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Domingo 8 de Octubre de 2017

¿Quiénes son mis hermanos?
Pastor Tony Hancock

La clase del día en la escuela dominical se trataba de los Diez Mandamientos. La maestra repasó con sus alumnos el quinto mandamiento, "Honra a tu padre y a tu madre". Después de hablarles de la importancia de respetar y obedecer a sus padres, les preguntó a sus alumnos: "¿Hay algún mandamiento que nos diga cómo debemos tratar a nuestros hermanitos?"

Un niño pequeño alzó la mano. "Sí, maestra" - respondió-. "No matarás". ¡No matarás! Los hermanos nos pueden hacer enojar, ¿no? Nos maltratan, nos fastidian - pero con todo eso, también pueden ser un gran apoyo. Lo más triste es una persona que no cuenta con el apoyo de su familia.

Dios creó a las familias. El diseñó el hogar para ser un lugar de seguridad y de amor. La familia es la unidad básica en el diseño divino para la sociedad. Pero cuando Jesús llegó al mundo, El nos invitó a ser parte de una familia mucho más grande. Déjame contarte cómo sucedió.

Cuando Jesús estaba ministrando en la región de Galilea, llegó un momento en que se había vuelto muy popular. Mucha gente lo seguía. Al mismo tiempo, los líderes de la religión ya empezaban a oponerse a su ministerio; algunos incluso lo acusaron de estar aliado con el diablo. Su propia familia también se preocupaba por El, pensando quizás que estaba bajo demasiada presión.

Llegaron a la casa donde Jesús estaba enseñando, rodeado nuevamente de muchísima gente. Quedándose afuera, mandaron a llamarlo. Alguien le llevó el mensaje. "Tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan." Entonces Jesús hizo la pregunta que vamos a considerar esta mañana: "¿Quiénes son mi madre y mis hermanos?"

Mirando a su alrededor, agregó: "Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos. Cualquier persona que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre." Leamos esta historia en Marcos 3:31-35:

3:31 En eso llegaron la madre y los hermanos de Jesús. Se quedaron afuera y enviaron a alguien a llamarlo,
3:32 pues había mucha gente sentada alrededor de él. -Mira, tu madre y tus hermanos están afuera y te buscan —le dijeron.
3:33 -¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? —replicó Jesús.
3:34 Luego echó una mirada a los que estaban sentados alrededor de él y añadió: -Aquí tienen a mi madre y a mis hermanos.
3:35 Cualquiera que hace la voluntad de Dios es mi hermano, mi hermana y mi madre.

En todas las culturas, la lealtad a la familia es importante. La cultura judía en la que vivía Jesús no era diferente. Se esperaba que todo hijo respetara y honrara a sus padres, sin importar su edad. Estas palabras de Jesús, entonces, eran chocantes. Las personas que lo escuchaban seguramente comentaron: "¿De veras dijo eso?"

Pero Jesús no hacía comentarios simplemente para chocar o sorprender, como algún adolescente malhumorado. Con estas palabras El nos enseña algo muy importante. Es simplemente que, en Cristo, tenemos una nueva familia. Cada persona que hace la voluntad de Dios porque reconoce la autoridad de Jesús en su vida se convierte en hijo o hija de Dios y familiar de Jesucristo.

Juan 1:12 lo aclara: "Mas a cuantos lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio el derecho de ser hijos de Dios". Recibir a Cristo significa darle la bienvenida a tu corazón y reconocer que El es el único Salvador y Rey en tu vida. Cada persona que hace esto, que se arrepiente del pecado y se somete a la voluntad de Dios, llega a ser hijo o hija de Dios.

En Cristo, con la garantía de la Palabra misma de Dios, esto es una realidad. A veces usamos las palabras de familia a la ligera. Algunos, por ejemplo, a todos sus amigos les dicen "hermano". Otras personas les dicen "hijo" a casi todos los niños. No está mal hacer esto, pero lo que tenemos que comprender es que, cuando Jesús nos llama hermanos, no lo hace a la ligera. No es una simple expresión o palabra de cariño. Es una realidad espiritual. Somos adoptados en la familia de Dios.

Si tomamos lo que El dijo en serio, significa que tú y yo podemos estar tan cerca a El como su propia madre. Todos los que hacemos la voluntad de Dios somos sus hermanos, hermanas y madres. ¿Cuál es la voluntad de Dios? Juan 6:29 dice así: "-Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió -les respondió Jesús". La voluntad de Dios comienza con creer en Jesucristo.

Te invito a tomar en serio las palabras de Jesús. Puedes tener plena confianza para acercarte a El con tus necesidades, porque estás tan cerca como su propia madre. No necesitas a ningún intermediario. Con la confianza con que le pedirías ayuda a tu propio hermano, puedes acercarte a Jesús. Con la confianza con que le pedirías ayuda a tu propio padre, puedes acercarte a Dios.

