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Domingo 24 de Mayo de 2015

Manos limpias y corazón puro
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la historia de un hombre que andaba por el desierto, medio muerto de sed, cuando se encontró con un vendedor de corbatas. "¿No me quiere comprar una corbata?" - le pregunta el vendedor. "Tengo de todas las clases y de todos los colores. Mire, esta linda corbata de seda le queda muy bien".

El hombre le respondió: "No quiero una corbata. ¡Lo que necesito es algo para beber! ¿No tienes agua?" El vendedor le replicó: "Lo siento, señor, no tengo nada para beber. ¿Está seguro de que no me quiere comprar una corbata?" Enojado, el hombre le dijo que no y siguió su camino.

Al treparse al siguiente médano, no podía creer los ojos. No muy lejos había un restaurante - ¡con aire acondicionado! Sus ventanas brillaban con el sol como una invitación a entrar y refrescarse. ¡Seguramente el restaurante le podría servir muchos vasos de agua! Casi cayéndose, se arrastró por la arena hasta llegar a la entrada del restaurante.

Abrió la puerta, y estaba a punto de entrar cuando el portero se le acercó y le dijo: "Lo siento mucho, señor, pero usted no puede entrar a este restaurante sin corbata." ¡Pobre hombre! Se tuvo que morir de sed, simplemente porque no cumplía con los requisitos para entrar al restaurante.

La semana pasada comenzamos a tratar el tema de la santidad de Dios. La santidad de Dios significa que Dios está totalmente separado de cualquier impureza y maldad, y también significa que El es completamente autosuficiente. No depende de nada ni de nadie. Siendo que Dios es santo, y nosotros no lo somos, tuvo que haber un sacrificio para que pudiéramos entrar en relación con Dios. Jesucristo ha ofrecido ese sacrificio por nosotros.

Ahora, cabe la pregunta: ¿Cómo podemos entrar a la presencia de Dios, siendo que El es santo? ¿Cómo debemos prepararnos interiormente para estar ante Dios? La sangre de Jesucristo nos santifica y purifica cuando aceptamos por fe su sacrificio por nosotros en la cruz. El quita nuestra impureza y nuestra culpabilidad.

Pero también hay una preparación interna que nos hace falta si queremos entrar a la presencia de Dios, ante su santidad. Esta preparación la encontramos en el Salmo 24, versos 3 y 4:

24:3 ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo?
24:4 Sólo el de manos limpias y corazón puro, el que no adora ídolos vanos ni jura por dioses falsos.

En este salmo descubrimos dos claves para prepararnos para estar en la santa presencia del Señor. La primera tiene que ver con nuestras actitudes y acciones, y la segunda tiene que ver con nuestra lealtad.

En primer lugar, necesitamos manos limpias y un corazón puro para entrar a la santa presencia de Dios. Antes de que todos se vayan corriendo al baño para lavarse las manos, debemos aclarar que no se refiere a manos lavadas con jabón y agua, sino de manos que no se contaminan con malas acciones, con pecado.

Jesús dijo en Mateo 5:8: "Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios". Si tenemos un corazón con doble intención, un corazón que esconde el mal detrás de una apariencia de bondad, no podremos ver a Dios. Si somos deshonestos o malintencionados con los demás, no pensemos quedar bien con Dios.

Un ejemplo de esto lo vemos en la vida del rey Saúl. Este hombre comenzó bien, pero terminó muy mal. En obediencia a la ley de Dios, él expulsó de la tierra a los adivinos y a los hechiceros. Sin embargo, llegó un momento en que él se encontraba tan lejos de Dios que ningún profeta lo aconsejaba, y Dios no le hablaba.

Por fin, él decidió consultar una hechicera, una bruja. Fue a Endor, disfrazándose para no ser reconocido, y le pidió a la bruja que hiciera aparecer el espíritu de Samuel, el difunto profeta de Dios. Saúl desobedeció el mandamiento que él mismo, hace poco, había hecho respetar. Al principio, la mujer no quiso; le dijo que el rey había expulsado a todos los hechiceros del país.

Saúl, sin embargo, le prometió que nada le iba a suceder. Por lo tanto, ella hizo lo que acostumbraba hacer para evocar un espíritu. Cuando apareció Samuel, ella gritó de asombro. Con esto, sospechamos que ella normalmente usaba trucos para aparentar que los espíritus estaban presentes.

Samuel le dio a Saúl un mensaje no muy alentador. Lo regañó por molestarle, y luego le dijo que, en consecuencia de haber desobedecido al Señor, él moriría al día siguiente. Así sucedió; al día siguiente, Saúl y sus hijos murieron en la batalla - Saúl por su propia mano.

