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Domingo 2 de Octubre de 2016

El veneno de la envidia
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la fábula de dos águilas. Ambas eran veloces y majestuosas, pero una de ellas volaba un poco mejor que la otra. La segunda ave sentía mucha envidia de su rival, que siempre la superaba. Un día, vio a un cazador con arco y flecha. Acercándose al cazador, le dijo: "¡Ojalá pudieras matar a aquella águila!"

El cazador le respondió: "Me encantaría hacerlo, pero me faltan plumas para mis flechas." Cegado por los celos, el águila arrancó una de las plumas del ala y se la dio al cazador. Este disparó la flecha, pero no alcanzó su meta; volaba muy alto. El águila envidiosa le siguió dando plumas al cazador hasta que ya no podía volar. Entonces, el cazador dio la vuelta y la mató.

La envidia nos lleva a destruirnos a nosotros mismos. La verdad que ilustra esta fábula se hizo realidad en la historia de Saúl, el primer rey de Israel. Recojamos la historia cuando Saúl ya tenía varios años de ser rey, y el joven David acababa de matar al gigante Goliat. Saúl, como buen líder, reconoció las capacidades del joven guerrero y lo invitó a servir en su palacio. David antes había servido de manera esporádica como músico, pero ahora se fue a vivir con Saúl.

El rey Saúl empezó a darle encargos a David, y se dio cuenta de que, en todo lo que hacía, tenía éxito. Dentro de poco, David estaba al mando del ejército de Israel. Pero pronto se produjo un problema. Cuando David y Saúl regresaban de la batalla, las mujeres salían a recibir al rey. Esta era la costumbre. Pero esto es lo que decían: "Saúl destruyó a un ejército, ¡pero David aniquiló a diez!" (1 Samuel 18:7)

Cuando Saúl escuchó que las mujeres alababan a David más que a él, se enfureció. Empezó a mirar a David con recelo. La envidia empezó a crecer en su corazón, hasta que un día volvió a sufrir el ataque de un espíritu malo que el Señor había enviado para atormentarlo. Como de costumbre, David empezó a tocar el arpa para tranquilizarlo, pero Saúl agarró una lanza e intentó matarlo.

Esto sucedió en dos ocasiones, y de cada una David se escapó. Pero él siguió fiel en su servicio al rey, hasta que por fin la envidia llevó a Saúl a tramar un plan para matar a David. Envió hombres a su casa para aniquilarlo. David tuvo que escaparse, mientras su esposa Mical - que era hija de Saúl - ocultó su huida.

Después de estos sucesos, David dejó el servicio de Saúl y se escondió en el desierto, donde reunió a un bando de hombres que lo apoyaban. Lo más irónico de la situación es que, en más de una ocasión, David tuvo la oportunidad de matar a Saúl - pero no lo hizo. A pesar de que Saúl lo había tratado de matar varias veces, David nunca le trató de hacer daño a él.

Aunque Dios había mandado al profeta Samuel que lo ungiera como rey en lugar de Saúl, David esperó hasta que Dios mismo había quitado a Saúl para tomar su lugar. La envidia de Saúl fue completamente innecesaria. David le fue fiel, y nunca le habría tratado de hacer daño. Pero en su envidia, Saúl perdió al guerrero más leal que tenía, y al final, lo perdió todo.

¿Qué es la envidia? Es sentirse descontento o inconforme a causa de la suerte, las posesiones o las cualidades de otra persona. Se parece a la codicia, pero la codicia se dirige hacia lo que tiene la persona, mientras que la envidia se dirige hacia la persona misma. La envidia nunca tiene buenos resultados.

De hecho, Gálatas 5:19-21 incluye la envidia en la lista de cosas que produce la naturaleza pecaminosa:

5:19 Las obras de la naturaleza pecaminosa se conocen bien: inmoralidad sexual, impureza y libertinaje;
5:20 idolatría y brujería; odio, discordia, celos, arrebatos de ira, rivalidades, disensiones, sectarismos
5:21 y envidia; borracheras, orgías, y otras cosas parecidas. Les advierto ahora, como antes lo hice, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios.

El hombre pecador, que vive en rebelión contra Dios y de acuerdo a sus propios deseos, es envidioso. El corazón egoísta es envidioso, pero nunca encuentra la verdadera felicidad. Aunque en el momento parezca natural sentir envidia, produce amargura y tristeza.

