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Domingo 3 de Julio de 2016

El regalo del gato
Pastor Tony Hancock

Las personas que han tenido como mascota un gato me cuentan que los felinos tienen una costumbre interesante. Les traen regalos a sus amos. Seguramente los gatos piensan que los presentes que les hacen a sus dueños les traerán mucha felicidad, pero no siempre es así.

Les podrán traer como regalo, por ejemplo, un ratón descabezado, o un pájaro muerto. ¡Imagina la sorpresa del gato cuando, con mucho cariño, le trae a su ama un delicioso ratoncito, sólo para verla gritar de miedo y salir corriendo! Seguramente al gatito le encantaría recibir tal regalo, y no se imagina por qué su dueña no salta de gozo en lugar de temor.

¿Seremos nosotros como aquellos gatitos? Me explico. De repente le ofrecemos a Dios un regalo que, a nuestro pensar, le debe agradar muchísimo. Sin embargo, El no se muestra encantado. ¿Será que malinterpretamos o malentendemos lo que Dios más desea recibir de nosotros?

El profeta Miqueas responde precisamente a esta situación. Le habla a un pueblo que no comprende cómo complacer a Dios. Nos enseña lo que Dios realmente desea de nosotros. De este modo, le podremos dar lo que El realmente busca de nosotros, lo que trae alegría a su corazón. Para verlo, abramos la Biblia en Miqueas capítulo seis, y leamos los primeros ocho versículos:

6:1 Escuchen lo que dice el Señor: "Levántate, presenta tu caso ante las montañas; deja que las colinas oigan tu voz."
6:2 Escuchen, montañas, la querella del Señor; presten atención, firmes cimientos de la tierra; el Señor entra en juicio contra su pueblo, entabla un pleito contra Israel:
6:3 "Pueblo mío, ¿qué te he hecho? ¡Dime en qué te he ofendido!
6:4 Yo fui quien te sacó de Egipto, quien te libró de esa tierra de esclavitud. Yo envié a Moisés, Aarón y Miriam, para que te dirigieran.
6:5 Recuerda, pueblo mío, lo que tramaba Balac, rey de Moab, y lo que le respondió Balán hijo de Beor. Recuerda tu paso desde Sitín hasta Guilgal, y reconoce las hazañas redentoras del Señor."
6:6 ¿Cómo podré acercarme al y postrarme ante el Dios Altísimo? ¿Podré presentarme con holocaustos o con becerros de un año?
6:7 ¿Se complacerá el Señor con miles de carneros, o con diez mil arroyos de aceite? ¿Ofreceré a mi primogénito por mi delito, al fruto de mis entrañas por mi pecado?
6:8 ¡Ya se te ha declarado lo que es bueno! Ya se te ha dicho lo que de ti espera el Señor: Practicar la justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.

Dios nos enseña aquí por medio de una escena de corte. En cualquier juicio, tiene que haber un acusador, un acusado, un fiscal y unos testigos. Primero habla el fiscal, lanzando la acusación. Luego responde el acusado con su defensa. Finalmente se dicta la sentencia.

En este caso, el acusador es Dios, el acusado es su pueblo, el fiscal es el profeta Miqueas y los testigos son las montañas. ¿Por qué las montañas? Porque siempre están presentes, observando lo que hace el pueblo de Dios. Las montañas también son testigos del acuerdo que Dios hace con su pueblo. El pacto con Israel se hizo en el monte Sinaí, y el nuevo pacto entró en vigor cuando Jesús murió sobre el monte Calvario.

También hay testigos del pacto que nosotros hemos hecho con Dios. Cada vez que tomamos la cena del Señor, sirve como señal y testigo de lo que Jesús una vez hizo por nosotros. Cada vez que vemos a alguien bautizarse, sirve como señal y testigo de nuestro propio bautismo. Estas cosas deben servir para recordarnos el compromiso que hemos hecho con Cristo.

En el verso 1, Dios llama a Miqueas a presentar su caso ante los testigos. En el verso 2, Miqueas presenta la querella que Dios tiene contra su pueblo. Dios entabla un pleito contra Israel. Los versos 3 al 5 presentan su querella. "¿Qué te he hecho?" - dice Dios. "¿En qué te he ofendido?" Luego Dios menciona varias de las cosas que ha hecho por su pueblo. Primero lo sacó de Egipto, de la tierra de su esclavitud.

