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Domingo 27 de Septiembre de 2015

El anhelo de un apóstol
Pastor Tony Hancock

Cuando amamos a alguien, siempre tenemos buenos deseos para su vida. Cada padre tiene buenos deseos para su hijo. Todavía conservo en mi memoria una carta que me escribió mi padre, hace ya más de veinte años, en la que él me expresó lo que él deseaba para mi vida.

El hecho de saber que alguien nos ama y anhela que nos vaya bien nos trae ánimo e inspiración. Padres, ¿les expresan a sus hijos los buenos deseos que tienen para sus vidas? Por favor, no los encierren en la cárcel de las bajas expectativas. Si les dicen, por ejemplo: "Tú nunca vas a hacer nada", es muy posible que tengan razón.

En cambio, cuando expresamos los deseos que nacen del amor, el resultado puede ser muy poderoso. Hay muchos jóvenes que andan perdidos hoy en día, simplemente porque piensan que nadie cree en ellos. Se han convencido de que nadie tiene buenos deseos para su vida; a nadie le importa lo que les sucede.

Pero Dios tiene buenos deseos y buenos planes para sus hijos. Sus siervos también desean el bien para los que están bajo su cuidado. Hoy vamos a leer lo que el apóstol Pablo anhelaba para sus amados tesalonicenses. Sus buenos deseos para los hijos espirituales que Dios le había dado son simplemente un reflejo de lo que Dios desea para todos sus hijos. Podemos tomarlos para nosotros también.

Abramos la Biblia en 1 Tesalonicenses capítulo 3. Vamos a leer todo el capítulo:

3:1 Por lo cual, no pudiendo soportarlo más, acordamos quedarnos solos en Atenas,
3:2 y enviamos a Timoteo nuestro hermano, servidor de Dios y colaborador nuestro en el evangelio de Cristo, para confirmaros y exhortaros respecto a vuestra fe,
3:3 a fin de que nadie se inquiete por estas tribulaciones; porque vosotros mismos sabéis que para esto estamos puestos.
3:4 Porque también estando con vosotros, os predecíamos que íbamos a pasar tribulaciones, como ha acontecido y sabéis.
3:5 Por lo cual también yo, no pudiendo soportar más, envié para informarme de vuestra fe, no sea que os hubiese tentado el tentador, y que nuestro trabajo resultase en vano.
3:6 Pero cuando Timoteo volvió de vosotros a nosotros, y nos dio buenas noticias de vuestra fe y amor, y que siempre nos recordáis con cariño, deseando vernos, como también nosotros a vosotros,
3:7 por ello, hermanos, en medio de toda nuestra necesidad y aflicción fuimos consolados de vosotros por medio de vuestra fe;
3:8 porque ahora vivimos, si vosotros estáis firmes en el Señor.
3:9 Por lo cual, ¿qué acción de gracias podremos dar a Dios por vosotros, por todo el gozo con que nos gozamos a causa de vosotros delante de nuestro Dios,
3:10 orando de noche y de día con gran insistencia, para que veamos vuestro rostro, y completemos lo que falte a vuestra fe?
3:11 Mas el mismo Dios y Padre nuestro, y nuestro Señor Jesucristo, dirija nuestro camino a vosotros.
3:12 Y el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros y para con todos, como también lo hacemos nosotros para con vosotros,
3:13 para que sean afirmados vuestros corazones, irreprensibles en santidad delante de Dios nuestro Padre, en la venida de nuestro Señor Jesucristo con todos sus santos.

El apóstol Pablo había llegado a la ciudad de Tesalónica para predicar el evangelio, y varias personas habían creído. Después de pocas semanas, sin embargo, se vio obligado a huir de la ciudad debido a la persecución de ciertos judíos que no estaban de acuerdo con su mensaje.

Se fue primero a Berea, donde encontró una mejor recepción a su mensaje. Luego viajó a la ciudad de Atenas. Esta ciudad era el centro de cultura para el mundo de aquel entonces. El gobierno político estaba en Roma, pero el centro de arte, de cultura y de filosofía era Atenas.

Para Pablo, era sumamente importante predicar su mensaje de salvación en esa ciudad. Era un lugar de influencia mundial. Si algunos de los pensadores de su día aceptaran el mensaje de salvación, tendrían un enorme impacto. Pero también era un lugar intimidatorio. No sabemos si Pablo conocía ese lugar, pero lo más seguro es que no había pasado mucho tiempo allí.

Así que tenemos al apóstol Pablo, en una ciudad probablemente desconocida, predicando un mensaje que poca gente aceptaba. Era en esos momentos que él más necesitaría el apoyo de sus colaboradores. Parece ser que Silas se había ido temporalmente a otra ciudad, así que sólo le quedaba Timoteo a Pablo de compañía.

Por eso, es muy llamativo lo que dicen los primeros versículos que leímos. Tal fue la preocupación de Pablo por los tesalonicenses que prefirió quedarse solo en Atenas, enviando a Timoteo a visitarlos, en lugar de retener a Timoteo para apoyarle. Pero ¿qué cosa en particular le preocupaba tanto a Pablo que estuvo dispuesto a enfrentar la soledad con tal de recibir noticias de los tesalonicenses?

¿Será que Pablo quería estar seguro de que estuvieran comiendo bien? Quizás se preocupaba de que no estuvieran consumiendo suficientes verduras. O posiblemente le interesaba su nivel de ejercicio físico, que no estuvieran subiendo mucho de peso.

