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Domingo 9 de Abril de 2017

Adorar de verdad
Pastor Tony Hancock

Un día, caminaba por una tienda cuando vi, de lejos, a un personaje muy famoso. ¡Nunca había conocido a una persona famosa! Al acercarme más, sin embargo, me quedé decepcionado. No estaba allí la persona que yo había pensado. Era simplemente una fotografía de tamaño real.

La foto se había colocado como parte de una promoción. Los clientes de la tienda se podían tomar la foto junto a la imagen de la celebridad, y parecería que habían conocido a esa persona. Pero sólo era una realidad en dos dimensiones. Faltaba la tercera dimensión, la profundidad y la presencia.

Me parece que la vida moderna se parece mucho a esa promoción. Algo falta. Aunque la vida está más llena que nunca de actividades y distracciones, nos sentimos incompletos. Me atrevo a decir que lo que nos hace más falta que nada es la adoración. La adoración es la dimensión de la vida que le da sentido a todo.

Es como la luz del atardecer, que baña el paisaje de color y alegría. Es como el calor del hogar, que nos hace sentir que pertenecemos. Hoy recordamos la entrada triunfal de Jesús a la ciudad de Jerusalén, apenas cinco días antes de su crucifixión. Esta historia es, en realidad, una historia de adoración. Aquí aprendemos a adorar de verdad.

Era la semana de la Pascua judía, una de las fiestas más grandes del año para el pueblo de Dios. Muchas personas caminaban hacia Jerusalén y el templo para la celebración. Iban a celebrar la forma maravillosa en que Dios había liberado a sus antepasados de la esclavitud en Egipto. Iban a sacrificar el cordero de Pascua, el animal que Dios había usado para protegerlos de la destrucción.

Entre ellos iba Jesús, acompañado de muchos seguidores que habían viajado con El desde la provincia de Galilea. Durante tres años, El había viajado a lo largo y ancho del país. Hizo milagros y señales para mostrar su poder y autoridad. Enseñó lo que Dios realmente quiere de nosotros. Preparó a un grupo de discípulos para continuar su trabajo.

Durante todo este tiempo, no había declarado públicamente su identidad como Rey. Cuando sus discípulos lo reconocieron, les dijo que lo guardaran en secreto. Pero había llegado la hora. Cuando se acercaron a Jerusalén, envió a dos de sus discípulos a un pueblo cercano para que le trajeran un burrito, un animal que nadie había montado, acompañado de su madre.

Los discípulos hicieron lo que Jesús les había dicho. Trayendo el burro, colocaron sus mantos sobre él para que Jesús se sentara encima. Los peregrinos que lo habían acompañado desde Galilea reconocieron que algo importante estaba sucediendo. Cortaron ramas de los árboles para tenderlas sobre el camino delante de Jesús. Comenzaron a gritar a toda voz: "¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!" (Mateo 21:9)

La gente que estaba en Jerusalén vio el espectáculo. Preguntaban: "¿Quién es éste?" La respuesta que recibieron fue incompleta: "Este es el profeta Jesús, de Nazaret" (Mateo 21:11). Era cierto, pero Jesús es más que un profeta - y se estaba presentando como tal. Leamos en Mateo 21, versos 4 y 5, por qué Jesús entró de esta manera a Jerusalén:

21:4 Esto sucedió para que se cumpliera lo dicho por el profeta:
21:5 "Digan a la hija de Sión: 'Mira, tu rey viene hacia ti, humilde y montado en un burro, en un burrito, cría de una bestia de carga'".

Al montarse sobre un burro, Jesús estaba mostrando que El es el Rey que los profetas habían anunciado. El profeta Zacarías anunció que el Rey vendría de manera humilde, montado sobre un burro. Puede ser que la gente que acompañaba a Jesús no haya entendido todo lo que estaba sucediendo, pero algo entendían - y alababan a Jesús.

