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Domingo 21 de Febrero de 2016

La vida de Cristo en tu vida
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez has tenido una experiencia que cambió por completo tu perspectiva sobre la vida? Recuerdo una vez que, algunos años atrás, iba manejando por la carretera cuando llegué a un embotellamiento. "Voy a llegar tarde", pensé, y comencé a lamentar mi mala suerte. Con el lento avance del tráfico, por fin llegué a la causa del retraso. Un carro se había volcado, y lo que parecía un montón de ropa vieja colgaba por el vidrio abierto.

En ese instante, toda mi frustración con la situación desapareció. Fue como si me cayera encima un balde de agua fría. Sólo pude pensar en que alguien había enfrentado allí un momento que le cambió la existencia. Quizás había muerto, o posiblemente estaba en el hospital. Durante todo el resto de aquel día, las conversaciones cotidianas me parecían ridículas. ¿Cómo podía la gente hablar de cosas tan insignificantes, cuando la vida y la muerte están en juego?

Los discípulos de Cristo también tuvieron una experiencia que les cambió por completo la vida. Les hizo ver el mundo de una manera totalmente distinta. Podemos decir, en realidad, que a partir de este momento, empezaron a experimentar la vida de Cristo en su vida. Esta realidad no es sólo para ellos. Es para nosotros también. Tú y yo podemos conocer la vida de Cristo en nuestra vida.

Hace un par de semanas hablamos de la muerte de Cristo. Vimos que su muerte fue un evento único en la historia, algo que jamás se tiene que repetir. Cuando El murió por única vez, hizo el pago suficiente por nuestros pecados. Hizo aceptable ante Dios a cualquiera que cree en El. Vimos también que, por fe, morimos con El. El ahora nos llama cada día a morir al viejo yo, aquel yo pecador que no desea la voluntad de Dios, para que podamos vivir de verdad.

Pero la obra de Cristo no se acabó con su muerte. Esto fue solamente la primera parte de su gran labor a nuestro favor. Al tercer día, Jesús resucitó. Durante cuarenta días se mostró a sus discípulos, y luego ascendió al cielo, donde está sentado a la mano derecha de Dios.

Leamos en Juan 20:10-16 el recuento de su aparición a María Magdalena:

20:10 Los discípulos regresaron a su casa,
20:11 pero María se quedó afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se inclinó para mirar dentro del sepulcro,
20:12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.
20:13 -¿Por qué lloras, mujer? -le preguntaron los ángeles. -Es que se han llevado a mi Señor, y no sé dónde lo han puesto -les respondió.
20:14 Apenas dijo esto, volvió la mirada y allí vio a Jesús de pie, aunque no sabía que era él.
20:15 Jesús le dijo: -¿Por qué lloras, mujer? ¿A quién buscas? Ella, pensando que se trataba del que cuidaba el huerto, le dijo: -Señor, si usted se lo ha llevado, dígame dónde lo ha puesto, y yo iré por él.
20:16 -María -le dijo Jesús. Ella se volvió y exclamó: -¡Raboni! (que en arameo significa: Maestro).

A veces, cuando pensamos en la resurrección de Jesucristo, se nos viene a la mente la representación de ciertos cuadros o retratos que hemos visto. Jesús aparece, bañado de luz, con una aureola en la cabeza. Es una figura etérea, de otro mundo.

Es importante comprender algo. Los pintores lo retratan así porque quieren comunicarnos que la resurrección de Cristo fue algo sobrenatural. ¡Lo fue! Una resurrección no es algo normal en nuestro mundo. Pero a veces nosotros, al ver esos retratos, pensamos que se trata de algo de fantasía, una visión que tuvieron los discípulos.

No es así. El relato que acabamos de leer, de la aparición a María, parece casi cómico en su normalidad. María, por las lágrimas que le llenaban los ojos, ¡confunde a Jesús con un jardinero! Claramente, El no estaba bañado en luz, ni llevaba una aureola en la cabeza. Era una figura totalmente normal, un hombre común y corriente - como lo había sido antes de morir.

