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Domingo 20 de Agosto de 2017

Paz que sobrepasa todo entendimiento
Pastor Tony Hancock

Vamos a pensar, por un momento, en la paz y el agua. ¿Qué tiene que ver el uno con el otro? Vamos a ver. En primer lugar, cuando nos imaginamos algún lugar pacífico, muchas veces tiene que ver con el agua. Pensamos en un río con aguas cristalinas, en un lago apacible o en la playa, cuando los destellos del sol bailan sobre las olas.

El agua también ha sido un motivo para perder la paz. Los trabajadores de Abraham y Lot pelearon sobre las fuentes de agua para dar de beber a sus manadas. Terminaron separándose por esto. En las antiguas casonas, se solía poner un pozo en medio del patio de la casa. Si la casona fuera atacada por bandidos, los residentes de la casona podían cerrar las puertas y vivir por un buen tiempo con el agua que sacaban del pozo.

El agua y la paz: Jesús también habló de estas cosas. El dijo que su Espíritu sería como un manantial de agua viva que brotaría en el corazón de sus seguidores para vida eterna. También dijo que El nos dejaría su paz. Así como en aquellas casonas, si nuestra fuente de agua y de paz está adentro de nosotros, ¡nadie nos la puede quitar! Pero si nuestra paz viene de afuera, ¡mucho cuidado!

Durante las últimas horas que pasó con sus discípulos, Jesús les dijo: "La paz les dejo, mi paz les doy." (Juan 14:27) Esto significa que Jesús vivió en verdadera paz durante sus años sobre esta tierra, porque El habla de "mi paz". También significa que El comparte esa paz con nosotros, sus seguidores.

El no regresó al cielo llevándose su paz, dejándonos para decir con nostalgia: "¿No fue maravillosa la paz de Jesús?" No, El comparte esa paz con nosotros. La paz que Jesús nos da es paz verdadera.

Pero ¿cómo es esa paz que Jesús nos ofrece? Muchos piensan que la paz que Jesús nos da significa que nunca tendremos dificultades. Son como los niños que le dieron a su mamá una tarjeta de cumpleaños que decía: "En paz descanse". Cuando se vio un poco asombrada, ellos le dijeron: "¡Es que siempre nos estás pidiendo que estemos en paz para que descanses!"

Ellos no comprendían lo que realmente significaba la tarjeta, y nosotros muchas veces no entendemos cómo es la paz que Jesús nos ofrece. En primer lugar, tener la paz que Jesús nos ofrece no significa que nunca tendremos luchas. Si pensamos que la paz de Cristo nos permitirá pasar por la vida sin problemas, estamos muy equivocados.

Jesús mismo nos lo muestra. Algunos días antes de prometer a sus discípulos su paz y poco después de su entrada triunfal a Jerusalén montado en un burro, Jesús habló de la lucha interna que libraba. Juan 12:27-28 dice así: "Ahora todo mi ser está angustiado, ¿y acaso voy a decir: 'Padre, sálvame de esta hora difícil'? ¡Si precisamente para afrontarla he venido! ¡Padre, glorifica tu nombre! Se oyó entonces, desde el cielo, una voz que decía: 'Ya lo he glorificado, y volveré a glorificarlo'".

Jesús enfrentaba la angustia de la cruz - no sólo el sufrimiento físico extremo, sino también el quebranto emocional y espiritual de convertirse en pecado por nosotros. El sabía que sería separado de su Padre mientras colgaba en la cruz. Por dentro, luchaba: "¿Pediré ser librado de este destino? ¡Pero para esto vine!" Su lucha se terminó cuando recordó quién era y por qué vino.

La paz que Jesús nos da a nosotros también viene de saber quiénes somos y por qué estamos aquí. Como creyentes, sabemos que somos hijos de Dios, y que El está en control. Sabemos que nuestra vida tiene un propósito. Existimos para su gloria. Dios, nuestro Padre, es capaz de cuidarnos en todo momento y en todo lugar. Esto no significa que las pruebas no vendrán.

A veces creemos que, si estamos en el centro de la voluntad de Dios, nada malo nos sucederá jamás. ¡No es verdad! Job estaba en el centro de la voluntad de Dios, y precisamente por eso Satanás lo quiso probar. Jesús estaba en el centro de la voluntad de Dios, pero su corazón estaba angustiado. La paz de Jesús no significa que no hay luchas ni dolor. Significa que sabemos que Dios siempre arreglará las cosas al final, y que El nunca nos abandonará.

Como creyentes, podemos tener paz, porque sabemos que nuestro sufrimiento es sólo temporal, pero nuestras bendiciones son eternas. Ahora bien, la segunda cosa que debemos comprender acerca de la paz que Jesús nos da es que no depende de nuestras circunstancias externas. Cuando Jesús nos prometió su paz en Juan 14:27, El aclaró: "Yo no se la doy a ustedes como la da el mundo".

