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Domingo 23 de Octubre de 2016

El camino a la grandeza
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la historia de un niño de la ciudad que fue a visitar a su primo que vivía en el campo. El primo le dijo: "¡Vamos a ver una cueva!" Juntos fueron caminando por las veredas hasta llegar a la boca de la cueva. Cuando llegaron, el joven le dijo a su primo de la ciudad: "Esta cueva tiene un eco".

"¿Un qué?" - le preguntó. "¡Un eco! Mira, te voy a mostrar cómo funciona." En eso, gritó hacia el interior de la cueva: "¡José!" El eco salió de la cueva: "¡José... ! ¡Ahora pruébalo tú!" - le dijo a su primo. Este muchacho acababa de estudiar la vida del rey Nabucodonosor en la escuela dominical, así que gritó: "¡Nabucodonosor!" El eco le contestó: "¡Nabucodono... ¿qué?!"

Este rey pagano, con su nombre tan difícil de pronunciar, tiene mucho que enseñarnos. Nabucodonosor fue rey en Babilonia, y el profeta Daniel lo sirvió. Fue Nabucodonosor quien echó a los tres amigos de Daniel, Sadrac, Mesac y Abednego, al horno en llamas. Este hombre adoraba a los dioses paganos de Babilonia; de hecho, fue nombrado en honor a uno de ellos - el dios Nebo, o Nabu.

Pero un día, el Dios del cielo decidió mostrarle quién realmente reina. Le mandó un sueño, que ninguno de sus sabios pudo interpretar. En este sueño, Nabucodonosor veía un tremendo árbol que crecía en medio de la tierra. Era tan alto que todos lo podían ver. Su copa tocaba el cielo, las aves anidaban en sus ramas y todos comían de su fruto.

De repente, un ángel bajo del cielo y ordenó que se cortara el árbol, que se le quitaran las ramas y las hojas, que su fruto fuera esparcido y que sólo quedaran el tronco y las raíces. Durante siete años se quedaría así. Este fue el sueño del rey, pero no lo pudo interpretar. Por fin, llamó a Daniel. Este profeta le dio la interpretación.

Nabucodonosor sería apartado de la gente, y viviría como un animal del campo. Perdería su conciencia humana, y su cabello y sus uñas crecerían hasta dejarlo con la apariencia de una bestia. Sería víctima de lo que se llama boantropía. Después de darle la interpretación del sueño, Daniel animó a Nabucodonosor a arrepentirse. Quizás así Dios lo libraría de su mal destino.

Pasó un año. Nabucodonosor había tratado de cambiar. Pero después de un año, llegó el día en que Nabucodonosor miró todo lo que había hecho y pronunció estas palabras: "¡Miren la gran Babilonia que he construido como capital del reino! ¡La he construido con mi gran poder, para mi propia honra!" (Daniel 4:30)

En ese momento una voz del cielo decretó su sentencia. Durante siete años viviría como animal, comiendo pasto como el ganado, hasta llegar a reconocer que el Dios Altísimo es soberano sobre todos los reinos del mundo. Recojamos ahora la historia en Daniel 4:33-37:

4:33 Y al instante se cumplió lo anunciado a Nabucodonosor. Lo separaron de la gente, y comió pasto como el ganado. Su cuerpo se empapó con el rocío del cielo, y hasta el pelo y las uñas le crecieron como plumas y garras de águila.
4:34 Pasado ese tiempo yo, Nabucodonosor, elevé los ojos al cielo, y recobré el juicio. Entonces alabé al Altísimo; honré y glorifiqué al que vive para siempre: Su dominio es eterno; su reino permanece para siempre.
4:35 Ninguno de los pueblos de la tierra merece ser tomado en cuenta. Dios hace lo que quiere con los poderes celestiales y con los pueblos de la tierra. No hay quien se oponga a su poder ni quien le pida cuentas de sus actos.
4:36 Recobré el juicio, y al momento me fueron devueltos la honra, el esplendor y la gloria de mi reino. Mis consejeros y cortesanos vinieron a buscarme, y me fue devuelto el trono. ¡Llegué a ser más poderoso que antes!
4:37 Por eso yo, Nabucodonosor, alabo, exalto y glorifico al Rey del cielo, porque siempre procede con rectitud y justicia, y es capaz de humillar a los soberbios.

