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Domingo 1 de Junio de 2014

La estrategia estrella
Pastor Tony Hancock

Se cuenta del escritor inglés G. K. Chesterton que, cuando tenía que mandar una carta, empleaba una estrategia algo inusual. Ponía la carta en un sobre, colocaba la estampilla en su lugar y ¡tiraba la carta a la calle! Según razonaba, la persona normal, al encontrar una carta sellada en la calle, la llevaría a la caja postal más cercana. Al parecer, esta estrategia le sirvió bien.

No estoy seguro si la misma estrategia aún serviría. Los modales eran diferentes en la Inglaterra de cien años atrás. Pero lo notable es que una estrategia inusual puede funcionar. De hecho, a veces las estrategias que nos parecen más extrañas producen los mejores resultados.

Así es en la vida cristiana. Si queremos tener éxito en vivir para Cristo, en ser buenos ciudadanos del reino de Dios, tenemos que considerar bien la estrategia que empleamos. En este mundo, la estrategia que la mayoría de la gente emplea para conseguir lo que busca consiste en defender sus derechos. Se enfocan en conseguir lo que se merecen.

No es malo reclamar nuestros derechos, si la ocasión lo amerita. El apóstol Pablo reclamó sus derechos como ciudadano romano cuando fue encarcelado injustamente. Pero hay ocasiones en las que la mejor estrategia consiste en entregar nuestros derechos por el bien de otros. A fin de cuentas, si el Señor Jesús hubiera insistido en conservar sus derechos, ninguno de nosotros podría recibir la salvación.

Aprendamos más acerca de esto en 1 Corintios 9. Leamos, para empezar, los versos 1 al 12a:

9:1 ¿No soy apóstol? ¿No soy libre? ¿No he visto a Jesús el Señor nuestro? ¿No sois vosotros mi obra en el Señor?
9:2 Si para otros no soy apóstol, para vosotros ciertamente lo soy; porque el sello de mi apostolado sois vosotros en el Señor.
9:3 Contra los que me acusan, esta es mi defensa:
9:4 ¿Acaso no tenemos derecho de comer y beber?
9:5 ¿No tenemos derecho de traer con nosotros una hermana por mujer como también los otros apóstoles, y los hermanos del Señor, y Cefas?
9:6 ¿O sólo yo y Bernabé no tenemos derecho de no trabajar?
9:7 ¿Quién fue jamás soldado a sus propias expensas? ¿Quién planta viña y no come de su fruto? ¿O quién apacienta el rebaño y no toma de la leche del rebaño?
9:8 ¿Digo esto sólo como hombre? ¿No dice esto también la ley?
9:9 Porque en la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado de los bueyes,
9:10 o lo dice enteramente por nosotros? Pues por nosotros se escribió; porque con esperanza debe arar el que ara, y el que trilla, con esperanza de recibir del fruto.
9:11 Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?
9:12a Si otros participan de este derecho sobre vosotros, ¿cuánto más nosotros?

En estos versículos, Pablo describe los derechos que tenía como apóstol y siervo del Señor. El no era esclavo de nadie menos de Cristo; había visto personalmente a Jesucristo después de su resurrección, uno de los requisitos para ser apóstol; había fundado Iglesias, incluyendo la de Corinto.

Como apóstol y siervo del Señor, él tenía derecho a recibir apoyo económico de las Iglesias. Tenía el derecho a casarse y llevar a su esposa consigo en sus viajes, como hacían los apóstoles, incluyendo a Pedro, y los hermanos de Jesús, como Santiago, que también lo servían.

Da varios ejemplos para comprobar que los siervos del Señor merecen apoyo económico. Cuando alguien sirve como soldado, como agricultor o como pastor de ovejas, recibe algo a cambio de su labor. ¿Cómo te sentirías si el día que te toca que te paguen, el patrón te dijera: "Muchas gracias por tu ayuda, espero que tengas un buen fin de semana", y no te diera nada?