Les dio líderes: Moisés, Aarón y Miriam. Moisés les dio leyes y órdenes, Aarón fue el sacerdote y Miriam guió a las mujeres y guió en la alabanza. Dios también los protegió de quienes les querían hacer daño. El rey Balac contrató a Balán para maldecir al pueblo de Israel, pero Dios convirtió su maldición en bendición. En todo el camino a la tierra prometida, Dios hizo milagros.

Dios había hecho mucho por su pueblo, pero ellos no le correspondían. No le servían como El quería que lo hicieran. El los había llevado hasta la tierra prometida, pero se les hacía pesado llevar a cabo su voluntad. Se portaban como si fuera una enorme carga cumplir con lo que Dios quería, en lugar de darse cuenta de que Dios los cargaba a ellos.

¿Se nos olvidará a nosotros todo lo que Dios ha hecho por nosotros? ¿Se nos hará pesado llevar la vida como El quiere que la llevemos? Piensa en lo que Dios ha hecho por ti. El te dio la vida misma. Cuando te encontrabas en el vientre de tu madre, El vio la formación de esa pequeña criatura que fuiste tú. El te cuidó. Sopló en ti el hálito de la vida.

En toda tu vida, aunque no te dieras cuenta, El ha estado a tu lado. El te ha protegido. Te ha dado las bendiciones que tienes ahora. Tu familia, tu hogar, la comida, los lugares bellos que has conocido, las amistades que alegran tu vida, la diversión - todas estas cosas son regalos de Dios. Pero todo esto queda en segundo plano cuando se compara con el regalo más grande. Es el regalo de la salvación.

Dios te amó tanto que Jesucristo vino para llevar en su propia carne toda tu maldad, todo tu pecado, toda tu vergüenza. El colgó desnudo sobre una cruz bajo el sol abrasador, traicionado, rechazado, convertido en objeto de burla - todo para que tú pudieras ser revestido de su justicia, vivir bajo la sombra de su amor y ser aceptado como miembro de la familia de Dios. El cargó tu culpa para que pudieras vivir en libertad y tener la seguridad del cielo.

¿Qué se puede comparar con eso? ¿Qué más le podríamos pedir a Dios? El nos sigue bendiciendo día a día, pero ya nos ha dado lo mayor. Ya nos ha dado el perdón y la promesa de vivir para siempre con El. Como los israelitas, sin embargo, podemos olvidar lo que Dios ha hecho por nosotros. Podemos recordarlo, pero sin emoción ni agradecimiento. Es importante traer a nuestra memoria regularmente lo que Cristo ha hecho por nosotros.

Sin embargo, fácilmente nos confundimos en cuanto a lo que Dios desea de nosotros. Nos volvemos como los gatos que mencionaba hace rato, que hacen presentes que son desagradables para sus dueños. Así respondió el pueblo de Dios en su defensa. "¿Qué quieres?" - le decían. "¿Cómo podré acercarme al Señor?"

"¿Acaso tengo que traerle un montón de sacrificios de animales? ¿Quiere miles de carneros, o arroyos enteros llenos de aceite?" Todas estas cosas se ofrecían en el templo, aunque obviamente no en cantidades tan grandes. Luego, el pueblo de Dios exagera aun más: "¿Ofreceré a mi primogénito por mi delito, al fruto de mis entrañas por mi pecado?"

El pueblo le dice a Dios, en otras palabras: "¿Qué más quieres? ¿Quieres que te ofrezcamos más sacrificios? ¿Quieres que te ofrezcamos nuestros propios hijos?" Por supuesto que Dios no quería esto. Pero esta es la respuesta de la persona "religiosa". Esta clase de persona le ofrece a Dios todo menos lo que El realmente desea. Dios busca de nosotros un corazón contrito y entregado, pero constantemente tratamos de conformarnos con darle algo menos.

