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Domingo 8 de Marzo de 2015

Una oración de prosperidad
Pastor Tony Hancock

Muchos calculan que el hombre más rico en la historia del mundo fue Juan D. Rockefeller, fundador de una compañía petrolera que dominó el mercado en su día. Sus ingresos llegaron a equivaler a más del uno por ciento de la actividad económica total de los Estados Unidos. Interesantemente, también era bautista, y enseñó una clase de escuela dominical durante muchos años.

En cierta ocasión, alguien le preguntó cuál era el secreto para alcanzar la prosperidad. ¿Quieres escuchar el secreto que compartió el hombre más rico en la historia del mundo? Tiene tres partes. 1. Llega temprano al trabajo. ¡Muy buen consejo! 2. Quédate en el trabajo hasta tarde. ¡También un buen consejo! 3. Descubre petróleo.

No sé si ese último punto esté al alcance de la mayoría de nosotros. Sería agradable descubrir petróleo en el patio de la casa, pero dudo que nos suceda a muchos de nosotros. Bueno, si ese método no está a nuestro alcance, ¿cómo podemos alcanzar la prosperidad? ¿Te gustaría tenerla?

En su tercera carta, el apóstol Juan hace una oración por su amigo Gayo que nos enseña mucho acerca de la prosperidad, y cómo recibirla. Quizás, cuando viste el título del mensaje para esta mañana, el siguiente pensamiento pasó por tu mente: "¡Qué bueno! El pastor me va a dar una oración que puedo repetir, y con eso me va a llegar la prosperidad."

Pero la verdadera prosperidad no funciona así. No se recibe con repetir unas cuantas frases mágicas. Si te aparece un mensaje en tu Face o por email diciéndote que puedes hallar la prosperidad con sólo repetir cierta oración, reconócelo por lo que es: pura superstición, nada más.

Más bien, en esta oración descubrimos el camino a la verdadera prosperidad. Abramos la Biblia en 3 Juan, y leamos los versos 1 al 4:

1 El anciano a Gayo, el amado, a quien amo en la verdad.
2 Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma.
3 Pues mucho me regocijé cuando vinieron los hermanos y dieron testimonio de tu verdad, de cómo andas en la verdad.
4 No tengo yo mayor gozo que este, el oír que mis hijos andan en la verdad.

El apóstol Juan fue uno de los discípulos más jóvenes de Jesucristo. Es posible que sólo haya tenido 18 ó 19 años cuando lo empezó a seguir. Juan fue probablemente el último de los apóstoles en morir, y cuando escribió esta carta, ya llegaba al final de su ministerio.

Después de muchos años de servir al Señor, era anciano en doble sentido: había llegado a una avanzada edad, pero también ejercía autoridad como apóstol sobre un conjunto de Iglesias en lo que hoy es el país de Turquía. Esta carta se escribió a uno de sus colaboradores en una de las Iglesias de su responsabilidad.

Fíjense cómo Juan le habla a Gayo. Gayo no era el pastor de la Iglesia, sino un miembro activo y trabajador. Juan lo trata con mucho cariño y amabilidad. Le muestra calidez y amistad sincera. Esto es algo que se manifiesta en una Iglesia sana. En las Iglesias enfermizas, los hermanos viven en desconfianza y arrogancia. En una Iglesia sana, en cambio, hay confianza y calidez. Si queremos encontrar esa clase de Iglesia, tenemos que hacerla - dando confianza y cariño a los demás.

Juan, escribiendo a Gayo, expresa su oración por él. Le dice: "Oro para que te vaya bien en todos sus asuntos y goces de buena salud, así como prosperas espiritualmente". Aquí descubrimos dónde comienza la verdadera prosperidad. La verdadera prosperidad comienza con el corazón.

El apóstol Juan sabía que Gayo conocía la prosperidad espiritual. Su corazón estaba bien con Dios. Su conciencia estaba limpia, y su espíritu vivía en comunión con el Espíritu Santo. Ahora, dice Juan, oro para que la salud de tu cuerpo y el éxito en sus proyectos refleje la prosperidad de tu corazón.

Muchas veces queremos poner esas cosas al revés. Queremos que Dios nos prospere económicamente y en salud; pensamos que, si El hace estas cosas, entonces nos acercaremos a El. Pero aquí vemos un orden diferente. Lo primero que tiene que prosperar es nuestro corazón.

Cuando era joven, vivimos por algunos años en una casa que quedaba cerca de la planta de tratamiento de las aguas negras de la ciudad. Durante el verano, había ocasiones en las que la planta producía un olor desagradable. La respuesta de los responsables de la planta fue rociar un perfume que disfrazaba el olor de las aguas negras.

Muchas personas parecen buscar una prosperidad de esa clase. Su corazón está lleno de desechos, de basura, de maldad y amargura. Buscan disfrazar el mal estado de su corazón con una casa grande, un carro lujoso, la última ropa y los aparatos electrónicos más modernos. Creen que viven en prosperidad, pero en realidad es falsa.