Incluso en la ley del Antiguo Testamento mandaba a los dueños de los bueyes que se usaban para trillar la cosecha que no les taparan la boca. El animal debía quedar libre para comer lo que quisiera mientras trabajaba. Reflexiona Pablo: ¿será que Dios sólo se preocupa por los bueyes? ¿Le parecerá bien que un buey pueda comer libremente el fruto de su trabajo, pero que una persona que trabaja en el servicio del Señor se quede con hambre?

¡Claro que no! La conclusión está en los versos 11 y 12. La persona que se dedica a sembrar semilla espiritual - a evangelizar, a enseñar, a dirigir la Iglesia - tiene el derecho a recibir sustento económico de las personas que se benefician de su ministerio.

Hoy en día, vemos algunas personas que se han hecho extremadamente ricas por medio del ministerio. Recuerdo el caso, algunos años atrás, de un evangelista conocido que tenía tanto dinero que sus perros vivían en casas especiales con aire acondicionado - mientras algunos de sus donantes vivían con muy poco.

Pero esto no es bíblico; en otro pasaje, el mismo apóstol Pablo critica a los que piensan que la religión es un medio de obtener ganancias (1 Timoteo 6:5: "... disputas necias de hombres corruptos de entendimiento y privados de la verdad, que toman la piedad como fuente de ganancia; apártate de los tales."). Simplemente no es bíblico que un predicador o ministro del Señor viva en extremo lujo, mientras sus seguidores luchan por sobrevivir.

Sin embargo, algunos han ido al otro extremo. Insisten que el servicio al Señor debe hacerse sólo de forma voluntaria. Enseñan que los pastores, evangelistas y misioneros deben sostenerse a sí mismos, y que nadie debe recibir pago alguno por servir al Señor. Esta opinión representa el otro extremo, y tampoco es bíblico. Como acabamos de ver, Pablo nos da muchos ejemplos para mostrar que los que sirven al Señor a tiempo completo tienen el derecho al sostén económico.

Cada Iglesia debe buscar la manera de apoyar a su pastor y a sus misioneros, dentro de sus posibilidades. Como hemos visto, no es bíblico esperar que los siervos del Señor donen su tiempo y sus esfuerzos. Pero ahora vamos a ver qué hizo el apóstol Pablo con este derecho que él tenía. Sigamos leyendo los versos 12b al 23:

9:12b Pero no hemos usado de este derecho, sino que lo soportamos todo, por no poner ningún obstáculo al evangelio de Cristo.
9:13 ¿No sabéis que los que trabajan en las cosas sagradas, comen del templo, y que los que sirven al altar, del altar participan?
9:14 Así también ordenó el Señor a los que anuncian el evangelio, que vivan del evangelio.
9:15 Pero yo de nada de esto me he aprovechado, ni tampoco he escrito esto para que se haga así conmigo; porque prefiero morir, antes que nadie desvanezca esta mi gloria.
9:16 Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!
9:17 Por lo cual, si lo hago de buena voluntad, recompensa tendré; pero si de mala voluntad, la comisión me ha sido encomendada.
9:18 ¿Cuál, pues, es mi galardón? Que predicando el evangelio, presente gratuitamente el evangelio de Cristo, para no abusar de mi derecho en el evangelio.
9:19 Por lo cual, siendo libre de todos, me he hecho siervo de todos para ganar a mayor número.
9:20 Me he hecho a los judíos como judío, para ganar a los judíos; a los que están sujetos a la ley (aunque yo no esté sujeto a la ley) como sujeto a la ley, para ganar a los que están sujetos a la ley;
9:21 a los que están sin ley, como si yo estuviera sin ley (no estando yo sin ley de Dios, sino bajo la ley de Cristo), para ganar a los que están sin ley.
9:22 Me he hecho débil a los débiles, para ganar a los débiles; a todos me he hecho de todo, para que de todos modos salve a algunos.
9:23 Y esto hago por causa del evangelio, para hacerme copartícipe de él.

Aunque tenía el derecho a recibir el sustento económico de las Iglesias que servía, Pablo no se había valido de este derecho durante su tiempo en Corinto. Más bien, se había puesto a trabajar con las manos en su oficio de fabricante de carpas para poderse sostener, y así no ser una carga para la pequeña Iglesia de Corinto y sus nuevos creyentes.

