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Domingo 28 de Septiembre de 2014

Entendiendo el evangelio
Pastor Tony Hancock

Recientemente visitábamos un lugar donde se quedan los trabajadores del campo, y nos encontramos con un grupo de trabajadores haitianos. En Haití, por supuesto, se habla un dialecto de francés. En mi niñez, tomé unos pocos meses de clases de francés. Realmente no lo hablo, y puedo entender sólo unas pocas palabras de ese idioma.

Mientras tratábamos de comunicarnos de alguna u otra forma con estos trabajadores, uno de ellos me hizo una pregunta que sí logré captar. Me dijo: "Vous êtes évangélique?" ¿Es usted evangélico? No pude decirle mucho más que "oui", sí. Le regalé un Nuevo Testamento en francés haitiano, con una oración de que el Señor lo usara para tocar su vida.

Después de esta experiencia, pude apreciar mucho más la frustración de los que quieren comunicarse con los que no hablan su idioma. ¡Se siente uno impotente! Pero también me hizo reflexionar sobre lo que sí logramos comunicar - la palabra "evangélico". El lenguaje nos dividía, pero el evangelio nos sirvió como puente de unión.

Nos identificamos como evangélicos, hablamos del poder del evangelio, y salimos a evangelizar. Pero ¿qué significa esta palabra que usamos tanto? ¿Qué es este evangelio que nos define como creyentes? ¿Por qué es tan importante? El evangelio es muy poderoso, pero existe el peligro de que lo mencionemos mucho sin realmente entenderlo. La falta de entendimiento nos puede separar de Dios, así como el idioma me separó de aquel haitiano.

En la porción bíblica que consideraremos hoy, Dios nos habla de este evangelio que nos puede transformar por completo. Nos explica cómo llegamos a experimentar su poder, nos dice qué es el evangelio, y nos demuestra cómo levanta a la persona más baja. Lo que Dios te dice hoy tiene poder para cambiar tu vida. Abramos la Biblia en 1 Corintios 15, y empecemos con los versos 1-2:

15:1 Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis;
15:2 por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.

En los versículos siguientes, que leeremos dentro de unos momentos, Dios nos explica qué es el evangelio. Pero primero, nos dice cómo se tiene que recibir el evangelio para que tenga poder. El evangelio es poderoso, pero sólo si recibe con fe verdadera. Este evangelio es capaz de salvarnos, como lo aclara el verso 2.

¿De qué nos salva? Nos salva del pecado, con todas sus consecuencias. El pecado nos separa de Dios, dejándonos huérfanos espirituales. Nos deja con una sensación en lo más profundo de nuestro corazón de que algo no está bien. Finalmente, si no se resuelve, el pecado nos condena al sufrimiento eterno.

Pero para ser salvos, tenemos que recibir el evangelio y mantenernos firmes en ese evangelio, con fe. No es suficiente con sólo escuchar el evangelio y entenderlo. Es necesario confiar de corazón en su verdad. Es como cuando se construye con ladrillos. Para unir los ladrillos, se usa mezcla - generalmente arena, cemento y agua.

Imaginemos, por un momento, a un hombre que decide construir, pero le da pereza mezclar la arena, el cemento y el agua. Más bien, simplemente echa un poco de arena aquí, un poco de cemento por acá y rocía un poco de agua por otra parte. ¿Le quedará bien la construcción?

¡Claro que no! Los ingredientes sólo funcionan si se combinan. De igual modo, el evangelio no tendrá ningún poder para unirnos a Dios, a menos que se combine con fe. La mezcla del evangelio y la fe, la confianza, es lo único que nos puede salvar. Si sólo escuchamos el evangelio, pero no lo combinamos con fe, de nada nos servirá.

Para que esa fe sea eficaz, tenemos que perseverar en ella. El verso 2 nos dice algo muy interesante: nos dice que es posible creer en vano. ¿Qué significa esto? Significa que podemos tener una reacción emocional que se parece a la fe, pero que no es fe verdadera - porque no dura. Una fe que dura un rato y luego se esfuma no es fe verdadera. Tenemos que aferrarnos a la Palabra que hemos creído.

Una vez, en una visita a un zoológico, vi unos monos que vivían en una isla en el centro de una laguna artificial. De repente, un cuidador llegó a la isla en una pequeña lancha con una cubeta de comida en la mano. Al instante, uno de los monos se abalanzó sobre el cuidador y lo abrazó como si nunca lo fuera a soltar.

No sé cuáles pensamientos pasarán por la mente de un mono, pero me las imaginaba así: "¡Ya llegó mi cuidador! ¡Me trajo de comer! ¡No lo voy a soltar jamás!" Ese mono es un buen ejemplo para nosotros. Así también tenemos que aferrarnos al evangelio, sin soltarlo.

Pero entonces, ¿qué es el evangelio? Sigamos leyendo los versos 3 al 8 para descubrirlo:

15:3 Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras;
15:4 y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras;
15:5 y que apareció a Cefas, y después a los doce.
15:6 Después apareció a más de quinientos hermanos a la vez, de los cuales muchos viven aún, y otros ya duermen.
15:7 Después apareció a Jacobo; después a todos los apóstoles;
15:8 y al último de todos, como a un abortivo, me apareció a mí.