En aquellos días, el substituto para un corazón consagrado a Dios era simplemente cumplir con todos los sacrificios que se daban en el templo. El pueblo no comprendía que el sistema de sacrificios en el templo era una bendición para ellos. Lo veían como una carga, como un deber, y pensaban que así quedaban bien con Dios. Pero estos sacrificios servían para abrirles el camino a su presencia. Eran una bendición, no una carga.

Hoy día, también hay costumbres religiosas que le ofrecemos a Dios, en lugar de ofrecerle nuestro corazón completo. Podemos ofrecerle la asistencia a la Iglesia, por ejemplo. Le podemos decir: "¿No te basta con que asisto a la Iglesia todos los domingos, entre semana y durante la Escuela Bíblica de Vacaciones? ¿Qué más quieres?" Podemos ofrecerle nuestras ofrendas y diezmos. Le podemos decir: "¿No te basta con que te dé el 10% de mis ingresos, más otras ofrendas especiales? ¿Qué más quieres?"

Los sacrificios que ofrecían los israelitas no eran malos; al contrario, Dios quería que los hicieran. Asistir a la Iglesia y dar el diezmo no son cosas malas; al contrario, Dios quiere que los hagamos. Pero si los hacemos sólo por quedar bien con El, y pensamos que con eso ya hemos cumplido, vamos a terminar frustrados y vacíos. La religiosidad nunca nos podrá satisfacer, ni le complace a Dios. Esas cosas se convierten en los regalos de un gato.

¿Qué, entonces, quiere Dios que su pueblo le dé? ¿Cómo quiere que le mostremos nuestra gratitud? La respuesta está en el verso 8. No es ningún secreto. Son tres cosas: practicar la justicia, amar la misericordia, y caminar en humildad ante Dios. La fe en Jesucristo que nos salva también nos santifica. Si no reflejamos en nuestra vida el fruto del arrepentimiento, no conocemos de verdad a Jesucristo - por más movimientos religiosos que hagamos.

Practicar la justicia significa cumplir con nuestros deberes en cada relación. Por ejemplo, le debemos a nuestro patrón un trabajo honrado y cumplido. Si somos flojos o deshonestos, estamos cometiendo injusticia. De la misma manera, le debemos a nuestra pareja honor, respeto y lealtad. Si somos infieles o si maltratamos a nuestra pareja, cometemos injusticia.

A Dios le debemos temor y lealtad absoluta. Si adoramos también a otros dioses, o si deshonramos su nombre, cometemos injusticia. La primera cosa que Dios busca de su pueblo es que vivamos en justicia. La segunda es amar la misericordia. ¿Qué es la misericordia? La misericordia bíblica tiene dos sentidos. El primero es compadecernos de los que tienen necesidad.

El buen samaritano mostró misericordia cuando se detuvo para ayudar al hombre que había sido víctima de los ladrones. Mostramos misericordia cuando vemos las necesidades de otros y procuramos ayudarles, en lugar de sólo preocuparnos por lo nuestro. El segundo sentido de la misericordia es perdonar a otros cuando nos ofenden. En lugar de buscar venganza o revancha, Dios nos llama a perdonar.

La tercera cosa que Dios busca de nosotros es que caminemos ante El con humildad. La persona humilde reconoce la grandeza de Dios, y no se envanece ni es orgulloso. Cuando pensamos que Dios existe para cumplir nuestros antojos, perdemos la humildad. Pero cuando nos damos cuenta de lo grande y maravilloso que es Dios, cuando nos encanta conocerlo simplemente porque es tan maravilloso, podemos caminar humildemente con El.

Estas tres cosas: practicar la justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con nuestro Dios - esto es lo que Dios desea de su pueblo. Si estamos creciendo en esto, nuestras oraciones le complacen. Si estamos creciendo en esto, nuestra alabanza será una bendición. Si estamos creciendo en esto, nuestras ofrendas serán un olor fragante a Dios y una fuente de bendición.

¿Qué regalo le traes a Dios? ¿Qué le ofreces en gratitud por su salvación? Si conoces a Cristo, considera tu propia vida. ¿De qué maneras necesitas crecer en justicia? ¿A quién debes mostrar misericordia? ¿Te humillas ante Dios? Hay gran gozo en darle a Dios lo que El realmente desea.


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