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Domingo 8 de Mayo de 2016

El poder de Dios en la vida de una madre
Pastor Tony Hancock

Un día, mientras visitaba a una familia, vi una decoración curiosa sobre la mesa. Era una pequeña lámpara con pantalla hecha de vidrios de colores. Tenía alguna figura, pero era difícil distinguir lo que representaba. Los colores también se veían muertos y sin atractivo.

Le comenté a mi anfitrión que me parecía muy interesante su pequeña lámpara. De inmediato prendió el foco que había dentro. El cambio fue impresionante. Los colores - diferentes tonos de rojo, de verde, de amarillo y otros - cobraron vida. El diseño que traía de flores y frutas saltó a la vista.

Esa sencilla decoración fue transformada por una cosa - la luz que brillaba dentro. Sin esa luz, no era nada notable. Pero cuando se prendió la luz, cambió por completo. Así es también con el poder de Dios en las personas. Cuando la gloria de Dios llena tu vida, hay una transformación. En este día de las madres, veamos un ejemplo del poder de Dios en la vida de una madre.

Esta mujer era viuda. Tenía un hijo menor de edad que dependía de ella, pero las cosas se habían puesto muy difíciles para ellos. La economía estaba muy baja, y no tenían a quién recurrir para ayudarles. De hecho, cuando comienza la historia, esta mujer se encontraba juntando leña para preparar lo único que le quedaba de comer. Ella contemplaba una cena más con su hijo, y luego se morirían de hambre.

Pero mientras ella juntaba leña, sumida en su fatalidad, se le acercó el profeta Elías. Esto, en sí, era algo sorprendente. Ella vivía en un pueblo llamado Sarepta, fuera de la tierra del pueblo de Dios. Los habitantes de este pueblo adoraban a otros dioses. Ella misma sabía quién era Elías; seguramente su fama había llegado hasta allí. Pero no adoraba al Dios de Elías.

Este profeta de Dios primero le pidió que le trajera algo para beber. Mientras ella iba por el agua, él también le pidió un pedazo de pan. Ella le respondió: "Tan cierto como que vive el Señor tu Dios, no tengo pan. Sólo tengo un poco de harina y de aceite, que voy a cocinar para mi hijo y para mí. Luego, nos moriremos de hambre."

Elías le dijo que hiciera lo que había pensado, pero que primero le preparara un panecillo a él. Si lo hacía, no se acabarían la harina ni el aceite hasta que la lluvia volviera a traer cosechas. Ella creyó lo que Elías le dijo y fue a traerle el agua y prepararle el panecillo. Tal como había dicho, todos los días hubo suficiente harina y aceite para que comieran los tres - la madre, su hijo y Elías.

Sin embargo, al poco tiempo llegó una tragedia a la vida de esta madre. Su hijo se enfermó, y luego murió. Ella fue a reclamarle a Elías: "¿Por qué te metiste en nuestra vida? ¿Has venido para recordarme mi pecado y quitarme a mi hijo?" Elías tomó el cuerpo inerte del muchacho y lo llevó al sótano de la casa, donde la mujer le había dado un cuarto para alojarse.

Clamó al Señor en su dolor, y le pidió que le devolviera la vida al muchacho. ¡Dios escuchó su clamor! ¡El muchacho volvió a vivir! Cuando la madre recibió de vuelta a su hijo, exclamó: "¡Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que lo que dices realmente es la Palabra de Dios!"

El poder de Dios se manifestó poderosamente en la vida de esta madre de fe, aunque ella no empezó así. Pero la gracia de Dios la alcanzó. Este mensaje no es sólo para las madres. Dios puede obrar del mismo modo en la vida de cualquier persona, pero hoy, en honor a su día, vamos a enfocar estas palabras hacia las madres.

Antes de sacar algunas conclusiones del ejemplo de esta mujer, leamos su historia en 1 Reyes 17:7-24:

