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Domingo 10 de Enero de 2016

El poder de un buen ejemplo
Pastor Tony Hancock

Su abuelo fue uno de los reyes más malvados de la historia. Llegó al colmo de quemar a su propio hijo en el fuego como sacrificio a un dios pagano. Hizo imágenes de dioses falsos, y dentro del templo mismo de Dios construyó altares para adorar a las estrellas. Consultó a los espiritistas, y practicó la magia y la hechicería. Es difícil encontrar alguna acción malvada que no haya practicado su abuelo.

Su padre es ejemplo del dicho: "de tal palo, tal astilla". Durante sus apenas dos años de reinado, este hombre ofendió a Dios y a sus propios oficiales a tal grado que ellos ya no lo aguantaron más. Conspiraron para asesinarlo, y lo lograron. Tras el asesinato de su padre, y con apenas ocho años de edad, Josías llegó a ser rey de Judá, el pueblo de Dios.

Con tan malos ejemplos - los de su abuelo Manasés y su padre Amón - ¿qué esperanza podría haber de que Josías se convirtiera en un buen rey? Todo estaba en su contra. Quizás te puedas identificar, en cierta manera, con Josías. Los ejemplos que has recibido no han sido los mejores. Quizás tu padre no fue un bueno modelo para ti, o quizás simplemente no estuvo presente en tu vida.

En la vida de Josías descubrimos que los errores de nuestros antepasados no tienen que definir nuestro futuro. En esta mañana, vamos a considerar la vida sorprendente de Josías y descubrir algunas claves para que nosotros podamos agradar al Señor y recibir su bendición. Abramos la Biblia en 2 Reyes capítulo 22, y leamos los versos 1 y 2:

22:1 Josías tenía ocho años cuando ascendió al trono, y reinó en Jerusalén treinta y un años. Su madre era Jedidá hija de Adaías, oriunda de Boscat.
22:2 Josías hizo lo que agrada al Señor, pues en todo siguió el buen ejemplo de su antepasado David; no se desvió de él en el más mínimo detalle.

Algunos de ustedes tienen hijos de ocho años. ¡Imagina que tu hijo se convirtiera, a esa edad, en presidente! Sólo podemos imaginar lo que sería del país. Seguramente Josías tuvo alguna dirección durante esos primeros años, quizás de su madre y algunos otros líderes. Después de ocho años, sin embargo, descubrimos que Josías tuvo una especie de conversión. En 2 Crónicas 34:3 leemos que Josías empezó a buscar a Dios en serio a la edad de dieciséis años, durante el octavo año de su reino: "En el año octavo de su reinado, siendo aún muy joven, Josías comenzó a buscar al Dios de su antepasado David. En el año duodécimo empezó a purificar a Judá y a Jerusalén, quitando los santuarios paganos, las imágenes de la diosa Aserá, y los ídolos y las imágenes de metal fundido."

A pesar del mal ejemplo de su abuelo Manasés y su padre Amón, Josías encontró otro ejemplo para seguir - el ejemplo de su antepasado David. David murió más de trescientos años antes de que naciera Josías, pero el poder de su buen ejemplo inspiró a Josías. Aquí hay una lección para nosotros. El poder de un buen ejemplo puede trascender generaciones.

Si tú eres fiel al Señor, si tú sigues a Cristo y lo amas, obedeciendo su Palabra, tu vida puede tener un impacto que va mucho más allá de una sola generación. Nunca descartes la importancia de la obediencia. Una acción de obediencia puede tener efectos que repercuten para toda la eternidad.

El ejemplo de su ancestro David inspiró a Josías, y él hizo dos cosas en particular que agradaron a Dios y trajeron bendición a su vida. En medio de la oscuridad de nuestros días, estas mismas cosas le siguen agradando a Dios y siguen trayendo bendición a las vidas de quienes los practican.

Leamos 2 Reyes 22:3-9 para encontrar la primera cosa que hizo Josías:

22:3 En el año dieciocho de su reinado, el rey Josías mandó a su cronista Safán, hijo de Asalías y nieto de Mesulán, que fuera al templo del Señor. Le dijo:
22:4 Preséntate ante el sumo sacerdote Jilquías y encárgale que recoja el dinero que el pueblo ha llevado al templo del Señor y ha entregado a los porteros.
22:5 Ordena que ahora se les entregue el dinero a los que supervisan la restauración del templo del Señor, para pagarles a los trabajadores que lo están reparando.
22:6 Que les paguen a los carpinteros, a los maestros de obra y a los albañiles, y que compren madera y piedras de cantería para restaurar el templo.
22:7 Pero no les pidan cuentas a los que están encargados de pagar, pues ellos proceden con toda honradez.
22:8 El sumo sacerdote Jilquías le dijo al cronista Safán: He encontrado el libro de la ley en el templo del Señor. Entonces se lo entregó a Safán, y éste, después de leerlo,
22:9 fue y le informó al rey: -Los ministros de Su Majestad han recogido el dinero que estaba en el templo del Señor, y se lo han entregado a los trabajadores y a los supervisores.

