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Domingo 5 de Junio de 2016

Cuando Dios se enoja
Pastor Tony Hancock

La mayoría de nosotros crecimos viendo las aventuras de cierto niño muy grande que vivía en un barril. Me refiero, por supuesto, al Chavo del Ocho. Aunque el programa que lleva su nombre salió al aire a principios de los años setenta, sigue siendo parte de nuestra cultura. Podemos recordar las frases que solía usar en diferentes ocasiones.

Por ejemplo, cuando alguien se enojaba por alguna travesura que había hecho, siempre respondía: "Bueno, ¡pero no te enojes!" Solía decirle la Chilindrina: "Bueno, ¡no me hagas enojar!" Todos conocemos el enojo; nos hemos enojado, y hemos hecho enojar a otros.

¿Será que Dios se enoja? ¿Le diremos alguna vez a Dios, como el chavo: "Bueno, pero no te enojes"? Sospecho que, en la actualidad, hemos hablado tanto del amor de Dios que se nos olvida su santidad. Nos imaginamos a un Dios indulgente, una especie de abuelito celestial que pasa por alto las cosas malas que hacemos los seres humanos.

La Biblia nos presenta un cuadro muy diferente. En realidad, si nosotros no llegamos a captar la realidad de la ira de Dios, viviremos en un mundo de fantasía. Es más, viviremos en un mundo que deja de tener sentido. Si Dios no se enojara contra el mal, eso significaría que el mal realmente no le importa. Si el mundo fuera así, el resultado pronto sería el caos.

El enojo de Dios contra el pecado y la maldad aparece una y otra vez en la Escritura. Jesús, en quien vemos manifestado el amor de Dios, se enojó cuando llegó al templo y vio lo que allí se hacía. Hoy leeremos el relato de una visión que tuvo el profeta Miqueas del juicio de Dios. Esta visión nos revela cosas muy importantes acerca de la justicia y el enojo de Dios. Sólo si comprendemos estas cosas podremos ajustar nuestras vidas para agradar a Dios.

El profeta Miqueas vivió al mismo tiempo que Isaías, casi ochocientos años antes del nacimiento de Jesucristo. Los días de gloria bajo David y Salomón eran un recuerdo lejano. El pueblo de Dios se había dividido en dos naciones. La nación del norte, Israel, tenía su capital en Samaria. El pueblo de Judá tenía su capital en Jerusalén. Israel vivía en rebelión contra Dios, siguiendo a otros dioses. Judá adoraba esporádicamente a Dios, pero también a los ídolos.

Leamos ahora la visión que Dios le dio a Miqueas para este pueblo indeciso e idólatra. Abramos la Biblia en Miqueas 1, y leamos los primeros siete versículos:

1:1 Esta es la palabra que el Señor dirigió a Miqueas de Moréset, durante los reinados de Jotán, Acaz y Ezequías, reyes de Judá. Ésta es la visión que tuvo acerca de Samaria y de Jerusalén.
1:2 Escuchen, pueblos todos; preste atención la tierra y todo lo que hay en ella. Desde su santo templo el Señor, el Señor omnipotente, será testigo en contra de ustedes.
1:3 ¡Miren! Ya sale el Señor de su morada; ya baja y se encamina hacia las cumbres de la tierra.
1:4 A su paso se derriten las montañas como la cera junto al fuego; se parten en dos los valles como partidos por el agua de un torrente.
1:5 Y todo esto por la transgresión de Jacob, por los pecados del pueblo de Israel. ¿Acaso no representa Samaria la transgresión de Jacob? ¿Y no es acaso en Jerusalén donde están los santuarios paganos de Judá?
1:6 Dejaré a Samaria hecha un montón de ruinas: ¡convertida en campo arado para viñedos! Arrojaré sus piedras al valle, y pondré al descubierto sus cimientos.
1:7 Todos sus ídolos serán hechos pedazos; toda su paga de prostituta será arrojada al fuego. Yo destrozaré todas sus imágenes. Todo cuanto ganó como prostituta, en paga de prostituta se convertirá.

