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Domingo 6 de Noviembre de 2016

Un retrato de la gracia
Pastor Tony Hancock

Un día, me encontraba en la biblioteca cuando otro cliente llegó a devolver libros. "Lo siento", le dijo a la bibliotecaria, "los estoy devolviendo un par de días tarde. ¿Cuánto es la multa?" La mujer revisó los libros y la cuenta del cliente, y luego le dijo: "No se preocupe. Nosotros le damos gracia."

El hombre se vio confundido. Por un momento, ¡pensé que se iba a poner a discutir con la bibliotecaria! Parecía que no quería que le perdonaran la multa. Pero después de un momento, le dio las gracias y se retiró. En realidad, la gracia suele ser inesperada y sorprendente. ¡Nos puede dejar confundidos, por un momento! Pero en esta vida, la mejor cosa que podemos recibir es la gracia de Dios. La mejor cosa que podemos hacer es aprender a vivir vidas de gracia.

¿Qué es la gracia? Cuando esta palabra se usa en la Biblia, se refiere a una bendición que recibimos sin merecerla. Si lo ganas, no es gracia. Si lo compras, no es gracia. Si lo mereces, no es gracia. La gracia es un regalo que muestra la generosidad de quien la da. No tiene nada que ver con lo que merece el que la recibe.

La gracia aparece en todas las páginas de la Biblia, pero se presentó al mundo a la perfección en la persona de Jesucristo. Hoy veremos un ejemplo de cómo se manifestó esa gracia en la vida de una persona, y cómo puede transformar nuestra manera de vivir y de relacionarnos con otros.

La historia comienza con el apóstol Pablo. Al final de su cuarto viaje misionero se encontraba encarcelado en Roma. Podríamos pensar que la cárcel no representa el destino apropiado para un gran siervo del Señor, pero Pablo no lo veía así. Durante su tiempo de prisión, él escribió lo siguiente en una de sus cartas: "Hermanos, quiero que sepan que, en realidad, lo que me ha pasado ha contribuido al avance del evangelio." (Filipenses 1:12 NVI)

Una de las personas que Pablo llegó a conocer durante este tiempo en la cárcel fue un joven llamado Onésimo. No sabemos cómo se conocieron, pero sí sabemos que Onésimo llegó a conocer el evangelio por medio de Pablo. El apóstol encarcelado, ya mayor de edad, compartió con el joven las buenas noticias acerca de Jesucristo.

Le contó acerca de la vida perfecta de Jesús. Le contó acerca de la muerte que Jesús sufrió en la cruz, la muerte de un criminal. Pero ¡Jesús era inocente! Jesús había muerto en el lugar de los culpables, los pecadores, para que pudiéramos ser perdonados y aceptados por Dios. Onésimo, como todo verdadero creyente, reconoció que necesitaba el perdón de Dios. Aceptó el regalo de la gracia, el perdón que Dios libremente le regala a todo el que pone su confianza en Jesús.

Pablo llegó a considerarlo su hijo en la fe, y Onésimo se convirtió en ayudante de Pablo. Pero había un pequeño problema. Onésimo era esclavo, y se había escapado de su amo. Bajo la ley romana, esto representaba un delito capital. Onésimo podría morir por lo que había hecho. Para colmo, Pablo conocía al amo de Onésimo. ¡Era un hermano en la fe! ¡Había una Iglesia que se reunía en su hogar! ¿Qué haría Pablo con Onésimo?

En la respuesta a esta pregunta descubrimos cómo funciona la gracia. Onésimo decidió regresar a su amo, y Pablo le escribió una carta. Hoy vamos a leer la carta que Pablo envió con Onésimo. Es uno de los libros más pequeños del Nuevo Testamento. Se llama Filemón. Leamos ahora esa carta:

