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Domingo 12 de Febrero de 2017

Es por fe
Pastor Tony Hancock

El imperio de los incas en el Perú desarrolló un sistema de comunicaciones muy avanzado para su era. Los mensajeros, llamados chasquis, podían llevar los mensajes del Inca a los rincones más remotos de su imperio. Atravesaban grandes distancias en un sistema de carreteras muy extenso.

Quizás el elemento más interesante de su sistema de transporte y comunicación fueron los puentes que cruzaron los valles empinados de la sierra andina. Los puentes de los incas se construían de sogas amarradas y suspendidas, a gran altura, entre los precipicios. Hoy sobrevive uno de estos puentes en un lugar llamado Q'eswachaka. Cada año los pobladores renuevan sus materiales.

Al llegar a uno de estos puentes, el viajero tendría una de tres reacciones diferentes. Los chasquis y los residentes de la zona, acostumbrados a estos puentes, pasaban corriendo. Los españoles y algunos de los primeros misioneros, al ver algo tan extraño y desacostumbrado, cruzaban lenta y desconfiadamente. Algunos, incrédulos de que tal invento fuera capaz de sostener su peso, se rehusaban por completo a cruzar los puentes de soga.

Como esos puentes es la gracia de Dios. Los reformadores regresaron a la Biblia para redescubrir que la gracia de Dios es la única base de la salvación. No podemos ganarnos la aprobación de Dios. No podemos trabajar lo suficiente como para merecer su perdón. Es un regalo de pura gracia. Surge entonces la pregunta: ¿cómo recibimos su gracia? ¿Cómo tenemos acceso a ese regalo?

Si queremos conocer su gracia, si queremos cruzar el puente para llegar a Dios, el requisito es la fe. Los que llegaban a aquellos puentes tenían que decidir si confiaban que los podrían sostener o no. Si confiaban, llegaban al otro lado. Si no, se quedaban varados. De igual modo, lo único que nos pide Dios para estar bien con El es la fe.

Este es el tercer gran principio de la Reforma. El principio de sola scriptura nos dice cómo conocer la verdad: la Biblia es la autoridad máxima. Sola gratia nos muestra que la gracia de Dios es la única base para estar bien con El. Sola fide, el tercer principio, nos enseña que es sólo por fe que podemos recibir la gracia de Dios. Es por fe, y nada más.

Dicho de otro modo, lo que Dios quiere de ti es que confíes en El. Eso es todo. Le preguntaron a Jesús qué había que hacer para realizar las obras que Dios demanda. Juan 6:29 registra la respuesta: "-Esta es la obra de Dios: que crean en aquel a quien él envió - les respondió Jesús."

Algunas personas piensan que es necesario tener fe, pero no es suficiente; tienes que portarte bien también. Esto te lleva a vivir con una preocupación constante de que quizás no hagas lo suficiente, o la riegues de alguna manera, y no alcances la salvación. Esta opción se podría llamar fe plus: la fe es buena, pero no es suficiente para la salvación. Tienes que agregar algo tú mismo.

Otros no entienden lo que es la fe bíblica. Piensan que simplemente significa saber que Dios existe. ¡El diablo sabe eso! Pero la fe bíblica es algo mucho más grande y mejor. Es una confianza personal que cree que lo que Dios ha dicho es verdad, y que El es quien dice ser. Tener fe, en el sentido bíblico, es tener esa clase de confianza en Dios.

Pero ¿será verdad que esto es todo lo que Dios nos exige? ¿Será que la fe es suficiente para salvar a un pecador, para vivir en este mundo y para alcanzar la gloria de Dios? Desde el principio, la Biblia nos enseña que así es.

Abraham es una figura gigante en el Antiguo Testamento. Una noche despejada, Dios lo sacó de su carpa y le mostró todas las estrellas del cielo. ¿Alguna vez te has encontrado en el desierto o en algún otro lugar despoblado en una noche muy clara? Empiezas a ver estrellas que ni siquiera sabías que existían.