Nabucodonosor fue el rey más poderoso del mundo en aquel tiempo, pero él tuvo que reconocer que hay otro Rey mucho más poderoso. Su humillación lo llevó a entender que Dios está en control de todo, y su reino no tiene fin. Nabucodonosor se había exaltado a sí mismo, pero Dios lo tuvo que humillar para que pudiera conocer la verdadera exaltación.

Uno de los sentimientos más peligrosos que puede infectar el corazón humano es la soberbia. Proverbios 29:23 nos dice: "El altivo será humillado, pero el humilde será enaltecido." (NVI) Aunque no seamos reyes o emperadores sobre grandes naciones, todos tenemos la capacidad de ser pequeños Nabucodonosores. Siempre queremos establecernos como reyes sobre nuestro pequeño imperio, en lugar de reconocer a Dios como Rey de todo.

El orgullo es una mala hierba que crece en todos los suelos. Quizás el orgullo más peligroso es el orgullo religioso, cuando nos sentimos mejores que los demás porque nos consideramos más devotos que ellos. De cualquier cosa nos podemos sentir orgullosos: de nuestros logros, de nuestras posesiones, de nuestra apariencia.

Se cuenta la historia de una muchacha que fue a confesión y le contó al cura que había cometido el pecado de vanidad. El le preguntó cómo había caído en ese pecado, y ella le respondió que, cada vez que se miraba al espejo, se ponía a pensar en lo bonita que era. El cura le contestó: "No, hija. Eso no es un pecado. Es solamente una equivocación."

El problema con el orgullo es que no tiene base. Es como un globo; es muy fácil de explotar - así como el cura lo hizo con aquella pobre muchacha. Tenemos que hallar una base más estable para nuestra autoestima. La única base estable comienza con la humildad. De hecho, la humildad es la única solución para nuestro problema de orgullo.

Leamos las palabras de Santiago, en el capítulo 4, versos 4 al 10 de su carta:

4:4 ¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Si alguien quiere ser amigo del mundo se vuelve enemigo de Dios.
4:5 ¿O creen que la Escritura dice en vano que Dios ama celosamente al espíritu que hizo morar en nosotros?
4:6 Pero él nos da mayor ayuda con su gracia. Por eso dice la Escritura: "Dios se opone a los orgullosos, pero da gracia a los humildes."
4:7 Así que sométanse a Dios. Resistan al diablo, y él huirá de ustedes.
4:8 Acérquense a Dios, y él se acercará a ustedes. ¡Pecadores, límpiense las manos! ¡Ustedes los inconstantes, purifiquen su corazón!
4:9 Reconozcan sus miserias, lloren y laméntense. Que su risa se convierta en llanto, y su alegría en tristeza.
4:10 Humíllense delante del Señor, y él los exaltará.

Santiago se dirige a nosotros de una manera muy chocante. Nos llama gente adúltera. No se refiere a la infidelidad matrimonial, sino a la infidelidad a nuestro compromiso con Dios. Este adulterio espiritual representa olvidar nuestro compromiso único con Dios y tener una aventura con el mundo.

En este mundo, la gente se pelea por ver quién es el más importante. Los que se consideran grandes se jactan de sus logros, y si no tienen logros, los inventan. Las personas hacen mención de figuras públicas, como si fueran amigos íntimos. Todos buscan impresionar a los demás para mostrar que son superiores.

Todo esto es algo ofensivo para Dios, porque El realmente es superior. El merece toda la gloria, no nosotros. "Dios se opone a los orgullosos", dice Santiago, citando Proverbios 3:34: "El Señor se burla de los burlones, pero muestra su favor a los humildes". Quizás logremos impresionar a las personas con nuestra fanfarronería, pero Dios nos verá con desprecio y peleará en contra nuestra.