No hay que confundir la riqueza con la prosperidad. Hay muchos que tienen dinero, pero no son prósperos. La verdadera prosperidad tiene que empezar con el corazón. Esto lo confirma Proverbios 14:11: "La casa del malvado será destruida, pero la morada del justo prosperará".

El malvado podrá tener una gran mansión, y parece que la va muy bien; pero con el tiempo, terminará en la destrucción. Puede ser que sus hijos se desbalaguen, que su matrimonio se rompa o que alguna otra tragedia llegue a su hogar; lo seguro es que, con el tiempo, su casa será destruida.

En cambio, la morada del justo prospera. Hay un bienestar que fluye como un manantial desde el corazón del hogar y riega a todos los habitantes. ¿Qué es lo que trae este bello resultado? Es el carácter de la cabeza del hogar. Se describe como la morada del justo. No es la ubicación o el tamaño de la casa lo que trae la prosperidad, sino el carácter del dueño.

El malvado se puede mudar de vecindad, y la maldición lo acompaña. El justo puede vivir en una choza a la orilla del pueblo, pero la bendición fluye alrededor de él. ¿Quieres vivir en verdadera prosperidad? ¿Quieres que tu familia prospere? Tienes que empezar examinando el estado de tu propio corazón.

La cosa más importante es entregarle tu corazón a Jesucristo. Eso comienza con un arrepentimiento sincero. Proverbios 28:13 dice así: "Quien encubre su pecado jamás prospera; quien lo confiesa y lo deja, halla perdón". La prosperidad del corazón comienza cuando confesamos nuestro pecado ante Dios, reconociendo que le hemos fallado y que necesitamos su perdón.

Al arrepentirte del pecado, confías en que Jesucristo ha pagado la pena de tus pecados con su muerte en la cruz. Le entregas tu vida, y a cambio recibes la vida nueva de El en tu corazón por obra del Espíritu Santo. Solamente de un corazón renovado por la fe en Jesucristo puede fluir la verdadera prosperidad y la verdadera vida.

¿Conoces a Jesucristo? ¿Le has entregado el control de tu vida? Deja que el obre en tu corazón quitando toda amargura, todo rencor, toda culpabilidad, toda preocupación. Es sólo de un corazón próspero que la prosperidad verdadera puede fluir.

Pero también hay un crecimiento en la prosperidad. Dice el verso 3 de 3 Juan: "Me alegré mucho cuando vinieron unos hermanos y dieron testimonio de tu fidelidad, y de cómo estás poniendo en práctica la verdad". La verdadera prosperidad crece al caminar en la verdad.

Todo el mundo está buscando alguna solución instantánea para la prosperidad. Algunos te dirán que puedes garantizar la prosperidad si tan sólo arreglas tus muebles de cierto modo. Otros cuelgan una herradura en la pared y creen que les traerá suerte. Bueno, supongo que podría traer suerte - si se le cae a alguien en la cabeza, traerá mala suerte.

Pero la verdadera prosperidad viene cuando caminamos en los caminos del Señor y crecemos cada día en ellos. Es algo que se practica, como un deporte. Me recuerda la historia de la niña que fue a su primer día de escuela, toda emocionada porque iba a aprender a leer y a escribir.

Al regresar a la casa, su madre le preguntó: "¿Cómo te fue?" Cabizbaja, la niña le respondió: "Me fue muy mal. ¡Tengo que regresar mañana!" Seguramente se imaginó que en un día lo aprendería todo, y así es que muchos buscan encontrar una vida próspera. ¡No funciona así! Hay que practicar lo que vamos aprendiendo.

Cuando Josué iba a comenzar su tarea como líder del pueblo de Israel, Dios le dijo: "Recita siempre el libro de la ley y medita en él de día y de noche; cumple con cuidado todo lo que en él está escrito. Así prosperarás y tendrás éxito." (Josué 1:8) La prosperidad y el éxito vienen cuando conocemos cada vez más la Palabra de Dios, y la vamos poniendo en práctica.

Por otra parte, cuando el pueblo de Dios se alejó de su Señor, El les mandó este mensaje por medio de un profeta: "Así dice Dios el Señor: ¿Por qué desobedecen mis mandamientos? De ese modo no prosperarán." (2 Crónicas 24:20) La obediencia a Dios siempre trae bendición, mientras que la desobediencia produce problemas.

Seguramente ya te has dado cuenta de que no te he dado una fórmula mágica en esta mañana para recibir la prosperidad. Pero Dios nos ha dado algo mucho mejor: su Palabra. Nos ha dado a su Hijo, para que podamos tener perdón por medio de El. Si has estado buscando la prosperidad en los lugares equivocados, empieza hoy a buscar la verdadera prosperidad del corazón. No dejes de crecer en el conocimiento del Señor. En Cristo, puedes conocer la verdadera prosperidad que empieza desde lo más profundo de tu corazón y fluye en bendición a todos los que te rodean.


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