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Domingo 28 de Enero de 2018

Alimento para cuerpo y alma
Pastor Tony Hancock

En mis visitas con un grupo de prisioneros, me pareció muy interesante una de sus quejas. Te podrás imaginar las carencias de un reo: estar lejos de la familia, no tener libertad de movimiento y muchas otras cosas. Sin embargo, estos encarcelados se quejaban de una cosa en particular con mucha frecuencia.

¿Sabes cuál fue su queja? No les gustaba la comida que se les servía en la cárcel. Poca carne, pocas verduras, y todo sin sabor - así es el alimento de los presos. Un sándwich o un caldo de verduras se disfruta enormemente.

Puede ser que tú hayas vivido, en algún momento, con poco comida, o con pocas opciones de comida. ¡Qué maravilloso es poder disfrutar de la gran variedad de los alimentos! Para la mayoría de nosotros, sin embargo, el problema no es la carencia de comida, sino su exceso.

Vivimos en una cultura que tiene sentimientos encontrados acerca de la comida. En momentos, la comida se ve como una dulce tentación. Considera los anuncios de comida: los chocolates que se describen como decadentes y sensuales, o las hamburguesas que llenan la pantalla para hacerte agua la boca. Si Satanás tentara ahora a Eva con el fruto prohibido, estoy seguro que contrataría a alguno de los fotógrafos de los anuncios de comida para hacer que luciera lo mejor posible.

Al mismo tiempo, la cultura nos presenta la comida como un pecado. Las personas más reconocidas por su figura siempre lucen esbeltas. A cada rato se nos llama a contar calorías y comer sanamente. Por una parte se nos incita a saciarnos de alimentos que engordan, y por otra parte se nos regaña por subir de peso. ¿Te parece saludable esta manera de pensar?

Volvamos a la Biblia para renovar nuestra mente con algunas verdades acerca de la comida. Vamos a comenzar en el Salmo 104. Este salmo es bello; te animo a leerlo todo cuando llegues a casa. Ahora vamos a enfocar sólo algunos versículos, empezando con los versos 10 al 14. Mientras leamos estos versículos, imagina en tu mente la escena que representan:

104:10 Tú haces que los manantiales viertan sus aguas en las cañadas, y que fluyan entre las montañas.
104:11 De ellas beben todas las bestias del campo; allí los asnos monteses calman su sed.
104:12 Las aves del cielo anidan junto a las aguas y cantan entre el follaje.
104:13 Desde tus altos aposentos riegas las montañas; la tierra se sacia con el fruto de tu trabajo.
104:14 Haces que crezca la hierba para el ganado, y las plantas que la gente cultiva para sacar de la tierra su alimento... (NVI)

Desde las alturas de las montañas los manantiales brotan con agua pura y limpia. ¿Lo has visto? Esa agua no desciende estéril; satisface las necesidades de los animales, y produce fruto. A su lado crece la hierba verde para el ganado, y las plantas de cultivo que alimentan al ser humano.

¿Quién diseñó todo esto? ¿Quién hizo este plan? ¡Fue Dios! De su mano vienen estas bendiciones. La comida que produce la tierra es una bendición de la mano de Dios. Brinquemos ahora a los versos 19 al 23. Aquí vemos cómo, en el buen diseño de Dios, el ritmo del día y la noche es parte de su buena provisión para su creación:

104:19 Tú hiciste la luna, que marca las estaciones, y el sol, que sabe cuándo ocultarse.
104:20 Tú traes la oscuridad, y cae la noche, y en sus sombras se arrastran los animales del bosque.
104:21 Los leones rugen, reclamando su presa, exigiendo que Dios les dé su alimento.
104:22 Pero al salir el sol se escabullen, y vuelven a echarse en sus guaridas.
104:23 Sale entonces la gente a cumplir sus tareas, a hacer su trabajo hasta el anochecer. (NVI)

Dios ha hecho un tiempo para que los animales nocturnos - los leones, las lechuzas, los murciélagos - busquen su alimento, que El les da. También hizo un tiempo para que la gente salga a trabajar y así nos ganemos el sustento. ¡Todo tiene su tiempo! En el buen plan de Dios, ¡todo ocupa su lugar!

Pasemos ahora a los versos 24 al 27:

104:24 ¡Oh Señor, cuán numerosas son tus obras! ¡Todas ellas las hiciste con sabiduría! ¡Rebosa la tierra con todas tus criaturas!
104:25 Allí está el mar, ancho e infinito, que abunda en animales, grandes y pequeños, cuyo número es imposible conocer.
104:26 Allí navegan los barcos y se mece Leviatán, que tú creaste para jugar con él.
104:27 Todos ellos esperan de ti que a su tiempo les des su alimento. (NVI)

El Leviatán que menciona el salmista es un monstruo marino, quizás una ballena o calamar gigante. No es tan importante identificarlo científicamente, sino saber que aun este animal gigante y temible es, en realidad, como un cachorrito hambriento esperando ansiosamente a que Dios le dé de comer.

En cada uno de los pasajes que leímos se repite la palabra alimento. El alimento es esencial para la vida, y Dios ha provisto a toda su creación de alimento. ¡El es bueno! La comida es una parte buena de la creación de Dios. El mundo nos llama a verla como una tentación o un pecado, pero Dios nos llama a recibirla con gratitud y alegría.

Si vamos a recibir la comida con gratitud, debemos consumirla como Dios la hizo. En lugar de comer algo que salió de una fábrica o de un laboratorio, busquemos las frutas de tantos colores, las verduras frescas, las nueces y tantos otros alimentos deliciosos y saludables que Dios creó. Cuando comes, ¿le das gracias a Dios por su buena provisión? Si no lo puedes hacer, quizás estés comiendo equivocadamente. Dios te llama a recibir con gratitud el buen alimento que El ha creado.

