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Domingo 12 de Abril de 2015

Entre la resurrección y el regreso
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez te has quedado con una lista de tareas? Una esposa tuvo que salir de viaje, y le dejó a su esposo una lista de tareas que se necesitaban hacer en la casa - cosas que sólo un hombre podía hacer. De broma, puso como una de las tareas: "Piensa mucho en tu esposa".

Cuando regresó a la casa, descubrió que todas las tareas que aparecían en la lista se habían tachado, con la excepción de la última tarea. Un poco molesta, miró a su esposo y le dijo: "¿Se te olvidó pensar en mí?" Pero su molestia desapareció cuando él respondió: "Comencé a hacerlo, pero nunca lo pude terminar de hacer."

¡Buena respuesta! ¿No es cierto? ¡Esposos, aprendan de su ejemplo! Nosotros, en cierto sentido, nos encontramos en la misma situación que ese hombre. Una persona que es muy especial para nosotros se ha ido, pero va a regresar. Mientras tanto, nos ha dejado algunas tareas que debemos realizar en su ausencia. ¿A quién me refiero? A Jesucristo.

La semana pasada, celebramos su resurrección. ¡Nosotros servimos a un Señor resucitado! Es una gloriosa realidad que nunca debemos dejar de celebrar. Cuarenta días después de su resurrección, después de aparecer una y otra vez a sus seguidores y mostrarles pruebas convincentes de su resurrección, Jesús volvió al cielo. Un día, El va a regresar a la tierra. Nosotros ahora vivimos en ese tiempo entre su resurrección y su regreso.

En uno de los encuentros que Jesús tuvo con sus discípulos antes de volver al cielo, nos dejó instrucciones para vivir durante este tiempo. Mucho más que una lista de tareas, representan claves que nos pueden ayudar a tener una vida plena, segura y productiva mientras esperamos su regreso. Esta semana y la próxima, conoceremos esta historia.

Cuando María Magdalena y las demás mujeres fueron al sepulcro el día en que Jesús resucitó, un ángel les dio estas instrucciones: "Vayan a decirles a los discípulos y a Pedro: 'El va delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán, tal como les dijo.'" (Marcos 16:7) Esto sucedió al principio de la fiesta de los panes sin levadura, así que seguramente los discípulos se quedaron en Jerusalén para celebrar esta fiesta, que duraba una semana, y luego regresaron a Galilea.

Cuando llegaron a Galilea, tenían que comer; así que varios regresaron a su antiguo oficio, la pesca. Pedro, Jacobo y Juan, con Natanael, Tomás y otros dos discípulos, se fueron a pescar al lago de Galilea. Este lago también se conoce como el lago de Tiberíades. Pasaron toda la noche en el lago, pero no pescaron nada.

Muy de madrugada, cuando apenas amanecía, Jesús llegó a la orilla del lago. Ellos estaban a unos cien metros de distancia, y entre la neblina del amanecer y la poca luz, ellos no lo reconocieron. Les preguntó si tenían algo de comer. ¡Qué ironía que el Pan de Vida les pidiera un bocado! Ellos, después de una pesca sin éxito, le respondieron que no.

El les dijo entonces: "Tiren la red al lado derecho del barco, y pescarán algo". Así lo hicieron; ¿qué perdían con intentarlo? Pero la pesca fue tan grande que ya no podían sacar las redes del agua. En ese momento, al recordar algo parecido que había sucedido cuando Jesús los llamó a que lo siguieran, Juan se dio cuenta de quién era aquella figura misteriosa parada en la orilla. "¡Es el Señor!", exclamó. Al instante, Simón Pedro se puso la ropa y brincó al agua para ir a ver a Jesús.

Los demás discípulos llegaron a la playa en el barco. Cuando pisaron la arena, vieron que había una fogata de carbones con un pescado, y un pan. "Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar", les dijo Jesús. Al sacarlos de la red, se dieron cuenta de que había 153 pescados. Aunque eran muchos, la red no se rompió.

Entonces Jesús los invitó a desayunar. Tomó el pan y se lo partió, lo mismo que el pescado. A sus discípulos cansados y hambrientos, Jesús les sirvió de comer. Esta es la tercera vez que Jesús les apareció a sus discípulos después de resucitar. Leamos esta historia en Juan 21:1-14:

21:1 Después de esto, Jesús se manifestó otra vez a sus discípulos junto al mar de Tiberias; y se manifestó de esta manera:
21:2 Estaban juntos Simón Pedro, Tomás llamado el Dídimo, Natanael el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo, y otros dos de sus discípulos.
21:3 Simón Pedro les dijo: Voy a pescar. Ellos le dijeron: Vamos nosotros también contigo. Fueron, y entraron en una barca; y aquella noche no pescaron nada.
21:4 Cuando ya iba amaneciendo, se presentó Jesús en la playa; mas los discípulos no sabían que era Jesús.
21:5 Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No.
21:6 El les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces.
21:7 Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar.
21:8 Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos.
21:9 Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan.
21:10 Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar.
21:11 Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió.
21:12 Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor.
21:13 Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado.
21:14 Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos.

Para nosotros que vivimos entre su resurrección y su regreso, esta historia nos revela varias cosas. En primer lugar, nos damos cuenta de que los discípulos no reconocieron a Jesús, hasta que El obró como lo había hecho antes. Cuando El llegó a la orilla del lago, ellos lo vieron como cualquier persona. No se dieron cuenta de quién era. Su Señor resucitado estaba allí, pero ellos no lo sabían.

