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Domingo 6 de Diciembre de 2015

Un mundo sin verdad
Pastor Tony Hancock

Justo antes de acostarse, el niño había leído con papá la lectura bíblica del día. Las últimas palabras que leyó fueron éstas: "Si yo no hubiera venido". Se durmió pensando en estas palabras. Cuando despertó por la mañana del 25 de diciembre, bajó la escalera de su casa. Pero ¡en la sala no había ningún árbol, ni regalos, ni adornos navideños!

Salió a caminar, y vio las fábricas trabajando sin descanso. Pasó por un orfanato, pero sólo había un lote vacío; todos los huérfanos mendigaban en la calle. Luego decidió ir a la Iglesia, pero la encontró con un anuncio que decía: Se vende. Donde esperaba ver un hospital, sólo había un edificio vacío.

Por fin, regresó corriendo a su casa y tomó en sus manos la Biblia, pero la última mitad sólo tenía hojas en blanco. En ese momento, despertó - había sido un sueño. Bajándose de la cama, el niño se arrodilló y dijo: "Jesús, ¡gracias por venir a este mundo! Ayúdame a contarles a otros de ti".

¿Alguna vez te has preguntado cómo sería este mundo, si Cristo nunca hubiera nacido en el pesebre en Belén aquella noche? Este mundo sería muy diferente. Sin temor a contradicción podemos decir que ninguna otra persona ha cambiado el mundo como Cristo lo ha hecho. Ningún otro hombre ha tenido el impacto sobre la historia humana que Cristo ha tenido.

¿Qué trajo Cristo que fue tan especial? En estas semanas en que nos preparamos para celebrar la venida de Cristo al mundo vamos a considerar algunas de las cosas que Cristo ha traído. Hoy vamos a empezar en un lugar en el que no solemos pensar mucho en esta temporada - en el jardín del Edén.

Dios puso a Adán y Eva, los primeros seres humanos, en un bello jardín donde había de todo. Ellos podían hacer lo que quisieran, con una sola excepción. Dios les prohibió comer del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Todo marchó de maravilla, hasta que un día llegó la serpiente - convertida en vocero de Satanás, el tentador.

Leamos en Génesis 3:1-5 la conversación que surgió del encuentro entre la mujer y la serpiente:

3:1 La serpiente era más astuta que todos los animales del campo que Dios el Señor había hecho, así que le preguntó a la mujer: -¿Es verdad que Dios les dijo que no comieran de ningún árbol del jardín?
3:2 -Podemos comer del fruto de todos los árboles -respondió la mujer-.
3:3 Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios nos ha dicho: "No coman de ese árbol, ni lo toquen; de lo contrario, morirán."
3:4 Pero la serpiente le dijo a la mujer: -¡No es cierto, no van a morir!
3:5 Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal.

Observa lo que la serpiente le pregunta a Eva: "¿Es verdad que Dios les dijo... ?" Después de escuchar su respuesta, le dice: "No es cierto". En otras palabras, "No es verdad". Satanás logra contaminar el paraíso en el que viven Adán y Eva con una sola cosa: la mentira.

Solemos pensar en el diablo como un personaje malévolo, vestido de rojo, con cola y trinchera. Pero él es experto en disfraces, y su arma no es la trinchera. El no se la pasa espantando a las personas que salen de noche o jalando los pies de los que están dormidos. Su arma es la mentira. Si él logra trastornar la verdad y hacernos creer la falsedad, queda satisfecho.

Las mentiras del enemigo son como un gran virus que ha infectado a toda la humanidad. Sus mentiras nos hacen creer que obedecer a Dios es aburrido, que el pecado es lo único que nos puede traer la felicidad y que el egoísmo es el amor más grande. Nos hace creer que seremos más felices si tenemos más cosas. Las consecuencias de esta infección se ven por todos lados - crimen, corrupción, adulterio, borrachera, deshonestidad y muchas cosas más.

¿Habrá algún antídoto? La única manera de curar el virus de la mentira es con el suero de la verdad. Pero no estamos hablando de cualquier verdad. Tiene que ser la verdad de Dios. De hecho, Dios es un Dios de verdad, no de mentira. Es también el Dios de la verdad, que rechaza toda mentira.

Saúl, el primer rey de Israel, no llegó a comprender esto. Dios le concedió el trono sobre su pueblo, pero Saúl no honró a Dios. No obedeció lo que El le dijo. En cierta ocasión, Dios le mandó destruir por completo a un pueblo muy malvado, un pueblo que vivía de atacar a otros pueblos y despojarles de sus bienes.

Pero Saúl no siguió las instrucciones de Dios. En lugar de destruirlo por completo como una abominación, prefirió guardar para su propio uso algo el ganado de este pueblo. Cuando el profeta Samuel lo confrontó con su pecado, Saúl tuvo el descaro de decir que se había guardado el ganado como una ofrenda para el Señor.