Si tú y yo hubiéramos estado allí en el jardín con María, habríamos visto lo mismo que vio ella. No fue una alucinación ni una visión. Más tarde, Jesús comió con sus discípulos. Tomó comida solida. Le invitó a Tomás a meter la mano en las heridas de sus manos y su costado. ¡Con un fantasma no se puede hacer eso! Había ciertas diferencias en el cuerpo de Jesús después de resucitar, pero fue un cuerpo real y reconocible.

Nosotros hemos recibido el testimonio de los que vieron con sus propios ojos al Jesús resucitado. Dios nos llama a creer este testimonio, a confiar en la verdad de que Jesús realmente resucitó. En realidad, tenemos bastantes razones para creer. Los discípulos no estaban mintiendo, porque muchos de ellos dieron su vida por predicar este mensaje. No estaban alucinando, porque lo vieron en diferentes momentos y diferentes lugares.

Podemos confiar en el testimonio que ellos nos han dejado en las páginas del Nuevo Testamento. Al resucitar, Cristo mostró que su trabajo fue exitoso. Dios no lo habría resucitado si no hubiera aceptado su sacrificio en la cruz. Es más, su resurrección es la garantía de que nosotros también resucitaremos. Tenemos esperanza, porque Jesús resucitó.

Pero esta verdad no es sólo para el futuro. La realidad de la resurrección de Cristo puede y debe transformar nuestra manera de vivir en el presente, en este momento. La resurrección de Cristo trae la vida de Cristo a nuestra vida, la tuya y la mía.

Después de ver al Cristo resucitado, los discípulos fueron transformados por completo. Sus vidas ya no fueron iguales. ¿Cuáles cosas han cambiado por completo tu manera de vivir? Quizás ha sido el matrimonio, el nacimiento de un hijo o mudarte a un nuevo país. Piensa en los grandes cambios que eso trajo a tu vida. El cambio que viene cuando resucitamos ahora con Cristo es aun más grande.

Leamos Romanos 6:1-12:

6:1 ¿Qué concluiremos? ¿Vamos a persistir en el pecado, para que la gracia abunde?
6:2 ¡De ninguna manera! Nosotros, que hemos muerto al pecado, ¿cómo podemos seguir viviendo en él?
6:3 ¿Acaso no saben ustedes que todos los que fuimos bautizados para unirnos con Cristo Jesús, en realidad fuimos bautizados para participar en su muerte?
6:4 Por tanto, mediante el bautismo fuimos sepultados con él en su muerte, a fin de que, así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva.
6:5 En efecto, si hemos estado unidos con él en su muerte, sin duda también estaremos unidos con él en su resurrección.
6:6 Sabemos que nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder, de modo que ya no siguiéramos siendo esclavos del pecado;
6:7 porque el que muere queda liberado del pecado.
6:8 Ahora bien, si hemos muerto con Cristo, confiamos que también viviremos con él.
6:9 Pues sabemos que Cristo, por haber sido levantado de entre los muertos, ya no puede volver a morir; la muerte ya no tiene dominio sobre él.
6:10 En cuanto a su muerte, murió al pecado una vez y para siempre; en cuanto a su vida, vive para Dios.
6:11 De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús.
6:12 Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos.

Leímos parte de estos versículos hace dos semanas para entender el significado de la muerte de Cristo para nuestra vida. Pero ahora nos damos cuenta de que también hay una relación entre nuestra vida ahora, como creyentes, y la resurrección de Cristo. Nosotros debemos vivir como si ya hubiéramos muerto, al pecado. También debemos vivir como si ya hubiéramos resucitado.

En otro lugar, Pablo dice que nuestra vida está escondida en el cielo con Cristo. En otras palabras, nuestra vida ya no pertenece a este mundo. Nuestra vida verdadera está en el cielo, donde Cristo está sentado a la derecha del Padre. Somos ciudadanos del cielo, y simplemente estamos de visita aquí en esta tierra.

