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Domingo 3 de Mayo de 2015

Abriendo camino
Pastor Tony Hancock

Años atrás, un evangelista itinerante me comentó una experiencia que tuvo al llegar a una Iglesia muy grande. Después de asistir al culto, quería preguntarle al pastor si podría dejar su remolque en el estacionamiento de la Iglesia durante un par de días. Se trató de acercar al pastor, quien estaba parado no muy lejos de él.

Sin embargo, al tratar de acercarse al pastor, uno de los ayudantes del pastor lo detuvo. "Si quiere hablar con el pastor, tiene que hacer cita con su secretaria", le dijo al evangelista. Este le respondió: "Sólo quiero hacerle una pregunta muy breve". El ayudante le dijo: "Lo siento, pero no puede hablar con él. Debe hacer cita con su secretaria".

Por más que el hombre insistiera, el ayudante se rehusaba a permitirle hablar con el pastor. Aunque el pastor estaba tan cerca que casi podía tocarlo, no pudo hablarle. Al contar esta historia, mi intención no es criticar a aquel pastor. Cuando uno está muy ocupado, tiene que saber priorizar las cosas. Cuando uno como pastor se está preparando para predicar, es importante evitar las distracciones para no perder la concentración.

Pero lo que me viene a la mente es que ese ayudante había aprendido muy bien de los discípulos de Jesús. Ellos también consideraban que su Maestro era un hombre muy ocupado, y la gente no lo debía molestar con pequeñeces. Con muy buenas intenciones, terminaron regañados por Jesús.

Esto es lo que sucedió. En cierta ocasión, cuando Jesús estaba enseñando en público, algunos padres empezaron a llevar a sus hijos pequeños para que Jesús los bendijera. Veían en Jesús algo muy especial, y querían que sus hijos pudieran recibir esa bendición. Los discípulos, sin embargo, los reprendían.

¿Qué habrán pensado los discípulos? Seguramente tenían las mejores intenciones. Jesús estaba ocupado; tenía otras cosas más importantes que hacer, según la manera de pensar de los discípulos. Tenía otra gente que atender, gente que valía mucho más que unos niños mocosos.

Cuando Jesús se dio cuenta de lo que hacían los discípulos, se indignó. Es raro leer acerca de la indignación de Jesús. El se indignó con los que se rehusaban a creer. Mostró su furia cuando descubrió que el templo se estaba convirtiendo en mercado. Pero la mayor parte del tiempo, Jesús era paciente y comprensivo.

En esta ocasión, sin embargo, Jesús se indignó. Reprendió a los discípulos, diciendo: "Dejen que los niños vengan a mí, y no se lo impidan". Luego les aclaró que el reino de Dios pertenece a los que son como niños. Si no recibimos el reino de Dios como un niño, jamás podremos entrar en él. Dicho esto, Jesús tomó a los niños en sus brazos y los bendecía, poniendo las manos sobre ellos. Tomó tiempo para bendecir individualmente a cada niño.

Leamos esta historia en Marcos 10:13-16:

10:13 Y le presentaban niños para que los tocase; y los discípulos reprendían a los que los presentaban.
10:14 Viéndolo Jesús, se indignó, y les dijo: Dejad a los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino de Dios.
10:15 De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él.
10:16 Y tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía.

En esta mañana, hay dos preguntas que te quiero hacer. La primera es ésta: ¿Ayudas o estorbas a los niños para que se acerquen a Jesús? Los discípulos, aunque con buenas intenciones, inconscientemente se opusieron a lo que Jesús más deseaba - que los niños se acercaran a El.

Aquí Jesús nos revela su corazón. El desea que los niños se acerquen a El, y se indigna con cualquier persona que los estorba. Los niños son capaces de acercarse a Jesús, y El anhela que lo hagan. Sin embargo, los adultos muchas veces los estorbamos sin darnos cuenta. ¿De qué maneras podemos estorbar a los niños para que no se acerquen a Jesús?

Los estorbamos cuando les damos un mal ejemplo. Cuando hablamos de Dios o de la Iglesia en términos despectivos, les comunicamos actitudes que sirven como un estorbo. Nuestras actitudes son como un virus que contagiamos a nuestros hijos. Si amamos a Dios y nos gusta reunirnos para alabarle, les abrimos paso para que ellos también lo hagan.

En cambio, si no cultivamos una relación con Dios, si nunca oramos ni abrimos la Biblia, si la Iglesia no es una prioridad para nosotros, empezamos a levantar una barrera que estorbará a nuestros hijos en buscarlo también. Piensa, por un momento, en las actitudes que les estás comunicando a tus hijos acerca de Dios y su Iglesia. ¿Son las actitudes que les quieres comunicar? Si no, proponte cambiarlos.

