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Domingo 7 de Agosto de 2016

Un Espíritu que capacita
Pastor Tony Hancock

En varios países de Indochina, entre ellos Tailandia y Birmania, se considera que los elefantes blancos son sagrados. Para los reyes, los elefantes blancos representan un reino de paz y prosperidad. Algunos de los reyes del pasado incluso llevaron nombres que mencionaban a los elefantes blancos - uno, por ejemplo, se llamaba "Señor del elefante blanco".

En ocasiones, los reyes favorecían a alguien con el obsequio de un elefante blanco. Era un gran honor recibir un elefante blanco, porque era señal del favor del rey. Pero también se podía convertir en una pesadilla. Las leyes prohibían poner a trabajar a un elefante blanco, porque se le veía como animal sagrado.

El dueño del elefante blanco se quedaba con la responsabilidad de alimentar y cuidar a este enorme animal, algo que resultaba muy costoso. Pero no le podía sacar ningún provecho; no lo podía poner a trabajar. El regalo de un elefante blanco se consideraba un honor, pero se convertía en una enorme carga.

Estos reyes daban regalos que resultaban inútiles, y se convertían en una carga para sus dueños. Nuestro Rey, el Señor Jesús, nos ha dado regalos muy diferentes. El también ha honrado a su pueblo con regalos muy valiosos, pero estos regalos no son inútiles. Al contrario; son de mucha bendición. El agente que nos trae estos regalos es el Espíritu Santo. Vamos hoy a aprender más acerca de estos grandes regalos.

Abramos la Biblia en Efesios 4, y leamos los versos 7 al 13:

4:7 Pero a cada uno de nosotros se nos ha dado gracia en la medida en que Cristo ha repartido los dones.
4:8 Por esto dice: "Cuando ascendió a lo alto, se llevó consigo a los cautivos y dio dones a los hombres."
4:9 (¿Qué quiere decir eso de que "ascendió", sino que también descendió a las partes bajas, o sea, a la tierra?
4:10 El que descendió es el mismo que ascendió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo.)
4:11 El mismo constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; y a otros, pastores y maestros,
4:12 a fin de capacitar al pueblo de Dios para la obra de servicio, para edificar el cuerpo de Cristo.
4:13 De este modo, todos llegaremos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a una humanidad perfecta que se conforme a la plena estatura de Cristo.

El apóstol Pablo aquí cita el Salmo 68, verso 18: "Cuando tú, Dios y Señor, ascendiste a las alturas, te llevaste contigo a los cautivos; tomaste tributo de los hombres, aun de los rebeldes, para establecer tu morada." Este salmo describe a Jehová, el Rey victorioso, ascendiendo a su trono en el templo de Jerusalén. Pablo lo aplica al ascenso de Jesús, el Rey victorioso, a su trono en el templo celestial.

Hay que mencionar de paso que, al hacer esto, el apóstol identifica a Jesús con Jehová. Sería un acto de blasfemia tomar un verso que se refiere a Jehová Dios y aplicarlo a un simple hombre. Al hacerlo, la Biblia aquí nos enseña que Jesús es Dios hecho hombre. Su victoria es la victoria de Jehová.

Si Jesús ascendió, es porque primero descendió a la tierra. Vino de lo alto, del cielo, hasta lo más bajo. Aquí peleó contra el enemigo y ganó la batalla sobre la muerte. Después de resucitar en señal de su victoria, El regresó al cielo. Cuando ascendió, dio dones - es decir, regalos - a los hombres.

Hay una pequeña diferencia entre el Salmo 68, verso 18, y la manera en que Pablo lo cita. Es un cambio muy pequeño, pero muy poderoso. El versículo original nos dice que, cuando ascendió, Dios recibió dones de los hombres. Esto era lo común en el mundo del Antiguo Testamento. Cuando un rey volvía triunfante de la guerra, la gente le daba regalos en gratitud por su protección. Cuando Dios fue entronizado en el templo de Jerusalén, se ofrecieron sacrificios en su honor.

Pero ahora, en esta era de la gracia, la gloria de nuestro Señor Jesucristo es mucho mayor. El no recibió dones de los hombres; ¿qué podría necesitar? ¡El dio dones a los hombres! ¡Nuestro Señor es muy glorioso! ¿no es cierto? Después de ganar la victoria por su pueblo, El generosamente nos dejó preciosos regalos cuando se fue.

