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Domingo 16 de Febrero del 2003

La estrategia del enemigo
Pastor Tony Hancock

En estos momentos, la mente de todo el mundo está enfocada en la pregunta: ¿Habrá guerra con Irak? Recientemente, el secretario de estado de los Estados Unidos presentó al Concilio de Seguridad de la ONU sus pruebas de que dicho país está ocultando armas de destrucción masiva, mostrando entre otras cosas fotografías que parecen mostrar almacenes de armas químicas siendo desarmados y movidos poco antes de que llegara el equipo de inspección de la ONU. Según las alegaciones estadounidenses, aquí se ve la estrategia del dictador iraquí; se trata de un aparente cumplimiento de los requisitos de las Naciones Unidas mientras se esconden sus verdaderos planes.

A nosotros que somos creyentes estos sucesos, cualquiera que sea su resultado, nos deben de hacer recordar que nosotros también estamos en guerra. Nuestro enemigo, aunque invisible, es sumamente peligroso. El también tiene una estrategia, y nos conviene entender algo acerca de ella.

Me refiero, por supuesto, al conflicto entre el pueblo de Dios y el enemigo, Satanás. El diablo pretende detener el avance del reino de Dios a través de la iglesia, y lo ha querido hacer desde el principio. Felizmente tenemos la promesa del Señor Jesús que ni siquiera las puertas del Hades prevalecerán contra la iglesia, y sabemos que pertenecemos al lado ganador; pero mientras tanto, hemos de pelear con las armas espirituales que Dios nos ha provisto.

El diablo pretende detener el avance de la iglesia, y para lograr tal propósito, se vale de tres estrategias principales. Estas estrategias no son nuevas; las ha empleado desde los comienzos de la iglesia. Vamos a tratar de entender estas estrategias con el fin de resistirlas.

Hoy estaremos enfocando tres capítulos bíblicos, que son Hechos cuatro al seis. Por razones de tiempo, no podemos leer los tres capítulos enteros; les invito a tener sus Biblias abiertas, y leeremos porciones seleccionadas de este pasaje.

Recordemos los sucesos que nos llevan hasta el punto que hoy veremos. La iglesia ha empezado en el Día de Pentecostés con la predicación de Pedro en el poder del Espíritu Santo. En este día, unas tres mil personas se unen a la iglesia.

Posteriormente, Pedro y Juan tienen otra oportunidad de predicar. Al entrar al templo un día, ven a un hombre lisiado, quien les pide limosna. En vez de darle un obsequio, le dan algo mejor: en el nombre de Jesús, el hombre queda sanado.

Es en esta ocasión que el enemigo saca sus armas, y lanza la primera flecha contra la iglesia. Podemos verla en los versos uno al cuatro del capítulo cuatro.

Lectura: Hechos 4:1-4

4:1 Hablando ellos al pueblo, vinieron sobre ellos los sacerdotes con el jefe de la guardia del templo, y los saduceos,
4:2 resentidos de que enseñasen al pueblo, y anunciasen en Jesús la resurrección de entre los muertos.
4:3 Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde.
4:4 Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.

Esta primera arma viene de afuera, y es

I. La persecución

El primer intento satánico para detener el crecimiento de la iglesia vino desde afuera. Se trata de la persecución. Es un método que se vuelve a usar vez tras vez en el libro de Hechos, pero nunca es muy eficaz.

Fíjense, por ejemplo, en el resultado del arresto de Pedro y Juan: unas dos mil personas más creen en Jesucristo y reciben la salvación. La membresía de la nueva iglesia llega a los cinco mil.

La realidad es que la persecución generalmente no ha sido un arma muy eficaz para detener el avance del evangelio. Se dice que la sangre de los mártires es la semilla de la iglesia, y en muchas ocasiones así ha sido.

Por ejemplo, en el país de China, los misioneros fueron expulsados allá por el año 1950, dejando atrás una iglesia de no más de cuatro millones de miembros. En los años siguientes, se desenlazó una ola de persecución contra los cristianos que resultó en millones de encarcelamientos, torturas y muertes.

¿Cuál ha sido el resultado de esta persecución? ¿Se ha borrado la iglesia china? Lejos de eso. Ahora se calcula que podría haber por lo menos cincuenta millones de cristianos dentro de ese país, según estimados conservadores.

Por lo general, la persecución es un arma eficaz solamente cuando la iglesia está tibia, cuando falta compromiso con Cristo, y cuando los creyentes están más interesados en tener una vida cómoda en el mundo que en seguir al Salvador. Para evitar esa situación, podemos ver cómo respondieron los creyentes a la persecución. Lo notamos en los versos 23 y 24 del capítulo cuatro de Hechos:

4:23 Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
4:24 Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay

¿Qué hicieron los creyentes? Empezaron a orar. La oración es la respuesta más eficaz a la persecución. El Señor Jesús mismo nos enseñó a orar por los que nos persiguen.

Quizás no seamos expuestos al nivel de persecución que sufrió la iglesia primitiva o la iglesia china, pero casi todos sufrimos alguna clase de persecución por ser cristianos. Puede tratarse de la presión familiar, de las burlas de nuestros amigos, o de problemas profesionales por nuestra ética cristiana. En cualquier caso, el camino de victoria sobre la persecución es la oración. Debemos de orar por los que nos persiguen y para que Dios nos dé valor para seguir viviendo para Cristo.

La primera arma que usa el enemigo es la persecución. Cuando eso no funciona, se vale de un método más sutil. Se trata de la infiltración de la iglesia por agentes enemigos.

Podemos verlo en Hechos 5:1-5.

5:1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad,
5:2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles.
5:3 Y dijo Pedro: Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad?
5:4 Reteniéndola, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué pusiste esto en tu corazón? No has mentido a los hombres, sino a Dios.
5:5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron.