El apóstol Pablo nos comparte lo que él mismo recibió de los que vieron los hechos. En otras palabras, estamos hablando de eventos que sucedieron en la historia. Muchas personas los vieron; cuando Pablo escribió estas palabras, la mayoría de ellos vivía aún.

Nadie dudaría que Jesús realmente había muerto, pero muchos podían dudar de su resurrección. Por esto, el apóstol menciona el gran número de personas que lo vieron en persona - no como un fantasma, sino con un cuerpo. Lo vieron Pedro, los doce discípulos, más de quinientas personas reunidas, Jacobo - medio hermano de Jesús, y finalmente, Pablo mismo. Tantas personas, en tantas ocasiones diferentes, no podrían sufrir de alucinaciones. Estamos hablando de algo real.

Cuando somos niños, aprendemos algunas cosas que nos parecen ciertas, pero que luego dejamos de creer. Por ejemplo, nos hablan de Santa Claus, que vive en el Polo Norte y viaja en un trineo llevado por renos. En la niñez, no cuestionamos que sea cierto; pero al paso de los años, nos damos cuenta de que no es así. Santa Claus es un invento, una historia bonita, pero realmente no existe.

Lo que Jesucristo hizo por nosotros en la cruz no es simplemente un cuento bonito. Su resurrección de los muertos no es otro fábula, quizás con una moraleja edificante, pero sin base en la realidad. ¡No! Son cosas que realmente sucedieron. Estos eventos forman la base del evangelio. El evangelio es el mensaje de lo que Jesucristo hizo por nosotros en su muerte y su resurrección.

Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que Dios ya había prometido en las Escrituras. En otras palabras, la muerte y la resurrección de Jesucristo son la culminación del plan de Dios, que El ya había revelado antes por medio de sus profetas. No fue un invento de última hora; es lo que Dios había preparado desde la creación, para nuestra salvación.

¿Qué tenemos que hacer con esta información? Como vimos al principio, tenemos que creerlo y confiar en El. Si lo hacemos, cambiará nuestra vida. La historia nos da un ejemplo. Al final de la Guerra Civil en los Estados Unidos, los esclavos fueron puestos en libertad. Lentamente empezó a correr la noticia de que ya no eran esclavos, sino libres.

Se relata que algunos, al recibir la noticia, no la creyeron. No les parecía posible que en realidad hubiesen sido liberados. Aunque se les había dicho que ya eran hombres libres, regresaron a la plantación, se durmieron en los cuarteles de esclavos, y se levantaron al día siguiente para trabajar como esclavos. Recibieron la noticia, pero no la creyeron - y se quedaron en la esclavitud.

Una cosa es recibir una noticia, y otra cosa es creerla. Es por esto que es necesario recibir el evangelio con fe. Si crees de corazón que Cristo murió por tus pecados y entiendes que El se sacrificó por ti, ya no llevarás esa carga de culpa. Ya no te dejarás dominar por el pecado.

Si tú comprendes que Satanás fue derrotado en la cruz, ya no le tendrás miedo. Ya no temerás lo que te pueda hacer. Si entiendes que Jesús resucitó de los muertos y venció la muerte, y te entregas a El, ya no le tendrás temor a la muerte. Sabes que, si confías en Cristo, compartirás su victoria sobre la muerte.

El evangelio es poderoso, cuando lo crees de corazón. Y este evangelio trae la gracia de Dios, que exalta al despreciado. Leamos los versos 9 al 11:

15:9 Porque yo soy el más pequeño de los apóstoles, que no soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la iglesia de Dios.
15:10 Pero por la gracia de Dios soy lo que soy; y su gracia no ha sido en vano para conmigo, antes he trabajado más que todos ellos; pero no yo, sino la gracia de Dios conmigo.
15:11 Porque o sea yo o sean ellos, así predicamos, y así habéis creído.

Pablo mismo reconoce que no merece ser llamado apóstol. En su misericordia, Jesucristo se le apareció, lo llamó y le dio una tarea muy especial. Pablo no se ganó esa posición con sus grandes hazañas. Al contrario; antes de convertirse, él perseguía a la Iglesia de Cristo.

Pero Dios, en su gracia, lo rescató. Le dio el privilegio de anunciar el evangelio y fundar muchas Iglesias. Lo usó para escribir parte del Nuevo Testamento. Así es el evangelio. El evangelio no es el mensaje de lo que tú te puedes ganar por esfuerzo propio, sino que te dice lo que Dios ha hecho por ti. Es un mensaje de amor y aceptación, de bondad y de gracia.

Si Dios nos diera lo que merecemos, todos estaríamos perdidos. Sobre la puerta del infierno deberá decir: "Merecido". En cambio, la puerta del cielo se abre por la gracia de Dios. El lo hizo por nosotros. Cristo murió por nuestros pecados, y resucitó, venciendo al diablo y la muerte.

¿Has confiado en el evangelio? ¿Lo has recibido con fe? Si lo has hecho, ¿estás compartiendo este mensaje con otros? Es con buena razón que nos llamamos evangélicos, porque el evangelio está al centro de nuestra identidad. Vivamos con el evangelio al centro, dependiendo totalmente de Cristo y compartiéndolo con otros.


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