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Domingo 6 de Septiembre de 2015

El verdadero ministerio
Pastor Tony Hancock

¿De qué se trata el ministerio del evangelio? ¿Cómo debe ser un ministro del Señor? Las personas tienen muchas ideas diferentes al respecto. Para algunos, el ministro no es más que un charlatán. Esta actitud la demostró la señora que llevó a su pequeño hijo al pastor, porque se había tragado una moneda. Cuando el pastor le preguntó por qué se lo traía a él, y no al hospital, la señora le respondió: "Es que todo el mundo dice que los pastores son buenos para sacar dinero".

Otras personas parecen pensar que el pastor está allí para presentar un espectáculo. Al final del culto, un hombre le comentó al pastor: "Si hubiera sabido que el mensaje iba a ser tan bueno, habría invitado a mi vecino". Parece que se trataba de ver buen show, en lugar de recibir un mensaje de Dios.

En realidad, ¿cómo debe ser el ministerio de un pastor, de un evangelista o de un misionero? Encontramos una respuesta en el apóstol Pablo. Fue atacado en varias ocasiones por personas que querían desacreditar su mensaje de salvación por la fe en Jesucristo. En Tesalónica, enfrentó los ataques de ciertos judíos que no veían bien que los gentiles recibieran la salvación.

Como resultado, tuvo que defender su ministerio. En la defensa inspirada que presenta Pablo de su labor descubrimos cómo es el verdadero ministerio. Es muy importante que comprendamos esto. Por una parte, nos ayuda a reconocer a las personas que quieren engañarnos. Por otra parte, nos ayuda a entender lo que debemos esperar de nuestro pastor y de otros ministros.

Preparemos nuestros corazones para escuchar la Palabra de Dios, abramos la Biblia en 1 Tesalonicenses 2 y leamos los versos 1 al 9:

2:1 Porque vosotros mismos sabéis, hermanos, que nuestra visita a vosotros no resultó vana;
2:2 pues habiendo antes padecido y sido ultrajados en Filipos, como sabéis, tuvimos denuedo en nuestro Dios para anunciaros el evangelio de Dios en medio de gran oposición.
2:3 Porque nuestra exhortación no procedió de error ni de impureza, ni fue por engaño,
2:4 sino que según fuimos aprobados por Dios para que se nos confiase el evangelio, así hablamos; no como para agradar a los hombres, sino a Dios, que prueba nuestros corazones.
2:5 Porque nunca usamos de palabras lisonjeras, como sabéis, ni encubrimos avaricia; Dios es testigo;
2:6 ni buscamos gloria de los hombres; ni de vosotros, ni de otros, aunque podíamos seros carga como apóstoles de Cristo.
2:7 Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos.
2:8 Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos.
2:9 Porque os acordáis, hermanos, de nuestro trabajo y fatiga; cómo trabajando de noche y de día, para no ser gravosos a ninguno de vosotros, os predicamos el evangelio de Dios.

En estos versículos descubrimos tres cualidades del verdadero ministerio. Los que servimos al Señor debemos examinarnos para ver si nuestro ministerio concuerda con este ejemplo que encontramos en la Palabra de Dios. Todos nos beneficiamos, de alguna manera u otra, del ministerio de otras personas. Aquí podemos aprender a apreciar las cualidades más importantes de un ministerio.

La primera cualidad del verdadero ministerio es ésta: el verdadero ministerio se hace en el poder de Dios, no con la astucia humana. Esto lo descubrimos en los primeros cuatro versículos. Cuando Pablo y sus compañeros llegaron a Tesalónica, venían de la ciudad de Filipos. Aquí también habían fundado una Iglesia, pero luego fueron encarcelados.

Mientras predicaba el evangelio en Filipos, una mujer endemoniada había seguido a Pablo y a sus compañeros. A causa del demonio que la controlaba, esta mujer podía leer suertes. Pero cuando Pablo expulsó al demonio, esta mujer - que era esclava - perdió sus poderes. Sus amos no estaban muy contentos. A ellos no les importaba el bienestar de su esclava; sólo les interesaba el dinero que solían ganar con ella.

Por lo tanto, acusaron a Pablo y Silas ante las autoridades, quienes los obligaron a pasar la noche en la cárcel. Como a la medianoche, mientras Pablo y Silas cantaban himnos al Señor, un terremoto estremeció el lugar. El carcelero, pensando que todos habían huido, dedició matarse. Pablo le dijo que no lo hiciera, y esa misma noche el carcelero y su familia creyeron en el Señor Jesucristo.

Al día siguiente, las autoridades los soltaron de la cárcel y les pidieron que dejaran la ciudad. Así lo hicieron, continuando hacía Tesalónica. Ahora bien, ¿cuál sería la reacción de una persona común y corriente ante esta situación? Quizá decidiría dejar de predicar el mensaje durante un tiempo, o al menos cambiarlo un poco para no ser tan ofensivo.

Pero ésta no fue la estrategia de Pablo y sus compañeros. Ellos habían recibido una encomienda de Dios, la encomienda de predicar el evangelio. A pesar de la oposición y los insultos, Dios les daba la confianza para seguir predicando este mensaje. Es más, su esfuerzo no fue en vano. No fue un fracaso, porque Dios les daba el poder.

