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Domingo 8 de Febrero de 2015

Una historia de juicio y salvación
Pastor Tony Hancock

El pasado tiene un gran efecto sobre el presente. La sombra de los conquistadores yace pesado sobre los países latinos. Los errores de los padres se visitan sobre la vida de sus hijos. Disfrutamos de las bendiciones que otros pelearon por lograr. Lo que se hizo antes nos afecta a nosotros, y lo que hacemos ahora afectará a otros que están por venir.

La semana pasada conocimos a Jacob y a Esaú, los mellizos que tan mala relación de hermanos tuvieron. Jacob se aprovechaba de los demás para conseguir lo que deseaba, mientras que Esaú era voluble e impulsivo. Terminaron separados, aunque años después, se llegaron a reconciliar.

En el caso de Jacob y Esaú, el pasado siguió repercutiendo durante más de mil años. Como un eco constante a lo largo de las edades, la rivalidad y el conflicto entre los hermanos volvía a aparecer una y otra vez en los pueblos que de ellos descendieron. Jacob llegó a ser el padre de la nación de Israel, mientras que Esaú fundó la nación de Edom. Los edomitas radicaron al sureste de la nación de Israel, y las dos naciones nunca se llevaron bien.

Cuando los israelitas salieron de su esclavitud en Egipto, Dios les mandó respetar a los edomitas al pasar por su tierra en el camino a la tierra prometida. Los edomitas, en cambio, no quisieron darles paso a los israelitas. No los trataron como hermanos.

En al menos dos ocasiones, cuando los enemigos de Israel invadieron su tierra, los edomitas se aprovecharon de la desgracia de sus hermanos para robarles y maltratarlos. Una de estas ocasiones sucedió durante el reinado de Jorán, unos cien años después de la muerte del rey Salomón. La otra ocasión fue cuando los babilonios invadieron la tierra y llevaron a los judíos al cautiverio.

En una de estas dos ocasiones - no estamos seguros en cuál de ellas fue - Dios levantó a un profeta llamado Abdías para pronunciar juicio contra los edomitas por su maldad e injusticia. El libro que él nos dejó, que lleva su nombre, es uno de los libros más cortos de la Biblia. Sin embargo, tiene un profundo mensaje para nosotros hoy en día. Con la ayuda del Espíritu Santo, vamos a escuchar la Palabra que Dios nos quiere declarar hoy.

Abramos la Biblia en el libro de Abdías, y leamos los primeros cuatro versículos:

1 Visión de Abdías. Jehová el Señor ha dicho así en cuanto a Edom: Hemos oído el pregón de Jehová, y mensajero ha sido enviado a las naciones. Levantaos, y levantémonos contra este pueblo en batalla.
2 He aquí, pequeño te he hecho entre las naciones; estás abatido en gran manera.
3 La soberbia de tu corazón te ha engañado, tú que moras en las hendiduras de las peñas, en tu altísima morada; que dices en tu corazón: ¿Quién me derribará a tierra?
4 Si te remontares como águila, y aunque entre las estrellas pusieres tu nido, de ahí te derribaré, dice Jehová.

No sabemos mucho acerca de Abdías. El rey Acab tenía un siervo del mismo nombre, y es posible que él sea el profeta que nos dejó este libro. Pero no estamos seguros, y Abdías era un nombre relativamente común. Su nombre significa "siervo de Jehová", un nombre muy apropiado para este profeta.

Dios declara su sentencia sobre Edom, llamando a las naciones a hacerle guerra. Luego declara su caso. Esta nación se consideraba invulnerable. Su ciudad capital, Sela, estaba asentada sobre una montaña alta y difícil de escalar. Era como el nido del águila, seguro en las alturas.

Pero Dios dice: "Tú confías en tu invulnerabilidad, pero yo te arrojaré de allí. Serás echado a tierra, y nadie te podrá rescatar." La ciudad de Sela hoy se conoce como Petra. Por muchos años, fue abandonada, aunque hoy es un atractivo turístico. Pero precisamente como Dios lo declaró, esta ciudad se volvió insignificante y, con el tiempo, abandonada.

En su orgullo, Edom pensaba que nadie la podría conquistar; hoy, la nación ya no existe. Dios se opone a cualquier orgullo, soberbia y prepotencia. La Biblia declara: "Porque Dios humilla a los altaneros, y exalta a los humildes." (Job 22:29, NVI) En este mundo, vemos a mucha gente prepotente y altanera que parece vivir muy bien. Es fácil pensar que deberíamos seguir su ejemplo.