El primer versículo nos relata la persona y la situación en la que se dio este mensaje divino. Lo que leemos en la Biblia se escribió para ciertas personas en cierta situación, y entendemos mejor su mensaje si comprendemos algo acerca de esa situación inicial.

Sin embargo, el mensaje de Dios no es solamente para aquellas personas que primero lo recibieron. Es para todos. En estos versículos, descubrimos tres realidades acerca de Dios que deben transformar nuestra manera de pensar y de vivir. La primera realidad es que Dios es un Dios que habla.

El verso 1 describe la palabra que el Señor dirigió a Miqueas. Esto no fue algo que Miqueas se inventó. No fue un sueño suyo. Es un mensaje que Miqueas recibió de afuera, una comunicación que le llegó en una visión bajo la inspiración del Espíritu Santo.

Hoy en día, hay muchas personas que declaran haber recibido mensajes de Dios. Puede ser que algún de ellos digan la verdad, aunque muchos mienten. El simple hecho de que muchos charlatanes hablen en nombre de Dios no significa que Dios no hable. Significa que debemos tener un criterio para distinguir lo verdadero de lo falso. Ese criterio es la Biblia.

Cuando ignoramos la realidad de que Dios nos habla, es fácil llenar el vacío con un dios de nuestra propia creación. En lugar de escuchar la voz de Dios, proyectamos un dios de nuestro propio invento. Seríamos como quien camina por la calle de noche y, al pasar junto a unas luces, ve a su lado una enorme figura. ¿Qué será? De principio, se espanta; pero pronto observa que la enorme figura hace sólo lo que él mismo hace. Si levanta la mano, la figura levanta la suya; si retrocede, la figura también camina hacia atrás. Por fin, dice: "¡Esta figura es como yo!" Y sigue por su camino.

¿Cuál fue la figura? ¡Su sombra, por supuesto! Así podemos imaginar que Dios quiere lo que nosotros queremos, que a él le gusta lo que a nosotros nos gusta. Nos quedamos con un dios de sombra. Pero el Dios que existe en la realidad es un Dios que habla, y por lo tanto, debemos escucharle. ¿Qué dice el verso 2? "Escuchen, pueblos todos; preste atención la tierra y todo lo que hay en ella."

¿Escuchas la voz de Dios? ¿Lees su Palabra, pidiéndole que te hable? ¿Prestas atención a las enseñanzas de Jesús? ¿Dedicas atención a los mensajes que escuchas en la Iglesia? No cierres tus oídos a la voz de Dios. Escucha lo que El te dice por medio de su Palabra. Dios es un Dios que habla.

En los siguientes versículos descubrimos otra realidad acerca de Dios. El es un Dios que juzga. El Señor es soberano sobre toda la tierra. En su visión, Miqueas ve a Dios levantarse de su trono celestial, en el palacio de donde El reina sobre su creación, y dirigirse hacia la tierra.

Este Dios no es un osito de peluche. Cuando El camina sobre las montañas, se derriten como cera. Los valles con sus fértiles suelos se parten, como por una gran inundación. La tierra misma parece huir espantada frente a la presencia de Dios cuando viene a juzgar. Cuando El se levanta para juzgar, nada se escapa.

Si pensamos que Dios no nos juzgará porque El es amor, tenemos una idea equivocada de Dios. Si pensamos que Dios es un ser tierno y chulo, ignoramos la realidad. El es un fuego consumidor. Es un viento huracanado. Es una tormenta devastadora. ¿Por qué se pone así?

Los versos 5 y 6 lo dicen: por el pecado de su pueblo. Otros profetas describen el juicio de Dios contra los enemigos de su pueblo. Aquí, Miqueas ve en alarmante visión el juicio de Dios contra su propio pueblo rebelde. Ellos habían desobedecido a Dios, violando el acuerdo que Dios había hecho con ellos.

