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Domingo 11 de Enero de 2015

Valor para compartir
Pastor Tony Hancock

Los sirios se habían propuesto conquistar a los israelitas, así que llegaron a la ciudad capital de Samaria y la rodearon con sus tropas. Nadie podía entrar ni salir de la ciudad, y la comida se había acabado. La gente se vio obligada a buscar cualquier cosa que se pudiera consumir. Hasta barrían las jaulas donde habían vivido las palomas, y vendían el excremento a un precio muy elevado.

Todo esto sucedió porque el pueblo había abandonado al Señor. Aunque no se arrepintieron, El se compadeció y decidió liberarlos. Durante la noche, hizo que las tropas que rodeaban la ciudad de Samaria escucharan un ruido, como de muchos caballos y carros de guerra. Se espantaron, pensando que los israelitas habían contratado ejércitos del extranjero para pelear contra ellos. De inmediato huyeron, dejando su comida y ropa en las tiendas de campaña.

Unos cuatro leprosos vivían a la entrada de la ciudad. No podían entrar a causa de su enfermedad. Sin saber lo que había sucedido con el ejército sirio, decidieron acercarse a su campamento para pedirles ayuda. "Lo peor que pueden hacer es matarnos", dijeron, "y si nos quedamos aquí, nos vamos a morir de hambre. ¡No tenemos nada que perder!"

Para su enorme sorpresa, cuando llegaron al campamento de los sirios, ¡lo encontraron totalmente abandonado! Se metieron a una de las carpas, y encontraron toda clase de comida y ropa. Muertos de hambre, comenzaron a devorar todo lo que pudieran encontrar. Sin embargo, después de comer un rato, uno de ellos comentó: "Esto no está bien. Hoy es un día de buenas noticias, ¡y nosotros no lo hemos dicho a nadie! Si esperamos hasta la mañana, seguro que nos ocurre alguna calamidad. ¡Vamos, regresemos al palacio y contémosle a la gente!" (2 Reyes 7:9 NTV)

Fueron a la ciudad y dieron el aviso de lo que había sucedido. Al día siguiente, la comida se volvió a vender en los mercados de Samaria a un precio normal. Sabes, tú y yo estamos en la situación de aquellos leprosos. Hemos encontrado un espléndido manjar, mientras muchos se mueren de hambre.

No me refiero a un banquete de comida física, sino a la mesa de salvación que Dios ha puesto delante de nosotros. Nos congregamos todos los domingos, celebrando el hecho de que nuestros pecados han sido perdonados. Nos gozamos en el privilegio de hablar con Dios acerca de nuestros problemas, y saber que El responderá. Disfrutamos su cuidado y su protección, pero ¡no se lo contamos a nadie! Tenemos las mejores noticias de todas - que Cristo ya venció la muerte y nos invita a una vida plena con El - pero las guardamos sólo para nosotros.

Como dijeron aquellos leprosos, ¡esto no está bien! Tenemos que compartir estas buenas noticias con otros. Pero ¿por qué no las compartimos? ¿Por qué nos quedamos callados? Me parece que nos hace falta valor para compartir. Hoy vamos a leer un pasaje que nos da unas pistas para tener ese valor. Les invito a que no sólo leamos este pasaje, sino que lo guardemos en nuestro corazón. Se encuentra en 1 Pedro 3:14-16:

3:14 Mas también si alguna cosa padecéis por causa de la justicia, bienaventurados sois. Por tanto, no os amedrentéis por temor de ellos, ni os conturbéis,
3:15 sino santificad a Dios el Señor en vuestros corazones, y estad siempre preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo el que os demande razón de la esperanza que hay en vosotros;
3:16 teniendo buena conciencia, para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, sean avergonzados los que calumnian vuestra buena conducta en Cristo.

¿A qué le tienes miedo? Muchas veces nuestros temores no son muy lógicos. Pero cuando tenemos un encuentro con la realidad, las cosas cambian de perspectiva. El autor C.S. Lewis comentó una vez que ya no le tendremos miedo a un gusano después de encontrarnos con una víbora cascabel, ni le tendremos miedo a una vaca después de conocer un toro embravecido.

Dios nos enseña aquí en su Palabra que el valor para compartir nace de temer lo correcto. ¿Qué dice el verso 14? "No teman lo que ellos temen, ni se dejen asustar." ¿Cuáles son las cosas que teme la persona que piensa según los criterios del mundo? Le tiene temor al qué dirán, al rechazo de la gente, a quedar mal. Le tiene temor a la persecución, a lo que la gente le puede hacer - hablar detrás de sus espaldas, sembrar chismes y cosas peores.

Pero ¡nosotros no tenemos por qué temer lo que ellos temen! ¿Qué nos dice Pedro que debemos hacer? "Más bien, honren en sus corazones a Cristo como Señor." Cuando reconocemos la gloria y el poder y la grandeza de Cristo, lo que dice la gente ya no nos parecerá tan importante. Al escuchar el rugir del León de Judá, ya no le daremos importancia al maullar de los gatos que nos rodean.

¿Qué puede hacernos la gente? Nos pueden lastimar por un momento, quizás. Supongo que nos podrían llegar a quitar la vida. Pero ¿qué nos puede hacer Dios? Su poder es mucho más grande. El tiene poder para salvar, y también para condenar. ¿Qué nos importa más: lo que puede decir la gente, o lo que Dios dice de nosotros?

