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Domingo 22 de Noviembre de 2015

La obra terminada
Pastor Tony Hancock

Cuando era niño, había una carretera que transitábamos con frecuencia. En cierto lugar de la carretera se veían grandes soportes de concreto sin función aparente. Año tras año viajábamos por esa carretera, y nunca se veía que avanzara la construcción. Por fin, en cierta ocasión le pregunté a mi padre para qué servían aquellos estribos que no sostenían nada.

Su respuesta fue la siguiente. Años antes, el entonces dictador militar había tenido una casa al otro lado de la carretera, y para su conveniencia, había mandado hacer un cruce elevado para poder viajar fácilmente entre su casa y el centro de la ciudad. Sin embargo, apenas se había comenzado la obra cuando aquel mandatario fue reemplazado por otro. El nuevo jefe supremo no tenía ningún interés en terminar el cruce elevado, y quedaron solamente los soportes ya hechos.

No sé si aquella obra se habrá terminado, pero es sólo un ejemplo entre muchos de obras que el hombre ha comenzado sin llegarlas a terminar. La catedral de Westminster en Londres, la iglesia de la Sagrada Familia en Barcelona y muchos más son ejemplos de grandes proyectos que siguen sin terminar. La humanidad suele iniciar sus proyectos con mucho entusiasmo, pero no siempre logra mantener ese entusiasmo hasta el final.

¿Será Dios así? ¿Comenzará Dios proyectos que no alcanza a terminar? Es una pregunta retórica. Todos conocemos la respuesta: lo que Dios comienza, lo termina. Esta realidad tiene maravillosas consecuencias para ti y para mí. Si olvidas todo lo que digo esta mañana, recuerda al menos esto: Dios es fiel para terminar lo ha comenzado en ti.

Abramos la Biblia en 1 Tesalonicenses 5, y leamos los versos 23 y 24:

5:23 Que Dios mismo, el Dios de paz, los santifique por completo, y conserve todo su ser -espíritu, alma y cuerpo- irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo.
5:24 El que los llama es fiel, y así lo hará.

Después de darnos instrucciones acerca de varios aspectos de la vida cristiana a lo largo de su carta, el apóstol Pablo nos asegura que no estamos solos en esta labor. No nos toca a nosotros hacerlo todo; tenemos una poderosa Ayuda en este esfuerzo.

Cuando tratamos de hacerlo todo con nuestras propias fuerzas, la vida cristiana parece imposible. En realidad, es imposible. Pero con Dios, todo es posible. Somos como niños que aprenden a caminar. Cuando tratan de tomar sus primeros pasitos, se caen siempre. Pero con manos fuertes, sus padres los sostienen mientras van caminando. No solo eso, sino que celebran cada pasito que da su bebé.

Los brazos fuertes de Dios nos sostienen mientras aprendemos a caminar. ¡El no nos dejará a medio camino! Consideremos dos maneras en particular en que podemos ver la fidelidad de Dios. En primer lugar, el Dios de paz nos santifica.

En la misma carta Pablo había escrito lo siguiente: "La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual" (1 Tesalonicenses 4:3). Ahora él nos enseña que la santificación no es algo que tenemos que hacer solos. Más bien, Dios mismo nos santifica. El obra en nosotros para separarnos del mal y ayudarnos a vivir consagrados a El.

Algunas personas tienen el concepto de un Dios enojón, y piensan que tienen que mantenerse alejados del pecado porque si no, Dios podría estallar. Es muy cierto que Dios es justo, y que su santidad siente repugnancia ante el pecado. Es más, también sabemos que Dios castigará a todos los que no se arrepienten de su maldad.

Pero si esto es todo lo que sabemos de Dios, viviremos en un estado constante de temor e inseguridad. Trataremos de esconder cualquier pecado, no sea que Dios nos destruya en su furor. Nunca sentiremos la confianza de buscar su ayuda para vencer la tentación, ni podremos confesar nuestro pecado para recibir su perdón.

Por medio de Cristo podemos conocer a un Dios paciente, generoso y ayudador. El Padre que llegamos a conocer por medio de la fe en Jesucristo no es un Dios violento e iracundo, sino que es el Dios de la paz. En cambio, si no queremos ser sus hijos, si no queremos aceptar su oferta de salvación, podremos encontrarnos con un Dios airado e implacable.

Me imagino a algún general del ejército, un hombre valiente, decente y honrado. Cuando está en casa con sus hijitos, juega con ellos, es paciente y amoroso. En el campo de batalla, en cambio, se muestra implacable con los enemigos que pretenden destruir su patria y su hogar. Así es Dios. Es un Guerrero, y también un Padre. Si eres parte de su familia, lo conoces como Padre. En cambio, si rechazas su oferta de salvación, lo conocerás como un Guerrero implacable.

Espero que todos los que estemos aquí lo conozcamos como Padre. Si tú aún no te has arrepentido del pecado, si no le has entregado tu vida a Jesucristo, puedes hacerlo hoy. Y si ya lo has hecho, entiende que Dios quiere y puede ayudarte a vivir en santidad. Su Espíritu está en ti para darte poder para resistir la tentación. La sangre de su Hijo te purifica de todo mal.