No es que Jesús era irreconocible. Era simplemente que la neblina que sube del agua en la mañana, la distancia del barco y la poca luz de la mañana no les permitieron ver quién era la persona que les hablaba. Fue sólo cuando les sucedió algo parecido a lo que había sucedido antes - la pesca milagrosa - que ellos lograron reconocer a Jesús.

¡Cuántas veces no nos sucede lo mismo! Como ellos, andamos en nuestro diario quehacer. Para Pedro, Jacobo y Juan, la cosa más familiar del mundo era la pesca. Antes de empezar a seguir a Jesús, se habían dedicado a hacerlo. Probablemente habían crecido en familias pesqueras. Ahora habían vuelto a lo que les era más cómodo.

No debemos pensar que hacían mal en pescar. Jesús simplemente les había dicho que volvieran a Galilea, pero no les había dicho qué debían hacer cuando llegaran. Ellos volvieron, y se pusieron a pescar mientras esperaban a Jesús. Era lo más normal, lo más conocido y familiar para ellos.

En medio de esos momentos cotidianos, Jesús estaba parado a la orilla del lago - y ellos no lo reconocieron. En los momentos más cotidianos de la vida, Jesús también está presente con nosotros. El está presente en tu trabajo, en tu casa, cuando vas al mercado, cuando sales con tus hijos - El está allí, parado entre la neblina.

Sin embargo, como los discípulos, muchas veces no lo alcanzamos a ver. Otras cosas nos nublan la vista. Quizás, como ellos, es necesario que Jesús haga algo parecido a lo que ha hecho antes - responder a una oración o rescatarnos de algún peligro. Pero debemos reconocer que esa figura borrosa entre la neblina es nuestro Señor. El está presente con nosotros.

La segunda cosa que nos revela esta historia es la actitud de nuestro Señor. Aunque había resucitado de los muertos, aunque pronto volvería al cielo, El tomó tiempo para servir a sus discípulos. Hizo una fogata y les cocinó pescado para que desayunaran después de una cansada noche de pesca.

Si fuera otro, nos podríamos imaginar a Jesús gritarles de la orilla: "¡Muchachos! ¿Qué hacen perdiendo el tiempo allá? ¡Tenemos cosas que hacer! ¡Tengo muchas instrucciones que darles! ¡Apúrense!" Pero Jesús no respondió así. Se tomó el tiempo para compartir un desayuno con ellos antes de empezar a hablar de otras cosas.

Mientras vivamos aquí entre la resurrección y el regreso, tenemos un Señor que está presente con nosotros - aun cuando no lo reconozcamos. Tenemos un Señor que se interesa por las más mínimas necesidades que tenemos, y las suple. No es un tirano cruel, que sólo nos exige más y más trabajo. Es un líder amoroso, que se interesa por nuestro bien.

¿No es bueno seguir a esta clase de Señor? ¿No es bueno tener esta clase de Rey? Hermano, hermana, alaba al Señor porque El es un Señor que ama y cuida de los suyos. Siendo así, El se merece nuestra obediencia y nuestra devoción completa. No seamos flojos en hacer lo que Jesucristo nos pide. No seamos malagradecidos con El. Sirvámosle con alegría.

Si así es nuestro Señor, nosotros también debemos imitarle. Muchos de nosotros estamos en posiciones de liderazgo sobre alguien. Si eres padre o madre, eres líder en tu familia. Dime: ¿eres un líder como Jesús? ¿Te preocupas por las necesidades de tus hijos, de tu pareja, aunque sean pequeñas? ¿O te interesas solamente por tus propias necesidades?

Si eres líder en el trabajo o en la Iglesia, ¿buscas el bienestar de las personas que están bajo tu mando? ¿O te interesas sólo por lo que a ti te conviene? Cristo nos está llamando a ponernos en el lugar de otros y buscar satisfacer sus necesidades, no solamente las nuestras.

Se cuenta la historia de algo que sucedió durante la guerra de la revolución en los Estados Unidos. Un hombre vestido de civil pasó al lado de un grupo de soldados que construían una pequeña defensa. Otro hombre uniformado les gritaba órdenes, pero no hacía nada por ayudarles.

El hombre recién llegado le preguntó por qué no les ayudaba. El otro le respondió, con mucha dignidad: "Señor, ¡soy cabo!" El primero se disculpó, se bajó de su caballo y empezó a ayudar a los soldados a construir la defensa. Cuando habían terminado, volvió al cabo y le dijo: "Señor cabo, la próxima vez que le falten hombres para hacer un trabajo como este, hable con su comandante supremo, y yo le volveré a ayudar". El hombre vestido de civil era George Washington, comandante del ejército revolucionario.

El entendió lo que muchos han olvidado. El verdadero líder, como nos lo mostró Jesús, es un siervo. No es un gallo, como aquel cabo. Ha aprendido la lección de la humildad, de preocuparse por el bienestar de otros y buscar maneras de llenar sus necesidades. ¿De quién se lo aprendió? De Jesús, por supuesto.

La próxima semana, seguiremos con la historia. Pero ahora, te pregunto: ¿Qué te ha dicho hoy el Señor? ¿Te está llamando a tomar alguna decisión o hacer algún cambio en tu vida? Si es así, decide hoy lo que harás. No te quedes sólo con un concepto. Decide hoy qué pasos tomarás.


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