Estos regalos - estos dones - no son como los elefantes blancos de los reyes de Tailandia. Son maravillosos dones que sirven para bendecir y edificar a su pueblo. ¿Qué son? ¿Se tratará de dinero, de oro o de plata? Más bien, los dones que Jesús nos dio al ascender son los líderes que El regaló a la Iglesia para edificarla.

Para entender esto bien, es importante reconocer que aquí estamos hablando de la Iglesia universal, la Iglesia que consiste en todos los creyentes de todas las edades alrededor del mundo. Esto queda claro del verso 4, donde Pablo dice que hay un solo cuerpo y un solo Espíritu: "4:4 Hay un solo cuerpo y un solo Espíritu, así como también fueron llamados a una sola esperanza". El tiene en mente al cuerpo de Cristo, la Iglesia completa, no solamente nuestra Iglesia local.

Para establecer y para edificar a toda la Iglesia, Jesús dio a los apóstoles, a los profetas, a los evangelistas y a los pastores y maestros. Algunos debaten si se trata de cuatro o de cinco diferentes clases de personas. El griego apoya la idea de que son cuatro, y que los pastores y maestros son una sola categoría - los que pastorean también son maestros. Pero no vale la pena discutir sobre esto.

Una pregunta mucho más importante es ésta: ¿siguen estando en función estos cuatro o cinco dones hasta el día de hoy, o pertenecían algunos de ellos al principio de la Iglesia? Algunas personas hablan de la restauración de los cinco ministerios, y enseñan que debe haber apóstoles y profetas en las Iglesias hoy también. Ponen a los apóstoles como autoridades sobre las Iglesias locales.

Pero tenemos que aplicar aquí el principio de que la Escritura interpreta a la Escritura. En otras palabras, si queremos entender un pasaje, tenemos que ver lo que dicen otros pasajes al respecto. En la misma carta de Pablo a los Efesios, encontramos algo muy interesante. En el capítulo 2, verso 20, él nos dice que los apóstoles y profetas pertenecen al fundamento del templo, que es la Iglesia: "edificados sobre el fundamento de los apóstoles y los profetas, siendo Cristo Jesús mismo la piedra angular."

¿Cuándo se pone el fundamento de un edificio? Lógicamente, se pone al principio de su construcción. No se sigue poniendo el fundamento; se pone primero, y luego se levanta lo demás. Esto nos da a entender que los ministerios de los apóstoles y profetas pertenecen a los comienzos de la Iglesia, a sus primeras décadas.

Esto lo respalda lo que dice Pablo en 1 Corintios 15, versos 7 al 9. Escucha lo que dice, hablando de las veces que el Señor Jesús se apareció después de su resurrección: "15:7 Luego se apareció a Jacobo, más tarde a todos los apóstoles, 15:8 y por último, como a uno nacido fuera de tiempo, se me apareció también a mí . 15:9 Admito que yo soy el más insignificante de los apóstoles y que ni siquiera merezco ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios."

Los apóstoles tenían que ser personas que habían visto con sus propios ojos al Jesús resucitado. Tenían que ser testigos de su resurrección. Cuando los apóstoles escogieron a Matías para tomar el lugar de Judas Iscariote, según Hechos 1:21-22, era necesario que quien tomara el lugar de Judas fuera testigo de la resurrección: "Por tanto, es preciso que se una a nosotros un testigo de la resurrección, uno de los que nos acompañaban todo el tiempo que el Señor Jesús vivió entre nosotros, desde que Juan bautizaba hasta el día en que Jesús fue llevado de entre nosotros." Pablo dice que él fue el último en entrar a este grupo.

Todo esto nos muestra que no hay apóstoles hoy en día como los apóstoles del tiempo de Jesús. El ministerio de los apóstoles y profetas pertenecía al tiempo de la fundación de la Iglesia, pero este tiempo ha terminado. Ellos siguen ministrando por medio de los escritos que nos han dejado en la Biblia.