1 Pablo, prisionero de Cristo Jesús, y el hermano Timoteo, a ti, querido Filemón, compañero de trabajo,
2 a la hermana Apia, a Arquipo nuestro compañero de lucha, y a la iglesia que se reúne en tu casa:
3 Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz.
4 Siempre doy gracias a mi Dios al recordarte en mis oraciones,
5 porque tengo noticias de tu amor y tu fidelidad hacia el Señor Jesús y hacia todos los creyentes.
6 Pido a Dios que el compañerismo que brota de tu fe sea eficaz para la causa de Cristo mediante el reconocimiento de todo lo bueno que compartimos.
7 Hermano, tu amor me ha alegrado y animado mucho porque has reconfortado el corazón de los santos.
8 Por eso, aunque en Cristo tengo la franqueza suficiente para ordenarte lo que debes hacer,
9 prefiero rogártelo en nombre del amor. Yo, Pablo, ya anciano y ahora, además, prisionero de Cristo Jesús,
10 te suplico por mi hijo Onésimo, quien llegó a ser hijo mío mientras yo estaba preso.
11 En otro tiempo te era inútil, pero ahora nos es útil tanto a ti como a mí.
12 Te lo envío de vuelta, y con él va mi propio corazón.
13 Yo hubiera querido retenerlo para que me sirviera en tu lugar mientras estoy preso por causa del evangelio.
14 Sin embargo, no he querido hacer nada sin tu consentimiento, para que tu favor no sea por obligación sino espontáneo.
15 Tal vez por eso Onésimo se alejó de ti por algún tiempo, para que ahora lo recibas para siempre,
16 ya no como a esclavo, sino como algo mejor: como a un hermano querido, muy especial para mí, pero mucho más para ti, como persona y como hermano en el Señor.
17 De modo que, si me tienes por compañero, recíbelo como a mí mismo.
18 Si te ha perjudicado o te debe algo, cárgalo a mi cuenta.
19 Yo, Pablo, lo escribo de mi puño y letra: te lo pagaré; por no decirte que tú mismo me debes lo que eres.
20 Sí, hermano, ¡que reciba yo de ti algún beneficio en el Señor! Reconforta mi corazón en Cristo.
21 Te escribo confiado en tu obediencia, seguro de que harás aún más de lo que te pido.
22 Además de eso, prepárame alojamiento, porque espero que Dios les conceda el tenerme otra vez con ustedes en respuesta a sus oraciones.
23 Te mandan saludos Epafras, mi compañero de cárcel en Cristo Jesús,
24 y también Marcos, Aristarco, Demas y Lucas, mis compañeros de trabajo.
25 Que la gracia del Señor Jesucristo sea con su espíritu.

Filemón era el anfitrión de una Iglesia que se reunía en su casa. De hecho, durante todo el tiempo en que se escribió el Nuevo Testamento, las Iglesias se reunían en casas. Los primeros edificios para reuniones cristianas no se edificaron hasta más de cien años después de la muerte de Cristo.

La esposa de Filemón se llamaba Apia, y ella seguramente tenía mucho que ver con el manejo del hogar. Su hijo, Arquipo, era pastor - quizás de la Iglesia que se reunía en la casa de su padre. Esta familia era muy especial para Pablo, y él daba gracias a Dios por ellos. Se reconocían por ser fieles a Jesús, y por mostrar amor a todos los creyentes - todos los santos.

Ahora llegamos a la primera expresión de gracia que brota de esta carta. En el verso 10, Pablo dice: "Te suplico por mi hijo Onésimo, quien llegó a ser hijo mío mientras yo estaba preso." (NVI) Dentro de la sociedad de su día, Onésimo era lo peor de lo peor. Un esclavo fugitivo no tenía ninguna clase de derechos civiles. La ley no lo amparaba. Era totalmente inútil. Es una gran ironía, porque el nombre Onésimo significa "útil".

Pero cuando Pablo, en el plan de Dios, conoció a Onésimo, no lo vio como basura humana. No lo vio por lo que sociedad lo consideraba, sino que vio en él un ser humano amado por Dios y conocido por él. Compartió con él las buenas noticias de la salvación por fe en Jesucristo, y Onésimo aceptó el mensaje. Pablo lo llega a llamar su hijo. De ser menos que nadie, Onésimo llega a ser hijo espiritual del apóstol Pablo y - mucho más importante - hijo de Dios.

Cuando la gracia de Dios nos alcanza, nos levanta de donde estábamos y nos da una nueva identidad. Como un rescatista que levanta un cuerpo que yace en el agua y lo revive, la gracia de Dios nos levanta del pecado y nos devuelve la vida. Como un aire fresco inesperado en un día húmedo y sofocante, la gracia de Dios nos refresca y restaura. Onésimo experimentó esa gracia cuando se entregó a Jesucristo. ¿La has experimentado tú?

Onésimo se había reconciliado con Dios, pero faltaba otra relación por arreglar. Era la relación con su amo, Filemón. El esclavo fugitivo decidió regresar con su amo, pero no sin una carta escrita por el mismo apóstol Pablo. El apóstol respetaba la ley y la responsabilidad que tenía Onésimo con su amo. Pero más allá de esto, él animó a Filemón a mostrar en la relación con su esclavo la misma gracia que ambos habían recibido de Dios.