Ellos no predicaban algo inventado, ni estaban tratando de engañar a nadie. No dependían de la astucia humana para convencer a la gente, sino del poder de Dios. El verdadero ministerio se hace en el poder de Dios, no con la astucia humana.

Debemos observar que el apóstol Pablo usaba argumentos lógicos, ejemplos persuasivos y su ejemplo personal. El presentaba el mensaje de la manera más clara y convincente posible, pero no tergiversaba la verdad ni trataba de manipular a sus oidores. Estas son las marcas de un ministerio que está dejando de depender del poder de Dios.

Si te das cuenta de que un predicador está cambiando las cosas, si ves que interpreta la Palabra de Dios a su manera o no es honesto, ten cuidado. Así no es el verdadero ministerio. En Pablo vemos un ejemplo de honestidad y de transparencia, porque él dependía del poder de Dios, no de la astucia humana. Así es todo verdadero ministro de la Palabra.

La segunda cualidad del verdadero ministerio se relaciona con este primero. El verdadero ministerio se hace para agradar a Dios, no para complacer a los hombres. La segunda parte del verso 4 dice así: "No tratamos de agradar a la gente sino a Dios, que examina nuestro corazón". Cuando un predicador comienza a preocuparse más por lo que piensa la gente que por lo que piensa Dios, está en grave peligro.

Es muy bueno conocer a las personas a quienes queremos alcanzar. Es importante comunicar el mensaje con palabras y ejemplos que ellos puedan comprender. En otro pasaje, Pablo mismo dice: "Me hice todo para todos, a fin de salvar a algunos por todos los medios posibles". (1 Corintios 9:22)

No debemos ignorar las necesidades o la cultura de las personas con quienes compartimos el evangelio. Sin embargo, cuando comenzamos a cambiar lo que Dios exige para quedar bien con la gente, cuando dejamos de predicar contra el pecado porque no queremos ofender a nadie, cuando el mensaje de la cruz se convierte simplemente en un llamado al optimismo, dejamos el verdadero ministerio y lo convertimos en algo diferente.

Quizás las razones sean buenas, al principio. Puede comenzar con el deseo de alcanzar a más personas. Pero tenemos que reconocer que el mensaje de la cruz siempre va a ofender a algunos. Si le caemos bien a todo el mundo, es probable que no estemos predicando correctamente la Palabra de Dios. Siempre habrá alguna incomodidad con el mensaje de arrepentimiento.

Esto tiene una aplicación muy importante para todos los que estamos bajo el ministerio de alguien. Debemos desarrollar un corazón sensible a la corrección. En lugar de buscar a un predicador que nos hace sentir bien, que nos dice lo que queremos oír y jamás nos ofende, debemos buscar al que nos dice la verdad de la Palabra sin titubear.

Si nunca te incomoda algo que escuchas en un mensaje, debes preguntarte si realmente estás escuchando la Palabra de Dios. Si nunca caes bajo convicción, si nunca te das cuenta de algo que debe cambiar en tu vida, puede ser que hayas buscado un ministerio a tu conveniencia, en lugar de un verdadero ministerio.

Consideremos ahora la tercera cualidad del verdadero ministerio. El verdadero ministerio se hace con el amor de Dios, no por amor al dinero. Los versos 5 al 9 nos hablan de esto. El apóstol Pablo no niega que los siervos del Señor tengan el derecho a recibir el sostén económico. En otros pasajes, él lo defiende. El mismo versículo 7 indica que Pablo sabía que él tenía ciertos derechos como apóstol, como siervo del Señor.

Lo importante es que él no siempre reclamó sus derechos. En algunas ocasiones, sí lo hizo. En otras ocasiones, sin embargo, él estuvo dispuesto a no reclamar sus derechos para no estorbar la predicación del evangelio. En Tesalónica, donde la Iglesia era nueva, él no pidió apoyo económico. Más bien, se dedicó a su trabajo secular como fabricante de carpas para sostenerse.

Aquí vemos la actitud correcta del siervo del Señor. Aunque merece ganarse la vida con el ministerio, no ministra con el fin de ganar dinero. Hay un llamado sobre su vida, el llamado de predicar. De una manera o de otra, tiene que responder a ese llamado. En lugar de mostrar un interés desmedido en el dinero, muestra amor hacia Dios y hacia las personas.

Pablo describe su amor hacia los tesalonicenses, comparándolo con el cariño y cuidado de una madre. Recuerdo una vez escuchar la historia de un pastor y su esposa que se encontraban en una cena. Al pastor no le habían servido la comida, así que su esposa reclamó con voz fuerte: "¿No le van a atender al SIERVO?"

No es malo que un siervo del Señor sea tratado con respeto y que sea honrado; al contrario, es bueno. Pero cuando lo empieza a esperar o a exigir, está en peligro. El verdadero ministerio se hace con el amor de Dios, no por amor al dinero o a la posición.

Estas palabras de la Biblia tienen un mensaje para todos nosotros, tanto para los que nos dedicamos a servir al Señor como para los que reciben el ministerio. Si tú sirves al Señor en alguna capacidad, recuerda de qué se trata el verdadero ministerio. Si eres parte de la congregación, valora el verdadero ministerio. Ora por tu pastor. Abre tu corazón a la corrección del Señor. Así podremos todos crecer juntos en su verdad.


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