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Domingo 16 de Abril de 2017

El milagro menos agradecido
Pastor Tony Hancock

Nos hemos reunido en esta mañana, a la hora que sale el sol, para recordar algo que sucedió en otro amanecer. Un grupo de mujeres se fue a prisa hacia una tumba, esperando encontrar allí el cuerpo inerte de su Maestro. Para su gran asombro y confusión, encontraron la tumba vacía - y a un par de mensajeros celestiales que les dijeron que Jesús había resucitado.

¡Había resucitado! Pero ¿qué clase de resurrección es ésta? Poco tiempo antes, otro hombre también había resucitado. Se trata de un amigo de Jesús llamado Lázaro. Cuando Jesús se enteró de que Lázaro había fallecido, esperó para ir a verlo hasta que ya hubiera muerto. Las hermanas de Lázaro reprocharon a Jesús, diciéndole que podría haber sanado a su hermano.

Pero Jesús lo había hecho a propósito. Cuando llegó frente a la tumba de Lázaro, Jesús realizó lo que yo me imagino que fue su milagro menos agradecido. ¡Imagínalo! Lázaro, ya muerto, estaba en el paraíso. Estaba conociendo a todos los héroes de las Escrituras cuyos nombres había escuchado en sus clases de sinagoga.

Allí estaba Moisés, aquí estaba Abraham, por allá cantaba el rey David. ¡Qué alegría! Pero algo interrumpió su deleite. La voz fuerte de Jesús, llamando su nombre, decía: "Lázaro, ¡sal fuera!" (Juan 11:43). Era imposible desobedecer esa voz. Tuvo que dejar el cielo y levantarse de la tumba.

Aquí está la parte triste de la historia: Lázaro ya había muerto. Ya había pasado esa terrible experiencia. Había quedado libre de dolor, de tristeza y de afán. Pero ahora, Jesús lo hacía regresar a la tierra donde volvería a sufrir, y donde un día volvería a morir. La resurrección de Lázaro sólo fue temporal. Un día, su vida se volvió a acabar. El ahora está muerto.

Pero la resurrección de Jesús fue diferente. El resucitó con una vida de otra clase, una vida eterna y sin fin. Otras personas, como Lázaro, habían resucitado; pero todas volvieron a morir. Sólo Jesús resucitó para nunca volver a morir jamás, con una calidad de vida diferente y mejor. La buena noticia que tenemos en esta Pascua es que nosotros también podemos compartir esa vida.

La resurrección de Cristo marca la entrada a una vida nueva, una vida que podemos compartir. En primer lugar, su resurrección es una garantía para nuestro futuro. Jesús resucitó para no volver a morir jamás, y El nos promete que nosotros también así resucitaremos.

Lo podemos ver en 1 Tesalonicenses 4:14: "¿Acaso no creemos que Jesús murió y resucitó? Así también Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con él." Así como creemos que Jesús murió y resucitó, también sabemos que Dios resucitará con Jesús a los que han muerto en unión con El. ¿Qué significa eso de morir en unión con El? ¿Cómo nos unimos a Cristo para poder compartir su resurrección?

La manera en que nos unimos con Jesús es por medio de la fe. Los que han hecho un compromiso con Jesús, que han puesto en El su confianza y lo siguen como su Señor, se han unido a El. Estamos tan conectados con El que lo que le sucedió a El también nos sucederá a nosotros.

Esto se expresa más claramente en 1 Corintios 6:14: "Con su poder Dios resucitó al Señor, y nos resucitará también a nosotros." El mismo poder que levantó a Jesús de entre los muertos y lo levantó al cielo nos levantará también a nosotros. Nosotros resucitaremos como Jesús resucitó, con la misma vida eterna y diferente que El tiene ahora. Nuestros cuerpos serán reconocibles, pero distintos.

Los discípulos reconocieron a Jesús cuando lo vieron después de resucitar; no tenía una apariencia totalmente extraña o diferente. Al mismo tiempo, El podía hacer cosas - como entrar a un cuarto cerrado - que un ser humano actualmente no puede hacer. Así será para nosotros también.

