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Domingo 15 de Marzo de 2015

Costumbres que prosperan
Pastor Tony Hancock

¿Alguna vez te has puesto a pensar en el poder de las costumbres? Dos ancianitas hablaban de las costumbres de sus esposos. Una de ellas dijo: "Mi marido se come las uñas, y cada vez que lo hace, me pone los pelos de punta". La otra mujer le comentó: "Mi esposo antes hacía lo mismo, pero le quité la costumbre". La primera le preguntó: "¿Cómo lo hiciste?" La segunda compartió su secreto: "Le escondí los dientes postizos".

Es difícil comerse las uñas si uno no tiene dientes, ¿no es verdad? ¡Ojalá todas las malas costumbres fueran tan fáciles de dejar! Hoy vamos a hablar de algunas costumbres que a todos nos conviene cultivar. No son malas costumbres, sino buenas costumbres que traen buenos resultados a nuestra vida. Son costumbres que nos llevan a la prosperidad.

La semana pasada, hablamos acerca de la verdadera prosperidad, que comienza en el corazón. Muchas veces cometemos el error de pensar que la prosperidad sólo es algo externo: el dinero que tenemos, la casa donde vivimos, el carro que manejamos. Pero Dios nos enseña que la verdadera prosperidad comienza en el corazón - con un corazón arrepentido, purificado y transformado por el poder de Jesucristo.

Con todo, Dios nos enseña ciertas costumbres en su Palabra que nos ayudan a caminar en creciente prosperidad. Si te propones, con la ayuda de Dios, desarrollar estas costumbres en tu propia vida, traerán buenos resultados. ¿Quieres aprender a vivir de una manera que traerá prosperidad? Aprendamos juntos de la Palabra de Dios.

Comencemos en Proverbios 28:25: "El que es ambicioso provoca peleas, pero el que confía en el Señor prospera." La primera costumbre que trae prosperidad es la costumbre de confiar en el Señor, no en el dinero. La persona ambiciosa comete el error de pensar que el dinero le traerá la felicidad. Como resultado, termina sacrificando sus amistades a cambio de tener dinero, sólo para descubrir que ese dinero no puede satisfacerle, en realidad.

Jesús contó una historia acerca de un hombre que confiaba en sus posesiones (Lucas 12:16-21). Juntó todo lo que tenía en enormes graneros, y luego pensó: "Ahora puedo hacer lo que me da la gana. Ya tengo suficiente juntado para vivir por muchos años." Pero Dios le dijo: "¡Necio! Esta noche se te demandará el alma, y ¿quién se quedará con todo lo que has juntado?" Si confiamos en las posesiones, terminaremos en la frustración.

En cambio, el hombre que aprende a confiar en el Señor y no en las posesiones es el que encuentra la verdadera prosperidad. Existe una falsa prosperidad que viene de tener dinero, pero no tener al Señor. Esta prosperidad se menciona en Salmos 73:3, donde dice: "Sentí envidia de los arrogantes, al ver la prosperidad de esos malvados."

Así pensó el salmista, al ver que mucha gente malvada parece tener de todo. Pero luego él dice: "En verdad, los has puesto en terreno resbaladizo, y los empujas a su propia destrucción. ¡En un instante serán destruidos, totalmente consumidos por el terror!" (Salmo 73:18-19) La prosperidad no consiste simplemente en tener mucho dinero o muchas cosas, porque no te pueden proteger del juicio.

Sólo Jesucristo puede rescatar tu alma y darte una vida segura. Sólo si confías en El puedes tener un futuro realmente asegurado, tanto aquí en la tierra como en la eternidad. La verdadera prosperidad no es sólo para esta vida, sino para la eternidad. Esa prosperidad del alma viene solamente cuando confiamos en el Señor, cuando nos entregamos de corazón a El y le damos el control de nuestra vida. ¿Confías plenamente en el Señor? Sin El, todo lo demás carece de sentido.

La segunda costumbre que produce la prosperidad la encontramos en Proverbios 13:4. Dice así: "El perezoso ambiciona, y nada consigue; el diligente ve cumplidos sus deseos." Muchas personas sueñan con un futuro mejor, pero es todo lo que hacen: ¡soñar! De ese modo, no conseguiremos nada. Si Dios pone un deseo en tu corazón, tendrás que luchar para hacerlo realidad.

Hay una gran mentira que satura nuestra sociedad. Es la mentira de que la pereza trae la felicidad. La verdadera felicidad viene de proponerte metas y alcanzarlas, con la ayuda de Dios. La pereza nos deja hastiados e inconformes, pero la diligencia produce prosperidad.

Esopo contó una fábula para ilustrar este punto. Se trataba de la hormiga y el saltamontes. Durante todo el verano, la hormiga trabajaba diligentemente para almacenar comida para el invierno, mientras que el saltamontes se la pasaba brincando de una fiesta a otra, gozando de la vida. El saltamontes le decía a la hormiga: "¡Ven a jugar! ¿Por qué trabajas tanto?" Pero la hormiga seguía diligente.