Marcela Gándara expresa esta verdad en una de sus canciones con estas palabras: "Aunque es el mismo cielo y es el mismo sol, son las mismas calles, pero yo no soy, no soy el mismo; y como un turista puedo caminar descubriendo cosas nuevas al andar porque estás conmigo." Al comprender que hemos resucitado con Cristo, podemos caminar por este mundo como turistas, disfrutando de las bendiciones de Dios, pero sabiendo que nuestro verdadero hogar está en un lugar mucho mejor.

En 2 Corintios 12:2-4 Pablo nos habla de alguien que visitó el cielo:

12:2 Conozco a un seguidor de Cristo que hace catorce años fue llevado al tercer cielo (no sé si en el cuerpo o fuera del cuerpo; Dios lo sabe).
12:3 Y sé que este hombre (no sé si en el cuerpo o aparte del cuerpo; Dios lo sabe)
12:4 fue llevado al paraíso y escuchó cosas indecibles que a los humanos no se nos permite expresar.

Es muy probable que haya sido Pablo mismo. De algún modo, Dios le permitió ver algunas de las glorias del tercer cielo, que es la morada de Dios - más allá de las nubes y más allá de las galaxias. Pablo pudo experimentar todo lo que es el cielo, y luego regresar a la tierra.

¿Cómo habrá sido su perspectiva sobre la vida? ¿Cómo habrá vivido? La vida tenía otro color totalmente diferente para él. Ya las cosas de este mundo no tenían la misma atracción. Ya comprendía lo que realmente es importante en este mundo. El pecado dejó de atraerle, porque sabía que hay algo muchísimo mejor.

Dios nos está llamando a vivir en este mundo, en este momento, como si ya hubiéramos resucitado con Cristo y regresado a vivir como turistas. Podemos disfrutar, podemos apreciar las cosas buenas, sin desesperarnos por la situación de este mundo ni sentir la necesidad de participar en su pecado y maldad.

Pero algunos dirán: "Si un cristiano vive como si ha resucitado con Cristo y vuelto a vivir en este mundo, no hará nada para mejorar las condiciones actuales. Simplemente se quedará soñando con el cielo, y dejará que este mundo vaya de Guatemala a Guatepeor." De hecho, muchas personas alegan que así vivimos.

Pero la realidad es que los ciudadanos del cielo han hecho muchísimo bien aquí en la tierra. ¿Te has fijado cuántos hospitales llevan nombres cristianos? ¡Es porque fueron fundados por cristianos! Las Iglesias siempre han ayudado a los pobres, han peleado contra la destrucción ambiental y han denunciado la corrupción gubernamental. Irónicamente, el cristianismo nos promete el cielo, pero también hace mucho bien aquí en la tierra.

Nuestra fe en la resurrección de Cristo nos libera del temor a la muerte y nos libera también del control del pecado. La persona que sólo vive para este mundo siente la necesidad de pecar lo más posible, porque sólo se vive una vez. Pero cuando hemos resucitado con Cristo por fe, cuando comprendemos que el cielo es nuestro hogar, quedamos libres para hacer el bien aquí en la tierra.

Se cuenta del gran artista Miguel Ángel que, en cierta ocasión, se indignó con las costumbres de otros pintores. "¿Por qué" - les preguntó - "llenan salón tras salón con retratos del sufrimiento y la muerte de Jesús, pero jamás representan su resurrección?" Muchos de nosotros hemos crecido viendo muchas representaciones de la muerte de Jesús, y su resurrección se ha quedado en el olvido.

Pero la verdad es que Cristo ha resucitado, y El nos llama hoy a vivir como quienes han resucitado por fe con El también. Hermanos, meditemos en nuestro destino celestial. Recordemos que nuestra vida está escondida con Cristo. Pongamos nuestra mirada en la esperanza que tenemos, para que así podamos vivir la vida que Cristo nos da aquí, en este mundo, y ahora, en este momento de la historia.


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