Josías dio prioridad a la casa de Dios. Durante los cincuenta y cinco años que reinó su abuelo Manasés, y durante los dos años de su padre, el templo de Dios se había descuidado. Manasés lo había contaminado con altares para las estrellas del cielo.

Imagina que llegaras a la Iglesia para encontrar, en una esquina, a una hechicera ofreciendo maldecir a tus enemigos; en otro rincón, un brujo haciendo limpias; entre las Biblias, horóscopos y cuijas. Si te puedes imaginar tan horrible escena, empezarás a comprender cómo se había contaminado el templo de Dios.

Josías dio prioridad a la casa de Dios. Dio órdenes de que se tomara el dinero que ofrecían las personas y se usara para renovar el templo. Otros reyes habían tomado dinero de la tesorería del templo, pero a Josías ni se le ocurre esto. A él, más bien, le interesa que el templo prospere y sea restaurado.

Para los que vivimos de este lado de la muerte y resurrección de Jesucristo, el templo ya no es un edificio. Nos reunimos para adorar a Dios en un edificio, pero la morada de su Espíritu ya no es un lugar. Ahora el templo lo somos nosotros. La Iglesia, el conjunto de creyentes, es el templo de Dios. Cada uno de nosotros es una piedra viva en ese templo.

La manera en que nosotros podemos imitar el buen ejemplo de Josías, entonces, es en dar prioridad a la vida de la Iglesia. No se trata simplemente de cuidar el edificio donde nos reunimos para adorar a Dios, aunque es buena idea hacer esto. Damos prioridad a la casa de Dios cuando nos reunimos cada domingo para adorar juntos a nuestro Dios.

Tenemos que decidir si asistir a la Iglesia será una prioridad para nosotros, o un lujo. Algunas personas asisten a la Iglesia de vez en cuando, si no hay otra cosa mejor que hacer, y piensan que le hacen un favor a Dios. ¡Esto no es dar prioridad a la casa de Dios! Más bien, propongámonos estar siempre presentes en el culto, listos para alabar a Dios, porque nos gusta estar en su presencia.

Se cuenta de dos mujeres que platicaban un día lunes. Una de ellas comentó: "Tuvimos una gran concurrencia en la Iglesia anoche". La otra le preguntó: "¿Llegó un nuevo predicador?" La primera le respondió: "No, el edificio se quemó". ¡Qué lástima que tantos lleguen a la Iglesia sólo cuando hay algún desastre! Se pierden el verdadero fuego - el del Espíritu Santo.

También damos prioridad a la casa de Dios cuando apoyamos los ministerios de la Iglesia con nuestros diezmos y ofrendas. El pueblo del día de Josías era fiel en dar sus ofrendas al Señor. Ese dinero se usó para restaurar el templo de Dios, lo cual trajo bendición a todo el pueblo. Siempre hay bendición cuando somos fieles en darle a Dios lo que a El le corresponde.

Josías dio prioridad a la casa de Dios. Te invito, este año, a seguir su buen ejemplo. Como familia, demos prioridad a la casa de Dios. Enseñemos a nuestros hijos que le adoración y le convivencia con nuestros hermanos son de primera importancia para nosotros. No por legalismo o por obligación, sino porque realmente amamos a Dios y creemos que El nos bendecirá.

Veamos ahora la segunda cosa que hizo Josías, y veamos también la bendición que sus decisiones trajeron a su vida. Leamos 2 Reyes 22:10-20:

22:10 El cronista Safán también le informó al rey que el sumo sacerdote Jilquías le había entregado un libro, el cual leyó en su presencia.
22:11 Cuando el rey oyó las palabras del libro de la ley, se rasgó las vestiduras
22:12 y dio esta orden a Jilquías el sacerdote, a Ajicán hijo de Safán, a Acbor hijo de Micaías, a Safán el cronista, y a Asaías, su ministro personal:
22:13 -Vayan a consultar al Señor por mí, por el pueblo y por todo Judá con respecto a lo que dice este libro que se ha encontrado. Sin duda que la gran ira del Señor arde contra nosotros, porque nuestros antepasados no obedecieron lo que dice este libro ni actuaron según lo que está prescrito para nosotros.
22:14 Así que Jilquías el sacerdote, Ajicán, Acbor, Safán y Asaías fueron a consultar a la profetisa Huldá, que vivía en el barrio nuevo de Jerusalén. Huldá era la esposa de Salún, el encargado del vestuario, quien era hijo de Ticvá y nieto de Jarjás.
22:15 Huldá les contestó: Así dice el Señor, Dios de Israel: Díganle al que los ha enviado
22:16 que yo, el Señor, les advierto: Voy a enviar desgracia sobre este lugar y sus habitantes, según todo lo que dice el libro que ha leído el rey de Judá.
22:17 Ellos me han abandonado; han quemado incienso a otros dioses y me han provocado a ira con todos sus ídolos. Por eso mi ira arde contra este lugar, y no se apagará.
22:18 Pero al rey de Judá, que los envió para consultarme, díganle que en lo que atañe a las palabras que él ha oído, yo, el Señor, Dios de Israel, afirmo:
22:19 Como te has conmovido y humillado ante el Señor al escuchar lo que he anunciado contra este lugar y sus habitantes, que serían asolados y malditos; y como te has rasgado las vestiduras y has llorado en mi presencia, yo te he escuchado. Yo, el Señor, lo afirmo.
22:20 Por lo tanto, te reuniré con tus antepasados, y serás sepultado en paz. Tus ojos no verán la desgracia que enviaré sobre este lugar. Así que ellos regresaron para informar al rey.

