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Domingo 20 de Marzo de 2016

¿Entiendes lo que está pasando?
Pastor Tony Hancock

Un día caminaba por la calle cuando vi a una persona que hacía unos movimientos muy raros. Remolineaba los brazos, bailaba de un lado a otro y se movía frenéticamente. ¿Sufriría algún ataque? ¿Estaría bajo la influencia de alguna droga? Cuando me acerque, descubrí la causa. Una abeja zumbaba alrededor de esta persona, que obviamente le tenía mucho miedo.

En este caso, yo veía lo que estaba sucediendo - pero no lo comprendí hasta acercarme y verlo más de cerca. De lejos, los movimientos eran inexplicables. Hoy es la celebración del domingo de ramos. Recordamos el día en que Jesús entró a Jerusalén montado sobre un asno. Muchas personas lo recibieron con alabanzas y hojas de palma, pero ¿cuántos de ellos realmente comprendieron lo que estaba sucediendo? Muy pocos.

Hoy vamos a leer esta historia tan conocida con el fin de comprender lo que realmente estaba sucediendo aquel día. Al prepararnos para celebrar en esta semana santa la muerte y la resurrección de Jesucristo, pidámosle sabiduría al Señor para comprender lo que realmente está pasando.

Hacía poco, Jesús había realizado uno de sus milagros más grandes. Su amigo Lázaro tenía ya cuatro días en la tumba cuando el Maestro lo llamó a salir de la sepultura. La resurrección de Lázaro se dio a conocer ampliamente. Fue el tema de conversación entre muchas personas. De los cuatro evangelistas, Juan nos hace ver que fue la resurrección de Lázaro, más que cualquier otra cosa, lo que llevó al entusiasmo de las multitudes el día de la entrada triunfal.

Jesús llegó con sus discípulos al pequeño pueblo de Betania, donde vivían Lázaro y sus hermanas, María y Marta. Se hizo una fiesta en honor de Jesús, donde María derramó sobre Jesús una gran cantidad de costoso perfume. Lázaro también estaba allí. Mucha gente llegó a la fiesta, no sólo para ver a Jesús, sino también a Lázaro. El hecho de ver en carne viva a ese hombre que había estado muerto durante cuatro días fue la maravilla del momento.

Al día siguiente, corrió la voz de que Jesús iba a entrar a Jerusalén. Las personas se apresuraron a cortar ramas de palma para recibirlo. Las palmeras, que crecían en gran cantidad alrededor de Jerusalén, se habían convertido en un símbolo nacionalista. Doscientos años antes, un hombre llamado Simón Macabeo había expulsado a los invasores sirios. Fue celebrado con música y con ramas de palma.

Mientras saludaban a Jesús con sus ramas de palma, la gente gritaba: "¡Hosana! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Rey de Israel!" (Juan 12:13). Estaban citando el Salmo 118:25-26, que se refiere al Rey prometido que vendría del linaje de David. Jesús tomó un burrito y se montó en él, cumpliendo otra Escritura, Zacarías 9:9: "Alégrate mucho, hija de Sion; da voces de júbilo, hija de Jerusalén; he aquí tu rey vendrá a ti, justo y salvador, humilde, y cabalgando sobre un asno, sobre un pollino hijo de asna."

Sus discípulos observaban toda la escena, pero no llegaron a comprender lo que realmente estaba sucediendo. Sólo fue después de su resurrección que comenzaron a comprenderlo. Los fariseos, en cambio, observaban con disgusto el espectáculo. "Así no vamos a lograr nada", decían. "¡Mira como todo el mundo lo sigue!" (Juan 12:19).

Leamos esta historia en Juan 12:12-19:

12:12 Al día siguiente muchos de los que habían ido a la fiesta se enteraron de que Jesús se dirigía a Jerusalén;
12:13 tomaron ramas de palma y salieron a recibirlo, gritando a voz en cuello: -¡Hosanna! -¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! -¡Bendito el Rey de Israel!
12:14 Jesús encontró un burrito y se montó en él, como dice la Escritura:
12:15 'No temas, oh hija de Sión; mira, que aquí viene tu rey, montado sobre un burrito.'
12:16 Al principio, sus discípulos no entendieron lo que sucedía. Sólo después de que Jesús fue glorificado se dieron cuenta de que se había cumplido en él lo que de él ya estaba escrito.
12:17 La gente que había estado con Jesús cuando él llamó a Lázaro del sepulcro y lo resucitó de entre los muertos, seguía difundiendo la noticia.
12:18 Muchos que se habían enterado de la señal realizada por Jesús salían a su encuentro.
12:19 Por eso los fariseos comentaban entre sí: 'Como pueden ver, así no vamos a lograr nada. ¡Miren cómo lo sigue todo el mundo!'

Consideremos dos reacciones diferentes que vemos aquí. La primera reacción fue la de la multitud. La gente estaba llena de entusiasmo. ¡Nadie podría acusarlos de desidia o dejadez! Estaban muy entusiasmados. Pero en su entusiasmo, les faltaba entendimiento.

Sus acciones indican que ellos veían a Jesús como un Rey que les traería liberación política. Se parecen a las multitudes que eligen a algún candidato político, pensando que traerá el paraíso a la tierra. En su caso, ellos se imaginaban que Jesús expulsaría a los romanos y llevaría su país a recuperar la grandeza que alguna vez había tenido.