Otra manera en que estorbamos a los niños es cuando no valoramos la importancia de enseñarles. Como Iglesia, nos esforzamos por tener programas para los niños. Las maestras se esfuerzan por darles a los niños una buena enseñanza acerca de la Biblia. ¿Cuándo fue la última vez que le diste las gracias a la maestra que le enseña a tu hijo acerca de Dios? ¿Valoras su esfuerzo?

La enseñanza no sólo se debe hacer en la Iglesia, por supuesto. También es muy importante tomar tiempo en la casa para hablarles a nuestros hijos de Dios. ¿Saben más tus hijos acerca de los personajes de las caricaturas que de los personajes bíblicos? ¿Les hablas de lo que sabes de la Biblia? Si tú también estás aprendiendo, comparte con ellos lo que sabes.

Una tercera manera en que estorbamos a los niños en su acercamiento a Jesús quizás te sorprenda. Se trata de la falta de disciplina. Cuando no disciplinamos a nuestros hijos, les enseñamos a ver la vida de una manera equivocada. Cuando no les enseñamos con amor a obedecer y a disciplinarse, sembramos en sus corazones actitudes de flojera y dejadez que no les servirán de nada en la vida, ni en su relación con Dios.

No estoy hablando de abuso, de gritos constantes o de golpes. La disciplina y el abuso son cosas muy diferentes. Más bien, me refiero a enseñarles a tus hijos que "no" significa "no". No significa "quizás", o "moléstame hasta que ya no me importe". Significa "no". Enséñales a hacer la tarea a tiempo, y revisa para ver si lo han hecho. Si lo haces cuando son pequeños, no será tan necesario cuando sean grandes.

¿Estás ayudando o estorbando a los niños para que se acerquen a Jesús? El nos hace ver que esto es algo serio. No es un juego. Sabes, tus hijos no son tuyos. Antes de que salgas a hacerte una prueba de ADN, déjame aclarar eso. Tus hijos son de Dios. El simplemente te los ha encomendado. ¿Los estás criando de una manera que les servirá para que se acerquen a El? ¿O les sirves de estorbo?

Esa es la primera pregunta que te quiero hacer hoy. La segunda es ésta: ¿Has entrado al reino de Dios con la fe de un niño? Jesús dijo que el que no recibe el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él. ¿A qué se habrá querido referir Jesús con esto?

A veces he escuchado a las personas decir que Jesús quiere que seamos inocentes y sin maña, como los niños. Creo que a esa gente se les ha olvidado lo que es ser niño. Los niños no siempre son inocentes, y pueden ser muy mañosos. Si tienes hijos, sabes a lo que me refiero.

Lo que vemos en estos niños es que se acercaron a Jesús en humildad, y recibieron su bendición como un regalo. Los niños no siempre son inocentes, y pueden ser mañosos; pero lo que tienen los niños es que confían en los adultos hasta que nos mostramos indignos de su confianza. Los niños pequeños no se preocupan por cuestiones de posición o derecho.

Los adultos, en cambio, queremos sentirnos poderosos, justificados y autosuficientes. Si se hubiera tratado de un grupo de adultos que buscaban la bendición de Jesús en lugar de un grupo de niños, seguramente se hubieran puesto a pelear acerca de quién se merecía su bendición, quién iba a recibirla primero y quién tenía más palanca con Jesús.

Pero si queremos entrar al reino de Dios, tenemos que dejar todo eso atrás. No podemos sentirnos poderosos cuando nos acercamos a Jesús, sino que tenemos que acercarnos en humildad y quebrantamiento. No podemos justificarnos ante El; tenemos que recibir su perdón como un regalo que jamás podríamos merecer. No podemos acercarnos a Jesús con aires de suficiencia, porque la verdad es que lo necesitamos a El, pero El no nos necesita a nosotros.

Sólo podemos acercarnos a Jesús con fe como la de un niño - confianza sincera y humilde. Como adultos, tenemos preguntas - y Dios responde a muchas de esas preguntas. Como adultos, tenemos complejos - y Dios obra para sanar esos lugares heridos en nuestro corazón. Pero a final de cuentas, tenemos que acercarnos a El con un corazón confiado y humilde, dispuesto a recibirlo todo de El como un regalo inmerecido.

En una cruz, Jesús se entregó a la muerte para que pudiéramos ser perdonados. No podemos acercarnos a la cruz ofreciendo algo a cambio. No podemos acercarnos pensando que merecíamos tal sacrificio. No podemos acercarnos insistiendo en que debemos estar a la cabeza de la fila, porque conocemos a alguien por ahí. Sólo podemos acercarnos de rodillas, con un corazón contrito y humillado - y entonces encontraremos a Jesús con los brazos abiertos, listo para bendecirnos.

Ven hoy a Cristo. Deja atrás tu sofisticación adulta, tu orgullo y tus complejos. Ven a confiar sencillamente en El, y encontrarás en Jesús el camino abierto a la presencia de un Padre que te ama y te recibe en su familia. No esperes más. Ven a El.


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