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Domingo 15 de Noviembre de 2015

Una historia de dos Iglesias
Pastor Tony Hancock

Esta mañana quiero contarte la historia de dos Iglesias. Quizás una de ellas se parezca a una Iglesia que conoces, o donde hayas asistido. A la primera Iglesia le pondremos por nombre la Primera Iglesia. ¿Qué te parece? ¿Original, no? La Primera Iglesia es muy ordenada. Cuando un invitado entra al culto de la Primera Iglesia, de inmediato siente un ambiente de reverencia.

Nada interrumpe el progreso ordenado del culto en la Primera Iglesia. Cada evento del programa está perfectamente programado. Cuando hay bautismo, se sabe que cada persona bautizada tomará exactamente 33 segundos para bautizarse. Las canciones y la predicación también se planean en intervalos exactos.

De acuerdo con una historia que se ha contado ya desde años atrás, un día el pastor se inspiró y se pasó del tiempo asignado por más de cinco minutos. ¡La mitad de la congregación se levantó y salió del santuario! No querían perder las reservaciones para comer que tenían en los restaurantes.

Un creyente de años llegó de visita una vez a la Primera Iglesia. Después de observar el culto, se escuchó que comentara al salir: "El Espíritu Santo se podría ir de aquí, y nadie se daría cuenta".

Ahora te voy a contar de la otra Iglesia. A esta la pondremos por nombre la Iglesia Nueva. ¡Esta Iglesia está llena de entusiasmo! Cuando un invitado entra a la Iglesia Nueva, no está seguro si por accidente ha entrado a una discoteca, o si realmente se trata de un culto de adoración. El ritmo de la música retumba. Luces de diferentes colores brillan en todo el santuario.

Al final del culto, el predicador invitado - un hombre muy enérgico conocido por el título de profeta - llama a los que quieran recibir una profecía a pasar al frente. Mientras los congregantes pasan por turno, el predicador le susurra al oído el mensaje que siente haber recibido para esa persona.

Por supuesto, nadie habla del mensaje personal que ha recibido. Sin embargo, si lo hicieran, descubrirían algo interesante. ¡Todas las profecías son iguales! Todos escuchan que vienen momentos de gran prosperidad, y que el Señor los llevará alrededor del mundo para predicar su mensaje.

Debo aclarar que ambas Iglesias - la Primera Iglesia y la Iglesia Nueva - son inventos míos. Por favor, no pierdas el tiempo en tratar de decidir a cuál Iglesia me habré estado refiriendo. Dicho esto, sin embargo, sospecho que todos hemos podido detectar en estas historias algún atributo u otro de Iglesias que hemos conocido.

¿Cómo será la Iglesia que Dios quiere? ¿Se parecerá más a la Primera Iglesia, o a la Iglesia Nueva? En realidad, no se parece a ninguna de las dos, aunque podría tener cualidades de ambas. Sin embargo, nosotros como personas solemos ir a los extremos. Buscamos una Iglesia que refleja nuestros deseos, en lugar de preguntarnos lo que Dios quiere para su Iglesia.

Dios conoce bien cómo somos. Por eso, en 1 Tesalonicenses 5:19-22, El nos enseña cómo evitar los dos extremos:

5:19 No apaguen el Espíritu,
5:20 no desprecien las profecías,
5:21 sométanlo todo a prueba, aférrense a lo bueno,
5:22 eviten toda clase de mal.

Si logramos entender estas verdades y ponerlas en práctica, podremos vivir en libertad con discernimiento. Podremos experimentar el poder del Espíritu Santo, sin caer en la trampa de creerle a cualquier charlatán.

¿Deseas esto? Abre conmigo tu Biblia en este pasaje. Los primeros dos versículos sirven para corregir a la Primera Iglesia. Dios dice: "No apaguen al Espíritu, no desprecien las profecías". Aquí vemos que Dios nos llama a darle libertad al Espíritu Santo para moverse y hablar en la Iglesia.

Al decir "no apaguen al Espíritu", por supuesto, se refiere al Espíritu Santo. No se refiere simplemente a perder el entusiasmo o crear un ambiente aburrido. Más bien, nos está diciendo que no sofoquemos la obra que el Espíritu Santo quiere hacer entre nosotros.

Imaginemos, por un momento, que se realiza una reunión del liderazgo de la Iglesia. Allí está el pastor, aquí está el presidente de los diáconos, allá está el director de la escuela dominical, y en un rincón está sentado el Espíritu Santo. Se empiezan a comentar diferentes planes para la Iglesia, y el Espíritu Santo comenta: "Me parece que debemos hacer esto". Los demás le dicen: "No, eso no es práctico; mejor vamos a hacer otra cosa".

Pasan al siguiente punto en la agenda, y comienzan a hacer planes, cuando el Espíritu Santo observa: "Lo que ustedes planean no va a traer gloria a Jesucristo". Los demás le dicen: "Puede ser, pero sí engrandecerá el nombre de la Iglesia, y tendremos más personas". Ignoran la voz del Espíritu, y hacen sus planes.