17:7 Algún tiempo después, se secó el arroyo porque no había llovido en el país.
17:8 Entonces la palabra del Señor vino a él y le dio este mensaje:
17:9 Ve ahora a Sarepta de Sidón, y permanece allí. A una viuda de ese lugar le he ordenado darte de comer.
17:10 Así que Elías se fue a Sarepta. Al llegar a la puerta de la ciudad, encontró a una viuda que recogía leña. La llamó y le dijo: -Por favor, tráeme una vasija con un poco de agua para beber.
17:11 Mientras ella iba por el agua, él volvió a llamarla y le pidió: -Tráeme también, por favor, un pedazo de pan.
17:12 -Tan cierto como que vive el Señor tu Dios -respondió ella-, no me queda ni un pedazo de pan; sólo tengo un puñado de harina en la tinaja y un poco de aceite en el jarro. Precisamente estaba recogiendo unos leños para llevármelos a casa y hacer una comida para mi hijo y para mí. ¡Será nuestra última comida antes de morirnos de hambre!
17:13 -No temas -le dijo Elías-. Vuelve a casa y haz lo que pensabas hacer. Pero antes prepárame un panecillo con lo que tienes, y tráemelo; luego haz algo para ti y para tu hijo.
17:14 Porque así dice el Señor, Dios de Israel: No se agotará la harina de la tinaja ni se acabará el aceite del jarro, hasta el día en que el Señor haga llover sobre la tierra.
17:15 Ella fue e hizo lo que le había dicho Elías, de modo que cada día hubo comida para ella y su hijo, como también para Elías.
17:16 Y tal como la palabra del Señor lo había anunciado por medio de Elías, no se agotó la harina de la tinaja ni se acabó el aceite del jarro.
17:17 Poco después se enfermó el hijo de aquella viuda, y tan grave se puso que finalmente expiró.
17:18 Entonces ella le reclamó a Elías: -¿Por qué te entrometes, hombre de Dios? ¡Viniste a recordarme mi pecado y a matar a mi hijo!
17:19 -Dame a tu hijo -contestó Elías. Y arrebatándoselo del regazo, Elías lo llevó al cuarto de arriba, donde estaba alojado, y lo acostó en su propia cama.
17:20 Entonces clamó: Señor mi Dios, ¿también a esta viuda, que me ha dado alojamiento, la haces sufrir matándole a su hijo?
17:21 Luego se tendió tres veces sobre el muchacho y clamó: ¡ Señor mi Dios, devuélvele la vida a este muchacho!
17:22 El Señor oyó el clamor de Elías, y el muchacho volvió a la vida.
17:23 Elías tomó al muchacho y lo llevó de su cuarto a la planta baja. Se lo entregó a su madre y le dijo: -¡Tu hijo vive! ¡Aquí lo tienes!
17:24 Entonces la mujer le dijo a Elías: -Ahora sé que eres un hombre de Dios, y que lo que sale de tu boca es realmente la palabra del Señor.

¡Qué maravillosa historia de la provisión de Dios! ¿No es cierto? Debemos comprender que estos eran días precarios. Elías se encontraba en Sarepta porque huía de la furia de la malvada reina Jezabel. La verdadera adoración a Dios casi había desaparecido de Israel.

Es irónico que Dios llevara a Elías a refugiarse en el área de Sidón, porque Jezabel era de esa región. Dios llevó a Elías a refugiarse en la zona de donde había surgido la mayor enemiga de la verdadera fe. ¡Así es el poder de Dios! El siempre está en completo control de toda situación. Y fue allí, en Sidón, donde Elías se encontró con esta viuda. Notemos algunas cosas en la vida de esta mujer.

En primer lugar, notemos cómo entró ella al camino de la fe: Dios la llamó a poner su fe en acción. Cuando Elías se encontró con ella, ¿qué le dijo? ¿Le preguntó si confiaba en el Señor? ¿Le dijo que no se preocupara, porque todo iba a salir bien? No hizo esto. Más bien, la llamó a tomar una acción - un paso de fe. Le dijo que le preparara a él una tortilla, antes de cocinar para su hijo y para ella.

Esta no fue una acción egoísta por parte de Elías. El no se creía la última Coca Cola en el desierto, simplemente porque era el profeta de Dios. Más bien, esta acción fue diseñada para hacer brotar la fe en el corazón de la mujer. Ella tendría que tomar una simple decisión. Si ella creía lo que Elías le decía, iría a prepararle el pan. En cambio, si no lo creía, lo mandaría a volar.

Esa decisión representa una encrucijada. Si ella decidía hacer lo que Elías le pidió, empezaría a caminar por la senda de la fe. En cambio, si se negaba a obedecer su palabra, seguiría por el camino de la incredulidad. Aquí hay una lección muy importante para nosotros. Tú y yo solemos pensar que la fe consiste en sentimientos. Cuando nos sentimos en paz, pensamos que tenemos mucha fe; pero cuando nos preocupamos, pensamos que hemos perdido la fe.

La verdad es otra. La fe se forja en las decisiones que tomamos en respuesta a la Palabra de Dios. No importa cómo nos sintamos; cuando tomamos la decisión de actuar en base a lo que Dios nos dice, nuestra fe crece. Esta mujer decidió hacer lo que Dios le dijo, y comenzó un caminar de fe que transformó su vida. En lugar de morir, vivió.