¿Tienes la seguridad en esta mañana de que resucitarás? Puedes tener la absoluta certeza de que será así, pero sólo si te has entregado de corazón a Cristo. Su resurrección garantiza la resurrección de todos los que han puesto su confianza en El. Si no tienes esa confianza, entrégate hoy a Cristo.

La promesa de la resurrección que tenemos en Cristo no sólo es para el futuro; también tiene consecuencias para el presente. Si este cuerpo va a ser resucitado, si en este cuerpo vamos a vivir para siempre en la presencia de Dios, debemos usarlo bien. Debemos usarlo para las cosas que le agradan a Dios, y no contaminarlo con el pecado y la inmundicia.

De esto nos habla Pablo en 1 Corintios 6:15-17:

6:15 ¿No saben que sus cuerpos son miembros de Cristo mismo? ¿Tomaré acaso los miembros de Cristo para unirlos con una prostituta? ¡Jamás!
6:16 ¿No saben que el que se une a una prostituta se hace un solo cuerpo con ella? Pues la Escritura dice: "Los dos llegarán a ser un solo cuerpo".
6:17 Pero el que se une al Señor se hace uno con él en espíritu.

Si estamos unidos a Cristo, sabemos que resucitaremos como El resucitó. Pero si estamos unidos a Cristo, también debemos cuidarnos de cualquier cosa que no le agrada a El. Si nos unimos al pecado cuando estamos unidos a Cristo, crearemos una desgracia.

Sería como unir el cloro y el amoniaco. Ambos sirven para la limpieza, pero si se combinan, producen gases tóxicos. Cuando se mantienen separados, no hay problema; si se unen, pueden causar la muerte. De igual modo, cuando los que estamos unidos a Cristo decidimos también unirnos al pecado, los efectos son destructivos.

Perdemos el gozo. Sufrimos la disciplina de Dios. Damos un mal testimonio al mundo. Dañamos las vidas de otros. Hermanos, nuestros cuerpos no son desechables. No los podemos tratar como queramos, sabiendo que dejarán de existir. Más bien, nuestros cuerpos son de gran valor, y los debemos mantener en pureza, porque un día resucitarán con Cristo.

Pero alguien dirá: "¿Cómo puedes decir que estos cuerpos van a resucitar, si se pudren y se descomponen en la tumba? ¡Seguramente ni quedan los huesos de algunos de los creyentes que murieron hace mucho tiempo!" La mejor comparación que te puedo dar es ésta: imagina una foto que tomas con tu celular de un día familiar en la playa.

Subes esa foto a Facebook, y tus amigos y familiares al otro lado del mundo la bajan a sus celulares y computadoras. Ahora dime: ¿la foto que ellos ven en sus pantallas es la misma foto que tú tomaste? Sí, es la misma foto; proporciona exactamente la misma información. Sin embargo, los materiales son totalmente diferentes; es otra pantalla, son otros electrones los que encienden la pantalla - en fin, materialmente son totalmente distintos. Pero tienen la misma identidad.

Del mismo modo, Dios resucitará nuestros cuerpos - no las mismas moléculas de calcio y agua y hierro y todos los otros elementos que componen nuestro cuerpo, pero la misma identidad - para que vivamos con El para siempre. Dios te llama a vivir ahora en tu cuerpo de una manera digna de la esperanza que tienes. Sepárate del pecado, de la mentira, de la lujuria y de la malicia.

Romanos 6:4 lo representa con el bautismo: "Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva." Por fe, nos bautizamos en unión con Cristo. Bajamos al agua para unirnos a El en su muerte al pecado. Salimos del agua para unirnos a El en su resurrección. Si nos hemos unido a Cristo, ¡esa nueva vida ya comenzó! La vida nueva de la resurrección de Cristo es una realidad en el presente. El poder de su vida ahora trabaja en nosotros.

Dios nos llama a vivir en esa esperanza. Una niñita vivía en una casa al lado de un cementerio. Para ir a la tienda, tenía que caminar entre las tumbas del panteón. Alguien le preguntó: "¿No te da miedo caminar por el cementerio?" Ella respondió: "No, porque mi casa está al otro lado".

En este mundo, todos caminamos hacia el cementerio. Un día moriremos, pero no tenemos por qué temer. Gracias a la resurrección de Cristo, podemos saber que nuestra casa está al otro lado.


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