La comida, sin embargo, significa mucho más que simplemente el sostén para nuestros cuerpos. El alimento físico también representa una realidad espiritual. Nuestro buen Dios no sólo provee para las necesidades de nuestro cuerpo; El también provee para nuestra necesidad espiritual. El nos ofrece alimento para nuestro espíritu.

El pueblo de Israel tuvo que aprender esta lección. Después de salir de su esclavitud en Egipto, tuvieron que caminar por el desierto durante cuarenta años. Dios les estaba dando una lección. Si has estado en el desierto, te habrás dado cuenta de que no hay mucho para comer. No había restaurantes por el camino donde pudieran comprarse una merienda.

Por eso, Dios les proveyó de un alimento milagroso llamado maná. Cada mañana, cuando salían de sus carpas, veían algo como escarcha que cubría la tierra. Cuando la recogían, parecía semilla de cilantro; la podían moler y usar para preparar la comida. Pero Dios no les dio el maná simplemente para que no se murieran en el desierto. Les dio el maná para enseñarles algo mucho más importante.

Leamos acerca de esto en Deuteronomio 8:1-3:

8:1 Cumple fielmente todos los mandamientos que hoy te mando, para que vivas, te multipliques y tomes posesión de la tierra que el Señor juró a tus antepasados.
8:2 Recuerda que durante cuarenta años el Señor tu Dios te llevó por todo el camino del desierto, y te humilló y te puso a prueba para conocer lo que había en tu corazón y ver si cumplirías o no sus mandamientos.
8:3 Te humilló y te hizo pasar hambre, pero luego te alimentó con maná, comida que ni tú ni tus antepasados habían conocido, con lo que te enseñó que no solo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor. (NVI)

Observa con cuidado el verso 3. Dios hizo que su pueblo pasara hambre, pero luego les dio el maná. ¿Por qué? Para que se dieran cuenta de que nosotros no sólo vivimos de pan, sino de la Palabra de Dios. Jesús citó estas mismas palabras casi mil quinientos años después de que Moisés las escribió, cuando el diablo lo tentó a convertir las piedras en pan. El conocía esta verdad.

¿Qué tendrá que hacer Dios en tu vida para que aprendas esta lección? Si somos sabios, cada vez que comemos algo reconoceremos que nuestra vida no sólo depende del alimento físico, sino que tenemos que alimentarnos también de la Palabra de Dios. Así como la comida trae fuerza y satisfacción a nuestro cuerpo, la Palabra de Dios trae fuerza y satisfacción a nuestra alma.

Hermano, hermana, ¿te estás alimentando regularmente de la Palabra de Dios? ¿Estás buscando esa comida que tu alma necesita? Cada vez que disfrutas de una comida, acuérdate también de tu necesidad de alimento espiritual. En la Palabra de Dios encontrarás el mejor alimento de todos.

En cierta ocasión, Jesús dio de comer a una gran multitud con cinco panes y dos pescados. Al día siguiente, la gente lo buscó. ¡Querían saber más de este chef tan maravilloso! Pero Jesús les dijo algo realmente impresionante. Leamos sus palabras en Juan 6:27: "Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna, la cual les dará el Hijo del hombre. Sobre este ha puesto Dios el Padre su sello de aprobación." (NVI)

Jesús solía usar la frase "el Hijo del hombre" para hablar de sí mismo. Nos dice que sólo El nos puede dar una comida que permanece para vida eterna. No se trata de algún objeto físico, como la fuente de la juventud que buscaban los exploradores de las Américas.

El alimento que Jesús nos da es espiritual. En realidad, es El mismo, como lo declara el verso 35: "Yo soy el pan de vida -declaró Jesús-. El que a mí viene nunca pasará hambre, y el que en mí cree nunca más volverá a tener sed." (Juan 6:35, NVI) Ese verdadero alimento espiritual lo recibes cuando vienes a Jesús con una fe dependiente y te entregas a El. Sólo El puede satisfacer el hambre de tu alma.

Cuando tú le das la entrada a Jesús a tu vida reconociéndolo como Rey y Señor, El viene a vivir dentro de ti. Su Espíritu está siempre contigo. Te da fuerza, te ministra perdón y te comparte su vida misma. No hay otra cosa en este mundo que haga lo que Jesús puede hacer.

Esta semana asistí al funeral de la madre de un pastor que muchos de ustedes conocen. Ella fue una mujer que sirvió fielmente al Señor, aunque sus hijos le causaron cierta cantidad de problemas. La ceremonia fue una celebración de su vida y de la esperanza que tenemos en Cristo de volverla a ver.

Antes de la ceremonia, me quedé hablando unos momentos con la esposa de este pastor. Ella me dijo: "Ora por mi esposo. Va a ser difícil para él oficiar en este funeral." Tuvo que haber sido difícil, pero su rostro al predicar radiaba alegría y esperanza. El sabía que volvería a ver a su querida madre, y su mayor deseo al predicar fue que todos nosotros tuviéramos esa misma certeza.

¿Cómo pudo este pastor predicar con gozo el funeral de su propia madre? Porque ambos conocen a Jesús. Sólo Jesús puede darte la fuerza para mirarle la cara a la muerte sin temor. Sólo Jesús puede darte la fuerza para enfrentar lo que venga en esta vida sin rendirte. Sólo Jesús puede darte la fuerza para vivir de tal modo que, al final de tu vida, puedas saber que tus días tuvieron sentido y propósito. ¿Te estás alimentando de El?


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