Abdías nos demuestra lo que Dios piensa de tales personas y de tales naciones. Nos muestra el destino que les espera. Así como Dios se opuso al orgullo de Edom y lo tumbó de su elevado lugar, El también se opone a todo orgullo humano.

Sigamos leyendo ahora los versículos 5 al 8:

5 Si ladrones vinieran a ti, o robadores de noche (¡cómo has sido destruido!), ¿no hurtarían lo que les bastase? Si entraran a ti vendimiadores, ¿no dejarían algún rebusco?
6 ¡Cómo fueron escudriñadas las cosas de Esaú! Sus tesoros escondidos fueron buscados.
7 Todos tus aliados te han engañado; hasta los confines te hicieron llegar; los que estaban en paz contigo prevalecieron contra ti; los que comían tu pan pusieron lazo debajo de ti; no hay en ello entendimiento.
8 ¿No haré que perezcan en aquel día, dice Jehová, los sabios de Edom, y la prudencia del monte de Esaú?

Cuando llegan los rateros, sólo se llevan lo que pueden cargar. Cuando llega la vendimia, quedan algunas uvas en las ramas. Pero la destrucción de Edom sería total. La ciudad quedaría vacía, y así sucedió. Edom sería traicionada por sus propios aliados.

Aquí se menciona otra razón por el juicio de Edom. Cuando Jerusalén fue saqueada por sus enemigos, Edom tenía un tratado de paz con los israelitas. Sin embargo, ellos traicionaron ese pacto y se aprovecharon de la desgracia de Israel. Ahora, Dios les pagaría con la misma moneda.

Dios no sólo se opone a la soberbia; también se opone a la injusticia. El castiga la injusticia de las naciones, y de las personas. El juicio no siempre llega al instante, pero a su tiempo, vendrá. Como dijo el poeta, el molino de Dios muele despacio, pero muele muy fino. Todos los que obran injustamente un día tendrán su recompensa. Sólo tenemos que observar las ruinas de Sela para saber que Dios odia la traición y la injusticia.

Sigamos ahora con los versos 9 al 14:

9 Y tus valientes, oh Temán, serán amedrentados; porque todo hombre será cortado del monte de Esaú por el estrago.
10 Por la injuria a tu hermano Jacob te cubrirá vergüenza, y serás cortado para siempre.
11 El día que estando tú delante, llevaban extraños cautivo su ejército, y extraños entraban por sus puertas, y echaban suertes sobre Jerusalén, tú también eras como uno de ellos.
12 Pues no debiste tú haber estado mirando en el día de tu hermano, en el día de su infortunio; no debiste haberte alegrado de los hijos de Judá en el día en que se perdieron, ni debiste haberte jactado en el día de la angustia.
13 No debiste haber entrado por la puerta de mi pueblo en el día de su quebrantamiento; no, no debiste haber mirado su mal en el día de su quebranto, ni haber echado mano a sus bienes en el día de su calamidad.
14 Tampoco debiste haberte parado en las encrucijadas para matar a los que de ellos escapasen; ni debiste haber entregado a los que quedaban en el día de angustia.

La soberbia, la traición y ahora la violencia - tres acusaciones lanzadas contra Edom. En lugar de oponerse a la violencia y destrucción de sus vecinos israelitas, Edom se había unido a los ejércitos invasores para aprovecharse de su desgracia.

Como golpes del martillo al cincel, Abdías repite una y otra vez: "No debiste... No debiste reírte de tu hermano en su mal día, en el día de su desgracia." Al fondo, los problemas sociales y políticos reflejan la pérdida de la hermandad. Cuando se nos olvida que todos descendemos de un solo padre, Adán, se vuelve fácil aprovecharnos de otros o simplemente ignorar su desgracia.

En su ley, Dios nos llama a amar al prójimo como nos amamos a nosotros mismos. Lo opuesto se manifiesta en las palabras de Caín, el primer asesino: "¿Soy yo acaso guarda de mi hermano?" (Génesis 4:9). Cuando perdemos el amor hacia el prójimo, nos alejamos de Dios y nos acercamos cada vez más a destrucción. Edom se regocijó en la ruina de su hermano, pero les llegaría su día también.

