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Domingo 8 de Diciembre del 2002

El autobús se está quemando
Pastor Tony Hancock

Se cuenta la historia de un joven, estudiante de seminario, cuyo maestro de homilética se frustraba con los títulos que ponía el muchacho a sus sermones. Resulta que el hombre solía usar epígrafes que, si bien representaban el contenido del sermón, no despertaban ningún interés en el oyente.

En alguna ocasión, por ejemplo, puso como título a su mensaje, Consecuencias escatológicas de la doctrina paulina del rapto. Fue en esa misma ocasión que el profesor finalmente explotó.

"Tus sermones son buenos, ¡pero los títulos que les pones dormirían a cualquiera! Quiero que hagas esto. La próxima vez que escribas un sermón, imagina que ese título se va a exponer en el letrero de una iglesia. ¡Dale un título a ese sermón tan interesante que hará que las personas se bajen de los autobuses!" El siguiente sermón que predicó el estudiante se titulaba "¡El autobús se está quemando!" ¡Había cumplido con las instrucciones de su maestro!

Yo no sé de qué se trataba aquel sermón, pero sí sé que el tema que tenemos entre manos, el tema de la fe, es el más importante que existe. En cierto sentido, se podría decir que estamos anunciando al mundo que el autobús está encendido - la vida que llevan, el mundo que habitan, y la cultura que es su ambiente están destinados a la destrucción si no se someten al señorío de Cristo.

En semanas pasadas, hemos hablado de la importancia de aceptar el señorío de Cristo - de bajar, por decirlo así, de ese autobús que se está quemando. Hoy Dios nos presenta algo distinto en su Palabra. No solamente nos urge someternos al señorío de Cristo; también tenemos que retener esa fe en él que hemos profesado.

Veamos lo que Dios nos dice al respecto.

Lectura: Hebreos 3:1-6, 15-19

3:1 Por tanto, hermanos santos, participantes del llamamiento celestial, considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús;
3:2 el cual es fiel al que le constituyó, como también lo fue Moisés en toda la casa de Dios.
3:3 Porque de tanto mayor gloria que Moisés es estimado digno éste, cuanto tiene mayor honra que la casa el que la hizo.
3:4 Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios.
3:5 Y Moisés a la verdad fue fiel en toda la casa de Dios, como siervo, para testimonio de lo que se iba a decir;
3:6 pero Cristo como hijo sobre su casa, la cual casa somos nosotros, si retenemos firme hasta el fin la confianza y el gloriarnos en la esperanza.
...
3:15 entre tanto que se dice: Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones, como en la provocación.
3:16 ¿Quiénes fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los que salieron de Egipto por mano de Moisés?
3:17 ¿Y con quiénes estuvo él disgustado cuarenta años? ¿No fue con los que pecaron, cuyos cuerpos cayeron en el desierto?
3:18 ¿Y a quiénes juró que no entrarían en su reposo, sino a aquellos que desobedecieron?
3:19 Y vemos que no pudieron entrar a causa de incredulidad.

El mensaje que vemos en este pasaje es tan importante para nosotros como lo sería El autobús se está quemando, pero para entenderlo, tenemos que volver por un momento a la situación de los lectores iniciales.

Esta carta se llama Hebreos porque fue escrita a un grupo de hebreos, o judíos, que habían recibido el evangelio. Habían aceptado a Cristo, pero ahora enfrentaban una situación muy difícil. Por un lado, sus familiares judíos que no habían reconocido a Jesús como el Mesías los presionaban para que renunciaran su nueva fe y regresaran al judaísmo.

Por el otro lado, el gobierno había empezado a perseguir a los creyentes. Podían perder su propiedad y su libertad por confesar el nombre de Cristo, que se consideraba actividad sediciosa.

Les hacía falta saber, entonces, si valía la pena retener la fe que ellos habían profesado. Después de todo, su fe judía era una revelación de Dios, ¿no es cierto? ¿Por qué no regresar a esa creencia anterior, en vez de pagar el precio por seguir a Jesucristo?

La gran mayoría de nosotros no somos judíos convertidos, pero enfrentamos tentaciones muy similares a las que ellos enfrentaban. Hay un precio a pagar por seguir a Cristo, y nos podemos preguntar si vale la pena pagarlo. La respuesta rotunda, respaldada aquí con razonamientos y ejemplos del Antiguo Testamento, es que sí vale la pena. De hecho, pertenecer a Jesús es tan importante que debemos de esforzarnos por retener nuestra fe en él.

El punto central de la comparación entre Moisés que vemos en los versos uno al seis es éste: Moisés era un siervo fiel en la casa de Dios, y despreciar la revelación que fue dada a través de él resultaba en condenación. ¿Cuánto más, entonces, será condenado el que rechaza la revelación dada a través de Cristo, que no es un siervo, sino el Hijo y dueño de la casa?

La idea no es de menospreciar a Moisés, quien fue fiel; es de exaltar a Cristo. Nosotros podemos llegar a ser parte de la casa de Dios. Es decir, podemos llegar a formar parte de su hogar. Pero hay una condición: dice, con tal que mantengamos nuestra confianza y la esperanza que nos enorgullece.

Ahora bien, nosotros creemos en la perseverancia de los santos. Este nombre simplemente significa que toda persona que realmente es salva jamás perderá esa salvación. Esta doctrina la enseña la Biblia, y nos debe de dar gran estímulo en nuestra fe.

Pero el otro lado de la moneda es el que se ve aquí. Toda persona que realmente es salva persevera. En otras palabras, la medida de la realidad de tu salvación no es la emoción que sentiste la noche de entregarte al Señor, o los dones del Espíritu que has recibido; esa medida está en perseverar en la fe.