Cuando se realizó el trabajo de remodelación en el templo, los trabajadores descubrieron un libro olvidado. El libro fue leído en la presencia del rey, y se dieron cuenta de que era el libro de la ley de Moisés.

Puede ser que se tratara solamente del libro de Deuteronomio, o que haya incluido todos los cinco libros de Moisés. Lo importante es darnos cuenta de la manera en que reaccionó Josías cuando escuchó las palabras del libro de la ley. En señal de duelo y arrepentimiento, se rasgó las vestiduras. Inmediatamente dio órdenes a los líderes religiosos de que averiguaran cómo proceder.

Josías fácilmente podría haber hecho pretextos. El no había crecido con la instrucción de la ley del Señor. Podría haber alegado que no era su culpa que se perdiera este libro, y que él no era responsable de lo que había sucedido. Pero no hizo esto. Más bien, se sintió muy triste porque no había estado obedeciendo todo lo que Dios le había mandado a su pueblo. De inmediato, tomó pasos para remediar la situación.

Por medio de una profetiza llamada Huldá, Dios les dijo lo que sucedería. Tiempo atrás, Dios les había anunciado por medio de sus profetas que su juicio se acercaba. Durante generaciones, los judíos se habían alejado de Dios. En ratos volvían, pero ya su desobediencia era tal que su castigo se había vuelto inevitable. Ellos serían desterrados y llevados a vivir a la fuerza a una tierra lejana.

Sin embargo, Dios le dijo a Josías que él no llegaría a ver esto. Debido a su arrepentimiento, su humildad y deseo de obedecer a Dios, el castigo no llegaría hasta después de su muerte. El tendría la oportunidad de gobernar en paz, y su pueblo estaría seguro mientras él viviera.

En medio de la gran oscuridad y la maldad que Manasés y Amón habían traído sobre el pueblo de Dios, la vida de Josías brilla como una gran luz. El mismo fue bendecido, y su obediencia trajo bendición a su pueblo también. Aunque las consecuencias de la desobediencia vendrían, él mismo fue librado de ellas.

¿Cómo podemos nosotros seguir el ejemplo de Josías? Lo seguimos cuando damos atención y obediencia a la Palabra de Dios. No dejemos que la Biblia se convierta en un libro olvidado en nuestro hogar. Separemos tiempo para leerla y conocerla. Pero también tenemos que imitar la actitud de Josías. No basta con sólo leer la Palabra. Tenemos que recibirla con humildad, con un espíritu de obediencia.

Una manera de hacer esto es por medio de la célula familiar. Uno de mis deseos para este año es que cada familia de la Iglesia comience a celebrar semanalmente la célula familiar. Esta es una gran manera en que todos podemos compartir juntos y aprender juntos de la Palabra de Dios. Pero sólo lo sabremos si lo probamos.

Un hombre había llegado a compartir la Palabra de Dios con el dueño de un huerto de peras. El creyente le hablaba del poder de la Palabra, pero el dueño del peral no se quedaba convencido. "Usted no me comprueba que la Biblia es la Palabra de Dios", le respondió al que le testificaba.

Por fin, el cristiano le dijo: "¡Qué lástima que sus peras sean tan malas!" El otro se ofendió. "¡Cómo que son malas mis peras! Mire, pruebe 1 ó 2." Después de comerse una pera, el creyente le dijo: "Usted tiene razón. Estas peras son deliciosas. Pero usted debe tratar la Biblia como yo he tratado sus peras. Debe probarla para ver si es poderosa o no."

Si nosotros, como Josías, probamos el poder de la Palabra de Dios, veremos también su poder. Veremos cómo Dios nos bendice. Pero tenemos que probarla. Tenemos que recibirla. Tenemos que conocer a Jesús en ella. ¿Estás dispuesto a seguir este buen ejemplo?


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Puedes enviar al Pastor tus preguntas acerca de la Biblia, la Iglesia, la vida cristiana o cualquier otro tema, por email a pastortony@iglesiatriunfante.com, o por medio de la sección Preguntas al Pastor en pastortony.net. Envía tus preguntas incluyendo tus iniciales y tu país de residencia, y serán respondidas en dicha página.

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