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Domingo 1 de Octubre de 2017

¿Por qué razonan así?
Pastor Tony Hancock

Se cuenta - no sé si sea verdad o no - que hay una manera muy sencilla de atar un elefante. Los elefantes son animales muy poderosos, y cualquier elefante adulto es capaz de arrancar una estaca de la tierra con muy poco esfuerzo. Sin embargo, según lo que se dice - no soy experto en elefantes - hay una manera sencilla de lograr que el elefante se quede dócilmente atado a una simple estaca.

El método consiste en comenzar cuando el elefante es pequeño. Si se amarra al elefante bebé a una estaca que no puede arrancar, el pequeño elefante intentará sacarlo con todas sus fuerzas. Al no poder, dejará el intento. El resto de su vida se le puede amarrar a la misma estaca y, aunque llegue a tener la fuerza suficiente como para arrancarla, nunca lo volverá a intentar.

Hay una atadura en la vida de todos nosotros. Por mucho tiempo luchamos contra esta atadura, pero no pudimos librarnos. Por fin, abandonamos el intento y nos resignamos a vivir atados. Pero hoy descubriremos cómo podemos quedar libres de esta atadura. Con esto damos inicio a una serie de mensajes basados en preguntas que hizo Jesús. De hecho, Jesús solía hacer muchas preguntas.

La pregunta de hoy se oye en medio de un gran milagro de Jesús, una gran liberación. Escucha la historia. Durante el tiempo que Jesús estaba ministrando en Galilea con su base en la ciudad de Capernaúm, regresó a casa después de una de sus giras de predicación. Sin que se hiciera ninguna promoción, la gente supo que había llegado a casa y se reunieron para escucharlo.

Mientras Jesús les anunciaba la Palabra de Dios, llegaron cuatro hombres que traían a su amigo paralítico para que Jesús lo sanara. Pero había un problema. Se había reunido tanta gente que no pudieron entrar. La casa donde Jesús estaba era típica del tiempo; tenía una azotea plana, con una escalera que subía al techo. La casa misma probablemente sólo tenía un cuarto.

Los hombres subieron a la azotea, y empezaron a escarbar entre el adobe compactado que servía de techo. Debajo del adobe había unas tejas que pronto quitaron. Tomaron a su amigo, acostado en su camilla, y lo bajaron delante de Jesús. Cuando Jesús vio su fe, dijo algo que nadie esperaba escuchar de sus labios. Le dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados quedan perdonados".

Había algunos maestros de la ley entre la multitud. Aunque había poco espacio, estaban sentados en su posición acostumbrada de honor y autoridad. Con todos sus conocimientos de la Biblia, sin embargo, no pudieron llegar a la conclusión correcta. Pensaban que Jesús estaba blasfemando, porque sólo Dios puede perdonar pecados - y Jesús pretendía hacer algo que sólo Dios hace.

Jesús, sabiendo lo que estaban pensando, les preguntó: "¿Por qué razonan así? ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico, 'Tus pecados son perdonados', o decirle 'Levántate, toma tu camilla y anda'?" Es una pregunta muy interesante, ¿no? Humanamente hablando, es más fácil declarar el perdón de pecados, porque no hay prueba visible. Nadie puede ver si es verdad o no.

En cambio, espiritualmente hablando, hay personas que han realizado sanidades, pero sólo Dios puede realmente perdonar los pecados. Por eso dijo Jesús: "Para que sepan que el Hijo del Hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados..." Y le mandó al paralítico que se levantara. En ese mismo instante, el hombre se levantó y salió caminando. Todos alababan a Dios y decían: "¡Nunca hemos visto nada parecido!"

Vamos a leer esta historia ahora en Marcos 2:1-12:

2:1 Unos días después, cuando Jesús entró de nuevo en Capernaúm, corrió la voz de que estaba en casa.
2:2 Se aglomeraron tantos que ya no quedaba sitio ni siquiera frente a la puerta mientras él les predicaba la palabra.
2:3 Entonces llegaron cuatro hombres que le llevaban un paralítico.
2:4 Como no podían acercarlo a Jesús por causa de la multitud, quitaron parte del techo encima de donde estaba Jesús y, luego de hacer una abertura, bajaron la camilla en la que estaba acostado el paralítico.
2:5 Al ver Jesús la fe de ellos, le dijo al paralítico: -Hijo, tus pecados quedan perdonados.
2:6 Estaban sentados allí algunos maestros de la ley, que pensaban:
2:7 '¿Por qué habla este así? ¡Está blasfemando! ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?'
2:8 En ese mismo instante supo Jesús en su espíritu que esto era lo que estaban pensando. -¿Por qué razonan así? -les dijo-.
2:9 ¿Qué es más fácil, decirle al paralítico: 'Tus pecados son perdonados', o decirle: 'Levántate, toma tu camilla y anda'?
2:10 Pues para que sepan que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -se dirigió entonces al paralítico-:
2:11 A ti te digo, levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.
2:12 El se levantó, tomó su camilla en seguida y salió caminando a la vista de todos. Ellos se quedaron asombrados y comenzaron a alabar a Dios. -Jamás habíamos visto cosa igual -decían.

Mientras la leemos, quiero invitarte a prestar atención y grabarte bien la historia, para que luego se la puedas contar a otra persona. Si tú hubieras sido uno de los cuatro amigos, ¿qué esperarías que dijera Jesús?

