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Domingo 28 de Junio de 2015

Peticiones contestadas
Pastor Tony Hancock

Dos hermanitos pasaban la noche en la casa de su abuelita. Antes de acostarse, los dos niños se arrodillaron junto a la cama para orar. Uno de ellos empezó a decir, con una voz casi de grito: DIOS, TE PIDO UN NINTENDO. TE PIDO UNA BICICLETA NUEVA. TE PIDO UN PERRITO. El hermano mayor lo quiso corregir. "No tienes que gritar. Dios no está sordo."

Su hermanito le respondió: "Dios no está sordo, ¡pero nuestra abuelita sí!" Este niño quería estar seguro de que sus oraciones fueran escuchadas - no por Dios, sino por su abuelita. A veces hacemos oraciones que realmente son para otras personas y no para Dios.

Pero quizás te ha sucedido que realmente quieres orar y levantar tus peticiones a Dios, pero no sabes cómo debes hacerlo. No sabes cómo pedirle algo de tal modo que El te pueda escuchar. ¿Cómo podemos orar de tal modo que nuestras peticiones sean contestadas? El apóstol Santiago, medio hermano del Señor Jesucristo, nos da un par de claves en su carta. La carta de Santiago es una carta de sabiduría, y él nos enseña sabiamente cómo orar de tal modo que seamos escuchados.

¿Te gustaría orar y ver respuestas a tus oraciones? ¿Te gustaría tener una vida de oración que da fruto de bendición para tu vida, para tu familia y para otras personas también? Aprendamos hoy de lo que Dios nos enseña en su Palabra acerca de la manera en que El quiere que le pidamos. Empecemos en Santiago 4:1-3:

4:1 ¿De dónde vienen las guerras y los pleitos entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, las cuales combaten en vuestros miembros?
4:2 Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís.
4:3 Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

Como seres humanos, tenemos deseos. Queremos tener cierto nivel de solvencia económica. Quizás no queramos tener grandes riquezas, pero algo deseamos. También queremos que otros nos respeten y nos amen. Queremos pertenecer a un grupo. Queremos sentir que nuestra vida tiene sentido y propósito.

¿Estará mal desear las cosas? ¿Debemos tratar de vivir sin desear nada? Esto es lo que algunas personas tratan de hacer. Pero Dios no nos llama a esto. El no nos llama a tratar de arrancar todo deseo de nuestro corazón. Más bien, nos llama a considerar cómo satisfacemos nuestros deseos.

Cuando vivimos en la carne, tratamos de satisfacer nuestros deseos de una forma puramente humana. Nuestros deseos - nuestras pasiones - nos llevan a los pleitos, a las riñas, y a veces hasta la muerte. Sentimos envidia y celos de lo que otros tienen. Nos parece que la vida es una interminable competencia.

Pero Dios nos está llamando a algo diferente. En lugar de querer conseguir las cosas a nuestra manera y sentirnos frustrados cuando no lo podemos hacer, El nos llama a pedirle lo que deseamos en oración. Dice Santiago: "No tienen, porque no piden". Si no hemos logrado conseguir lo que nuestro corazón anhela, ¿se lo hemos pedido a Dios? La primera manera de manejar nuestros deseos es convertirlos en oración.

Pero no podemos convertir a Dios en un genio mágico que se aparece para concedernos todos nuestros deseos. En el verso siguiente, Santiago nos aclara que también podemos pedir mal. Cuando pedimos con malas intenciones, cuando pedimos de manera puramente egoísta, es probable que no veamos respuesta positiva a nuestra oración.

¿Significa esto que Dios sólo contestará nuestras oraciones si pedimos algo por otras personas? ¿Nos quiere decir esto que la única petición que Dios concede es la petición totalmente altruista? Debemos empezar a orar más por los demás, y podemos estar seguros de que Dios se complace en contestar las oraciones hechas a favor de los demás.

Pero no está mal orar por nuestras propias necesidades también. Lo importante es la actitud con la que lo hacemos. Si oramos a Dios como si El solamente existiera para satisfacer nuestras necesidades, o si lo que nosotros deseamos fuera lo más importante, estamos pidiendo mal - porque pedimos con malas intenciones.

Esta actitud me recuerda la historia del niño que le contó a su maestra que su abuelita lo estaba visitando. Su maestro le preguntó: "¿Dónde vive tu abuelita?" El niño inocentemente respondió: "Ella vive en el aeropuerto. Cuando la queremos ver, la vamos a recoger". Es un comentario muy inocente, pero nos pinta un cuadro algo triste de la vida de esta abuela. Se la pasaba en el aeropuerto, sólo esperando a que algún familiar viniera a recogerla para poder convivir un rato.

Si nos imaginamos que Dios nos necesita, que El sólo vive para contestar nuestras peticiones, tenemos un concepto equivocado de Dios. Ignoramos su gloria, su grandeza, su poder y su majestad. En lugar de pedir mal, de exigirle a Dios o ponerlo a prueba, debemos pedir con humildad y confianza.

Dios se goza en contestar las oraciones de sus hijos. A El no le duele ni le cuesta. Cuando le pedimos algo, El no dice: "¿Por qué me molestas? ¡No tengo tiempo ahorita!" El se goza en contestarnos, pero busca a la persona que ora con humildad y confianza. Busca a la persona que está dispuesta a esperar el tiempo de Dios, en lugar de exigir y desesperarse.