Los había sacado de su esclavitud en Egipto, los había llevado a la tierra prometida y los había establecido en esa buena tierra. Sin embargo, ellos se habían rebelado contra El. Habían ido detrás de otros dioses. Habían descuidado la verdadera adoración. Habían pisoteado los mandamientos de Dios, prefiriendo sus propios caminos. Por fin, Dios se hartó y tomó cartas en el asunto.

Este Dios que juzga es un Dios celoso. Esta es la tercera cosa que descubrimos en este pasaje acerca de Dios. El es un Dios celoso, y no tolera la presencia de otros dioses en la vida de su pueblo. ¿Por qué dejaría la bella ciudad de Samaria en escombros? ¿Por qué la arrasaría hasta el suelo? Porque su pueblo había ido detrás de los ídolos.

Por esto, dice el verso 7, todos esos ídolos serían hechos pedazos. La idolatría, para Dios, es como la prostitución. La persona que adora un ídolo traiciona al verdadero Dios y entrega algo sagrado a cambio de algún beneficio temporal, así como la prostituta entrega su cuerpo a cambio de dinero.

Lo que Israel pensaba haber ganado con su prostitución a los ídolos era la belleza de Samaria, que era una ciudad realmente impresionante. Los arqueólogos nos dicen que el estilo de construcción y la decoración de las piedras usadas en la construcción de Samaria no tenían igual en toda esa zona.

Pero todo sería destruido, y toda su riqueza sería llevada y derrochada para pagar a las prostitutas que servían en los templos de los ídolos. Así, dice Dios, "Todo cuanto ganó como prostituta, en paga de prostituta se convertirá." Los asirios fueron el instrumento que Dios usó para realizar su juicio.

Unos cuantos años después de que Miqueas dio esta profecía, los asirios invadieron y destruyeron por completo la ciudad de Samaria. Se llevaron todas sus riquezas. La historia humana nos dice que el rey Sargón II conquistó Samaria en el año 722 a.C., pero Dios nos muestra que esto sucedió en castigo por la rebelión de su pueblo.

¿Qué tendrá que usar Dios para quitar de nuestra vida lo que no le agrada? ¿Qué disciplina fuerte nos tendrá que imponer? Es mucho mejor que nos arrepintamos y dejemos lo que a Dios no le agrada. Este fue el llamado de Jesús: "Arrepiéntanse, y crean las buenas nuevas" (Marcos 1:15). En Jesús hay salvación, pero esa salvación no llega sin arrepentimiento.

Los seres humanos no hemos dejado de adorar a los ídolos. Ya no adoramos a Baal o a Aserá, pero hacemos un ídolo del dinero. Nos afanamos por conseguir siempre más, sacrificando a nuestros hijos y dejando de adorar a Dios con tal de ganar un poco más. Hacemos un ídolo del sexo, venerando las imágenes que vemos en la pantalla de nuestra computadora o de nuestro celular y prostituyendo nuestro cuerpo, traicionando a Dios y a nuestra pareja.

Algunos hacen un ídolo del alcohol o de las drogas. En lugar de buscar su paz en Dios, entregan su vigor y sus bienes a cambio de una alegría y una felicidad que sólo duran poco tiempo. Dios es celoso. El merece nuestra adoración, y no tolera que lo traicionemos con otros dioses.

Hay una nota de esperanza aquí. El rey Ezequías, quien reinó en Jerusalén - en el sur - hacia el final del ministerio de Miqueas, tomó a pecho sus palabras. El quitó los lugares altos, donde se adoraban a los ídolos. Quitó de Judá lo que ofendía a Dios. Como resultado, cuando Samaria cayó, Jerusalén fue librada.

Es hora de arrepentirse. Es hora de quitar de nuestra vida todo lo que le ofende a Dios, antes de que su juicio caiga sobre nosotros. Si nos arrepentimos, El se mostrará misericordioso. Pero si persistimos en hacer lo que le ofende, sólo nos espera el juicio. Oigamos la Palabra de Dios. Vengamos arrepentidos a Jesús para darle toda nuestra adoración y ser librados del juicio.


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