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Domingo 31 de Julio de 2016

Un Espíritu que santifica
Pastor Tony Hancock

Quiero que imagines, por un momento, que descubres que uno de tus hijos ha estado jugando con las cucharas de la cocina. Por accidente, una de las cucharas se le ha ido al desagüe. Ahora se encuentra cubierto de misteriosas substancias de color café. Huele mal. Te da asco siquiera tocarlo.

¿Qué pasos tomarías antes de volver a usar esa cuchara en la cocina? ¿Te bastaría con simplemente enjuagarlo con un poco de agua? ¡Quizás prefieras tirarlo a la basura! De seguro, si volvieras a usar esa cuchara para cocinar y para servir alimentos, primero la lavarías bien con agua y jabón, y quizás hasta la remojarías en agua con cloro para matar cualquier bacteria.

La Biblia nos dice que tú y yo somos como aquella cuchara. Todos nos hemos contaminado. La Biblia dice que todos hemos pecado y hemos quedado lejos de la gloria de Dios. Isaías nos dice que incluso las cosas que pensamos hacer bien, nuestras acciones de justicia, son como trapos de inmundicia para Dios.

Esto es algo que no nos gusta escuchar. Preferimos pensar que somos personas buenas, quizás con unos defectos, pero ¡nadie es perfecto! La realidad es que todos hemos sido manchados por el pecado. Todos estamos contaminados. Dios nos ama, pero El odia nuestro pecado. Le da asco.

¿Cómo, entonces, podemos ser lavados y purificados para estar en la presencia de un Dios santo? ¿Cómo se puede quitar nuestra inmundicia, para que podamos ser limpios y sin mancha delante de El? ¡Esto es obra del Espíritu Santo! Sólo El lo puede hacer.

En estas últimas semanas hemos estado hablando de algunas de las obras del Espíritu Santo. Hablamos de la manera en que El llena al creyente. Hablamos también de su obra de revelación, que nos muestra la verdad de Dios por medio de la Biblia que El inspiró. Hoy vamos a hablar de una obra que su nombre refleja. El es el Espíritu Santo, y El nos hace santos a nosotros.

La Biblia nos enseña que, por obra del Espíritu Santo, tú y yo llegamos a ser santos en dos sentidos. Primeramente, cuando conocemos a Cristo, somos santos en cuanto a nuestra identidad. Luego, conforme seguimos creciendo en nuestra fe, vamos expresando la santidad en nuestra experiencia.

¿Alguna vez has adoptado un perrito de un refugio de animales? Quizás hayas conocido a alguien que lo ha hecho. Si ese perrito ha sido abusado o descuidado, puede llegar a su nuevo hogar con muchos temores. Puede ser que le asusten sus nuevos dueños, aunque nunca le harían daño. O puede ser que le dé miedo estar solo.

A ese perro sus nuevos dueños le han dado un nuevo nombre y un nuevo hogar, pero todavía le quedan rasgos de su vida vieja. Tiene que aprender a confiar y a convivir con su nueva familia. En el momento de ser adoptado, tiene una nueva identidad. En lugar de ser un perro callejero, ahora es un perro de familia. Tiene un nombre. Eso es instantáneo. Pero ahora, le toca aprender a vivir en esa nueva identidad. Le toca cambiar su experiencia.

Así es con nosotros también. Recibimos una nueva identidad en el instante de conocer a Cristo, pero tenemos que aprender a vivir conforme a esa nueva identidad. Vamos, entonces, a hablar de esas dos obras tan maravillosas del Espíritu Santo. En primer lugar, vemos que el Espíritu Santo nos hace santos por medio de la sangre de Cristo.

Comencemos en 1 Corintios 6:9-11:

6:9 ¿No saben que los malvados no heredarán el reino de Dios? ¡No se dejen engañar! Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los sodomitas, ni los pervertidos sexuales,
6:10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios.
6:11 Y eso eran algunos de ustedes. Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios.

Aquí el apóstol Pablo menciona toda una serie de pecados que se ven en la vida de los que están fuera del reino de Dios. Los malvados viven en estas cosas. Viven en inmoralidades sexuales, como la fornicación y la sodomía. Son ladrones o borrachos. Chismean y calumnian a otros. Tales personas no recibirán el reino que Dios está preparando para los suyos.

Pero luego dice Pablo: "eso eran algunos de ustedes". En la Iglesia de Corinto había ex homosexuales, ex borrachos, ex fornicarios, ex ladrones. No es el hecho de haber cometido alguno de estos delitos que nos descalifica para el reino de Dios. Es el hecho de no haber sido purificados del pecado.

Aquí hay una gran esperanza. No es lo que éramos que determinará si entramos al reino de Dios o no. Es lo que somos. Y podemos ser limpios, santos y justos delante de Dios. ¿Cómo? La última parte del verso 11 lo dice: "en el nombre del Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios".

La manera de llegar a ser santos no es simplemente por esforzarnos para ser personas mejores. Eso es bueno, pero no es suficiente. Hay algo que sólo Dios puede hacer, una obra de purificación que viene por medio del Espíritu Santo, en base a la obra de Jesucristo en la cruz. Esto lo vemos en 1 Pedro 1:1-2:

1:1 Pedro, apóstol de Jesucristo, a los elegidos, extranjeros dispersos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia,
1:2 según la previsión de Dios el Padre, mediante la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser redimidos por su sangre: Que abunden en ustedes la gracia y la paz.

Nosotros, como creyentes, fuimos escogidos por Dios Padre para ser hechos santos por su Espíritu y ser rociados con la sangre de Jesucristo. Aquí vemos a la Trinidad completa obrando nuestra salvación. El Padre escoge, el Espíritu santifica y el Hijo derrama su sangre para purificarnos.

