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Domingo 16 de Noviembre de 2014

El precio de amar
Pastor Tony Hancock

Un joven quería conquistar el corazón de una muchacha, a pesar de que ella lo había rechazado en varias ocasiones. "¿Qué tengo que darte para que te enamores de mí?" - le preguntó a la joven. "El amor no tiene precio" - le respondió ella. Pero él seguía empeñado en ganarse su amor.

Por fin, decidió enviarle un pequeño regalo cada día por correo. De ese modo pensaba comprar su afecto y, con el tiempo, su amor. Al final del mes, su plan funcionó, hasta cierto punto. La muchacha terminó enamorada... del cartero.

El amor no se puede comprar - esto es verdad. Si se da a cambio de dinero, entonces no es amor - es algo diferente. En este sentido, es muy cierto que el amor no tiene precio. Pero amar sí tiene un precio - y puede ser muy alto. Ese precio lo paga la madre que se queda despierta para atender a su niño enfermo, en lugar de disfrutar del sueño. Lo paga el padre que trabaja horas extras para poder darles a sus hijos la oportunidad de estudiar.

¿Quién ha pagado el precio más alto a causa del amor? Ese precio lo pagó Dios. Esta es la historia del amor de Dios. En el principio, El formó al hombre y a la mujer. Con cuidado y atención, formó cada detalle. Los hizo a su imagen, con un espíritu, para que fueran capaces de conocerlo a El y tener amistad con El. Después los puso en un jardín bello, donde abundaba todo lo que ellos necesitaban para vivir felices y contentos.

Dios les hablaba directamente. Ellos podían conversar con El, así como uno habla con su confidente más cercano. Pero llegó otro para hablarles también, una serpiente con mucha astucia. Ellos decidieron escuchar más bien a la serpiente, y olvidaron las palabras que Dios les había dicho. Desobedecieron el mandamiento que Dios les había dado.

Como resultado, tuvieron que abandonar el bello jardín que Dios les había preparado, y vivir de lo que podían sacar con trabajo de la tierra. Pero aun así no decidieron volver a Dios y pedirle perdón. La humanidad prefirió su propio camino. Su maldad llegó a ser tan grave que Dios tuvo que destruir toda la tierra con un enorme diluvio, y empezar de nuevo con una sola familia - la familia de Noé.

Pero aun después de esta gran tragedia, la humanidad no cambió de rumbo. Noé mismo fue el primer borracho presentado en la Biblia. Antes de que pasaran muchas generaciones, los hombres se habían olvidado del Dios del cielo - el Dios que los creó - y habían fabricado ídolos, dioses falsos para adorar y servir.

Le dieron la espalda al Dios verdadero, y prefirieron servir a otros dioses - que sus mismas manos habían hecho. Estos dioses eran crueles. Algunos les exigieron que sacrificaran a sus propios hijos en el fuego. Otros los obligaban a convertir a sus hijas en prostitutas para servir a su falso dios.

Con todo esto, Dios no le dio la espalda a la humanidad que había creado. Siguió bendiciendo la tierra y guiando el destino de las naciones. También llamó a un hombre, Abraham, y le prometió que se convertiría en padre de una gran nación. Abraham no se ganó este privilegio por su gran justicia. Simplemente creyó lo que Dios le había dicho, y Dios contó su fe por justicia.

Dios no había escogido a Abraham simplemente para bendecirlo a él y a sus descendientes. No se trataba simplemente de formar una nación para Dios, olvidando a demás naciones del mundo. Más bien, Dios le dijo a Abraham: "Por medio de ti serán bendecidas todas las naciones de la tierra" (Génesis 22:18). En su amor, Dios no se había olvidado de la humanidad. Más bien, El estaba preparando el camino para ofrecer salvación a toda la humanidad.

Poco a poco, Dios empezó a realizar su plan de amor. A los descendientes de Abraham, los israelitas, Dios les dio su ley para que supieran cómo es la vida que El espera de nosotros. Les dijo que debían amar a su prójimo como a sí mismo, y no aprovecharse los unos de los otros.

También les envió profetas para anunciarles lo que venía. Entre otras cosas, estos profetas les dijeron que Dios iba a mandar un Salvador, llamado el Mesías. Este Mesías sería un rey, pero sería un rey diferente de todos los reyes que había en el mundo. En lugar de oprimir a su pueblo para su propio beneficio, sufriría para rescatarlos. Daría su vida en pago de la rebelión del mundo.

