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Domingo 29 de Junio de 2014

Entre blanco y negro
Pastor Tony Hancock

Hay ciertas cosas en esta vida que son claras. Ya sabemos lo que debemos hacer. Por ejemplo, nunca está bien asaltar a una anciana. Aunque lo hagamos con buenas intenciones, como cierto niño explorador, siempre está mal. Tradicionalmente, los niños exploradores debían hacer una buena obra cada día. En cierta ocasión, un niño explorador llegó tarde a la reunión de su tropa.

Cuando le preguntaron al muchacho por qué había llegado tarde a la reunión, respondió que había hecho su obra de caridad, ayudando a una viejita a cruzar la calle. "¿Por qué te tardaste tanto en hacerlo?" - le preguntaron sus compañeros. Respondió: "Es que ella no quería cruzar."

Tenía que ayudarla para cumplir con su buena obra, aunque la mujer no quería cruzar. ¡Todos sabemos que lo que hizo no fue una buena obra! Este joven quería cumplir con su deber, pero no tomó en cuenta el bienestar de la mujer. Por lo tanto, su "buena obra" no resultó ser tan buena.

Muchas cosas en la vida son blanco y negro. Las líneas están claramente demarcadas. Está bien, o está mal. Dios nos enseña muchas de estas cosas en su Palabra: No robarás, no darás falso testimonio, no cometerás homicidio - son reglas claras y contundentes. Pero algunas cosas no son tan claras. Entre el blanco y el negro, también existe una zona gris. Hay decisiones que tenemos que tomar cuando no hay un mandamiento claro al respecto.

¿Cómo tomamos decisiones acerca de estas cosas? ¿Cómo decidimos lo que es correcto cuando no encontramos un mandamiento claro al respecto? En el pasaje de hoy, encontraremos tres principios importantes que nos pueden ayudar a decidir bien en esta clase de situación.

Abramos la Biblia en 1 Corintios 10, y leamos del verso 23 al capítulo 11, verso 1:

10:23 Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica.
10:24 Ninguno busque su propio bien, sino el del otro.
10:25 De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia;
10:26 porque del Señor es la tierra y su plenitud.
10:27 Si algún incrédulo os invita, y queréis ir, de todo lo que se os ponga delante comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia.
10:28 Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis, por causa de aquel que lo declaró, y por motivos de conciencia; porque del Señor es la tierra y su plenitud.
10:29 La conciencia, digo, no la tuya, sino la del otro. Pues ¿por qué se ha de juzgar mi libertad por la conciencia de otro?
10:30 Y si yo con agradecimiento participo, ¿por qué he de ser censurado por aquello de que doy gracias?
10:31 Si, pues, coméis o bebéis, o hacéis otra cosa, hacedlo todo para la gloria de Dios.
10:32 No seáis tropiezo ni a judíos, ni a gentiles, ni a la iglesia de Dios;
10:33 como también yo en todas las cosas agrado a todos, no procurando mi propio beneficio, sino el de muchos, para que sean salvos.
11:1 Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo.

En la Iglesia de Corinto, los creyentes enfrentaban la cuestión de qué hacer con la carne que había sido sacrificada a un ídolo. Desde hace varias semanas, hemos escuchado la respuesta que Pablo les dio para aprender lo que nos puede enseñar a nosotros.

Algunos de los hermanos en Corinto lo veían todo en blanco y negro. O estaba bien, o estaba mal. Para ellos, cualquier cosa que tuviera que ver con un ídolo estaba mal. Por lo tanto, comer carne - aun sin saberlo - que se había sacrificado en el templo de un ídolo era pecado. No había zona gris.

Para otros hermanos, en cambio, todo era gris. Ellos se consideraban libres en Cristo para hacer todo lo que quisieran, sin tomar en cuenta a nadie más. Si alguien trataba de imponerles reglas, ellos lo acusaban de ser fariseo y legalista. "Sólo Cristo tiene autoridad sobre mi vida", insistían, y no les importaba a quiénes ofendieran.

Hoy en día, vemos las mismas divisiones en muchas Iglesias. Hay personas que tratan de reducir la vida cristiana a reglas. O está bien, o está mal; no hay lugar en su sistema para el criterio personal. Existen Iglesias enteras que piensan de esta manera. Terminan multiplicando reglas de lo que un cristiano puede hacer y lo que no puede hacer - reglas que no aparecen en la Biblia, ni tienen ninguna clara base bíblica, pero que lo dejan todo en blanco y negro.

Recuerdo algunos años atrás que estaba en cierto país latinoamericano, y me encontré platicando con algunos hermanos. Me dijeron que su Iglesia no les permitía jugar fútbol. En aquel entonces, nuestra Iglesia tenía partidos de fútbol todos los sábados para diversión y compañerismo. ¿Cómo explicarles a estos hermanos que lo que su Iglesia les prohibía, nosotros hacíamos en las instalaciones de la Iglesia?

Seguramente, para algunas personas, el fútbol se convierte en un vicio. Hasta los aleja de la Iglesia. Por lo tanto, es fácil justificar la idea de prohibir por completo el fútbol. Otro ejemplo: cuando era niño, no íbamos al cine. Nuestra Iglesia no lo aceptaba. Ciertamente hay muchas películas que no vale la pena ver, y que más bien debemos evitar. Por lo tanto, es fácil prohibir el cine por completo.

El problema con estas prohibiciones es que pronto llevan al legalismo. El legalismo te permite dar una apariencia de justicia y santidad, pero en tu corazón no hay cambio. En una Iglesia legalista, la gente más respetada puede estar llena de rencor, de odio, de orgullo y de avaricia, pero lo esconden todo detrás de una fachada. Siguen las reglas, y todo el mundo los tiene por grandes ejemplos. Pero sus corazones nunca han sido transformados; no tienen amor hacia Dios ni hacia los demás. Sólo han aprendido a aparentar.

