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Domingo 26 de Julio de 2015

Fe, amor y esperanza
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez te han corrido de un lugar por compartir el evangelio? Sigue siendo una realidad para algunos creyentes en el sur de México y en otras partes del mundo. Al aceptar a Cristo, son expulsados por los seguidores de la religión tradicional de su área. Hay un precio inmediato que tienen que pagar por seguir al Señor. ¿Cuánto te vale tu fe en el Señor? ¿Qué precio estás dispuesto a pagar por seguirle?

El apóstol Pablo también fue expulsado cuando llegó a la ciudad de Tesalónica para predicar el evangelio. Como era su costumbre, él fue primero a la sinagoga donde se reunían los judíos para alabar a Dios. Durante tres semanas consecutivas, les demostró en base a las Escrituras que Jesús es el Salvador prometido.

Había diferentes clases de personas en la sinagoga: muchos judíos, pero también gentiles que estaban buscando a Dios. Algunos de ellos creyeron que Jesús realmente es el Mesías, juntamente con varias mujeres prominentes de la ciudad. La semilla del evangelio empezó a dar fruto en Tesalónica.

Pero pronto comenzó la reacción. Varios judíos muy aferrados a sus tradiciones no podían creer lo que Pablo y sus acompañantes, Silas y Timoteo, les estaban predicando. Decidieron que había que callarlos. Buscaron a algunos maleantes callejeros y armaron una turba. La multitud llegó a la casa donde Pablo y sus ayudantes se estaban quedando, pero no los encontraron. Arrestaron al dueño de la casa y lo llevaron ante las autoridades, acusándolo de traición. Dijeron que esos hombres estaban animando a la gente a rebelarse contra el emperador, cosa que no fue cierta.

Al anochecer, los hermanos enviaron a Pablo y Silas al siguiente pueblo. Aunque tenían escasas semanas de haberse convertido, estos nuevos creyentes en Cristo no abandonaron su fe. Pero no habían tenido mucho tiempo para aprender bien lo que significa seguir a Cristo. Por lo tanto, poco después, Pablo les escribió una carta.

Hoy vamos a leer los primeros versículos de aquella carta que Pablo les escribió a los nuevos creyentes en Tesalónica:

1 Tesalonicenses 1:1-3:
1:1 Pablo, Silvano y Timoteo, a la iglesia de los tesalonicenses que está en Dios el Padre y en el Señor Jesucristo: Gracia y paz a ustedes.
1:2 Siempre damos gracias a Dios por todos ustedes cuando los mencionamos en nuestras oraciones.
1:3 Los recordamos constantemente delante de nuestro Dios y Padre a causa de la obra realizada por su fe, el trabajo motivado por su amor, y la constancia sostenida por su esperanza en nuestro Señor Jesucristo.

Aquí, en unos pocos versículos, encontramos la esencia de la fe que sostuvo a estos nuevos creyentes frente a la persecución. Es la misma fe que nos puede sostener y fortalecer frente a las dificultades y los problemas.

Cuando creemos el evangelio, el mensaje de salvación, Dios pone en nosotros tres cosas. Las encontramos en el verso 3: la fe, el amor y la esperanza. Estas tres cosas forman la esencia de la vida cristiana. Pero muchas veces nos confundimos precisamente en este punto. Confundimos el ser cristiano con algo externo, algo visible.

Por ejemplo, algunas personas piensan que ser cristiano tiene que ver con la Iglesia a la que asistes. Asistir a la Iglesia es importante, pero no te conviertes en cristiano simplemente porque asistes a la Iglesia. Tampoco te conviertes en doctor simplemente por visitar el hospital cada semana.

Otros piensan que ser cristiano tiene que ver con pertenecer a cierto partido político. Como creyentes, debemos ser buenos ciudadanos; pero Jesús no vino a establecer un partido político, ni se establecerá el reino de Dios por medio de la política. Esto no es lo que significa ser cristiano.

Más bien, ser cristiano significa tener una conexión personal con Dios, nuestro Padre, por medio de su Hijo Jesucristo. Así lo expresa Pablo cuando saluda a los tesalonicenses como la Iglesia que está en Dios el Padre y en el Señor Jesucristo. Cuando nosotros creemos las buenas nuevas de salvación por medio de Jesucristo, entramos en una relación con Dios. Esto es lo que significa ser cristiano.

Las tres cosas que Dios pone en nosotros - la fe, la esperanza y el amor - son la fuerza motora de nuestra vida como creyentes. Lo que nos sucede es que muchas veces tratamos de mover nuestra vida con otras cosas. Es como si le quitáramos el motor a nuestro carro y pusiéramos un burro en su lugar. No sé si el burro logre mover el carro, y aunque lo alcanzara a mover un poco, no lo podría hacer muy rápidamente ni bien.