Este llamado es para todos, en realidad. La fe crece cuando se expresa en acción. ¿Qué te está llamando Dios a hacer? Si tú sabes lo que Dios quiere que hagas, no pierdas tiempo analizando tus sentimientos al respecto. No busques pretextos para no hacerlo. Simplemente hazlo. De este modo, tu fe crecerá.

La segunda cosa que descubrimos en el ejemplo de esta madre es que Dios perdona el pasado de la persona de fe. Esta mujer no pertenecía al pueblo de Dios. Ella no había crecido adorando al Dios de Israel. No había ido a Jerusalén para ofrecer sacrificios en el templo. Al contrario; pertenecía a un pueblo idólatra. Pero Dios la alcanzó. Cuando ella escuchó su Palabra y la creyó, El la aceptó.

Pero llegó un momento en que ella no se sintió segura del perdón. Cuando falleció su hijo, ella le reclamó a Elías: "¿Viniste a recordarme mi pecado?" Ella sabía que era pecadora, y creía que la muerte de su hijo mostraba que realmente no había sido perdonada. Pero Dios le mostró que no era así. Le devolvió la vida a su hijo, por medio de Elías, y así ella supo sin lugar a duda que había sido perdonada y aceptada por el Señor.

Dios no siempre hará milagros de esta clase, así que no debemos pensar que cada desgracia que nos sucede muestra que Dios no nos ha perdonado. Más bien, debemos comprender que Dios siempre perdona a la persona que se acerca a El con fe. La vida de la viuda de Sidón es un ejemplo en el Antiguo Testamento de una verdad que el apóstol Pedro declararía cientos de años después.

En Hechos 10:34-35 y 43 leemos sus palabras:

10:34 Pedro tomó la palabra, y dijo: -Ahora comprendo que en realidad para Dios no hay favoritismos,
10:35 sino que en toda nación él ve con agrado a los que le temen y actúan con justicia.
...
10:43 De él dan testimonio todos los profetas, que todo el que cree en él recibe, por medio de su nombre, el perdón de los pecados.

Dios no hace acepción de personas. El está dispuesto a aceptar y a perdonar a cualquier persona que se acerca a El, con fe en Jesucristo. Confiando en lo que Cristo ha hecho por nosotros, podemos ser perdonados y aceptados por Dios.

Descubrimos una cosa más en la vida de esta madre. Es que Dios bendice a la familia de la madre de fe. La fe de esta madre no sólo le trajo vida y salvación a ella. Su hijo también fue bendecido. Primero, fue salvado de morir de hambre. La harina y el aceite alcanzaron no sólo para Elías y su madre, sino para él también.

Luego, fue levantado de la muerte por el poder de Dios. ¡Estoy seguro que el niño nunca se olvidó de aquella experiencia! ¿Cuáles cosas habrá visto y oído entre su muerte y resurrección? La Biblia no nos dice. Pero si su madre no hubiera creído en el Señor, si no le hubiera dado alojamiento al profeta de Dios, nada de eso habría sucedido. La fe de su madre - esa fe vacilante, pero que respondió con acción al llamado del Señor - trajo gran bendición a la vida de su hijo también.

Madre, no dudes que tu fe y compromiso con el Señor son de suma importancia para el bienestar de tus hijos. Si tú decides desconfiar del Señor, si decides alejarte de la verdad, puedes hacerle un daño incalculable a tu familia. En cambio, si te mantienes fiel, orando por tus hijos, mostrándoles con tu vida tu confianza en el Señor, tendrás un impacto eterno sobre ellos.

Carlos Spurgeon, uno de los predicadores bautistas más usados por Dios en el siglo XIX, comentó en una ocasión: "No puedo expresar lo que debo a las palabras solemnes de mi buena madre. Fue su costumbre, cuando aún éramos niños, quedarse en casa con nosotros los domingos por la tarde. Nos sentábamos a la mesa y leíamos versículo tras versículo, y ella nos explicaba las Escrituras. Luego nos exhortaba a que pensáramos en nuestro destino eterno, en aceptar al Señor. Después venía la oración de mi madre, y algunas de las palabras de sus oraciones jamás se nos olvidarán, aunque nuestra cabeza se llene de canas."

El poder de Dios manifestado en la vida de una madre: ¡qué cosa más poderosa! En este día, celebremos a nuestras madres porque Dios las usó para darnos vida. Pero honremos, sobre todo, la fe que, en la vida de cualquier persona, enciende la luz para poder ver brillar la gloria de Dios.


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