Hagamos un pequeño ejercicio. Quiero que cierres los ojos y te imagines, por un momento, el lugar más pacífico que conozcas. En tu imaginación, regresa a ese lugar. Piensa en la temperatura, en lo que ves, en lo que sientes. ¿Qué oyes? ¿Qué hueles? Disfruta ese lugar, por un momento.

Ahora puedes abrir los ojos. Te diré cuál lugar recuerdo yo cuando hago ese ejercicio. Es el lago de un parque, donde se podía nadar. Un día soleado flotaba en las aguas tibias de aquel lago, viendo el sol, los árboles y las aves que volaban de acá para allá. Los pececillos venían y se iban. Las suaves olas se llevaban toda la tensión que sentía en el cuerpo.

Al rato, sin embargo, tuve que salir del agua. Alguien había visto un cocodrilo, y los guardabosques cancelaron la natación. Sospecho también que, cualquiera que haya sido el lugar pacífico que te imaginaste, había algo que podía destruir la calma con mucha rapidez. En mi caso, fue un cocodrilo.

Quizás te imaginaste un lago tranquilo. ¿Qué tal si llega una tormenta? O quizás pensaste en la playa. ¿Qué sucede en un huracán? Ya ves, la paz que el mundo nos ofrece es una paz que depende completamente de lo que está sucediendo a nuestro alrededor. Es una paz que siempre es precaria.

La paz de Jesús, en cambio, no depende de nuestras circunstancias externas. Todo se puede volver loco a tu alrededor, y puedes sentir todavía su paz. Su paz no es como la paz que el mundo ofrece. Es sobrenatural. El nos ha dejado su paz.

¿Por qué, entonces, dejamos tantas veces de experimentar la paz que Jesús nos ha dejado? Encontramos una razón en Filipenses 4:6-7:

4:6 No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.
4:7 Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús.

La paz de Dios cuida nuestros corazones cuando le damos nuestras preocupaciones en oración. Cuando estamos ansiosos y preocupados, el cuidado se roba nuestra paz. Como un ratón, empieza a roer la paz que Dios nos da.

Pero podemos confiar en nuestro Dios. El es fiel. Podemos entregar en sus manos todo lo que nos preocupa. No se inquieten por nada, dice Pablo. No importa si son grandes o pequeñas, podemos entregarle a Dios todas nuestras peticiones.

¿Has oído el refrán: "El que da y quita, con el diablo se desquita"? ¡Precisamente es lo que nos sucede! Le damos a Dios nuestras preocupaciones, pero luego se los volvemos a quitar porque preferimos llevarlos nosotros. Muchas veces, confiar en Dios es un proceso. Si algo nos preocupa, se lo damos en oración. Pero luego, cuando tratamos de tomar otra vez esas preocupaciones, tenemos que volver a dárselas a El. Así vuelve la paz.

Pablo también nos dice que lo hagamos con gratitud. Cuando combinamos nuestras peticiones con la gratitud, sucede algo maravilloso. Mientras le damos gracias a Dios por las muchas maneras en las que El ha sido fiel en el pasado, tenemos más confianza para entregarle nuestras necesidades futuras.

Hay otra cosa que también nos puede quitar la paz. Esa cosa es el pecado. Isaías pronunció estas palabras del Señor: "Si hubieras prestado atención a mis mandamientos, tu paz habría sido como un río; tu justicia, como las olas del mar. ... 'No hay paz para el malvado', dice el Señor." (Isaías 48:18, 22)

Cuando dejamos que entre el pecado en nuestra vida y no nos arrepentimos, nos alejamos nosotros mismos de la paz de Dios. Su gran río de paz está a nuestra disposición, pero le damos la espalda porque preferimos jugar con el mugroso pecado. Sufrimos innecesariamente cuando sólo tenemos que arrepentimos. No dejes que el pecado te robe la paz. Déjalo y confiésalo.

Algunos años atrás volví a mi país. Mis anfitriones vivían en una parte de la ciudad que se conoce por ser algo peligrosa. De hecho, cuando le comentaba a alguien donde me estaba quedando, su reacción casi siempre fue decir algo como: ¿Por qué allí?

Un día, sentado en la sala de la casa en esta sección algo peligrosa de la ciudad, leía por Internet las noticias del pueblito tranquilo donde entonces vivía. Resulta ser que el periódico reportaba un múltiple homicidio. Entre las víctimas de esta tragedia estaba una niña. Pensé: "Aquí estoy, totalmente seguro, en este lugar supuestamente peligroso, mientras varias personas acaban de morir a balazos en mi pueblito pequeño".

Reconocí de nuevo lo insegura que es la paz que hallamos en el mundo. Pero ¡la paz de Dios siempre es segura! El siempre está en control. La paz verdadera, la paz de Jesús, viene cuando confiamos en El. Viene cuando le damos nuestras preocupaciones en oración. Viene cuando confesamos y recibimos su perdón por el pecado. ¿Confiarás hoy en El?


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