¿Qué creen que hará el Espíritu Santo, si siguen con ese plan? Me imagino que se pondrá de pie y abandonará la reunión. Los dejará para que hagan sus planes puramente humanos. Por supuesto, el Espíritu Santo no se manifiesta físicamente. Es Dios, es Espíritu. Pero sí nos habla. Sin embargo, si lo ignoramos o lo callamos, apagaremos el fuego de su presencia entre nosotros.

Tenemos que estar atentos a la voz del Espíritu. Cuando El nos provoca a hacer algo, no lo ignoremos. No sofoquemos su voz. Pero también debemos tener cuidado de no sofocar su voz en las reuniones de la Iglesia. Una de las maneras en las que nos habla es por medio de la profecía. Es por esto que no debemos despreciar las profecías.

En la Iglesia de Tesalónica había personas que abusaban la idea de la profecía para decir cosas que realmente no venían de Dios. Algunos lanzaban indirectas a otros miembros de la Iglesia, mientras otros enseñaban ideas extrañas. Frente a esto, aparentemente algunos líderes de la Iglesia habían decidido prohibir toda clase de profecías en la Iglesia.

Pero Pablo dice: ¡No! No deprecien las profecías. Ahora bien, ¿qué es una profecía? Es un mensaje de Dios. No siempre tiene que ver con el futuro; muchas veces es un mensaje de corrección o de ánimo. Si viene de Dios, estará de acuerdo con lo que Dios ha dicho anteriormente en su Palabra; Dios nunca se va a contradecir.

Durante el tiempo en que Pablo escribió, antes de que se escribiera el Nuevo Testamento, la profecía era especialmente importante como vía de comunicación entre Dios y su Iglesia. Hoy en día, cuando ya tenemos la Escritura completa, quizás ya no sea tan común. Incluso hay personas que creen que las profecías ya no existen, pero esto no se enseña en la Biblia.

Debemos estar abiertos a la posibilidad de que Dios le dé a algún miembro de la Iglesia un mensaje. Quizás durante el tiempo de testimonios alguien se sienta movido a compartir algo que el Señor haya puesto en su corazón. Esto es profecía; es dar algún mensaje de Dios. También en reuniones de planificación, debemos buscar la dirección de Dios y estar atentos a los mensajes que El nos podrá enviar. Pero ¿debemos aceptar sin criterio cualquier cosa que venga en el nombre de Dios?

Ahora vemos el otro lado de la moneda. En los versos 21 y 22 vemos la corrección para la Iglesia Nueva. Aquí vemos que Dios nos llama a usar discernimiento para recibir lo que es de El y rechazar lo que viene del enemigo. Quizás te sorprenda la idea, pero el diablo también está activo en la Iglesia. El busca destruir nuestro testimonio y nuestro compromiso de cualquier manera que pueda.

Entre otras cosas, él pretende confundirnos con cosas que no vienen de Dios. Debemos someterlo todo a prueba y aferrarnos a lo bueno. Nos hace falta un criterio formado por la Palabra de Dios. No se trata de aceptar sólo lo que nos hace sentir bien, o lo que es popular, sino lo bueno, lo que refleja el carácter de Dios.

La maldad se puede manifestar de muchas maneras, incluso bajo la apariencia de lo espiritual. Debemos alejarnos siempre de cualquier cosa que sea mala. Para esto, tenemos que desarrollar el discernimiento. La única manera de desarrollar el discernimiento es pasar tiempo con la Palabra de Dios. Sólo la Biblia puede formar nuestra manera de pensar para que reconozcamos lo malo y lo rechacemos.

Recientemente supe de un predicador que, desde el púlpito, anuncio que Jesús se fue al cielo después de morir para que Dios le dijera qué hacer ahora. ¿Cómo puede ser? La Biblia deja muy claro que Jesús es Dios, y que El conocía su misión desde el principio. ¿Cómo podría alguien creer que tuvo que ir a preguntarle a su Padre qué seguía? Pero lo más triste es que nadie se paró para corregir a aquel predicador. Nadie supo decirle: ¡Eso no está bien! ¡Eso no es lo que la Biblia enseña!

En las palabras de Oseas 4:6, "Mi pueblo es destruido por falta de conocimiento". No importa si se trata de un mensaje del púlpito, de un libro que lees o de algo que dice un hermano en la Iglesia; somételo todo a prueba. ¿A qué prueba? A la prueba de la Palabra de Dios. Sólo así podremos aferrarnos a lo bueno y evitar toda clase de mal.

Al principio les describí dos Iglesias: la Primera Iglesia y la Iglesia Nueva. Son fábulas, ejemplos ficticios, pero que ilustran lo que nos puede suceder si ignoramos la Palabra de Dios. La solución para las personas de la Primera Iglesia no es convertirse en una Iglesia Nueva, perdiendo toda clase de control. Tampoco al revés. Más bien, lo que debemos hacer todos es darle rienda suelta al Espíritu Santo, escuchando siempre para oír su voz, a la vez que desarrollamos el criterio que su Palabra nos puede dar. Así podemos ser una Iglesia realmente poderosa, como Jesús lo desea.


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