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Domingo 12 de Enero del 2003

No puedes llegar al cielo solo
Pastor Tony Hancock

Una conocida antropóloga hizo una declaración interesante acerca de la civilización humana. Según ella, la manera de determinar si alguna cultura había sido civilizada era buscar entre los escombros de sus ciudades para encontrar cierto objeto. ¿Cuál se imaginan que sería ese objeto? ¿Sería quizás cerámica de cierta clase, o instrumentos metálicos, o alguna obra de arte? No es ninguna de estas cosas. Ella declaró que la muestra de la civilización es encontrar un hueso quebrado sanado.

Su razonamiento es muy interesante. Ella sostiene que, para que un ser humano se recupere de un hueso quebrado, es necesario que alguien cuide de él. Si nadie está dispuesto a sacrificarse para dar de comer y dar alojamiento a la persona afectada, morirá.

Esto es lo que separa a la humanidad del reino animal, según esta científica. Ahora bien, no estoy seguro si su análisis del reino animal y la civilización humana sea cierta o no; las ciencias mantienen un estado constante de cambio. Pero me parece muy penetrante su observación, si la miramos desde una perspectiva bíblica.

Después de todo, la Biblia nos presenta al ser humano como un ser netamente social. La Biblia también sostiene que la cualidad más importante para nosotros es el amor. El cuidado que esta persona menciona es, precisamente, muestra del amor que sacrifica para el bien de otra persona.

Este amor es lo que nos hace humanos. Este amor es lo que debe de caracterizar a la nueva humanidad que es la iglesia, el pueblo que Dios está renovando. Este apoyo mutuo es crucial para nuestro éxito en la vida cristiana.

¿Sabes? No puedes llegar al cielo solo. Necesitas el apoyo de otros creyentes. En medio de un mundo individualista y egocéntrico, Dios nos está llamando a ser una iglesia que se apoya y se edifica.

Veamos por qué.

Lectura: Hebreos 3:7-14

3:7 Por lo cual, como dice el Espíritu Santo: Si oyereis hoy su voz,
3:8 No endurezcáis vuestros corazones, Como en la provocación, en el día de la tentación en el desierto,
3:9 Donde me tentaron vuestros padres; me probaron, Y vieron mis obras cuarenta años.
3:10 A causa de lo cual me disgusté contra esa generación, Y dije: Siempre andan vagando en su corazón, Y no han conocido mis caminos.
3:11 Por tanto, juré en mi ira: No entrarán en mi reposo.
3:12 Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo;
3:13 antes exhortaos los unos a los otros cada día, entre tanto que se dice: Hoy; para que ninguno de vosotros se endurezca por el engaño del pecado.
3:14 Porque somos hechos participantes de Cristo, con tal que retengamos firme hasta el fin nuestra confianza del principio

Este pasaje nos muestra la seriedad de abandonar nuestra fe. Es sumamente importante mantener nuestra fe, porque es la única manera de recibir las grandes bendiciones que Dios promete.

Es por esta razón que Dios nos avisa de las consecuencias de la rebelión, y luego nos anima a apoyarnos mutuamente en nuestra fe. Si no recibimos este apoyo, y si no lo damos a otras personas, corremos el peligro de descarriarnos y perder el camino.

Por esto, es importante que oigamos, primero, cuando

I. Dios nos avisa de las consecuencias de la rebelión

Quizás en alguna ocasión te has preguntado por qué Dios nos ha dejado el Antiguo Testamento, cuando ya tenemos el Nuevo. El Antiguo Testamento contiene tantas leyes e instrucciones que ya no tienen aplicación directa a nuestras vidas, habiendo sido superadas por la revelación neotestamentaria. ¿Por qué, entonces, conservamos aún el Antiguo Testamento?

Una de las razones es que el Antiguo Testamento nos provee el trasfondo para el Nuevo. Sin el Antiguo, no entendemos bien lo que Dios nos dice en el Nuevo. Pero hay otra razón. Refiriéndose a la historia de Israel, dice Pablo: Todo eso sucedió para servirnos de ejemplo, a fin de que no nos apasionemos por lo malo, como lo hicieron ellos. (1 Corintios 10:6)

La redención de los israelitas de la esclavitud en Egipto, la subsiguiente entrada a la tierra prometida, y todos los sucesos intermedios sirven como ejemplo para nosotros. Nuestra redención del pecado, y nuestra entrada al Reino de Dios, sigue el ejemplo de ellos.

Parte de esa historia son las fallas de los israelitas después de salir de su esclavitud en Egipto. Repasemos un poco esta historia.

El pueblo de Dios se encontraba en la tierra de Egipto esclavizado por un tirano. Clamaron al Señor, y él los oyó. Envió a Moisés para que los librara, mediante diez plagas que Dios mandó sobre la tierra de Egipto.

Finalmente los israelitas salieron de Egipto, y se encontraron con otro problema: el mar los enfrentaba, y no tenían manera de cruzar. Dios milagrosamente abrió un camino para ellos a través del mar, y cruzaron en tierra seca.