El valor para compartir nace de temer lo correcto. Dime, ¿a qué le tienes miedo? Deja de tenerle miedo a la gente, porque ellos nada pueden hacer por ti. Más bien, decídete a honrar en tu corazón a Cristo, a reconocerlo como tu Señor. Conforme más grande se hace Cristo ante tu vista, más pequeña se hará la gente.

Una vez que hayamos comprendido de dónde viene el valor para compartir, tenemos que prepararnos para los momentos oportunos. El verso 15 nos dice: "Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes". El valor para compartir se prepara para los momentos oportunos.

Si nosotros le pedimos a Dios que nos abra la puerta para testificar y caminamos por la vida con los ojos abiertos, El traerá a nuestro camino personas que El ha preparado para escuchar el mensaje de salvación. Alguien le ha puesto por nombre a estos encuentros citas divinas. Dios, en su agenda celestial, pone la hora y la fecha para estas conversaciones que a nosotros nos parecen pura coincidencia.

Lo importante es estar preparados para que estas oportunidades no nos tomen por sorpresa. Pueden presentarse en una conversación con un compañero de trabajo, en alguna tragedia familiar, en una visita que hacemos a un desconocido o en cualquier otro momento de la vida. Si Dios te abriera esa puerta, ¿qué dirías? ¿Cómo le responderías a alguien que te preguntara sobre tu fe?

Hay dos cosas que puedes hacer para prepararte. En primer lugar, repasa tu testimonio. Lo mejor es escribirlo en una hoja de papel, porque esto te ayudará a poner tus pensamientos en orden. Cuenta cómo fue tu vida antes de conocer a Cristo, cómo lo llegaste a conocer y cuáles cambios ha traído a tu vida desde conocerlo. Todo esto no debe tomar más de 2 ó 3 minutos.

En segundo lugar, memoriza una forma sencilla de presentar el evangelio. Puede ser la ilustración del puente o las cuatro leyes espirituales. También puedes usar la historia del hijo pródigo. Memoriza algunos versículos que puedas usar para respaldar la presentación. No tiene que ser nada complicado, y no debe durar más de 5 minutos.

Cuando era niño, un día, una de nuestras vecinas se presentó a la puerta de nuestra casa y pidió hablar con mi madre. Nosotros la conocíamos de vista, pero la relación no pasaba de allí. Cuando llegó mi madre, esta señora le dijo: "La he estado observando cuando llega y sale de su casa, y veo en usted mucha paz. Dígame, ¿cómo puedo yo tener esa paz que usted tiene?"

Mi madre le compartió el evangelio, y esta mujer aceptó a Cristo como Señor y Salvador. Ahora dime: ¿qué harías tú en esa situación? ¿Estarías preparado para guiar a esta persona a recibir la salvación? ¿O le dirías: "No sé, déjame hablarle al pastor para que te lo explique"? La Biblia te dice: "Estén siempre preparados para responder". ¿Estás preparado? Si no lo estás, empieza a prepararte.

Pero hay una cosa más que tenemos que comprender. Es que el valor para compartir se expresa con amabilidad y buen testimonio. Dice el verso 16: "Pero háganlo con gentileza y respeto, manteniendo la conciencia limpia, para que los que hablan mal de la buena conducta de ustedes en Cristo, se avergüencen de sus calumnias."

Seguramente habrá momentos en nuestra vida cristiana en que nos convertiremos en blanco de las críticas. Hablarán de nosotros a causa de nuestra fe. ¿Cómo debemos responder? Pedro nos dice que mantengamos siempre la gentileza y la humildad, manteniendo la conciencia limpia.

Tengo que confesar que, en algunas ocasiones, he perdido la ecuanimidad al enfrentar críticas injustas o ataques de personas malintencionadas. Lo que he descubierto es que el resultado nunca es bueno, cuando uno pierde la gentileza y la humildad. Si te critican con agresividad por ser creyente, y tú les pagas con la misma moneda, nada bueno resultará.

En cambio, si llevas tus sentimientos al Señor en oración y encuentras en El las fuerzas para mantener la calma, para ser cortés y humilde en todo momento, es muy posible que termines ganándote a la persona que te está atacando. Por lo menos, si lo haces, mantendrás la conciencia limpia y tranquila. No tendrás de qué reprocharte.

Se cuenta la historia de un joven recluta que, su primera noche en el cuartel, se arrodilló junto a su cama para orar. Cuando los demás soldados lo vieron, se empezaron a burlar de él, le tiraron botas y le dijeron groserías. La noche siguiente sucedió lo mismo, y la próxima, hasta que el soldado fue para hablar con el capellán y pidió su consejo.

"Bueno", le dijo el capellán, "ya no estás en la casa, y los otros muchachos tienen el mismo derecho de estar en el cuartel que tú. ¿Por qué mejor no oras acostado en la cama? Dios te oirá, y así no provocas a tus compañeros." Pasaron dos o tres semanas, y el capellán volvió a ver al muchacho. "¿Qué tal te ha ido?" le preguntó. "¿Seguiste mi consejo?"

"Intenté hacerlo", le dijo el joven, "pero me sentía mal - como un perro castigado. La tercera noche me bajé de la cama, y oré arrodillado como siempre." "¿Qué pasó?" le preguntó el capellán. "Bueno, ahora tenemos reunión de oración todas las noches, y tres se han convertido, y seguimos orando por los demás", le dijo el soldado.

Dios hizo algo grande con un joven que tuvo valor para compartir. ¿Qué podrá hacer contigo? ¿Qué podrá hacer a tu alrededor, si honras a Cristo en tu corazón, te preparas para los momentos oportunos y te expresas con amabilidad y un buen testimonio? No te quedes con las buenas noticias. Busca el valor para compartir.


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