Cuando te sientas tentado a pecar, acude a Jesús para buscar su ayuda. No trates de pelear solo contra el enemigo. Vuelve tu mirada hacia Jesús, el que venció las tentaciones del enemigo, y pídele fuerzas para caminar en santidad. No escondas de Dios tu pecado; confiésaselo y permite que El te santifique para su reino y su gloria.

La segunda cosa que descubrimos acerca de Dios es que es un Dios fiel, que nos guarda perfectamente. Entre otras cosas que hemos visto en esta carta, Pablo contesta ciertas preguntas acerca del día del regreso de Cristo. Nos ha declarado lo siguiente: "El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero." (1 Tesalonicenses 4:16)

Esta es la gloriosa esperanza del creyente, pero podría también convertirse en motivo de preocupación y de ansiedad. Alguien podría decir: ¿Qué tal si no estoy preparado para ese día? ¿Qué sucede si Cristo me encuentra desprevenido? ¿Qué tal si me quedo atrás?

Dios quiere que vivamos en seguridad, no en ansiedad. El es capaz de conservar todo nuestro ser irreprochable para la venida de nuestro Señor Jesucristo. El puede guardarnos para que, cuando Cristo venga, no tenga de qué reprocharnos. Si tu fe está firmemente puesta en Cristo, puedes vivir confiado en que El lo hará.

A veces nos preocupamos porque vemos a las personas que han tenido alguna experiencia con Cristo, y luego se han alejado de El. Tenemos temor de que lo mismo nos suceda a nosotros. Frente a esto, tenemos que reconocer lo siguiente. Algunos seguramente nunca tuvieron un compromiso real con Jesucristo. Es más, nunca sabemos lo que sucederá con los que se han alejado. Muchos se han distanciado del Señor por un tiempo, para luego regresar. No juzguemos las cosas antes de tiempo.

La cosa más importante que debemos recordar es ésta: la reacción correcta no es de vivir en temor, sino confiar completamente en Cristo. En lugar de enfocarte en tu propia debilidad, levanta tus ojos a El y confía en su poder para cuidarte. ¿Crees que no lo quiere hacer? ¡Claro que sí! Nuestro trabajo es creer, es confiar y saber que El es fiel.

Pablo pide que Dios conserve todo nuestro ser - espíritu, alma y cuerpo - hasta el día de Cristo. Algunas personas debaten si el ser humano tiene dos partes o tres. Muchas veces, la discusión es cuestión de semántica. Pero aquí se mencionan estas tres partes porque cada una de ellas es importante para la esperanza de la resurrección.

El espíritu es el aspecto de nuestra persona que se relaciona con Dios. En la persona que no conoce a Dios, el espíritu está muerto. Es insensible. Cuando conocemos a Cristo, el Espíritu Santo da vida a nuestro espíritu, para que podamos tener comunión con Dios. Por la fe en Cristo, Dios guardará nuestro espíritu hasta que Jesús regrese para transformarnos.

El alma es nuestra personalidad. Nuestra manera de pensar, de sentir, nuestros gustos y talentos - todo esto refleja nuestra alma. Es nuestra identidad como persona, nuestros sentimientos y pensamientos. Dios dice que El conservará nuestra alma también. En otras palabras, no perderemos nuestra identidad ni nuestra personalidad cuando Jesús regrese. Más bien, la persona que seremos después del regreso de Cristo será la versión purificada y perfeccionada de lo que somos ahora.

El cuerpo es la parte física de nuestro ser. Cuando Jesús regrese, nuestro cuerpo será resucitado y transformado. Recibiremos cuerpos nuevos, con capacidades nuevas - pero parecidas a las que tenemos ahora. Cuando Cristo resucitó, sus discípulos lo reconocieron. No se trataba de un cuerpo irreconocible. A la vez, El podía hacer cosas que antes no podía - aparecer dentro de un cuarto cerrado, por ejemplo.

Si Dios ya empezó en ti su obra - si El tocó tu corazón, dándote fuerzas para arrepentirte y confiar en Jesús - El va a terminar su obra en ti. Dios no deja las cosas a medias. Tu cuerpo, alma y espíritu están destinados a algo glorioso.

Una de las cosas que les encanta a los niños es que les den vueltas en el aire. Toman las manos de algún adulto de confianza y empiezan a volar por el aire. ¡Qué emoción! El niño agarra al adulto con toda su fuerza, pero ¡lo más importante es que el adulto agarre bien al niño! En esa conexión entre los dos hay seguridad y libertad. Cuando tú tomaste la mano de Cristo, El te agarró con sus manos mucho más fuertes. No te va a soltar. Hermano, confía hoy en Cristo. Descansa en El. Confía en su poder que obra en ti. En El estás seguro.

Si tú hoy no tienes esa esperanza, ven a Cristo. El murió para darte perdón. El resucitó para compartir su vida contigo. Deja de confiar en tus propias fuerzas, y acércate a El. No esperes más. Hoy es el día de salvación.


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