Una de esas noches, Dios le dijo a Abraham: "¿Ves todas estas estrellas? Así será tu descendencia. Serán tan incontables como las estrellas del cielo, o como la arena del mar." Dios a Abraham lo escogió para algo muy especial. Sería el padre de la nación que recibiría la ley de Dios, que tendría en su medio el templo y que recibiría su Palabra. Por medio de esa nación, en el cumplimiento del tiempo, vendría al mundo el Salvador que traería vida a todas las naciones.

Pero ¿cuál fue el secreto de Abraham? ¿Por qué lo escogió Dios para algo tan especial? Quizás Abraham fue un hombre perfecto, que nunca cometió ningún error. Cuando leemos su historia, descubrimos que no fue así. El cometió adulterio y mintió en más de una ocasión. Abraham no fue perfecto.

Posiblemente Abraham representaba para Dios alguien de mucha influencia en el mundo, una figura que todos conocían por su poder y posición. Quizás Abraham fue un rey que le sería muy útil a Dios, porque todos lo respetaban. Pero no, Abraham no fue ningún gran rey. Deuteronomio 26:5 describe a su familia como arameos errantes: "Entonces tú declararás ante el Señor tu Dios: Mi padre fue un arameo errante, y descendió a Egipto con poca gente. Vivió allí hasta llegar a ser una gran nación, fuerte y numerosa.". Llegó a tener riquezas, pero no fue nadie muy importante en la sociedad de aquel entonces.

¿Cuál fue el secreto de Abraham? Génesis 15:6 nos da la respuesta: "Abraham creyó al Señor, y el Señor lo reconoció a él como justo." Lo que Dios encontró en Abraham fue la fe. Cuando Dios le habló, Abraham lo creyó. Dios le hizo una promesa, y Abraham no pidió pruebas. Con Abraham se establece el principio de la justicia por medio de la fe.

Ahora quizás tú pienses: "Eso está muy bien para Abraham, pero seguramente Dios espera más de mí. Tengo que obedecer sus leyes y esforzarme por hacer el bien." Unos cuatrocientos y pico de años después de la vida de Abraham, Dios se reunió con los descendientes de Abraham - los israelitas - en el monte Sinaí. Allí El les dio las leyes que El quería que ellos obedecieran.

"¿Ya ves?" - dice alguien. "La fe no es suficiente. También tenemos que esforzarnos por hacer lo que Dios dice." El apóstol Pablo responde a este argumento en el tercer capítulo de Gálatas. Comencemos con los versos 11 al 14:

3:11 Ahora bien, es evidente que por la ley nadie es justificado delante de Dios, porque 'el justo vivirá por la fe'.
3:12 La ley no se basa en la fe; por el contrario, 'quien practique estas cosas vivirá por ellas'.
3:13 Cristo nos rescató de la maldición de la ley al hacerse maldición por nosotros, pues está escrito: 'Maldito todo el que es colgado de un madero'.
3:14 Así sucedió, para que, por medio de Cristo Jesús, la bendición prometida a Abraham llegara a las naciones, y para que por la fe recibiéramos el Espíritu según la promesa.

La ley y la fe no se pueden juntar. Tratar de agregar la ley a la fe es como agregarle agua a un fuego. ¡Se apaga!

La ley sólo sirve para condenarnos. Nos pone bajo maldición. La única manera de quedar bien ante Dios por medio de la ley es obedecerla perfectamente. Como dice el verso 12, sólo podemos vivir por medio de la ley si la practicamos perfectamente. Pero cualquier falla nos pone bajo maldición.

Sigamos ahora con los versos 15 al 18:

3:15 Hermanos, voy a ponerles un ejemplo: aun en el caso de un pacto humano, nadie puede anularlo ni añadirle nada una vez que ha sido ratificado.
3:16 Ahora bien, las promesas se le hicieron a Abraham y a su descendencia. La Escritura no dice: 'y a los descendientes', como refiriéndose a muchos, sino: 'y a tu descendencia', dando a entender uno solo, que es Cristo.
3:17 Lo que quiero decir es esto: La ley, que vino cuatrocientos treinta años después, no anula el pacto que Dios había ratificado previamente; de haber sido así, quedaría sin efecto la promesa.
3:18 Si la herencia se basa en la ley, ya no se basa en la promesa; pero Dios se la concedió gratuitamente a Abraham mediante una promesa.