Entonces, surge la pregunta: ¿qué significa perseverar? No significa vivir una vida perfecta, o jamás pecar, o nunca pasar un mal rato; significa retener la fe en Cristo, y regresar siempre al camino. Un famoso predicador de antaño dijo que el verdadero creyente a veces se extravía del camino, pero siempre regresa a él.

Es una triste realidad de la vida cristiana que a veces caemos; la medida de nuestra perseverancia está en levantarnos del suelo y seguir adelante. Lo que nos levanta, en vez de dejarnos tirados, es nuestra fe en Jesucristo. Si perdemos la fe, entonces sí lo hemos perdido todo.

Hay dos maneras que podemos perder la fe.

I. La fe se puede perder por descuido

Esto es lo que se menciona en el versículo uno del capítulo dos. Ahí se refiere a perder el rumbo. Podemos ser como marineros que simplemente se olvidan de revisar los instrumentos, y se pierden en las olas del mar.

Jesús habló de esta realidad en la parábola del sembrador. Había dos clases de terreno en que la semilla brotó, pero no dio fruto. En una de ellas, no había raíz; en la otra, los espinos ahogaron las pequeñas plantas. En cada caso, se ve una respuesta inicial, pero posteriormente se abandona la verdad.

En la interpretación de la parábola, Jesús explica que estos terrenos representan a las personas que permiten que los problemas o el atractivo del mundo distraiga su atención. Estas personas no tomaron una decisión consciente de abandonar su fe; más bien, simplemente permitieron que otras cosas desplazaran el lugar de la fe en su vida.

La mayoría de las veces, la fe se pierde por descuido. Muy poca gente amanece algún día pensando, Hoy voy a abandonar a Cristo. Más bien, dejan de invertir el tiempo necesario en mantener esa relación. Dejan que crezcan las malas hierbas y ahoguen esa fe que tienen en Cristo.

Puede empezar una mañana de domingo que amanecen con un poco de sueño, y deciden: Esta vez me voy a quedar en la cama. Al domingo siguiente, El clima es tan bonito, mejor vamos a adorar a Dios en la playa. Finalmente, Ya no quiero ir a la iglesia. Hay tanta gente nueva, que no conozco a nadie.

Puede empezar también con alguna amistad que sabemos que no nos conviene, pero parece ser tan inofensiva. ¿Qué hay de malo en simplemente pasar tiempo con esta persona? -nos preguntamos. Poco a poco vamos descubriendo que esa persona ha alejado nuestro afecto del que debe estar en primer lugar, Cristo Jesús.

Hermanos, pertenecer a Jesús es sumamente importante. Es la cosa más importante en la vida. Por esa razón, debemos de esforzarnos por retener nuestra fe en él. No permitamos que el descuido nos robe nuestra fe. No dejemos que otra cosa ocupe el lugar de Cristo en el trono de nuestro corazón.

La mayoría de nosotros corremos el peligro de caer en el descuido. Pero hay otro peligro, y es que

II. La fe se puede perder por apostasía

Esto es lo que vemos en los versos quince y siguientes. Aquí se hace referencia a la rebelión de los israelitas cuando andaban en el desierto. ¿Recuerdan la historia? Después de salir de su esclavitud en Egipto, habiendo visto milagro tras milagro, probaron la paciencia de Dios en el desierto.

Solemos pensar en el momento en que llegaron a Cades-Barnea y aceptaron el reporte de los diez espías, pero realmente la rebelión empezó desde mucho antes. Habían rechazado el liderazgo de Moisés, habían dudado de la provisión de Dios, y habían deseado el regreso a Egipto.

El escritor de la carta a los Hebreos nos insta a no ser como ellos. Ellos no pudieron entrar a la tierra prometida por su falta de fe - fueron incrédulos. En este caso, la situación es un poco diferente al descuido. Estas personas se rehusaron a creer en Dios. Habían visto sus milagros, habían oído su voz, pero cuando llegó el momento de la prueba, decidieron no creer.

Dios dice que ellos le probaron la paciencia. Ellos querían ver hasta dónde llegaba la paciencia de Dios, así que seguían rechazando e ignorando su voz, para ver hasta qué punto los soportaría Dios.

Hay una advertencia muy solemne para nosotros aquí. Muchas veces nos fijamos tanto en la misericordia de Dios que podemos llegar a ser complacientes. Nos confiamos de esa misericordia. Llegamos a pensar, Bueno, puedo seguir fallando, porque al fin y al cabo, Dios me va a perdonar. No es muy difícil pasar de esa actitud a la de decir, A ver hasta dónde me deja llegar Dios.

Ningún pecado vale el riesgo de perder la fe. Si tienes el deseo de probar hasta dónde puede llegar la gracia de Dios, ten mucho cuidado. La gracia de Dios es ilimitada; pero mediante la apostasía, puedes destruir tu propia capacidad para recibir esa gracia.

Hace algunos días, me sorprendió un sonido recio al frente de la casa. Al asomarme, descubrí que un inmenso pino se había caído, y ahora bloqueaba el tránsito en la calle. Era algo extraño, pues el día estaba soleado, tranquilo, sin viento ni lluvia para ocasionar el suceso. Al examinar el tronco, sin embargo, descubrí que estaba casi hueco. Los termites se habían metido a la madera, y habían debilitado el árbol.

No dejes que los termites de la preocupación, de la distracción, o del simple descuido debiliten tu fe. Esfuérzate en retener esa fe en Jesús, el único que te puede salvar.


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