Entonces Samuel le pronunció estas palabras tan tajantes: "¿Qué le agrada más al Señor: que se le ofrezcan holocaustos y sacrificios, o que se obedezca lo que él dice? El obedecer vale más que el sacrifico, y el prestar atención, más que la grasa de carneros. La rebeldía es tan grave como la adivinación, y la arrogancia, como el pecado de idolatría." (1 Samuel 15:22-23)

Saúl expresó un arrepentimiento aparente, pero sus acciones posteriores mostraron que su arrepentimiento no fue sincero. El se dejó convencer por las mentiras del enemigo. Creyó que podía desafiar a Dios sin consecuencias. Pensó que podía hacer lo que le parecía bien a él, en lugar de someterse a la voluntad de Dios.

Por esto, le dijo Samuel: "Hoy mismo el Señor ha arrancado de tus manos el reino de Israel, y se lo ha entregado a otro más digno que tú. En verdad, el que es la Gloria de Israel no miente ni cambia de parecer, pues no es hombre para que se arrepienta." (1 Samuel 15:28-29) Dios es un Dios de verdad. El no cambia caprichosamente de idea. Lo que dice, lo cumple.

Si queremos continuar en nuestra rebelión, esta realidad parece dura. Nos atrae mucho más la idea de un dios que se parece a nosotros, que es tolerante y deja pasar nuestras fechorías. Pero si queremos ser curados de nuestra enfermedad causada por creer las mentiras del enemigo, tenemos que enfrentar la realidad de quién es Dios. Tenemos que aprender a amar la verdad.

De hecho, es la verdad de Dios la que nos guía a su presencia. En el gran salmo que escribió después de su pecado con Betsabé, el rey David escribió lo siguiente: "Yo sé que tú amas la verdad en lo íntimo; en lo secreto me has enseñado sabiduría." (Salmo 51:6) Si queremos alcanzar el perdón de Dios y ser restaurados, tenemos que dejar que su verdad penetre hasta lo más íntimo de nuestro ser.

Se cuenta la historia de un pastor famoso que predicaba cierto domingo durante el verano. El día era cálido, y la mayoría de la congregación mostraba somnolencia y distracción. Por acá se veían bostezos; por allá, ojos cerrados. De repente, decidió cambiar por completo el rumbo de su predicación y contó una anécdota.

"El otro día", decía el predicador, "me encontraba viajando por cierta carretera en el campo. Me detuve en la casa de un campesino, y allí vi algo muy sorprendente. Una puerca tenía diez puerquitos, y cada uno de ellos - incluyendo la puerca - tenía un gran cuerno curvo en medio de la frente, entre las dos orejas."

Toda la congregación lo miraba con asombro. ¡Nadie estaba dormido! Entonces comentó el pastor: "¡Qué extraño es esto! Hace unos momentos, cuando les decía la verdad, todos se querían dormir. Pero ahora que les estoy contando una mentirota, ¡todos están muy despiertos!" ¿Por qué será que nos atraen mucho más las mentiras que la verdad? ¡El diablo nos tiene bien infectados!

Pero tenemos que aceptar la verdad en lo más íntimo de nuestro ser, aunque nos duela, aunque nos cueste. Sólo con la verdad podemos acercarnos a Dios, porque El es un Dios de verdad y es el Dios de la verdad. Y esto precisamente es lo que Jesucristo ha venido a traer al mundo. En esta Navidad, celebramos la llegada al mundo de la verdad.

Vayamos al primer capítulo del evangelio de Juan. Mateo y Lucas, en sus respectivos evangelios, nos cuentan de los detalles del nacimiento de Jesús - los pastores, los sabios, la estrella, José y María. Pero Juan lo ve desde la perspectiva cósmica. El ve al Hijo eterno de Dios, quien es Dios y que siempre ha estado con su Padre, que en cierto momento de la historia humana se hizo hombre. Esto lo expresa en Juan 1:14: " Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad." Lo que estaba sucediendo en ese momento en que María dio a luz en un establo rodeado de animales es que Dios mismo, el Dios de verdad, se hizo hombre. El trajo a este mundo la verdad. En medio de un mundo de mentiras, de sombras, de confusión, Jesús es la verdad. El es la verdadera luz, como lo dice el verso 9: "Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo."

Se vuelve a repetir la idea en el verso 17: "pues la ley fue dada por medio de Moisés, mientras que la gracia y la verdad nos han llegado por medio de Jesucristo." En Jesús encontramos la verdadera esperanza. En Jesús encontramos nuestro verdadero propósito. En Jesús volvemos a vivir el plan original de Dios, su plan perfecto, de amor y de vida. Por medio de Jesús podemos ser librados de los efectos de las mentiras del enemigo para vivir en la verdad.

Las palabras de Jesús son verdad. Puedes confiar en lo que te dice. Las promesas de Jesús son verdad. Lo que El promete, lo cumple. En esta Navidad, Dios te invita a conocer la verdad. Nadie más te puede dar vida. Nadie más te puede dar sentido. Jesucristo es la única verdad viviente en este mundo moribundo de mentiras. ¿Conoces a Jesús? ¿Lo estás siguiendo? ¿Les has entregado tu vida y tu corazón?


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