El diablo quiere convencerte de que no eres digno de hablar directamente con El. Quiere que pienses como aquel marinero que salió un día a pescar con sus compañeros. Este hombre era un pagano hecho y derecho. En su niñez había ido a la Iglesia, pero se había apartado y no tomaba en cuenta a Dios.

Mientras pescaba con sus compañeros, de repente se levantó una fuerte tormenta. Sus amigos le rogaban que se pusiera a orar con ellos, para que Dios los librara de la tormenta. Pero él no quiso; le daba pena acercarse ahora a Dios. Por fin, tanto le insistieron que se arrodilló y comenzó a orar: "Oh Dios, hace quince años que no te he pedido nada; y si tú nos libras de esta tormenta y nos llevas de nuevo a casa, ¡prometo no volverte a molestar durante otros quince años!"

De repente pensamos, cuando vamos a orar: "No quiero molestar a Dios. No soy digno." ¡Claro que no eres digno! Nadie lo es. Pero Jesús te ha invitado. Dios te recibe por la fe. Cuando tengas alguna necesidad, recuerda estas palabras de Jesús y acércate a El con toda confianza. Gracias a la adopción que recibimos por fe, tenemos confianza para acercarnos a Dios.

Nuestra adopción significa algo más. Significa que debemos valorar nuestras nuevas relaciones familiares. No vamos a rechazar u olvidarnos de nuestra familia de sangre, pero tenemos que dar igual importancia a nuestra familia en Cristo. Cuando la familia de Jesús se lo quería llevar, El dejó afuera a su madre y a sus hermanos para enseñar a sus seguidores.

Jesús no rechazó por completo a su familia de sangre. En la hora de su muerte, se aseguró de que su madre tuviera un lugar para vivir. Se la encargó a su discípulo Juan. También se apareció a sus hermanos después de su resurrección, y varios llegaron a creer en El. Tampoco nosotros debemos tomar nuestra fe como pretexto para rechazar a nuestra familia de sangre.

Dicho esto, ¡vamos a pasar toda la eternidad con nuestros hermanos en el cielo! ¿Cómo podemos justificar una actitud distante y desinteresada hacia ellos? Hay un lazo espiritual que nos une. Cada vez que llego a una Iglesia nueva, descubro una conexión. Puedo visitar una Iglesia por primera vez, y aunque la música sea diferente y el local desconocido, el Espíritu Santo nos une a todos.

En nuestra propia congregación, sin embargo, a veces parece que se nos olvida que somos familiares. Tenemos poco contacto entre semana. ¿Cuándo fue la última vez que llamaste a un hermano simplemente para saludarlo? ¿Sabes cuáles son las luchas que enfrentan tus hermanos? ¿Oras por ellos?

Si queremos mantener la unión familiar, tenemos que estar dispuestos a perdonar y a pedir perdón. Tarde o temprano, vas a ofender - quizás sin querer - a algún hermano. Tarde o temprano - quizás sin querer - algún hermano te va a ofender a ti.

Alguien dijo una vez - y me encanta esta comparación - que la Iglesia es como el arca de Noé. ¡Imagínate los malos olores y los ruidos de tantos animales en el arca! La Iglesia es como el arca en esto: a veces huele mal, y tus vecinos pueden parecerte medio raros, pero es mucho mejor estar adentro que estar afuera. En la Iglesia habrá disgustos. Nuestra reacción en ese momento puede fortalecer la unión de la Iglesia, o la puede socavar.

En una ocasión, Pedro se acercó a Jesús para preguntarle cuántas veces tenía que perdonar a su hermano que pecaba contra él. Pensando ser generoso, Pedro preguntó si tendría que hacerlo siete veces. ¡Los rabinos decían que tres, nada más! Pero Jesús le respondió que no eran siete, sino setenta por siete.

En otra ocasión, Jesús dijo que no debemos traer nuestra ofrenda ante Dios sin reconciliarnos con la persona que tiene algo contra nosotros. En otras palabras, si has ofendido a alguien, no te justifiques. Ve y pídele perdón, para que puedas adorar a Dios con una consciencia limpia.

Dios nos ha hecho familia, pero de nosotros depende mantener esa unión familiar. ¿Te acuerdas de ese niñito que mencioné al principio, el que dijo que el mandamiento para los hermanos era No matarás? Jesús nos llama a una hermandad mucho más profunda que simplemente no matar. Claro, no debemos matarnos. Pero amar es mucho más que eso.

¿Quiénes son mis hermanos? Jesús nos deja esa pregunta. Déjame preguntarte primeramente si eres hermano de Jesús. ¿Lo has recibido como tu Salvador? ¿Manda El en tu vida? Si lo eres, ¿cómo te llevas con tus hermanos? ¿Los amas? ¿Sabes humillarte y pedir perdón? ¿Estás dispuesto a perdonar al que te ofende? Es un gran privilegio ser parte de la familia de Dios. Llevemos bien este privilegio.


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