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Domingo 10 de Mayo de 2015

Honor a las madres
Pastor Tony Hancock

Habían llegado visitas para la cena, y la señora de la casa le pidió a su hijita que pusiera la mesa. Cuando todos pasaron al comedor, faltaba un juego de cubiertos. La niña no había puesto nada en el lugar del invitado de honor. Su madre le dijo: "Mi amor, no le pusiste cubiertos al Señor Jiménez. ¿Qué pasó?"

La niña, con toda inocencia, le contestó: "Es que yo pensé que no los iba a necesitar, porque mi papá siempre dice que el Señor Jiménez come como una vaca". ¡Pobre madre! ¡Qué vergüenza! Hay que tener cuidado con lo que decimos frente a nuestros hijos, ¿no es cierto?

Estoy seguro que todas ustedes que son madres pueden recordar alguna ocasión en la que alguno de sus hijos hizo un comentario que las dejó con la cara roja. Pero hoy no queremos dejar a las madres en vergüenza, sino honrarlas. En realidad, es correcto honrar a las madres, porque Dios nos llama a hacerlo.

El quinto mandamiento de los Diez Mandamientos que Dios nos dejó dice así: "Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor tu Dios te lo ha ordenado, para que disfrutes de una larga vida y te vaya bien en la tierra que te da el Señor tu Dios". (Deuteronomio 5:16) Es interesante que Dios no dice simplemente: "Honra a tu padre", o quizás "Honra a tus padres". El especifica que debemos honrar tanto a nuestro padre como también a nuestra madre.

Por lo tanto, hoy vamos a honrar a las madres. A las madres les decimos: Gracias por su sacrificio. Gracias por su amor. Gracias por la crianza que nos han dado. Que el Señor les bendiga y les dé mucha alegría en este día de celebración.

Jesús honró y cuidó a su madre. Cuando El colgaba en la cruz, a punto de morir, su madre se encontraba entre los que observaban su muerte. Leamos lo que sucedió entonces en Juan 19:25-27:

19:25 Estaban junto a la cruz de Jesús su madre, y la hermana de su madre, María mujer de Cleofas, y María Magdalena.
19:26 Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo.
19:27 Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa.

Como hijo mayor, Jesús llevaba la responsabilidad de cuidar de su madre. El ya no podría preocuparse por su bienestar. Por lo tanto, se la encargó a Juan, el discípulo a quien El amaba.

Aun en aquel momento de tristeza y dolor, Jesús no se olvidó de su madre. Se aseguró de que ella estuviera cuidada. En esto, nos deja el ejemplo. Cuando una persona se casa, su esposo o esposa e hijos llegan a ocupar el primer lugar en su atención. Pero no hay que olvidarnos de la persona que nos dio a luz. Dios nos llama a honrarla, perdonando cualquier error y buscando la manera de ayudarle.

Es interesante comparar esta acción de Jesús al final de su vida con lo que sucedió al principio de su ministerio. El realizó su primer milagro en una boda, en un pueblo llamado Caná. Se acabó el vino, una gran vergüenza para el novio, y su madre se le acercó para decirle que ya no había. Ella quizás esperaba que El fuera a comprar más.

La respuesta de Jesús de momento puede parecer un poco brusca. "¿Eso qué tiene que ver conmigo?" (Juan 2:4) - le preguntó a su madre. Notamos que El entonces escogió ese momento para realizar su primer milagro, proveyendo vino para que la fiesta continuara. Pero El dejó muy claro que no lo hacía porque su madre se lo había pedido.

Llega un momento en la vida de cada joven en el que tiene que hacer lo que Jesús hizo aquí. Tiene que establecer cierto nivel de independencia de su madre. Sin faltarle al respeto, sin ser malagradecido con ella, tiene que mostrar que se está convirtiendo en hombre y ahora debe tomar sus propias decisiones. La madre sabia tendrá cuidado de no sofocar a su hijo, de no hacerle sentir un mandilón ni burlarse de su hombría. Más bien, encontrará las maneras de hacer que su hijo establezca su propia identidad como hombre, ya no como niño.

La madre sabia será como María, que no se ofendió cuando vio que su hijo se había hecho hombre y tenía sus propias ideas. Ella simplemente les dijo a los sirvientes: "Hagan lo que él les diga" (Juan 2:5). Dejó la decisión en manos de El. Algunas madres lo sentirían como rechazo, pero no fue así. Jesús no se olvidó de su madre, ni en el día de su muerte.

Honremos a nuestras madres. Dios nos llama a hacerlo. Quizás tu madre no fue ejemplar. Ninguna persona, con la excepción de Jesús mismo, es perfecta. Pero puedes agradecerle a Dios la vida que ella te dio, y pedirle que te ayude a perdonar cualquier error suyo. Dios nos promete bendición si honramos a nuestro padre y nuestra madre. No te pierdas esa bendición.