Aunque ambas cosas son muy buenas y saludables, ninguna de ellas representa la preocupación mayor de Pablo por sus hijos espirituales. Más bien, se trata de una pequeña palabra que aparece en el verso 2 - "con el fin de afianzarlos y animarlos en la fe". También lo vuelve a mencionar en el verso 5 - "mandé a Timoteo a indagar acerca de su fe". Otra vez se nota en el verso 6 - "Timoteo acaba de volver de Tesalónica con buenas noticias de la fe". También aparece en el verso 7 - "Nos han dado ánimo por su fe". Y finalmente en el verso 10: "Para suplir lo que le falta a su fe".

La primera cosa que anhelaba Pablo para los tesalonicenses - a tal grado que lo repite una tras otra tras otra vez - es que se mantengan firmes en su fe. En otras palabras, él anhelaba que mantuvieran su confianza puesta en Jesús, que no se desviaran de la plena certeza de su salvación por la cruz. Temía que su trabajo entre ellos podría haber resultado vano, si su fe no resultaba ser verdadera y duradera.

A mí me entristece ver a las personas que han pasado por esta Iglesia, que han tenido alguna clase de experiencia con Jesús, pero que no han perseverado. Algunos de los jóvenes que en su niñez asistieron a la Iglesia, ahora están caminando muy lejos de Dios. Todos podemos pensar en alguien que no se ha mantenido firme en la fe.

¿Qué podemos hacer? Orar por ellos, por supuesto. Hablarles y animarles a volver a acercarse al Señor. Pero también debemos asegurarnos de que nuestra fe esté firme. En esta vida, todos enfrentaremos pruebas y sufrimientos. ¿Cómo reaccionaremos? ¿Nos dejaremos desanimar? ¿O mantendremos nuestra fe firme, buscando a Dios siempre?

Cada día, tú y yo tenemos que decidir si le vamos a culpar a Dios por dejarnos sufrir, o si vamos a buscar a Dios para ayudarnos en nuestros problemas. Si hacemos lo primero, empezamos a dejar poco a poco la fe que nos sostiene. En cambio, si tomamos la decisión de buscar siempre a Dios, nuestra fe se fortalecerá. ¿Qué haces tú?

Hay dos cosas más que el apóstol anhela para los tesalonicenses, y que Dios desea para nosotros. Veamos el primero en el verso 12. El desea que crezcan en amor. Todos sabemos que, como creyentes, debemos amarnos unos a otros. Es una de las primeras cosas que se nos enseña en la escuela dominical.

Hay una palabra muy importante aquí. Es la palabra crecer. Siempre tenemos que estar creciendo en el amor. Nunca vamos a llegar al punto de decir, "ya amo lo suficiente". Nuestra naturaleza humana siempre nos está jalando hacia el egoísmo. Por esto, siempre tenemos que estar creciendo en el amor.

Una planta que deja de crecer, comienza a morir. Un cristiano que deja de crecer en amor, comienza a enfriarse. El amor requiere esfuerzo y sacrificio. Leamos las palabras de Jesús en Mateo 5:43-48:

5:43 Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo.
5:44 Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen;
5:45 para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos.
5:46 Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos?
5:47 Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los gentiles?
5:48 Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.

Si nos quedamos con el amor normal, el amor común y corriente de amar a nuestros familiares y amigos, ¿qué tiene eso de especial? ¡Todo el mundo lo hace!

La marca de un cristiano es que ama aun a las personas que no le ofrecen nada. Ama a quienes no lo aman. La marca de una Iglesia sana y fuerte es que personas disparejas y desiguales se llevan bien y se aman, porque son de Cristo. En cambio, si nos dejamos llevar por rencores, amargura y sospechas, ¿qué nos distingue del mundo? ¿Estás creciendo en amor sincero hacia tus hermanos?

La tercera cosa que Pablo anhela, y que debemos anhelar también nosotros, se encuentra en el verso 13. Su anhelo es que vivamos en santidad. Pero ¿dónde comienza esa santidad? Dice el verso: "Que los fortalezca interiormente." En otras palabras, la santidad que Dios desea de nosotros es una santidad que comienza en el corazón.

No es solamente llevar una apariencia de santidad, de evitar que los demás lo vean cuando nos portamos mal. Hay una frase algo trillada en inglés: "Esconde la cerveza, ¡ya llegó el pastor!" Esa es la frase de quien lleva una santidad de apariencias, de quedar bien. Pero la santidad que Dios desea es la santidad de un corazón renovado. Es la santidad de la persona que ama a Dios, y por eso se separa de todas las cosas que no le agradan.

Imagina que tuvieras que trabajar en el patio, componiendo una tubería de desagüe quebrada. Te llenas los brazos de lodo, de mugre y desperdicios. De repente, llega la hora de comer. ¿Qué haces antes de comer? Te lavas las manos, o aun mejor, te tomas un baño. Daría asco comer lleno de mugre. Nos enfermaría.

El mundo que nos rodea nos llena de mugre - de mugre espiritual. Aun de nuestro propio corazón, de nuestros pensamientos y deseos, vienen cosas impuras. Al menos que nos purifiquemos, nos enfermarán espiritualmente - al menos que nos purifiquemos la mente y el corazón. Lo hacemos por medio de la confesión, el arrepentimiento y con el agua pura de la Palabra. Así podemos caminar en verdadera santidad.

Tres deseos - tres cosas anheladas: la fe, el amor y la santidad. En realidad, es lo que yo anhelo para esta Iglesia y para mi vida también. Y tú, ¿los deseas? ¿Los anhelas? ¿Los deseas lo suficiente como para esforzarte y trabajar para que estas cosas crezcan en tu vida? Si lo deseas, estarás deseando lo mismo que Dios desea. Esa es una combinación poderosa - cuando nuestros anhelos se ajustan a los anhelos de Dios.


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