Por lo tanto, si alguien te pregunta: "¿Quién es tu apóstol?" ¡le puedes responder que tienes varios! Tus apóstoles son Juan, Pedro, Jacobo, Mateo y todos los demás que Dios ha usado para poner el fundamento de su Iglesia. Por fe, estamos siendo edificados sobre ellos. Jesús nos los ha dado como dones para la Iglesia. Crecemos y nos fortalecemos en la medida que leemos y ponemos en práctica las enseñanzas que nos han dejado en el Nuevo Testamento, y confiamos en Jesús, de quien ellos nos dan testimonio.

Hay otros dones que Cristo ha dado a su Iglesia para edificarla. El ha dotado a cada creyente con alguna capacidad para servir en el cuerpo de Cristo. Leamos lo que nos dice Romanos 12:4-8:

12:4 Pues así como cada uno de nosotros tiene un solo cuerpo con muchos miembros, y no todos estos miembros desempeñan la misma función,
12:5 también nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo en Cristo, y cada miembro está unido a todos los demás.
12:6 Tenemos dones diferentes, según la gracia que se nos ha dado. Si el don de alguien es el de profecía, que lo use en proporción con su fe;
12:7 si es el de prestar un servicio, que lo preste; si es el de enseñar, que enseñe;
12:8 si es el de animar a otros, que los anime; si es el de socorrer a los necesitados, que dé con generosidad; si es el de dirigir, que dirija con esmero; si es el de mostrar compasión, que lo haga con alegría.

En el cuerpo humano, hay una variedad de miembros. No somos organismos unicelulares, como las bacterias o ciertas algas. Existen algunas algas que conviven en grandes colonias, pero no se especializan. Cada célula tiene que realizar por cuenta propia todos los procesos que lo mantienen vivo. Cada célula tiene que nutrirse, tiene que defenderse, tiene que curarse.

La Iglesia no es como una colonia de algas, una colección de células autosuficientes que simplemente se juntan por conveniencia. Es como un cuerpo, y cada miembro del cuerpo depende de los demás. Para que el cuerpo funcione bien, cada miembro tiene que desarrollar su función.

Hay dos cosas que debemos entender acerca de los dones que todos tenemos. La primera cosa es que el Espíritu Santo es quien nos da un don. Tener un don espiritual no es lo mismo que tener una capacidad natural. Es lo que hacemos por obra del Espíritu Santo, no por nuestra propia capacidad, que representa un don espiritual.

La segunda cosa es que los dones siempre exaltan a Cristo. Los dones sirven para edificar el cuerpo de Cristo, no para engrandecernos a nosotros. Si alguien sirve en la alabanza, pero su propósito es que todos lo alaben, no está ejerciendo un don espiritual. Simplemente es un talento carnal. Si alguien enseña una clase, pero no le pide ayuda a Dios ni lo hace para que Cristo sea exaltado, no representa un don espiritual. Es algo diferente.

Si tú eres creyente, tienes un don espiritual. Tu don es lo que Dios te está llamando a hacer. El Espíritu Santo te capacitará para hacerlo. Lo harás porque quieres ver que Jesús sea exaltado, que su Iglesia sea fortalecida, que su reino se establezca. No se trata de ti; se trata de El. Cualquier cosa que tú hagas en el poder del Espíritu, para la gloria de Cristo, es un don.

Lo importante es no quedarte con los brazos cruzados. Hace muchos años, un gran músico donó su violín a la ciudad de Génova, Italia. Puso la condición de que el instrumento nunca se tocara. Debido al desuso, el instrumento empezó a deteriorarse. Quedó en condición tan mala que ya no se podría tocar, aunque alguien quisiera hacerlo.

Lo mismo sucede cuando no queremos practicar el don que Dios nos da. Algunos dejan de servir porque tienen miedo. ¿Qué dirá la gente de mí? - dicen, y su don se comienza a deteriorar. Otros le dan más importancia a las cosas del mundo que a las cosas de Dios. Sólo lo que hacemos para Cristo tendrá valor eterno.

Jesús nos ha dejado su Espíritu Santo, y es un Espíritu que capacita. ¿Qué te está llamando Dios a hacer? ¿Cómo te está llamando a servirle? Básate en la fe y la verdad que nos han dejado los apóstoles y profetas de Cristo, y comienza a servir a Cristo en el poder de su Espíritu.


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