Cuando Jesús se montó sobre un burro, entonces, El estaba contradiciendo los pensamientos de ellos. La gente se imaginaba que Jesús sería un gran conquistador, un liberador militar y político. Pero Jesús, cumpliendo la profecía de Zacarías 9:9, se montó sobre un burrito, humilde y pacífico. No se montó a un caballo de guerra.

Jesús vino a reinar y vino a liberar, pero no de la manera en que ellos lo esperaban. El vino a reinar en los corazones de sus seguidores, y traer libertad del pecado; un día El vendrá a reinar sobre la tierra, pero primero se establece su reino en la vida de quienes se entregan a El. En su entusiasmo, la multitud sólo buscaba de Jesús lo que ellos querían. No se detuvieron a preguntarse qué es lo que Jesús les ofrecía.

Nosotros podemos caer en la misma trampa que ellos. Podemos buscar a Jesús sólo por lo que queremos recibir de El. Seríamos como un muchacho que entra a una farmacia buscando a su novia Remedios, simplemente porque la ventana anuncia que allí se venden remedios. Quizás se enoje al descubrir que Remedios no se encuentra allí, pero la culpa es de él.

La verdad es que Jesús nos ofrece muchas cosas. El sana, salva, redime y libera. El nos sorprende constantemente con bendiciones. Pero lo hace a su modo, no al nuestro. Lo hace siguiendo su agenda, no la nuestra. Y me temo que nos podemos llegar a decepcionar con Jesús, no porque El nos haya fallado, sino porque nosotros hemos esperado de El lo que nunca nos promete dar.

Quiero que pienses honestamente por un momento en esta pregunta: ¿Por qué estoy aquí en la Iglesia? ¿Por qué sigo a Jesús? ¿Qué espero recibir de El? Cuando hayas contestado esa pregunta en tu mente, considera entonces si lo que tú esperas de Jesús es algo que El te haya prometido.

Por ejemplo, si tú esperas de Jesús una vida sin problemas, te aseguro que serás decepcionado. Si tú esperas que todos tus sueños se cumplirán, también te puedo asegurar que serás decepcionado. Si tú sigues a Jesús pensando que te dará mucho dinero, serás desilusionado. También lo serás si sigues a Jesús sólo para que te dé al hombre o a la mujer que tú quieres. Jesús nunca nos promete estas cosas, a pesar de lo que algunos quisieran creer.

Por eso, es importante preguntarnos qué es lo que Jesús nos promete. Nos promete la vida eterna, si confiamos en El. Nos promete que tendremos lo suficiente para vivir, si buscamos su reino primeramente. Nos promete que El estará con nosotros siempre, en las buenas y en las malas. Nos promete muchas cosas buenas, pero estemos seguros de estar buscando lo que El nos promete, no lo que nosotros queremos.

Años atrás, muchos creyentes tenían la costumbre de tener cajitas de promesas. Consistían en tarjetitas con versículos bíblicos. En momentos de angustia o necesidad, podían sacar una de estas tarjetitas para leerla y tener en su mente alguna de las promesas divinas. Quizás debamos recuperar esta costumbre, para contar con lo que Dios nos promete y no lo que nos imaginamos.

Había otro grupo allí presente además de la multitud. Se trataba de los discípulos de Jesús. Ellos, en realidad, no lograron captar lo que estaba sucediendo hasta después de su resurrección y ascensión. Ellos observaban todo lo que pasaba, pero no lo entendían bien.

Sin embargo, había algo que los separaba de la multitud. Ellos tenían un compromiso con Jesús que los llevaba a la obediencia. Juan no lo destaca en el pasaje que leímos, pero Jesús había enviado a dos de los discípulos a buscar el burrito que montó. El no les explicó para qué lo necesitaba, y ellos no le hicieron preguntas. Simplemente lo obedecieron.

Tuvieron sus fallas. En su momento de mayor necesidad, abandonaron a Jesús. Algunos lo siguieron de lejos. No comprendían lo que estaba sucediendo, pero tenían un compromiso con El. Luego Dios les reveló el significado de la muerte y resurrección de Jesús, y escribieron para nuestro beneficio todo lo que Dios les reveló.

Dios se ha revelado misericordiosamente en Jesús. Nos ofrece la salvación. Su muerte fue por nosotros. Su resurrección nos garantiza la vida. No podemos confiar en nadie más. No hay salvación en ningún otro, sino en Jesús. La sangre que El derramó en la cruz es el pago perfecto por tu pecado y el mío.

Muchos lo vieron y no lo comprendieron. Se burlaron de El; lo malinterpretaron. Pero El siguió revelándose; y cualquiera que le pedía salvación, la recibía. Estoy seguro que todos nosotros estamos familiarizados con los eventos de ese día, y de la semana santa. Pero ¿comprendemos lo que está pasando? ¿Entendemos el por qué? ¿Sabes que fue por ti lo que Jesús hizo aquí?

Si tú hoy nunca le has entregado tu vida a Cristo, El te invita. Su muerte fue la paga perfecta por tus pecados. Ahora debes acercarte a El con un corazón arrepentido y, por fe, pedirle que te perdone. Reconócelo como tu Señor y Salvador. Quizás no lo comprendas todo, pero puedes ser como los discípulos y comprometerte con El. El te dará más entendimiento. No esperes más. Ven hoy.


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