Por fin, llegó el invierno, y el saltamontes se vio en aprietos. Todas sus fuentes de comida se habían acabado. En su nido, la hormiga tenía bastante comida almacenada, pero el saltamontes terminó muriéndose de hambre. Tú y yo no somos insectos, pero debemos aprender del ejemplo de la hormiga: la diligencia trae prosperidad y bienestar, mientras que la pereza sólo produce frustración.

Vamos a buscar la tercera costumbre en Proverbios 28:22: "El tacaño ansía enriquecerse, sin saber que la pobreza lo aguarda". La tercera costumbre que produce la prosperidad es la generosidad. Es una gran ironía observar que el que más da muchas veces es el que más tiene. El tacaño piensa que no tiene para dar, pero no se da cuenta de que es al dar que se tiene.

Este principio es tan importante que se repite varias veces en el libro de Proverbios. Por ejemplo, en Proverbios 11:25 leemos: "El que es generoso prospera; el que reanima será reanimado". Pero ¿cómo debemos ser generosos? ¿Debemos simplemente dar cuando vemos alguna gran necesidad, cuando se nos mueve el corazón?

El apóstol Pablo nos da una clave en 1 Corintios 16:2. Estaba recogiendo una ofrenda para los hermanos necesitados de Jerusalén, y les mandó instrucciones a los corintios acerca de la colecta que quería hacer. Esto es lo que les dice: "El primer día de la semana, cada uno de ustedes aparte y guarde algún dinero conforme a sus ingresos, para que no se tengan que hacer colectas cuando yo vaya".

Pablo nos enseña que nuestra generosidad debe ser regular y considerada. El no les dijo a los corintios: "Esperen a que llegue, y les voy a mostrar unas fotos de los niños hambrientos de Jerusalén que les van a romper el corazón, para que ofrenden bastante." No; él les dijo más bien que debían pensar con anticipación cuánto querían dar, y separarlo de manera regular.

En mi presupuesto personal, tengo una cantidad separada cada mes más allá del diezmo que uso para dar. A veces es para ayudar a alguna persona que tiene una necesidad, o para aportar a algún proyecto especial. Siguiendo esta instrucción de Pablo, separo esta parte de mis ingresos aparte del diezmo para dar a diferentes necesidades.

Puedo testificar que hay mucho gozo en esto. También puedo testificar que Dios me ha bendecido y prosperado de maneras inesperadas. Dios nos llama a desarrollar la costumbre de la generosidad, de forma regular y constante. Considera cómo podrías separar una pequeña cantidad de dinero, más allá de tu diezmo, para ser generoso y ayudar.

La última costumbre que produce prosperidad se encuentra en Proverbios 21:20. "En casa del sabio abundan las riquezas y el perfume, pero el necio todo lo despilfarra". Esta es la costumbre de ahorrar, y no despilfarrar. La Biblia llama necio al que gasta todo lo que gana. Si queremos alcanzar la prosperidad, tenemos que aprender a ahorrar de nuestras ganancias.

Proverbios 13:11 dice: "El dinero mal habido pronto se acaba; quien ahorra, poco a poco se enriquece". Hoy en día, muchos sueñan con hacerse ricos de la noche a la mañana. Dios nos dice que la verdadera prosperidad viene de ahorrar poco a poco, de forma regular y constante.

Pero quizás tú digas: "¡Yo no gano lo suficiente! No puedo ahorrar". Hay dos formas de resolver este problema. Una es buscar la forma de ganar más. Esto se relaciona con lo dijimos acerca de ser diligente. Siempre hay oportunidades para ganar un poco más, si uno las busca.

La otra forma es gastar menos. Si ahorramos un poco cada día, con el tiempo, se hace grande. Por ejemplo, ¿te tomas una soda cada día en el trabajo? Aparte del daño que le hace a tu salud, digamos que esa soda te cuesta un dólar. Si trabajas seis días a la semana, en el transcurso de un año, gastas más de trescientos dólares en sodas. ¿Qué podrías hacer con $300?

En lugar de comprar la soda cada día, podrías llevarte una botella llena de agua o de algún refresco. Te satisface la sed igual que la soda. La soda que compras en el trabajo sólo te engorda, pero el refresco que llevas de la casa engorda tu cuenta bancaria.

Otro ejemplo: ¿te compras el lonche en el trabajo? Digamos que te cuesta cinco dólares. Si trabajas seis días a la semana, estás gastando más de mil quinientos dólares al año en lonches. Podrías llevar algo hecho en casa que te cuesta 1 ó 2 dólares, y ahorrarte más de mil dólares al año. ¿Qué podrías hacer con mil dólares? ¿Te servirían de algo?

La prosperidad no llega al ganar la lotería o recibir una herencia inesperada, sino de ahorrar poco a poco, regularmente, buscando recortar en gastos pequeños y ahorrar la diferencia. Así se puede salir de deudas, ahorrar para el futuro y tener un colchón.

El evangelio no es un secreto para conseguir enormes riquezas económicas. Pero sí nos trae verdadera prosperidad, si aprendemos a poner en práctica los principios que Dios mismo nos enseña en su Palabra. En cambio, si no queremos poner en práctica los principios que Dios nos enseña, no debemos quejarnos de que las cosas no nos salgan bien. Por su amor, Dios nos ha dicho cómo podemos vivir una vida próspera. La pregunta que tenemos que contestar es ésta: ¿seguiremos sus instrucciones?


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