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Domingo 25 de Septiembre de 2016

¡Qué pereza!
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la historia de un turista que se paseaba por las montañas de cierto estado. Llegó a una pequeña cabaña, y viendo a un hombre sentado en el porche, decidió detenerse para conversar un rato. Pronto se dio cuenta de que lo único que hacía aquel hombre era quejarse de su miserable existencia.

El turista le comentó: "¡Aquí tienes mucho terreno, y seguramente podrías ganarte un buen dinero sembrando maíz!" El hombre le contestó: "Supongo que sí." El turista volvió a comentarle: "¿No podrías conseguir la semilla?" El otro le dijo: "Me imagino que sí." El turista, insistente, le preguntó: "Entonces, ¿por qué no le sacas provecho a tus tierras?"

El otro le contestó: "No funcionaría, señor. Mi mujer es tan floja que nunca terminaría de trabajar la tierra y sembrar el maíz." ¡No sé cuál de los dos, en realidad, tenía el problema de flojera! Sospecho que el hombre era más culpable que su mujer en este asunto.

Dios quiere que tú y yo como hijos suyos tengamos vidas de satisfacción y bienestar. La flojera - la pereza - es una de las cosas que nos roba estas cosas. Por eso, Dios nos enseña a vencer esta condición tan común para poder vivir en verdadera prosperidad. Lo ha hecho no sólo con palabras, sino con ejemplos.

Uno de estos ejemplos es el apóstol Pablo. Este hombre, como siervo de Dios dedicado a la obra de evangelización y predicación, sabía muy bien que él tenía el derecho de recibir su sostén de la Iglesia y no tener que trabajar secularmente. En varios pasajes lo defiende. Pero él no siempre se aprovechó del derecho que tenía.

Durante su ministerio en Tesalónica, él decidió no recibir ningún sostén económico para poder dar un buen ejemplo de trabajo. El se dedicó a un trabajo secular para sostenerse, y aparte predicaba y enseñaba la Palabra de Dios. Sin embargo, algunos de los creyentes de Tesalónica no siguieron este buen ejemplo. Prefirieron ser ociosos y depender de la generosidad de otros.

Veamos lo que Pablo les dice, leyendo 2 Tesalonicenses 3:6-10:

3:6 Hermanos, en el nombre del Señor Jesucristo les ordenamos que se aparten de todo hermano que esté viviendo como un vago y no según las enseñanzas recibidas de nosotros.
3:7 Ustedes mismos saben cómo deben seguir nuestro ejemplo. Nosotros no vivimos como ociosos entre ustedes,
3:8 ni comimos el pan de nadie sin pagarlo. Al contrario, día y noche trabajamos arduamente y sin descanso para no ser una carga a ninguno de ustedes.
3:9 Y lo hicimos así, no porque no tuviéramos derecho a tal ayuda, sino para darles buen ejemplo.
3:10 Porque incluso cuando estábamos con ustedes, les ordenamos: "El que no quiera trabajar, que tampoco coma."

Pablo exhorta a los tesalonicenses a poner en disciplina a cualquier hermano vago. El declara que les había dado una enseñanza muy diferente, porque dice que la pereza no concuerda con la tradición que ellos recibieron de él. La vida cristiana no es una vida de flojera o indisciplina. Si un cristiano vive así, no será feliz.

Pablo también dice que les había dado un ejemplo muy diferente. Parece ser que los tesalonicenses tenían un problema especial con la pereza, porque el apóstol también lo menciona en su primera carta. Es muy probable que él haya decidido trabajar durante su tiempo en Tesalónica y no recibir sostén económico precisamente para darles este ejemplo, que les hacía falta.

Así que, con palabra y con ejemplo, Pablo nos enseña la clase de vida que Dios quiere de los suyos. Es una vida libre de pereza. Ahora bien, ¿qué es la pereza? La palabra "vago" que aparece en nuestra traducción tiene en griego el sentido de "sin orden" o "sin disciplina". Describe el estilo de vida de la persona que se deja llevar por el capricho del momento, en lugar de disciplinarse y hacer lo que debe.

Alguien ha dicho que la pereza es no hacer lo que deberías estar haciendo en ese momento. Esto concuerda perfectamente con lo que dice Pablo: lo que Dios busca es que vivamos en orden, con disciplina. La pereza llega cuando no hacemos lo que debemos estar haciendo en ese momento.

Muchos de ustedes son muy trabajadores. Madrugan para ir al trabajo, se presentan a tiempo y le dan un buen rendimiento al patrón. Quizás piensen: "¡Lo que menos necesito es un sermón sobre la pereza!" Pero tenemos que comprender que podemos ser muy trabajadores en un área de la vida, y perezosos en otra área.

Si estamos esquivando algo que deberíamos estar haciendo, es pereza. Es desidia. Si no eres flojo para trabajar, eso es muy bueno. Pero ¿eres flojo para leer la Biblia? Si llegas del trabajo y pasas tres horas viendo televisión o navegando por Internet cuando no has pasado ningún tiempo con Dios, eso es pereza. ¿Eres flojo para llegar a tiempo a la Iglesia? Eso es pereza.

En esto, Dios es nuestro ejemplo. ¿Cómo te imaginas a Dios? ¿Te lo imaginas allá en el cielo, sentado en su trono, mirando el mundo y bostezando de vez en cuando? Génesis 2:2 nos dice que Dios trabajó para crear el mundo, y después de terminar su trabajo, descansó: "Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido." El nos muestra un ritmo de trabajo y descanso ordenado.