Estoy seguro que ellos esperaban la sanidad de su amigo querido. Pero ¡Jesús le perdonó los pecados! Esto no significa que el hombre era más pecador que los demás; significa que Jesús primero resolvió su necesidad más importante. Nuestra mayor necesidad es el perdón. La falta de perdón es la atadura que nos mantiene prisioneros, como un elefante atado a una estaca.

Jesús es el único que puede darnos perdón. Allí estaban las mentes religiosas más preparadas, pero no pudieron ayudar a este hombre. Más bien, ¡criticaron al que realmente lo podía hacer! La religión, por sí sola, muchas veces nos aleja del perdón. En lugar de traernos libertad, nos carga con más y más vergüenza. La religión puede ser buena, pero sólo Jesús nos puede dar perdón.

Quiero preguntarte en esta mañana: ¿Te das cuenta de lo que realmente necesitas? Seguramente el hombre paralítico creía que su mayor necesidad era poder caminar, pero Jesús sabía que no era así. El sabía que su mayor necesidad, así como la de todos nosotros, era el perdón.

A veces nos acercamos a Dios y le decimos: "Dios, ¡ayúdame con mi familia! ¡Ayúdame con mi trabajo! ¡Ayúdame con esta enfermedad!" Dios nos responde: "Ven y recibe mi perdón." Le contestamos que no, que lo que necesitamos es ayuda con la familia, el trabajo, la salud. No nos damos cuenta de lo que realmente necesitamos.

Si tienes la mejor salud, la familia perfecta y un trabajo que te encanta y paga bien, pero no has recibido el perdón de Dios, eres un miserable. En cambio, si tienes problemas de salud, una familia no tan perfecta y un trabajo que a veces te saca de quicio, pero tienes el perdón de Dios, todo tiene solución. Tenemos una enorme espada clavada en el corazón y nos ponemos a tomar aspirinas para el dolor, cuando lo que realmente necesitamos es que Dios nos quite la espada.

Aun cuando tenemos años de conocer a Cristo podemos llevar heridas en el corazón, porque no hemos aceptado plenamente el perdón de Dios. Nuestra mente sabe que Dios nos ha perdonado, pero nuestro corazón todavía no se ha percatado. Cargamos ese peso, cuando Jesús ya lo llevó a la cruz. Nos azotamos la espalda, cuando Cristo ya fue azotado por nosotros. Hoy, ¡déjate perdonar!

Tenemos que hacer tres cosas para recibir el perdón de Dios. La primera se menciona aquí en este pasaje. Cuando Jesús vio la fe de ellos, tuvo compasión del paralítico. Sólo podremos recibir el perdón de Dios si confiamos en Jesús. En la cruz El pagó por todos nuestros delitos. Tenemos que creer de corazón que es verdad, y confiar en El.

La segunda cosa que debemos hacer es confesar. Primera de Juan 1:9 nos dice que, si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados. Si llevas un pecado en tu conciencia, confiésaselo a Dios. No te quedes callado. Confesar un pecado es como sacar una astilla; a veces duele, pero es la única manera de encontrar sanidad.

La tercera cosa que tenemos que hacer es perdonar a otros. En la oración modelo que nos dejó Jesús, El nos enseñó a orar: "Perdónanos nuestras deudas, como nosotros también perdonamos a nuestros deudores" (Mateo 6:12). Cuando guardamos rencor hacia otra persona por algo que nos ha hecho, nos separamos a nosotros mismos del perdón de Dios. Hermano, amigo, recibe hoy el perdón de Dios.

Ahora quiero hablarte por un momento a ti que ya conoces a Cristo. Dime: ¿amas a tus amigos lo suficiente como para llevarlos a Jesús? Fíjate cómo llegó a ser salvado y sanado este paralítico; fue porque Jesús vio la fe de ellos. El paralítico tuvo fe, pero sus amigos también tuvieron fe. Por eso llevaron a su amigo a Jesús.

Estoy seguro que tú conoces a mucha gente que necesita a Jesús. ¿Los llevarás a El? De repente tengas que hacer un esfuerzo. Los cuatro hombres cargaron a su amigo hasta donde estaba Jesús. Quizás tengas que enfrentar críticas o malas caras. ¡Sólo me puedo imaginar la cara que puso el dueño de la casa cuando vio lo que le hicieron a su techo!

Pero la vida eterna, la salvación que sólo Jesús ofrece, vale mucho más que cualquier esfuerzo. ¿Qué persona en tu vida necesita que tú la lleves a Jesús? ¿Quién necesita que lo invites a la Iglesia, que ores por sus necesidades, que le compartas de la esperanza que tienes en Jesús? No dejes a tus amigos tirados. ¡Llévalos a Jesús!

Un niño se había portado mal. Todos los adultos lo miraban seriamente. El niño buscaba entre ellos algún rostro de simpatía, pero todos lo acusaban. Por fin, con lágrimas en los ojos, exclamó: "¿No hay nadie que me perdone?"

Nosotros hemos ofendido miles de veces a nuestro Padre celestial. Cínicamente hemos abusado de su paciencia y hemos malgastado sus beneficios. Pero mucho antes de que se lo pidiéramos, El envió a su Hijo para llevar nuestro castigo. Mientras El colgaba en la cruz, expirando sangre por cada vena, El exclamó: "¡Padre, perdónalos!"

No menosprecies el perdón de Dios. No razones mal. Con un corazón humilde y contrito, recibe el perdón que Jesús quiere darte. Recíbelo en lo más profundo de tu ser, y serás libre.


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