Claramente, a Dios no le agrada que consultemos a los hechiceros, ni que nos tratemos de poner en contacto con los muertos. En Saúl vemos a un hombre que no tuvo manos limpias, ni un corazón puro. Terminó muy lejos de Dios, muerto por su propia mano en un campo de batalla. El sabía que no debía consultar a la bruja; él mismo había expulsado a los hechiceros de la tierra. Sin embargo, decidió que se podría justificar en esa ocasión - y pagó el precio.

Si queremos acercarnos a Dios en su santidad, es necesario deshacernos de toda hipocresía, doblez de corazón, fingimiento y malas acciones. No podemos acercarnos a Dios si conscientemente queremos esconder malas intenciones o pecados contra los demás. Tenemos que acercarnos con un corazón que sinceramente lo busca, un corazón entregado, y manos que se han limpiado en confesión y arrepentimiento.

Si te portas de una manera en la Iglesia, y de otra manera totalmente diferente en la casa, no te engañes - no estás bien con Dios. Si crees que puedes agradar a Dios el domingo, y vivir como te da la gana el resto de la semana, tu corazón no es puro. Tienes un corazón dividido. Lo bueno es que tenemos un Dios misericordioso y perdonador.

Por lo tanto, si te das cuenta de que no le has entregado tu corazón por completo al Señor, hazlo hoy. Si hay algo en tu vida que no has rendido, entrégaselo hoy. Si existe alguna práctica que tienes que a Dios no le complace, abandónalo hoy. Así podrás estar de pie ante Dios. Así podrás entrar a su santa presencia y disfrutar de la bendición de su gloria.

La segunda parte de lo que leímos en el Salmo 24, verso 4 nos dice: "el que no adora ídolos vanos ni jura por dioses falsos". Si queremos estar ante nuestro Dios santo, debemos tener una lealtad absoluta hacia El. En otras palabras, el Señor tiene que ser nuestro único Dios. No podemos tener otros dioses además de El.

Jesús dijo en Mateo 6:24: "Nadie puede servir a dos señores". Sería como si un hombre le dijera a su esposa que la ama mucho, pero que también quiere tener varias amantes. Cualquier mujer que escuche estas palabras sabrá que su esposo no la ama de verdad. Igualmente, si amamos a Dios, El tiene que ser el único para nosotros. No podemos simplemente añadir a Jesucristo a una fila de dioses que tenemos.

Jesús tuvo un encuentro con un joven que quería tener dos dioses en su vida. Era un joven religioso y rico. De algún modo, este joven sabía que algo le faltaba en la vida. Por lo tanto, se le acercó a Jesús y le preguntó: "¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?" (Marcos 10:17). Jesús le respondió: "Tú conoces los mandamientos." El joven insistió en que los había cumplido desde su niñez.

Entonces Jesús lo miró, y lo amó. Como a un hermano querido, le dijo: "Una sola cosa te falta: anda, vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme." (Marcos 10:21). Jesús lo estaba invitando a ser parte de su banda de seguidores, a caminar y convivir con El. Pero ¿qué decisión tomó el joven? Se desanimó y se fue triste, porque tenía muchas riquezas.

Bueno, quizás él creía que poseía muchas riquezas, pero más bien, sus riquezas lo poseían a él. Se habían convertido en su dios. En lugar de quedar libre para seguir a Jesús y estar con El, sus riquezas lo tenían cautivo. Si Jesús te dijera que lo vendieras todo para poder seguirle, ¿estarías dispuesto a hacerlo? ¿Te has dado cuenta de que, en realidad, todo le pertenece?

Hay muchos otros dioses que tratan de competir con Jesús, por supuesto. Hay ídolos que la gente adora y en quien confía. La pornografía y otras formas de inmoralidad sexual se pueden convertir en ídolos que nos alejan de Dios. No podemos servir a dos señores. Por esto, tenemos que abandonar y quitar de nuestra vida cualquier cosa que se haya convertido en un dios para nosotros.

A lo largo de la Biblia, varias personas tuvieron visiones de la santidad de Dios. Moisés lo vio, y fue usado para liberar a un pueblo entero. Isaías lo vio, y recibió grandes revelaciones de la voluntad de Dios. Pedro lo vio a la orilla del mar de Galilea, y se convirtió en uno de los líderes de la empresa más grande del mundo - la Iglesia.

Estar ante la santidad de Dios es espeluznante, pero también es maravilloso. Por esto, te invito hoy a que te prepares para conocer la santidad de Dios - con manos limpias y un corazón puro, dejando a un lado todos los demás dioses. Limpia tus manos. Prepara tu corazón. Sólo así puedes estar listo para ver cosas grandes de nuestro Dios santo.


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