La envidia fue el motivo humano del crimen más grave que jamás haya sucedido. El momento más oscuro de la historia humana se presentó porque ciertas personas sintieron envidia. Durante el relato del juicio de nuestro Señor Jesús ante el gobernador romano Pilato, encontramos esta frase: "Pilato... sabía que le habían entregado a Jesús por envidia." (Mateo 27:17,18)

El apóstol Santiago nos enseña que la envidia está diametralmente opuesta a la sabiduría divina. Santiago 3:13-16 dice así: "¿Quién es sabio y entendido entre ustedes? Que lo demuestre con su buena conducta, mediante obras hechas con la humildad que le da su sabiduría. Pero, si ustedes tienen envidias amargas y rivalidades en el corazón, dejen de presumir y de faltar a la verdad. Esa no es la sabiduría que desciende del cielo, sino que es terrenal, puramente humana y diabólica. Porque donde hay envidias y rivalidades, también hay confusión y toda clase de acciones malvadas." (NVI)

Santiago describe la envidia como algo diabólico. La envidia fue la causa de la rebelión de Satanás; él no estaba conforme con su elevada posición en la creación, sino que quiso ser como Dios. Envidió al Dios trino, y perdió su lugar en el cielo como resultado de su rebelión. Cuando dejamos que la envidia se arraigue en nuestro corazón, empezamos a recorrer un camino muy destructivo.

El mundo ve la envidia como algo normal, pero como acabemos de ver, Dios lo ve como algo muy negativo. Nos llama a arrancarlo de nuestros corazones. Pero descubrimos algo muy interesante cuando estudiamos la envidia en la Biblia. La misma palabra en hebreo que el Antiguo Testamento usa para condenar la envidia también se usa de Dios. ¿Cómo es posible?

Por ejemplo, en Exodo 34:14 leemos lo siguiente: "No adores a otros dioses, porque el Señor es muy celoso. Su nombre es Dios celoso." La palabra "celoso" en nuestra traducción es la misma palabra que se traduce "envidia" en otros lugares. ¿Cómo puede ser esto?

Dios es celoso por su gloria, por su honra. El no comparte su gloria con otros. Cuando los seres humanos adoran y sirven a otras cosas que no son dioses, que no merecen adoración, ofenden a Dios. Dios es celoso por su gloria. Pero lo que tenemos que comprender es que Dios es celoso por lo que a El debidamente le pertenece, mientras que nosotros envidiamos lo que no nos pertenece.

Es más, lo correcto para nosotros es darle a Dios la gloria que El se merece. Dios es celoso por su gloria porque el mundo corre bien cuando Dios recibe la honra, la gloria y la adoración que se merece. En cambio, cuando nosotros no damos a Dios la gloria que El se merece, le ofendemos a El y nuestra propia vida no funciona como debe.

En otras palabras, el celo de Dios por su nombre resulta en que las cosas se arreglen. Nuestra envidia de otros resulta en que las cosas se malogren. Y aunque Dios es celoso por lo que debidamente le pertenece, El también es generoso aun con sus enemigos. Jesús dijo, en Mateo 5:45, que nuestro Padre celestial "hace que salga el sol sobre malos y buenos, y que llueva sobre justos e injustos."

Aquí encontramos la primera pista para salir de la trampa de la envidia. Así como Dios es generoso con todos, la generosidad nos ayuda a nosotros también a evitar la envidia. Cuando buscamos maneras de bendecir a otros, de apoyar el crecimiento del reino de Dios y de ver que otros sobresalgan, nosotros también salimos bendecidos.

Proverbios 11:25 dice: "El que es generoso prospera; el que reanima será reanimado." La verdadera generosidad nos reanima; hace que nuestra alma respire, y trae prosperidad a nuestra vida. Es fácil evitar la envidia cuando estamos buscando oportunidades de bendecir a otros, en lugar de fijarnos en lo que no tenemos.

El segundo paso para vencer la envidia es alimentarnos correctamente. No me refiero a una dieta de frutas y verduras, sino la receta que encontramos en 1 Pedro 2:1-3:

2:1 Por lo tanto, abandonando toda maldad y todo engaño, hipocresía, envidias y toda calumnia,
2:2 deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación,
2:3 ahora que han probado lo bueno que es el Señor.

Si vamos a dejar la envidia, debemos tomar una decisión consciente de hacerlo; pero luego tenemos que llenarnos de otra cosa.

Cuando una persona se ha intoxicado, los médicos a veces pueden darle un antídoto. El antídoto neutraliza la acción de la toxina y hace que sea eliminada del cuerpo sin causar ningún daño. El único antídoto para la envidia es la leche pura de la Palabra de Dios. Sólo ella nos puede desintoxicar de la amargura que trae la envidia.

Si nos llenamos con la Palabra, aprenderemos cómo es Dios. Entenderemos cuánto nos ama. Recibiremos una visión de su maravilloso plan para el futuro. Frente a todo esto, la envidia se convertirá en algo tan mezquino e insignificante que nos dejará de interesar. Pero para que esto funcione, tenemos que desear la Palabra con ansias. Tenemos que llenarnos de ella, meditando sobre sus verdades y alabando a Dios por lo que El nos enseña.

Por medio de esa leche, creceremos en nuestra salvación. ¿Qué es la salvación? Consiste en conocer a Jesucristo. La mejor forma de curar la envidia es acercarnos cada vez más a El. Nuestro Señor Jesús estaba tan seguro de sí mismo que jamás tuvo la necesidad de sentir envidia de nadie. El nos ofrece un amor y una identidad tan completas que ya no tendremos por qué envidiar. ¿Conoces a Jesús? ¿Estás seguro en su amor?


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