Este mensaje no es sólo para Edom. Leamos los versos 15 al 16:

15 Porque cercano está el día de Jehová sobre todas las naciones; como tú hiciste se hará contigo; tu recompensa volverá sobre tu cabeza.
16 De la manera que vosotros bebisteis en mi santo monte, beberán continuamente todas las naciones; beberán, y engullirán, y serán como si no hubieran sido.

El día del Señor es el día del juicio de Dios, cuando El juzga toda la maldad, la soberbia y la injusticia de los hombres. El día del Señor se manifiesta en diferentes momentos de la historia humana; ya le llegó a Edom. Pero un día todas las naciones del mundo enfrentarán la ira del Señor.

Será un día de justicia, cuando toda la maldad que hayan hecho volverá sobre sus propias cabezas. Será un día de vergüenza, cuando toda la soberbia y el orgullo de los hombres se vuelve tan ridículo como el borracho que presume ser alguien. Terminará en la destrucción de todo lo que se opone a Dios.

Vi una vez una caricatura de unos exploradores. Con su telescopio miraban hacia todos lados, mientras comentaban: "No lo vemos por ningún lado". Lo que nosotros veíamos, pero ellos no, es que estaban parados sobre un enorme ojo. No alcanzaban a ver la bestia que buscaban porque no miraban en la dirección correcta.

Así es con el día del Señor, el día del juicio. Las naciones de este mundo no se dan cuenta del destino que les espera. Dicen: "Este mundo es una selva, y hay que convertirse en bestia para sobrevivir". Piensan que el orgullo, la injusticia y la violencia son las únicas maneras de sobresalir, y que no habrá consecuencias para ellos.

Pero ignoran el destino de Edom, y de tantas otras naciones del pasado: Babilonia, Asiria, Roma, y muchos más. En su día fueron grandes, pero fueron reducidos a la nada. Dios los destruyó. Pero todos estos momentos históricos son un simple presagio de lo que Dios un día hará con todos los rebeldes. Viene un día de juicio cuando todos tendremos que rendir cuentas de lo que hemos hecho.

Pero hay esperanza. Leamos ahora los versos 17 al 21:

17 Mas en el monte de Sion habrá un remanente que se salve; y será santo, y la casa de Jacob recuperará sus posesiones.
18 La casa de Jacob será fuego, y la casa de José será llama, y la casa de Esaú estopa, y los quemarán y los consumirán; ni aun resto quedará de la casa de Esaú, porque Jehová lo ha dicho.
19 Y los del Neguev poseerán el monte de Esaú, y los de la Sefela a los filisteos; poseerán también los campos de Efraín, y los campos de Samaria; y Benjamín a Galaad.
20 Y los cautivos de este ejército de los hijos de Israel poseerán lo de los cananeos hasta Sarepta; y los cautivos de Jerusalén que están en Sefarad poseerán las ciudades del Neguev.
21 Y subirán salvadores al monte de Sion para juzgar al monte de Esaú; y el reino será de Jehová.

Viene un día de juicio sobre las naciones, pero también viene la liberación para el pueblo de Dios. Edom, representando a todos los rebeldes contra Dios, arderá como fuego. Pero en el monte Sión habrá liberación. El monte Sión es el lugar de Jerusalén, y representa el trono de Dios, pues allí estaba el templo.

Dios levantó libertadores, como lo prometió en el verso 21. Durante los días de los macabeos, unos 150 años antes de la venida de Cristo, esta profecía se cumplió en parte. Se cumplirá perfectamente durante el milenio, cuando Cristo reinará sobre la tierra.

Pero hay una aplicación mucho más amplia para nosotros. Dios ha levantado para nosotros un libertador, nuestro Señor Jesús. En el monte Sión, El entregó su vida por nosotros para que pudiéramos ser liberados. Por fe en El, entramos al reino de Dios. En lugar de ser condenados con los reinos de este mundo, podremos vivir para siempre con El como nuestro Rey.

A nosotros nos toca hoy escoger a quién vamos a seguir. ¿Seguiremos a los reinos del mundo, en su arrogancia, prepotencia y violencia? ¿O seguiremos al verdadero Libertador, el único que triunfó sobre la muerte y nos ofrece verdadera vida? Para seguirle a El, tenemos que darle la espalda a este mundo con su maldad y engaño. Pero sólo así podemos vivir para siempre en un reino que será glorioso cuando todos los reinos de este mundo se hayan quedado como Edom.


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