La segunda clave para recibir respuestas a nuestras peticiones la encontramos en Santiago 5:17-18:

5:17 Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.
5:18 Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto.

El ejemplo viene de la vida del profeta Elías. Este profeta vivió tiempos muy difíciles. La sociedad se oponía a la verdad de Dios. El rey Acab y su esposa Jezabel estaban guiando a la gente a la falsa adoración de un dios llamado Baal.

El dios Baal que ellos adoraban era supuestamente un dios de la lluvia, así que Elías anunció que dejaría de llover durante tres años. De esta manera, la gente vería que el poder de Dios es mucho más grande que el de Baal. Santiago nos aclara que lo que él anunció a Acab era resultado de una oración que hizo. Elías le pidió a Dios que no lloviera durante tres años, con el fin de mostrarle al pueblo quién era el Dios verdadero.

Al fin de los tres años y medio, Elías volvió a orar - y la lluvia llegó. Empezó con una pequeña nube, como del tamaño de la mano de un hombre. Se convirtió en una lluvia torrencial. No cabía duda alguna que Dios es el Dios de dioses y el Señor de señores. ¿Quién lo podría dudar? ¡Qué gran respuesta a la oración!

Pero ¿por qué respondió Dios a la oración de Elías? ¿Fue porque era un superhombre, porque estaba mucho más cerca de Dios o porque Dios le debía algún favor? No se trata de ninguna de estas cosas. Santiago nos dice que Elías era un hombre como nosotros, con las mismas debilidades que nosotros. Fue un hombre común y corriente.

Pero lo que sí tenía Elías era que oraba con fervor. Oraba con ganas, con entusiasmo, de todo corazón. Oró fervientemente, porque estaba convencido de que Dios era capaz de hacer lo que le estaba pidiendo. Dios lo escuchó; contestó la oración de Elías y se glorificó en el proceso.

Me temó que nosotros muchas veces oramos con el mismo entusiasmo y el mismo fervor que hacemos la lista de compras para ir al mercado. Señor, bendice a fulano. Señor, ayuda a zutano. Señor, dame esto que necesito. Pedimos, pero parece que no estamos muy seguros de que Dios sea capaz de escucharnos o de responder.

No estoy diciendo que tenemos que fabricar sentimientos, o castigarnos para que Dios nos escuche. Pero sí tenemos que orar con ganas. Tenemos que orar con una actitud de dependencia y un anhelo de que el Señor nos responda. Si oramos con fervor, podemos ver respuestas grandes de Dios también. ¿Será Dios incapaz de hacer en nuestro día las cosas grandes que hizo por Elías? ¿O será que no estamos orando con fervor?

Una anécdota de la vida del autor y conferencista Josh McDowell ilustra este punto. Durante sus años de estudiante en un seminario en California, su padre falleció. Su padre era creyente, y Josh estaba seguro que algún día lo volvería a ver. No tenía la misma seguridad acerca de su madre, que había muerto algunos años antes. Cayó en una profunda depresión, preguntándose si su madre estaría perdida.

Por fin, se puso a orar. "Señor", dijo, "dame la respuesta que necesito para que pueda seguir con la vida. Tengo que saber dónde está mi madre". Parecía imposible recibir respuesta. ¿Cómo le daría Dios el aviso? Dos días después, Josh se fue a la playa y se sentó en un muelle para pensar. No había nadie más que una mujer anciana que pescaba.

Haciendo conversación, ella le preguntó de dónde era. El le mencionó el nombre de su pequeño pueblo en Michigan, a más de 3.000 Km de distancia. "¿De veras?" - le respondió la mujer. "Una de mis primas es de allí. ¿Conoces a la familia McDowell?" Josh McDowell respondió que era su apellido, y dijo su nombre.

"¡No lo puedo creer!" - exclamó la mujer. "¡Tu madre y yo somos primas!" Josh entonces le preguntó a la mujer: "¿Sabe usted algo acerca de la vida espiritual de mi madre?" Ella le dijo: "Claro que sí. Cuando ella y yo éramos adolescentes, fuimos juntas a una campaña evangelística. La cuarta noche de la campaña, las dos pasamos al frente para aceptar a Cristo." Josh gritó: "¡Gloria a Dios!" Espantó a los peces, pero su corazón se llenó de paz.

¿Ese encuentro habrá sido casualidad? Creo que no. Dios tiene el poder para responder tus peticiones y las mías también. Hermanos, que no se diga de nosotros: "No tienen, porque no piden". Aprendamos a orar - por la salvación de otros, por nuestra Iglesia, por nuestras familias, por las necesidades que tenemos, por el avance del reino de Dios. Oremos con humildad, confianza y fervor. Esperemos las respuestas de Dios.

Hay una oración que Dios siempre contesta de inmediato. Es la oración pidiendo salvación. Si tú nunca has orado para pedirle a Dios que te perdone, puedes hacerlo hoy. Puedes reconocer tu pecado, arrepentirte y aceptar la salvación que El te ofrece en Cristo. El promete contestar tu petición en ese mismo instante.


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