Aquí descubrimos que la verdadera adoración es una respuesta del corazón. La adoración que ofrecían los que acompañaban a Jesús fue una reacción a su presencia entre ellos. Quizás no hayan entendido perfectamente quién era El, pero entendían lo suficiente. En medio de sus vidas de trabajo, de cansancio y de dificultades, levantaron la mirada para ver al Rey que estaba entre ellos.

Para nosotros, la adoración también es una respuesta del corazón. Es una reacción a la presencia del Rey entre nosotros. Así como El llegó y se presentó como Rey para que la gente lo reconociera, El llega a nosotros para que lo reconozcamos como nuestro Rey. La verdadera adoración sucede cuando respondemos a El.

A veces nos enfocamos demasiado en la mecánica de la adoración, en la música o las canciones. Eso sería como si un novio se concentrara en el teléfono que le permite conversar con su amada, en lugar de dar atención a la conversación que tiene con ella. Lo realmente importante es reconocer quién es Jesús, quién es Dios.

Cuando te reúnes con otros creyentes para adorar a Dios, ¿te concentras en la música o la presentación? Si lo haces, te pierdes lo más importante y lo más bello de la adoración. Pon tu atención en quién es Dios. Medita en lo grande que El es, lo maravilloso, lo amoroso. Considera las maravillas que El ha hecho. Así tu adoración fluirá como reacción a su presencia.

La historia no se termina con la entrada de Jesús a Jerusalén. Cuando llegó al templo, encontró un trajín de comerciantes vendiendo animales para los sacrificios, de cambistas de moneda y muchas otras cosas que no pertenecían a la adoración. Por segunda vez en su ministerio, echó fuera a los que compraban y vendían en ese lugar que debía ser un lugar de oración y adoración.

Sanó también a ciegos y cojos. Pero los encargados del templo, quienes lucraban del comercio que allí se realizaba, empezaron a criticar a Jesús porque los niños lo estaban alabando. Leamos en Mateo 21:16 cómo les respondió: " -¿Oyes lo que esos están diciendo? -protestaron. -Claro que sí -respondió Jesús-; ¿no han leído nunca: 'En los labios de los pequeños y de los niños de pecho has puesto la perfecta alabanza'?" ¡Dios se alegra con la alabanza sincera de los niños!

Jesús pasó la noche en el pueblo cercano de Betania. Al día siguiente, mientras regresaba a Jerusalén, vio de lejos una higuera llena de hojas. No era la temporada de higos; el hecho de que esta higuera estuviera llena de hojas señalaba que tendría algunos higos también, aunque verdes.

Sin embargo, cuando Jesús se acercó, no había ni un solo higo. En su único milagro de destrucción, Jesús declaró: "¡Nunca más vuelvas a dar fruto!" (Mateo 21:19). Y la higuera se secó. A simple vista, parecería que Jesús - un hombre muy paciente - simplemente se enojó con la higuera porque tenía hambre, y en un arranque de coraje, la mató.

Pero la realidad es que la higuera simboliza algo mucho más importante. La higuera, llena de hojas pero sin fruto, se parecía al templo que Jesús acababa de visitar. Había mucho movimiento, mucho ruido y mucha actividad, pero no había fruto. No había santidad, amor, servicio ni adoración.

La segunda conclusión que sacamos acerca de la adoración es que la verdadera adoración resulta en transformación. Cuando llegamos a comprender quién es Jesús y lo adoramos de verdad, nuestra vida tiene que cambiar. No podemos seguir iguales. Ese templo fue destruido unas pocas décadas después de la vida de Jesús. ¡Ya no servía ninguna función! Este es el significado de la maldición de la higuera: Dios busca fruto de quienes lo adoran.

Años atrás, Juan Carlos Alvarado grabó una canción con esta letra: "Mi mejor adoración es entregarte todo mi corazón, y rendirte mi vida sin reservas, Señor". ¡Qué gran verdad! Si somos verdaderos adoradores, nuestra vida será cambiada. Cuando vivimos en adoración, toda la vida se transforma.


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