Con lo que voy a decir en seguida, podrían pensar que me estoy contradiciendo. Consideremos con cuidado lo que dice la Palabra, y luego ustedes podrán decidir si realmente me contradigo o no. Y es que Dios nos llama a escuchar a las madres. Leamos juntos Proverbios 1:8: "Oye, hijo mío, la instrucción de tu padre, y no desprecies la dirección de tu madre".

En una cultura patriarcal, podríamos pensar que sólo los consejos de un padre serían valorados. Por eso es llamativo que Salomón nos llama no sólo a escuchar las correcciones de nuestro padre, sino también a retener las enseñanzas de nuestra madre. Los consejos de nuestra madre, si somos sabios, son verdades que llevaremos en el corazón, aun después de dejar el hogar.

Cuando llegamos a ser adultos, por supuesto, llegamos a tener nuestro propio criterio. Puede haber algunos de los consejos maternos que ya no seguimos. Pero la gran mayoría de los consejos que nuestras madres nos han dado nos servirán para toda la vida. "No corras con tijeras en la mano. No te pelees con tu hermano. Cómete las verduras." Estos consejos nos ayudarán en toda la vida.

Hace algunos minutos hablábamos de la necesidad que tiene cada joven de separar su identidad de la de su madre, de empezar a tomar sus propias decisiones. Pero esta actitud sana y necesaria para el desarrollo correcto se puede convertir en una rebelión, en un rechazo de todos los valores que su madre le ha inculcado. Esto ya no es sabio, sino que se vuelve necedad. Dios nos llama a escuchar y recibir los consejos sabios de nuestras madres.

Timoteo, el joven ayudante del apóstol Pablo, tuvo la bendición de una madre que temía a Dios. Pablo le escribe esto: "Traigo a la memoria tu fe sincera, la cual animó primero a tu abuela Loida y a tu madre Eunice, y ahora te anima a ti. De eso estoy convencido." (2 Timoteo 1:5) Timoteo había aprendido de su madre acerca de la fe en Dios, y no había rechazado sus enseñanzas.

Madres, ustedes tienen una gran oportunidad de comunicar la fe a sus hijos. ¿Lo están haciendo? ¿Oran por ellos? ¿Les hablan del Señor? No esperen hasta que sus hijos se hayan convertido en jóvenes extraviados. Empiecen a orar ya, a sembrar en sus corazones la semilla del evangelio y enseñarles los valores que llevan a una vida agradable a Dios. Aunque podrían llegar a pasar por una etapa de rebeldía, esos consejos se quedarán allí sembrados.

Dios nos llama a honrar a las madres y a escuchar a las madres. Pero Dios también tiene un mensaje para las madres. Dios llama a las madres a llevar la maternidad en honra. En 1 Timoteo 2:15 encontramos un versículo un poco misterioso que trae un mensaje importante para las madres: "Pero se salvará engendrando hijos, si permaneciere en fe, amor y santificación, con modestia.".

En los versículos anteriores, el apóstol Pablo habla de la actitud apropiada para las mujeres en la Iglesia. Menciona que Dios ha puesto al hombre como líder en la Iglesia, y la mujer no debe tratar de usurpar su lugar. Pero luego menciona algo que sólo la mujer puede hacer: dar a luz hijos.

Ahora, ¿qué quiere decir con esto de que la mujer se salvará siendo madre? ¿Significa que las mujeres que no tienen hijos no pueden ir al cielo? ¿O será que, conforme más hijos tenga una mujer, más posibilidades tiene de alcanzar la salvación? No, no significa esto.

Lo que significa es que hay algo que la mujer como género ha aportado al proceso de salvación, puesto que fue una mujer la que dio a luz a Jesucristo. Fue una mujer la que escuchó la voz de la serpiente y comió de la fruta prohibida, pero fue también una mujer la que escuchó la voz del ángel y aceptó la voluntad de Dios para su vida.

María, con su obediencia, es un gran ejemplo de una madre obediente a Dios, una madre cuya obediencia se convirtió en un canal de bendición. Su obediencia trae honor a todas las madres. Todas las mujeres, aun las que no son madres, se salvarán si permanecen en la fe, el amor y la santidad - porque Jesucristo, el gran Hijo de María, el Hijo que es mucho mayor de su madre, ha venido para salvarnos.

Aun María, la madre de Jesús, reconoció que necesitaba su salvación. Cuando ella visitó a Elisabet su prima, dijo así: "Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador" (Lucas 1: 46,47). Ella reconocía que le hacía falta la salvación, como a todos nosotros. Por medio del Hijo que ella dio a luz, Dios ha traído salvación que está al alcance de todos - madres, padres, hijos e hijas.

Al honrar hoy a las madres, honremos al Hijo que nació de una madre para salvarnos a todos. El Hijo eterno de Dios un día se hizo hombre. El Dios que todo el universo no puede contener se acomodó al vientre de una mujer. Al nacer, vivir una vida perfecta y morir en nuestro lugar, nos compró la eterna salvación. Al resucitar, venció la muerte. Las madres merecen honor, pero Jesús merece nuestra fe absoluta.


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