El arma que se ocupa aquí viene de adentro, y es

II. La contaminación

Una de las estrategias que comúnmente se usa en la guerra es la de introducir agentes dentro de las organizaciones del enemigo. Por ejemplo, los Estados Unidos ha estado tratando de introducir agentes dentro de al-Qaeda. Ya se imaginarán la gran ventaja que existe cuando se puede recibir información directamente del enemigo.

De igual modo, Satanás pretende usar a los mismos miembros de la iglesia para destruirla por dentro. Si él puede contaminar la iglesia con pecado, con decepción y con error, la iglesia perderá su poder.

Es importante que entendamos cuál fue el pecado de Ananías y Safira, pues puede haber cierta confusión. Su pecado no consistía en retener parte del dinero de la propiedad que habían vendido. Pedro le dijo a Ananías que la propiedad era suya, y el dinero estaba bajo su poder.

El pecado, más bien, fue mentir acerca de la cantidad de dinero que se había recibido de la venta de la propiedad. En otras palabras, Ananías y Safira querían quedarse con parte del dinero de la venta, mientras fingían haberlo entregado todo a los apóstoles.

Por medio de estas personas, Satanás pretendía introducir dentro de la iglesia la deshonestidad y el error. El sabe que donde no se respeta la verdad, pronto se destruyen los otros valores morales. Si la iglesia pierde su virtud moral, deja de glorificar a su Señor y deja de atraer la atención del mundo. La iglesia es una luz brillando en la oscuridad del mundo. Si la pantalla de esa luz se empieza a ensuciar con pecado solapado, pronto se perderá la fuerza y la vitalidad de esa luz.

¿Cómo respondemos, entonces, a la contaminación? Notamos lo que hizo Pedro: la confrontó. Desde luego, no debemos de esperar que cada persona que mienta en la iglesia caerá muerta. Lo que sí vemos es que Dios toma muy en serio la pureza de su pueblo. Una iglesia que guiña el ojo ante el pecado abierto e impenitente de sus miembros pronto perderá el poder espiritual.

Es por eso que tenemos que confrontar el pecado con seriedad. Esta confrontación tiene que empezar en nuestras propias vidas. ¿Existe algo en tu vida que Satanás podría usar para destruir el testimonio de la iglesia? ¿Tienes algún pecado que estás solapando, en vez de confesarlo y dejarlo?

Habrá casos también en que la iglesia tendrá que disciplinar a algún miembro que persiste en pecado público y se rehúsa a arrepentirse. Esto sólo debe de suceder en casos extremos, y cuando el culpable ha recibido varias amonestaciones y resiste el arrepentimiento.

La primera línea de resistencia contra la contaminación es hacerse un autoexamen. Cada creyente deberá examinarse regularmente para reconocer sus propios pecados y arrepentirse de ellos. No permitamos que la contaminación robe el poder de esta iglesia.

La tercera arma que usa el enemigo es aun más sutil.

Lo podemos encontrar en Hechos 6:1-4.

6:1 En aquellos días, como creciera el número de los discípulos, hubo murmuración de los griegos contra los hebreos, de que las viudas de aquéllos eran desatendidas en la distribución diaria.
6:2 Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos, y dijeron: No es justo que nosotros dejemos la palabra de Dios, para servir a las mesas.
6:3 Buscad, pues, hermanos, de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de sabiduría, a quienes encarguemos de este trabajo.
6:4 Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la palabra.

Podemos llamarla

III. La distracción

Las viudas pobres generalmente se encontraban entre los más marginados de la sociedad. Era muy difícil que una mujer trabajara, y se ya no se podía volver a casar, la viuda enfrentaba una vida de miseria. Para enfrentar este problema, la iglesia repartía comida a las viudas.

Era una cosa muy buena. Dios desea que su pueblo se preocupe por los pobres. Pero, ¿qué podría suceder? Al ocuparse con los detalles de la distribución de la comida, los apóstoles podrían dejar a un lado sus responsabilidades de orar y predicar la Palabra. Podrían dejarse distraer por algo que era bueno, pero que debía ser responsabilidad de otros en la iglesia.

Se parece a la situación que ocurrió en la Guerra de Siete Días en 1967, cuando Israel respondió a las agresiones de sus vecinos árabes. Una de las estrategias que se usó en esa guerra fue la construcción de instalaciones militares de cartón. Un aeropuerto militar de cartón, con aviones de cartón, fue construido.

Este sirvió de señuelo, y mientras el enemigo atacaba estas instalaciones falsas, las fuerzas armadas se hallaban en libertad para capturar las posiciones enemigas. De igual modo, Satanás pretende distraernos para que olvidemos nuestra misión primordial. La solución, así como la vemos en este pasaje, es la organización. Los líderes de la iglesia tienen una misión sumamente importante, que es la oración y la enseñanza. El esperar que ellos hagan mil y una cosas más solamente resultará en que no lleven a cabo su misión primordial.

Cada miembro de la iglesia deberá ver que tiene algo que aportar a la iglesia, y que no es responsabilidad solamente del pastor y los demás líderes hacerlo todo en la iglesia. Cuando todos jalamos juntos, hay avance.

¿Cuál será el resultado de la guerra entre Dios y sus enemigos? Eso ya está garantizado. Jesús ya ganó la victoria.

Sin embargo, cada iglesia local se queda con la responsabilidad de continuar la batalla contra las fuerzas del mal. Conozcamos las artimañas del enemigo, para no dejarnos llevar por sus planes. No permitamos que la persecución nos desanime. No permitamos que la contaminación disminuya nuestra luz. No permitamos que la distracción nos desoriente. ¡Marchemos hacia la victoria en Cristo Jesús!


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