Es lo que sucede cuando nos tratamos de mover, por ejemplo, por culpabilidad o por temor. Estamos tratando de vivir la vida cristiana porque pensamos que Dios nos va a castigar si nos portamos mal. Es verdad que Dios disciplina a sus hijos, así que debemos temer la justicia y la santidad de Dios.

Pero vivir la vida movidos solamente por el temor nos quita el gozo y la paz. Nos lleva a una vida amarga. Esto no es lo que Dios quiere para nosotros. Por esto, El pone en nosotros estas tres cosas: la fe, la esperanza y el amor. Efesios 2:8 y 9 nos dice que Dios nos salva por su gracia, por medio de la fe: "Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;  no por obras, para que nadie se gloríe."

Lo que nos abre la puerta a estar en relación con Dios es la fe que tenemos en lo que El ha hecho por nosotros. No es algo que nosotros hayamos hecho. No nos ganamos la entrada al cielo. Simplemente ponemos nuestra confianza en lo que Jesús ha hecho por nosotros en la cruz, al pagar por todos nuestros pecados.

Esta misma fe nos debe llevar a lo largo de nuestra vida cristiana. Esta fe nos lleva a trabajar para el Señor, como lo dice Pablo en el verso 3, cuando habla de "la obra realizada por su fe". En otras palabras, nosotros confiamos en que Jesús es real, que El es el Rey y Señor de todo el mundo, y que nos conviene servirle a El.

A veces nos encontramos sirviendo a Dios por otras razones. Le servimos porque queremos que otros hablen bien de nosotros, por ejemplo. O le servimos porque pensamos que nos irá mejor si le servimos a Dios. El problema con estas ideas es que nos quitan el gozo de servir al Señor. Si servimos por quedar bien, tarde o temprano nos cansaremos.

La segunda cosa que Dios pone en nosotros es el amor. Todos hemos experimentado algo de amor - el amor de nuestros padres, el amor de nuestra esposa o de algún amigo cercano. Pero cuando conocemos a Cristo, descubrimos un amor diferente. Romanos 5:5 dice que "Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado".

Por fe en Cristo, llegamos a conocer un amor perfecto. Dios nos ama, pero no nos necesita. Su amor es paciente, bondadoso y fiel. Es un amor que va más allá de la muerte. ¿Te das cuenta cuánto te ama Dios? El no quiso que tú estuvieras separado para siempre de El. Fue por eso que su único Hijo vino a este mundo a morir en tu lugar.

Cuando conoces ese amor, su amor te motiva al servicio. Pablo menciona "el trabajo motivado por su amor". El trabajo siempre es más llevadero cuando se hace por amor. Jacob, el nieto de Abraham, tuvo que trabajar siete años para casarse con su esposa Raquel. Sin embargo, Génesis 29:20 dice así: "Así que Jacob trabajó siete años para poder casarse con Raquel, pero como estaba muy enamorado de ella le pareció poco tiempo."

El amor hizo que el trabajo de Jacob le pareciera poco. El amor también hace que nuestro trabajo para el Señor sea un gozo. Pero es importante recordar por qué estamos trabajando. Muchas personas ponen fotos de sus seres queridos en su lugar de trabajo para recordarles por qué están trabajando. También nosotros debemos recordar regularmente por qué trabajamos para el Señor - porque Jesús nos amó primero.

Si tú sabes que Jesús te ama, ¿cómo le demuestras tu amor a El? Lo haces tomando en serio el trabajo que El te llama a hacer. Me refiero al trabajo de compartir su Palabra, de servir en su Iglesia, de seguir sus mandamientos. Así es que le puedes mostrar tu amor, y si lo haces por amor, será un gozo. Cuando sirvas al Señor, piensa en cuánto te ama El. Piensa en lo que El ha hecho por ti, y deja que sea tu motivación.

La tercera cosa que recibimos del Señor es la esperanza. No estamos hablando de una esperanza de ojalá, de espero que... Estamos hablando de una esperanza segura, de una promesa que tenemos para el futuro de parte de Dios. Es la esperanza en nuestro Señor Jesucristo, en su venida por nosotros y en la vida eterna que tenemos en El.

Esta esperanza produce constancia. En lugar de desesperarnos, la esperanza en Cristo nos permite seguir firmes y fieles en sus caminos. Es la seguridad de que algo bueno viene, de que esta vida no es todo lo que hay. En el corazón de la persona que no conoce a Cristo hay una sombra. No tiene seguridad para el futuro. Pero cuando conocemos a Cristo, llegamos a saber que nuestro futuro está seguro. El nos guiará aquí en el mundo, y nos llevará con El después de la muerte.

La fe, el amor y la esperanza: estas son las tres cosas que nos pueden mover. Son la gasolina que nos impulsa como creyentes. Si no conoces estas cosas, ven hoy a Cristo y entrégale tu vida. Si ya lo conoces, considera tu motivación. ¿Estás trabajando y sirviendo movido por la fe y el amor? ¿Eres constante en la esperanza de Cristo? Sólo así podrás servir al Señor con gozo.


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