Digamos que tú firmas un contrato para comprar una casa. Quedas de acuerdo con el vendedor en el precio y las condiciones de la venta. Después de firmar el contrato, no puedes decidir que quieres incluir otras condiciones adicionales. El contrato ya está firmado.

De la misma manera, la promesa que Dios hizo a Abraham no se anuló cuando Dios dio la ley, 430 años después. La promesa de salvación que se cumplió por medio de un descendiente de Abraham, Jesucristo, siempre se basó en la fe - la fe de Abraham. La ley no lo anula ni lo cancela.

Pero entonces, ¿cuál fue el propósito de la ley? ¿Por qué la dio Dios? Los versos 23 a 25 nos dan la respuesta:

3:23 Antes de venir esta fe, la ley nos tenía presos, encerrados hasta que la fe se revelara.
3:24 Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe.
3:25 Pero, ahora que ha llegado la fe, ya no estamos sujetos al guía.

En el mundo antiguo, las familias de dinero tenían un criado cuya responsabilidad era llevar a los niños a sus clases. Era su tutor, su guía. Se aseguraba de que llegaran al lugar donde su maestro les enseñaría.

Pablo dice que la ley sirvió esa función. El propósito de la ley es llevarnos a Cristo, para que pongamos toda nuestra confianza en El y recibamos la salvación. Por medio de la ley nos damos cuenta de nuestra necesidad. Nadie puede decir que no necesita la salvación, porque todos hemos desobedecido los mandamientos de Dios. La ley es la radiografía que nos muestra nuestro estado de perdición.

La ley también nos muestra qué vino Cristo a hacer. Los sacrificios de animales, por ejemplo, servían como ejemplo del sacrificio que Cristo vendría a hacer por nosotros. Así como su sangre cubría el pecado de manera temporal, la sangre de Cristo cubre nuestro pecado de manera permanente.

Muchas personas se resisten a creer que lo único que Dios desea de nosotros es la fe, porque piensan que entonces nos sentiremos libres para pecar. Por esto tratan de imponer alguna clase de ley. "¡Ven a Cristo!" - claman, y luego de que vienes a Cristo, te dan la lista de todos los requisitos que debes cumplir para no perder la salvación. Empiezan por fe, pero luego vuelven a meter la ley.

Esta mezcla no funciona. La salvación es sólo por fe. Pero cuando llegas a conocer a Cristo, a confiar de todo corazón en El, entonces tus deseos comienzan a cambiar también. Ya no quieres hacer las cosas de antes. El amor de Cristo te lleva a desear otra clase de vida. Quieres vivir en obediencia, en verdad y en amor - no porque la ley te lo exige, sino porque amas a Dios. Cuando obedecemos a Dios, es el resultado y la prueba de nuestra fe. Pero no es la razón por la que El nos perdona.

Para algunos de ustedes, esta explicación basada en la Palabra de Dios les ha resuelto algunas dudas. Otros se perdieron entre los 430 años y la maldición de la ley. Pero el punto principal de todo esto es que Dios simplemente quiere que confíes en El. ¿Cómo puedes recibir el perdón y la seguridad de la vida eterna? Confía en Dios, y recíbelo por fe. ¿Cómo puedes atravesar ese valle oscuro? Confía en Dios, y camina por fe.

El puente de la gracia yace delante de ti. Sólo tienes que cruzarlo por fe. Pon toda tu confianza en El. Créele cuando te dice que Cristo pagó por todos tus pecados en la cruz. Confía en su Palabra que te dice que ahora eres su hijo. Camina de su mano por todos los problemas de esta vida. Eso es todo lo que Dios quiere de ti.


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