Por eso, se nos llama a resistir al diablo y someternos a Dios. El diablo siempre se opone a Dios. Siempre se levanta para tratar de tomar su lugar, pero no lo podrá hacer. El diablo viene y nos trata de convencer de que debemos imponernos y mostrar nuestra importancia. Nos tienta a encontrar nuestro valor en nuestra apariencia, en nuestras posesiones o en nuestra posición social. Todo eso es innecesario, porque nuestro verdadero valor nos lo da Dios.

Si resistimos al diablo cuando nos viene a tentar, él se irá. En lugar de escuchar sus piropos, volvamos la mirada hacia Dios en sumisión y humildad. Lo más triste del orgullo es que nos lleva a quitar la mirada de lo que es realmente grandioso - la presencia y el amor de Dios. ¡El es realmente maravilloso! ¡El se merece nuestra adoración!

Cuando nos humillamos ante Dios, habrá momentos de tristeza. Tendremos que reconocer nuestro pecado y nuestra desobediencia. Habrá lágrimas a causa de nuestras fallas y nuestra rebelión. Pero en ese momento de humillación y quebrantamiento delante de Dios, El nos levantará. "Humíllense delante del Señor, y él los exaltará".

Si nos presentamos delante del Señor con orgullo, presumiendo lo que somos, El nos verá con malos ojos. Pero si nos humillamos ante El con sinceridad, El nos levantará y nos sentará en lo alto. Cuando nos humillamos ante Dios, El nos levanta para que ya no seamos humillados. Lo irónico es que, cuando sabes quién eres en Cristo, no serás humillado. La humildad ante Dios nos da una seguridad ante los demás.

Como ejemplo, podemos comparar a Mardoqueo y Amán. Mardoqueo fue primo de la reina Ester, y servía al rey en la entrada del palacio. Amán fue consejero del rey. Cada día, cuando entraba al palacio, se enfurecía porque Mardoqueo no le rendía pleitesía como lo hacían los demás trabajadores del rey.

En cierta ocasión, Mardoqueo se enteró de un complot para asesinar al rey, y se lo reportó, salvándole al rey la vida. Tiempo después, el rey se acordó de lo que Mardoqueo había hecho. Le preguntó a Amán cómo se podría honrar al hombre que había complacido al rey. Amán, creyendo que se trataba de él, le recomendó que este hombre fuera vestido con uno de los trajes que el rey había usado, y que fuera guiado por las calles de la ciudad en uno de los caballos que el rey había usado. La persona que lo guiara debía anunciar: "¡Así se trata al hombre a quien el rey desea honrar!" (Ester 6:9)

"¡Perfecto!" - exclamó el rey, - "ve y hazlo con Mardoqueo". Así fue que Amán se vio obligado a participar en la exaltación de este hombre tan humilde, pero a quien él odiaba. Al final, Amán terminó muriendo en una horca que él había construido con la intención de matar a Mardoqueo. Ciertamente, el que se humilló fue exaltado, y el que se exaltó fue humillado.

El mayor ejemplo de humildad lo encontramos en Jesucristo mismo. La Biblia nos dice que El, existiendo como Dios y disfrutando todos los privilegios que le pertenecían por ser Dios, no consideró su igualdad con el Padre como algo a que aferrarse. Más bien, se humilló. Tomó la forma de hombre, de siervo. Se humilló hasta la muerte, muerte de cruz.

Por eso, su Padre lo exaltó y le dio la máxima posición sobre toda la creación. En el nombre de Jesús, toda rodilla se doblará. El es nuestro modelo. Si confiamos en El, si nos humillamos ante Dios, seremos levantados. Sin humillación, no hay grandeza. Pero al humillarnos ante Cristo, llegamos a tener un valor que nadie nos podrá quitar.

Hermano, amigo, ya no luches más. Ven a humillarte ante el Señor. Reconoce ante El tu pecado, tus fallas, tu necesidad. Llora, si es necesario. Ven con sinceridad de corazón para reconocer que sólo El es grande, y El te levantará.


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