¿Cómo reaccionaron los israelitas a esta maravillosa obra de liberación? Hicieron lo más lógico – cantaron y alabaron al Señor por sus maravillas. Algún tiempo después, cuando llegaron al monte Sinaí para establecer su pacto con el Señor, prometieron cumplir con todos los requisitos que él dispuso.

Pero ellos pronto olvidaron lo que habían prometido. En numerosas ocasiones se quejaron contra Moisés, el líder escogido por Dios, y contra el Señor mismo. En una de esas ocasiones, andando por el desierto rumbo a la tierra prometida, llegaron a un lugar donde no había agua.

Acusaron a Moisés de sacarlos de Egipto sólo para que murieran en el desierto. Se preguntaban si Dios realmente estaba con ellos. Dios le instruyó a Moisés que sacara agua milagrosamente de una piedra. A ese lugar se le dio dos nombres: Masá, que significa provocación, y Meribá, que significa altercado.

En otra ocasión, cuando los israelitas estaban a punto de entrar a la tierra prometida, ellos mandaron a doce espías para que reconocieran la tierra. Diez de estos espías regresaron con un reporte negativo. Sólo dos expresaron confianza en el poder de Dios para conquistar el terreno.

El pueblo aceptó el reporte de los diez espías, y como resultado, tuvo que vagar en el desierto por cuarenta años – hasta que muriera la generación que había rechazado a Dios, rehusándose a creer que él podría darles la victoria sobre un pueblo grande y poderoso.

¿Será que nosotros somos propensos al mismo error que cometieron ellos? Desgraciadamente, lo somos. Tenemos su ejemplo como una amonestación a no caer en la misma trampa.

Los que no creyeron en la promesa y la ayuda de Dios perdieron la oportunidad de entrar en la tierra prometida. Si nosotros no creemos a Dios, perdemos una oportunidad mucho mayor – la oportunidad de entrar al cielo.

Al igual que ellos, podemos haber tenido una gran experiencia de salvación; quizás hemos visto grandes milagros y maravillas en nuestra vida; pero si no perseveramos en la fe, no nos sirve de nada.

Es por esta razón que

II. Dios nos anima a apoyarnos mutuamente en nuestra fe

Observen el versículo doce de nuestro pasaje. A primera vista, podríamos creer que Dios nos está instando a cuidarnos individualmente. Pero una lectura más profunda nos demuestra que no es así.

El versículo trece nos llama a animarnos mutuamente. Este es el sentido del cuidado que nos llama el versículo doce a tener. Todos estamos propensos a dejar que el mundo nos distraiga con sus mentiras y su error.

Para que podamos mantenernos firmes, nos hace falta recibir el apoyo de otros creyentes. No podemos llegar al cielo solos. Necesitamos el ánimo y la ayuda que sólo nos pueden brindar nuestros hermanos en Cristo.

Podemos aprender una lección de los pinos. A comparación con otros árboles, los pinos tienen raíces poco profundas. Cuando tomamos en cuenta su altura, las raíces del pino no parecen ser suficientes como para sostener su peso.

Los pinos, sin embargo, suelen crecer en grandes bosques. Mientras otros árboles, como el roble, segregan una sustancia por las hojas que impide el crecimiento de otras plantas, los pinos crecen en grandes grupos.

La razón es que los pinos se sostienen entre sí. Cuando llega una ráfaga de viento, los árboles juntos absorben su fuerza. De esta forma, pueden crecer a una gran altura sin hundir grandes raíces.

De igual modo, si vamos a llegar a grandes alturas en nuestra relación con Dios, necesitamos el apoyo de otros creyentes. Necesitamos su ayuda para no desviarnos del camino. Necesitamos el beneficio de su sabiduría.

¿Cómo, entonces, podemos apoyarnos mutuamente? Notemos algo muy interesante en nuestro pasaje. Nos dice, anímense unos a otros. Nos está llamando a tomar acción.

Lo interesante es que solemos hacer lo opuesto. En vez de buscar la manera de animar a nuestros hermanos, nos quejamos porque sentimos que no nos están animando. Eso no es lo que nos llama a hacer el Señor; nos llama a buscar más bien la manera de animar a otros.

¿Cómo, entonces, podemos tomar las acciones de apoyo para nuestros hermanos? La primera clave es orar. ¿Cuántos de ustedes oran regularmente por los otros miembros de la iglesia? No solamente cuando piden oración, sino todo el tiempo, debemos de apoyar a nuestros hermanos en oración. Obviamente, no tienes que orar por todos los miembros de la iglesia todos los días; con 2 ó 3 basta.

La segunda clave es compartir. ¿Por qué a veces se nos hace tan fácil hablar de cualquier cosa menos Dios? Cuando estamos con otros hermanos, debemos de compartir lo que estamos aprendiendo de Dios, lo que él está haciendo en nuestras vidas, o inclusive los problemas que enfrentamos en nuestra fe. Compartiendo nuestras victorias y nuestros fracasos, podemos animarnos a seguir adelante.

Toma este momento para preguntarte: ¿A quién puedo animar en esta semana? Comprométete en orar regularmente por tus hermanos. Busca la oportunidad de compartir con un hermano, y verás que Dios te usará.


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