Le dice: "Tal vez por eso Onésimo se alejó de ti por algún tiempo, para que ahora lo recibas para siempre, ya no como a esclavo, sino como algo mejor: como a un hermano querido..." (Filemón 15-16a NVI). Filemón podría haberle aplicado a Onésimo todo el peso de la ley. Podría incluso haberlo matado, y bajo las leyes civiles, estaría justificado en hacerlo.

Pero Pablo le llama a dejar a un lado la ley y mostrarle a Onésimo la gracia. Cuando tú y yo hemos conocido la gracia de Dios, esa misma gracia tiene que transformar nuestra relación con los demás también. Pablo incluso le dice a Filemón: "Si te ha perjudicado o te debe algo, cárgalo a mi cuenta." (Filemón 18 NVI)

Algunos intérpretes sacan la conclusión de que Onésimo le había robado a su amo cuando se había fugado. Aunque no le haya robado dinero o bienes, si le había quitado el beneficio de su servicio como esclavo. Le debía a su amo. Pero Pablo le dice: "Que todo lo que te debe Onésimo corra por mi cuenta. Es más, ya no lo recibas como un esclavo, sino como un querido hermano."

¡Qué transformación en las relaciones humanas! Todo comienza con la gracia que Dios nos ha dado a nosotros. De hecho, lo que Pablo hizo por Onésimo es lo mismo que Cristo hizo por nosotros. Todos le debíamos una tremenda deuda a nuestro Creador, Dios. Huimos del hogar, buscando una mejor vida en el mundo - pero no la pudimos encontrar.

Cristo vino para sacrificarse en la cruz, diciendo: "Que su pecado corra por mi cuenta. Todo lo que deban, yo lo pagaré, para que puedan llegar a ser mis hermanos." El Padre nos acepta como sus hijos, y llegamos a tener un hogar y una familia. Amigo, si tú te encuentras aquí hoy y no has recibido esa gracia de Dios en tu vida, acéptala hoy.

Efesios 2:8 nos dice que somos salvos por gracia, por medio de la fe: "Porque por gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios". La gracia de Dios llega a ser eficaz en nuestra vida cuando respondemos a su amorosa oferta de perdón, confiando de todo corazón en lo que Jesús hizo por nosotros. Dios nos extiende su mano de gracia, y nosotros sólo la tenemos que tomar por fe.

A algunos, esa oferta les parece demasiado fácil. Un minero le dijo a un pastor que quería recibir el perdón de Dios, pero le parecía imposible que fuera tan fácil como simplemente volverse hacia El. El pastor le respondió con una comparación: "Hoy trabajaste en la mina. ¿Cómo saliste de la mina?" El minero le respondió que había salido por el elevador, como solía hacerlo.

"¿Cuánto pagaste por subirte al elevador?" - preguntó el pastor. El minero le respondió que no había pagado nada. "¿Cómo pudiste confiar en aquel elevador, si no te costó nada?" El minero contestó: "A mí no me costó nada, pero la compañía minera pagó una pequeña fortuna para instalar ese elevador." Entonces se dio cuenta de que, de la misma manera, Jesús había pagado una inmensa fortuna para lograr la salvación que a él no le costaba nada. Es un regalo de gracia.

Cuando hemos recibido esa gracia, Dios nos llama a mostrarla a los demás. Desgraciadamente, esa gracia no siempre ha sido marca de la comunidad de creyentes. Este país tiene su propia historia de esclavitud que dista mucho del llamado bíblico. Son muy contados los amos que realmente trataban a sus esclavos como hermanos en Cristo, como la Escritura aquí manda. Si los creyentes hubieran tomado en serio el llamado bíblico a reconocer como hermanos a sus esclavos, la esclavitud pronto habría desaparecido.

Ya no vivimos con la realidad de la esclavitud, pero ¿mostramos gracia a las personas que nos rodean? Cuando tus hijos te sacan de quicio, ¿respondes con gritos, o con gracia? Cuando un compañero de trabajo te enfada, ¿te conviertes en su enemigo, o le muestras gracia? Cuando un hermano te falla, ¿respondes con rechazo, o le extiendes una mano de gracia?

Cristo nos está llamando a construir una comunidad de gracia - día a día, momento a momento, de decisión en decisión. Cada día, tenemos que decidir si mostraremos a otros la gracia que Dios nos ha mostrado a nosotros, o si viviremos insistiendo en nuestros derechos. ¿Se convertirá tu vida, como la de Onésimo, como la de Filemón, en un retrato de la gracia de Dios?


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