Mientras preparaba este mensaje, descubrí algo interesante. Me di cuenta de varios pasajes - este es uno de ellos - donde se unen la obra santificadora del Espíritu Santo y la obra redentora de Jesucristo. No podemos separar estas cosas, porque el Espíritu Santo es quien aplica a nuestras vidas lo que Jesús nos ganó con su muerte en la cruz.

Es como si la sangre de Jesucristo fuera un maravilloso quitamanchas, único en el mundo. Es la única substancia que puede disolver y quitar la horrible mancha del pecado. Jesús nos la provee, pero de nada sirve si no se aplica a nuestra vida. El Espíritu Santo es el que trae esa sangre y la aplica a nuestra vida. Jesucristo provee su sangre para nuestra salvación, y el Espíritu Santo toma esa sangre y la usa para lavar nuestro corazón y nuestra conciencia.

¿Cuándo sucede esto? Podemos encontrar la respuesta en los siguientes versos de 1 Pedro 1. Leamos los versos 3 al 5:

1:3 ¡Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo! Por su gran misericordia, nos ha hecho nacer de nuevo mediante la resurrección de Jesucristo, para que tengamos una esperanza viva
1:4 y recibamos una herencia indestructible, incontaminada e inmarchitable. Tal herencia está reservada en el cielo para ustedes,
1:5 a quienes el poder de Dios protege mediante la fe hasta que llegue la salvación que se ha de revelar en los últimos tiempos.

Aquí hay muchas verdades que podríamos pasar todo el día considerando, pero notemos sólo dos cosas. En primer lugar, recibimos la nueva esperanza de la salvación cuando nacemos de nuevo. Esto es obra de Dios. En segundo lugar, esto sucede por medio de la fe.

El Espíritu Santo es quien aplica a nuestro corazón la sangre de Cristo, para hacernos santos ante Dios. Nuestra parte es simplemente creer. Es poner nuestra confianza en lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz. En el momento de reconocer a Jesús como Rey y Salvador, el Espíritu Santo aplica su sangre a nuestro corazón. Desde ese momento en adelante, somos santos.

Pero ahora tenemos que aprender a vivir como los santos que somos. Si piensas que la santidad es aburrida, es porque nunca la has conocido de verdad. Ser santo no significa ser santurrón. La verdadera santidad te lleva tan cerca de Dios, te permite ver respuestas a tus oraciones y experimentar cosas que valen más que cualquier cosa en este mundo.

La buena noticia es que no tenemos que hacer esto solos. El Espíritu Santo también nos capacita para vivir en santidad. El está con nosotros para guiarnos, para enseñarnos a resistir la tentación y decir que no al pecado. En el Antiguo Testamento, Dios le prometió que El un día pondría su Espíritu dentro de su pueblo. Ezequiel 36:27 dice: "Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes".

Ahora estamos viviendo en el tiempo de cumplimiento. El Espíritu Santo está en nosotros para que obedezcamos a Dios. Pablo nos enseña esto en Romanos 8:3-4:

8:3 En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado. Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana,
8:4 a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu.

Ahora que Jesús ha venido para sacrificarse por nosotros, ya no vivimos de acuerdo a nuestra carne. El Espíritu Santo está en nosotros para que vivamos de acuerdo a su dirección.

¿Cómo hacemos esto? El verso siguiente nos da una pista: "los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu" (Romanos 8:5). Dios ha dado a cada creyente la presencia santificadora del Espíritu Santo. Pero a nosotros nos toca tomar una decisión consciente de fijar nuestra mente en los deseos del Espíritu.

Un padre le mostraba a su hijo la función de una brújula. La aguja de una brújula, por supuesto, siempre señala hacia el norte. Se puede voltear la brújula, pero la aguja se mueve para apuntar hacia el norte. Sólo que la brújula pierde sentido cuando se le acerca un imán. En ese caso, la aguja seguirá el imán.

Este padre le mostraba a su hijo la función de la brújula, pero tenía un imán escondido en la otra mano. De repente hacía que la aguja de la brújula se enloqueciera. Su hijo le preguntaba: "¿Qué pasa con la aguja? ¡Está señalando hacia el sur!" Su padre le respondió: "Espera un momento. Quizás pueda hacer que señale hacia el este."

Muchas personas hacen eso con la dirección que reciben del Espíritu Santo. En lugar de recibir su dirección, actúan como si tuvieran un imán en la mano. En lugar de fijar la mente en lo que el Espíritu Santo les está señalando, se fijan en lo que ellos mismos quieren. Este es el camino a la frustración. Sólo si nos rendimos a la dirección del Espíritu Santo podremos vivir en santidad y experimentar su fruto en nuestra vida.

Pablo lo expresa así en Gálatas 5:25: "Si el Espíritu nos da vida, andemos guiados por el Espíritu." El Espíritu Santo nos ha dado vida. Por lo tanto, permitamos que El nos guíe. Si el Espíritu Santo te está señalando algo en tu vida que no está bien, ¡no ignores su voz! No resistas su dirección. Más bien, escúchalo y deja que El te limpie.

¿Qué te está llamando Dios hoy a hacer en respuesta a su verdad? Si tú nunca has reconocido a Jesucristo como Señor y Salvador, no esperes más. Pon tu confianza en El, y serás santo. Si tú estás resistiendo la voz del Espíritu Santo en alguna área de tu vida, ¡déjalo! No resistas más su voz. Síguele. Deja que El te guíe. Así experimentarás en tu vida la verdadera santidad.


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