Por fin, llegó el momento esperado. El Mesías prometido nació. Creció en una familia humilde, sin lujos ni ventajas. Cuando llegó a ser adulto, empezó a predicar un mensaje de arrepentimiento. Llamó a las personas a reconocer la llegada del reino de Dios y prepararse para vivir en él.

Durante toda su vida, mostró tener una relación inusual con Dios. Cuando entraba a la adolescencia, se quedó en el templo para conversar con los maestros de la ley. Cuando sus padres le preguntaron por qué lo había hecho, les respondió: ¿No entienden que tengo que estar en los asuntos de mi Padre? En varias ocasiones más, mostró que conocía a Dios y se identificaba con El de un modo que ningún otro ser humano lo ha hecho.

Pero las autoridades se sintieron amenazadas por este predicador tan sincero y directo. Decidieron terminar con El, y tristemente, el pueblo los apoyó en su propósito. Terminó muerto en una cruz, sufriendo el castigo que solía aplicarse a los homicidas, los terroristas y otros personajes malvados.

Lo que nadie entendía, menos El, era que esto es precisamente lo que Dios había planeado. El sabía lo que iba a suceder cuando envió a este Salvador al mundo, pero lo hizo a propósito. Su muerte en la cruz no fue simplemente una gran tragedia. En la muerte de ese hombre perfecto e inocente, se pagó la deuda de pecado de cada persona. El murió en el lugar de los pecadores, sufriendo lo que la humanidad rebelde merecía.

¿Cuál fue el precio del amor de Dios? El amor le costó a Dios la vida de su propio Hijo. Romanos 5:8 lo dice claramente: "Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros." Dios podría habernos abandonado en nuestro pecado, dejándonos para enfrentar el infierno que nuestra rebelión merece.

Pero El no quiso hacerlo. El no es impasible, insensible al dolor. En su amor, El estuvo dispuesto a pagar el precio para que pudiéramos ser reconciliados con El. Juan 3:16 lo declara: "Porque tanto amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna." Dios nos amó tanto que El estuvo dispuesto a darlo todo, hasta su propia sangre en la cruz, para que pudiéramos volver a El.

El triunfo del amor de Dios fue tan grande que no se terminó con la muerte de Jesucristo. El resucitó, venciendo la muerte y el pecado. Ahora vive, y reina a la mano derecha del Padre. Su Espíritu está presente en el corazón de cada persona que lo ama y lo reconoce como Señor y Salvador. El ha prometido regresar un día para llevar a todos los que lo conocen a vivir con El para siempre.

Si Dios nos ha demostrado su amor de esta forma tan grande, ¿cómo debemos responder? ¿Cómo podemos corresponder al precio tan grande de amor que Dios pagó por nosotros? La primera cosa que tenemos que hacer es volvernos a El y reconocerlo como nuestro Dios y Rey. De otro modo, despreciamos y desechamos su amor.

Si tú nunca has aceptado a Cristo como tu Señor y tu Salvador, El te invita hoy a que lo conozcas. El pagó un precio incalculable para que tus pecados pudieran ser perdonados y pudieras ser reconciliado con Dios Padre. Pero si tú no te arrepientes del pecado, si tú prefieres seguir viviendo lejos de Dios, le darás la espalda a su amor y tendrás que pagar las consecuencias.

No desprecies el amor de Dios. No le des la espalda. Reconoce hoy a Cristo como tu Señor y Salvador. Entrégale tu vida y síguelo. Cuando lo hagas, su amor llenará tu corazón y su Espíritu Santo vendrá a morar en ti. No des la espalda al gran amor de Dios.

Si tú has aceptado a Cristo como tu Señor y Salvador, el amor que tú ahora le tienes a Dios te llevará a pagar un precio también. La próxima semana hablaremos en detalle del precio de amar para nosotros como creyentes. Pero esta semana, consideremos el gran amor que Dios nos ha mostrado y el gran precio que El ha pagado.

Alabemos al Señor por su gran amor. Vivamos cada día alegres, porque tenemos un Dios que nos ama tanto. Compartamos con otros su amor. Cuéntales a otros la historia del amor de Dios, e invítales a que ellos también entren en esta relación de amor con El. Dios pagó un precio tan grande por amor a nosotros. ¿Qué estamos dispuestos a dar por amor a El?


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