Los niños piensan en blanco y negro. Tenemos que darles instrucciones claras: Haz esto, no hagas lo otro. Ellos no son capaces de entender que a veces hay que hacer una cosa, y a veces hay que hacer otra. Pero cuando llegamos a la madurez, tenemos que aprender a ver la zona gris. No es que ya no veamos los límites que Dios ha puesto; sus leyes nunca cambiarán. No debemos cometer el error de pensar que todo es negociable. Pero entenderemos que hay ciertas cosas en la vida que no son tan fáciles de juzgar. ¿Cómo podemos distinguir lo correcto en estas situaciones?

En estos versículos, el apóstol Pablo nos da tres principios importantes que podemos aplicar cuando la decisión que debemos tomar no es totalmente clara. Como ejemplo, en los versos 25 al 28 nos da una solución concreta a la situación de Corinto, la pregunta de la carne sacrificada a los ídolos, donde se aplican estos tres principios.

Si los comprendemos, nos pueden ayudar muchísimo a tomar decisiones en cuestiones donde la voluntad de Dios no es totalmente clara. El primer principio lo encontramos en el verso 23: "Todo está permitido, pero no todo es provechoso." La primera frase representa un estribillo que repetían los corintios que disfrutaban su libertad en Cristo. "Soy libre de la ley", decían. "Vivo sin límites."

Sí, les responde Pablo, pero no todo es provechoso. No todo es beneficioso. Aquí está la primera pregunta que debes hacerte cuando tomas alguna decisión: ¿Me beneficia? En otras palabras, cualquier cosa que hacemos debe traer algún beneficio a nuestra vida. Esto parece obvio, pero muchas veces hacemos cosas que no nos benefician.

Dios no nos ha creado para autodestruirnos. El enemigo es el que quiere que nos hagamos daño. Por lo tanto, cualquier cosa que no trae algún beneficio a nuestra vida, que nos daña sin propósito, se debe evitar. Un ejemplo de esto sería fumar. No existe ningún mandamiento en la Biblia que diga: "No fumarás". Sin embargo, sabemos que el tabaco es dañino para la salud humana. Por lo tanto, aunque no hay ninguna regla al respecto, el creyente sabio no fumará.

El primer principio: Hacer sólo lo que es beneficioso. El segundo principio extiende nuestra vista a los demás. Nos lleva a preguntar: ¿Edificará a otros? En otras palabras, ¿servirá para animar a otros creyentes? ¿Atraerá a los no-creyentes a la fe? ¿O más bien servirá para desanimar a los creyentes y alejar a los que todavía no conocen a Cristo de la fe?

Lo que hacemos puede servir para edificar a los demás, para ser constructivo, o los puede destruir. Puede tener el resultado de tumbarlos al suelo y detener lo bueno que debe estar sucediendo en sus vidas. Dios nos llama no sólo a pensar en nuestros propios deseos, sino también a considerar el efecto que nuestras acciones tendrán sobre otros. Como dice el verso 24, "Que nadie busque sus propios intereses sino los del prójimo."

Un ejemplo de esto serían nuestras palabras. La Biblia nos dice que no digamos mentiras, y nos dice que no digamos cosas obscenas - chistes groseros y otras cosas de mal gusto. También nos prohíbe el chisme. Estos límites son claros en la Palabra de Dios. Pero hay otras cosas que podríamos decir que no son mentiras, no son groserías ni chismes, pero que simplemente no sirven para edificar a los demás. Quizás nos sintamos bien al decirlas, pero no servirán para edificar a la persona que nos está escuchando.

Si tenemos duda en cuanto a decir algo, preguntémonos: ¿qué efecto tendrá lo que voy a decir sobre las personas que me escuchan? ¿Les servirá de ánimo, o más bien los perjudicará? Dios nos llama a tomar en cuenta, no sólo nuestros sentimientos, sino el efecto que tendrán nuestras palabras sobre los demás.

El tercer principio es el más importante. Se encuentra en el verso 31: "Háganlo todo para la gloria de Dios." Si somos creyentes en Jesucristo, vivimos para la gloria de Dios. El nos ha creado para reflejar en nuestras vidas su gloria. En el trabajo, podemos glorificar a Dios siendo diligentes y honestos. En nuestra familia, podemos glorificar a Dios siendo amorosos y disciplinados. En nuestra diversión, podemos glorificar a Dios reflejando su gozo puro. Podemos descansar como El descansó después de crear el mundo.

Puedes preguntarte: ¿Podría hacer esto tranquilamente si Jesús estuviera aquí a mi lado? ¿Le daría gusto verme hacer esto? Si no te sientes tranquilo con hacerlo frente a Jesús, entonces probablemente no debes hacerlo. A fin de cuentas, El está a tu lado a cada momento.

Tres preguntas: ¿Me beneficia? ¿Edificará a otros? ¿Glorificará a Dios? Contestando estas preguntas, podemos tomar decisiones sabias en cualquier situación. El gran compositor J. S. Bach dijo: "Toda la música debe tener como único fin la gloria de Dios y el refrigerio del alma; cuando esto se olvida, no hay música verdadera, sino sólo un bullicio diabólico". El escribió en el encabezado de sus composiciones musicales: J.J., siglas que representan las palabras latinas de Jesús, ayúdame. Al final, escribía: S.D.G., sólo a Dios sea la gloria.

Si Bach pudo componer música para la gloria de Dios, tú y yo podemos vivir - con la ayuda de Jesucristo y por fe en El - también para la gloria de Dios. Pidamos su ayuda, y vivamos cada día para su gloria.


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