariño en las cartas de Pablo hacia muchas personas. Estos dos versículos nos pintan el cuadro de un aprecio espiritual que nace del amor de Dios.

Dios nos está enseñando que la vida se enfoca cuando amamos a otros. Una de las mejores inversiones que podemos hacer es invertir en las relaciones con nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros hermanos de la Iglesia. Dios no nos creó para vivir solos. Nos creó para vivir conectados a muchas otras personas.

La realidad es que cuesta esfuerzo y tiempo invertir en las relaciones. Cuando tus hijos llegan a la adolescencia y se vuelven rebeldes, es fácil dejar de buscarlos. Cuando responden con gruñidos y miradas asesinas cuando les preguntas cómo están, es fácil dejar de hacerlo. Sin embargo, ellos aún lo necesitan. Vale la pena mostrar interés en ellos.

En medio de la ocupación de la semana, con el trabajo y los quehaceres de la casa y todo lo demás, es fácil perder el contacto con los hermanos de la Iglesia. Cuando surge un desacuerdo, es fácil simplemente dejar de ver a la persona, en lugar de invertir el tiempo y el esfuerzo en arreglar el asunto.

Pero si escogemos este camino, nos vamos aislando. Poco a poco nos vamos enfocando sólo en nuestros sentimientos, nuestros deseos, nuestras preocupaciones, y perdemos el enfoque real de la vida. Nos llegamos a parecer a los animales que viven en las cuevas, que por estar tanto tiempo en la oscuridad han perdido la capacidad de ver en la luz. El llamado de Dios es a vivir con otros.

La segunda manera en la que la vida se enfoca es cuando la fe nos anima. En el verso 5, el apóstol Pablo habla de la fe que Timoteo había recibido de su abuela Loida y su madre Eunice. Cuando vivimos con otros, tenemos la oportunidad también de compartir con ellos nuestra fe.

En el idioma original, la fe se describe como si viviera en Timoteo. Es como alguien que vive en una casa. No sólo está de visita; es su residencia, su morada. De igual manera, cuando la fe reside en nuestros corazones de manera constante, nos da una perspectiva totalmente diferente sobre la vida. Nos ayuda a ver las cosas como son.

Un día observaba a una persona que caminaba por la acera, observando el suelo. Parecía que algo se le había caído, y lo estaba buscando. De pronto, llegó a un poste. ¡Estaba tan concentrado en lo que buscaba en la acera que se golpeó la cabeza con el poste! Apenado, miró rápidamente para ver si alguien se había dado cuenta, y luego siguió caminando.

Muchas veces nosotros así caminamos por la vida. Estamos tan concentrados en lo cotidiano y lo terrenal que la realidad nos choca. Pero cuando levantamos la mirada hacia Dios, ¡todo se ve diferente! Tenemos un Padre que nos ama. Tenemos un Salvador que entregó su vida para salvarnos de la muerte. Tenemos un Espíritu que vive en nosotros para guiarnos.

En medio de cualquier dificultad, podemos pedir la ayuda de nuestro Padre. Cuando el enemigo nos señala nuestro pasado para hacernos sentir culpables e indignos, podemos mirar hacia la cruz, donde Jesús cargó todo nuestro pecado y sufrió nuestro castigo. Cuando no sabemos qué hacer, podemos pedirle sabiduría al Espíritu Santo.

Todo se ve diferente cuando miramos con los ojos de la fe. Haz de tu corazón un hogar de fe. Deja que la fe en Jesús alumbre tu vida. El llamado de Dios es a vivir por fe. Entonces, cuando vivimos con otros y vivimos por fe, también podemos vivir para algo.

Según lo que podemos deducir de la personalidad de Timoteo, parece ser que era un poco tímido. No representaba la figura de un gran líder dinámico y extrovertido. Sin embargo, Pablo veía en él la fuerza del don que Dios le había dado, y el dinamismo del Espíritu Santo que moraba en él.

Por esto, Pablo le dice que avive la llama del don que Dios le había dado. Dios había usado a Pablo para poner sus manos sobre Timoteo e impartirle el don. Dios ha puesto sus manos sobre cada creyente y le ha dado un don para servicio. Ese don es como una llama que nosotros tenemos que cuidar y avivar. Si lo descuidamos, se puede apagar.

Si tú conoces a Jesucristo, su Espíritu mora en ti. Eso significa que tú has recibido la capacidad sobrenatural por medio del Espíritu Santo para servirle a Dios de alguna manera especial. Puede ser que, como Timoteo, sientas timidez. Te preocupa lo que la gente podría decir de ti, o cómo podrían reaccionar.

Pero Dios no nos ha dado un espíritu de timidez. El Espíritu Santo no es un espíritu miedoso, dudoso y ansioso. Es el Espíritu poderoso que se movió sobre las aguas y trajo orden a la creación. Es el Espíritu maravilloso que levantó a Jesús de entre los muertos.

Por medio de El, podemos servir con valor, con amor y con dominio propio. Estas cosas no nacen de nosotros; vienen del Espíritu Santo, quien nos las imparte. Pero te diré un secreto. Por lo general, el Espíritu Santo no nos llena de valor antes de hacer lo que El nos está llamando a hacer. Más bien, cuando tomamos un paso de fe, El nos fortalece en el mismo momento.

Si te da miedo hacer lo que Dios te está llamando a hacer, atrévete a tomar el primer paso. Descubrirás que el Espíritu Santo te capacita, te sostiene, te ayuda y te dirige en ese momento. Pero si esperas hasta que El te llene de ganas para hacerlo, nunca sucederá. El Espíritu obra en el momento de obediencia, pero nos llama a tomar el paso de fe.

Dios te está llamando a vivir para algo. Te está llamando a algo más que simplemente sobrevivir, más que simplemente cumplir algunos deseos mezquinos y no fracasar. El tiene un propósito para ti. Puede usarte para alcanzar a otros con el evangelio. Puede usarte para suplir las necesidades de otros. Puede usarte para fortalecer su Iglesia. Cuando lo hagas, descubrirás que tu vida se esclarece.

Cuando recibí mis primeros lentes para la miopía, mi vida cambió. Mis grados subieron. Disfruté mucho más de estar afuera, ¡porque ahora podía ver a lo lejos! Lo mismo nos sucede cuando aprendemos a ver la vida como Dios quiere que la veamos. Cuando vivimos con otros, por fe y para algo, ¡todo se transforma! ¿Estás preparado para vivir con enfoque?


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