Cuando los fariseos criticaron a Jesús por trabajar en sábado, El les contestó: "Mi Padre aun hoy está trabajando, y yo también trabajo." (Juan 5:17) ¡Ellos se ofendieron porque El se hacía igual a Dios! No sabían quién estaba entre ellos. Lo interesante es que Dios no dejó de trabajar después de crear el mundo. El sigue trabajando. Supervisa la historia. Llama a los pecadores a arrepentirse. Nos cuida cada momento. ¡Nunca la da flojera! Nuestro Dios es un Dios trabajador.

En otras palabras, Dios no nos llama a hacer algo que El no hace. Lo hace por amor. El desea lo mejor para nosotros. Es por eso que nos llama a ser disciplinados y dedicados. La verdad es que la pereza parece atractiva a corto plazo, pero trae consecuencias desagradables. Una camiseta llevaba esta frase: "El trabajo dará fruto mañana, pero la flojera te da fruto ahora." ¡Muchos viven pensando así! Pero ¿qué nos dice la Biblia?

La Biblia nos dice que la pereza trae pobreza. Observa lo que dice Proverbios 10:4: "Las manos ociosas conducen a la pobreza; las manos hábiles atraen riquezas." Cuando dejamos que la pereza nos domine, tomamos el rumbo hacia la pobreza. Dejarnos vencer por la pereza quizás nos haga sentir bien ahora, pero a largo plazo, nos dejará necesitados e insatisfechos.

La pereza también irrita a otros. Proverbios 10:26 dice que el perezoso es "como vinagre a los dientes y humo a los ojos". El humo molesta los ojos. El vinagre lastima los dientes. Cuando somos incumplidos, les complicamos la vida a otras personas. En el trabajo, en la familia y en la Iglesia también la pereza siempre causa problemas para otros.

La pereza trae vergüenza. Proverbios 12:24 dice, en la Nueva Traducción Viviente: "Trabaja duro y serás un líder; sé un flojo y serás un esclavo." La persona trabajadora se gana el respeto de los demás. La pereza nos deja en ridículo.

La pereza alimenta la depresión. Proverbios 13:4 dice: "El perezoso ambiciona, y nada consigue; el diligente ve cumplidos sus deseos." Hay un círculo vicioso de pereza, frustración y depresión que tenemos que vencer, si queremos salir adelante. Si sufres de una depresión fuerte, ve al doctor; la medicina puede ayudar. Pero sé diligente y empieza a poner tu vida en orden también. Esto te ayudará a vencer la depresión.

La pereza desaprovecha las bendiciones. Proverbios 19:24 dice así: "Los perezosos toman la comida en la mano, pero ni siquiera se la llevan a la boca." (NTV) Dios pone bendiciones frente a nosotros, pero la pereza nos lleva a despreciarlas y dejarlas de aprovechar. Con dedicación, en cambio, tomamos sus bendiciones y las aprovechamos al máximo.

La pereza siempre busca pretextos. Según Proverbios 22:13, "El perezoso afirma: '¡Hay un león allí afuera!   ¡Si salgo, me puede matar!'." (NTV) Pero la pereza nos termina complicando la vida. Eclesiastés 10:18 afirma: "Por causa del ocio se viene abajo el techo, y por la pereza se desploma la casa." La pereza ahora nos deja con más trabajo y más problemas después.

¿Cómo podemos vencer esta mala costumbre? ¿Cómo podemos seguir el buen ejemplo que Dios nos ha dejado? En primer lugar, debemos establecer en nuestra vida un ritmo de trabajo y descanso. Vencer la pereza no significa trabajar constantemente. Más bien, Dios nos enseña a tener una vida ordenada, con tiempo para trabajar, tiempo para descansar, tiempo para disfrutar y tiempo para adorar.

Cuando creó el mundo, Dios estableció este ritmo. Trabajó seis días, y descansó el séptimo. Nosotros ya no estamos bajo la obligación de guardar el sábado, como se tenía que hacer bajo el pacto con Moisés. Pero no debemos rechazar este principio de organizar nuestra vida para que todo tenga su momento.

Cuando es hora de trabajar, trabajemos con dedicación. Cuando es hora de descansar, descansemos. Cuando es hora de venir a la Iglesia para adorar a Dios, no dejemos que nada nos estorbe. Una vida ordenada, que lleva un ritmo, nos ayuda a vencer la pereza.

También debemos comprender que la ocupación es una bendición. Debemos darle gracias a Dios por el trabajo que El nos da, en lugar de quejarnos siempre de que es muy pesado. Esto se aplica a todo lo que hacemos. A veces observo a los que entran a la Iglesia, y me parece que van a un funeral en lugar de un culto de alabanza. Cabizbajos, encorvados y con paso letárgico, no se distingue nada de entusiasmo en su porte. ¡No vengamos con pereza a la casa de Dios!

Como creyentes, podemos descansar en Cristo. Cuando tu corazón está tranquilo porque sabes que Cristo te ama, que El ha pagado tu deuda de pecado y que eres aceptado en El, quedas libre para trabajar sin afán, para descansar tranquilamente y para disfrutar de todo lo que la vida te trae. Cuando tu corazón está tranquilo porque sabes que Cristo te ama y tú lo amas también, es mucho más fácil poner en orden el resto de tu vida.

¿Cómo te está llamando Dios a responder a este mensaje? ¿Cuáles actitudes te llama a cambiar en tu corazón? ¿Cómo puedes acercarte más a esa vida ordenada y buena que El te llama a vivir? Jesús es nuestro guía en esto, como en todo. Con su ayuda, podemos vivir sin pereza y sin afán, confiando en El, guiados por su Espíritu.


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