Sabemos que Pablo recibía ofrendas de otras Iglesias; por ejemplo, la carta a los Filipenses es un agradecimiento por la ofrenda que le habían enviado. En otras palabras, Pablo no se oponía a recibir sostén cuando alguna Iglesia se la enviaba. Como vuelve a repetir, "el Señor ha ordenado que quienes predican el evangelio vivan de este ministerio".

Pero él no insistió siempre en recibir lo que merecía. Cuando llegó a Corinto y se dio cuenta de que la pequeña Iglesia que fundó no lo podría sostener, él podría haberse marchado a otro lugar. Podría haber regresado a alguna de las Iglesias que ya había fundado, pidiéndoles que lo sostuvieran al nivel que él se merecía. A fin de cuentas, tenía el derecho a recibir este sostén.

Pero Pablo vio la necesidad en Corinto, vio la puerta que Dios le había abierto para ministrar, y decidió no reclamar sus derechos. Más bien, se puso a trabajar con las manos para no ser carga para los corintios. Siguió su filosofía personal: "de todos me he hecho esclavo para ganar a tantos como sea posible".

En lugar de enfocarse en sus derechos, en lo que él merecía, en lo que los demás le debían a él, estaba dispuesto a entregar sus derechos a cambio de ganar a las personas para Cristo. Estaba dispuesto a quedar en segundo lugar, con tal de que Cristo quedara en primero y la gente se acercara a El.

Hermano, hermana, esta es la estrategia estrella. Cristo mismo dijo: "¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?" (Marcos 8:36) Si nos enfocamos exclusivamente en conseguir lo que pensamos que nos merecemos, podríamos ganar todo el mundo, pero perder el alma. Para muchos, esa es la estrategia correcta; pero así terminaremos perdiendo.

En cierto pueblo, la biblioteca pública ofrecía un servicio de lectura de cuentos infantiles por teléfono. Resulta ser que un pastor evangélico tenía un número telefónico que sólo se distinguía en un dígito del número de la línea de cuentos. Era común que contestara el teléfono y escuchara una pequeña voz pidiendo que se leyera un cuento.

Después de dos o tres intentos de explicarle a un niño que había marcado al número equivocado, tomó un libro de cuentos y lo colocó junto al teléfono. De allí en fuera, cada vez que un niño llamaba queriendo escuchar un cuento, el pastor estaba preparado para leérselo. En lugar de insistir en su derecho de privacidad o cambiar su número telefónico, este pastor supo entregar sus derechos y aprovechar la oportunidad de servir a otros.

¿Qué estás dispuesto a hacer para que otros puedan conocer a Cristo? ¿Cuáles derechos estás dispuesto a sacrificar para que la Iglesia pueda mantenerse unida? Leamos los versos 24 al 27 para descubrir lo que podemos ganar, si lo hacemos:

9:24 ¿No sabéis que los que corren en el estadio, todos a la verdad corren, pero uno solo se lleva el premio? Corred de tal manera que lo obtengáis.
9:25 Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.
9:26 Así que, yo de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire,
9:27 sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.

Los atletas que compiten en una carrera tienen que prepararse, si quieren ganar. Se requiere disciplina para tener éxito en el deporte. También se requiere disciplina para tener éxito en la vida cristiana. Todos podemos obtener el premio, pero tenemos que correr de tal manera que lo consigamos.

Un atleta tiene que negarse ciertas cosas que desea - flojera, comida que engorda y cigarrillos, por ejemplo. Nosotros también tenemos que sacrificar ciertas cosas si queremos conseguir algo mejor - ganar la carrera de servicio al Señor y escuchar su voz decir: Bien hecho, buen siervo y fiel.

Habrá casos en los que tendremos que sacrificar nuestros propios derechos. ¿Cuántas veces has perdido la oportunidad de compartir el evangelio con alguien, por estar demasiado enfocado en lo que tú te mereces? ¿Cuántas veces has estorbado la unión de la Iglesia por no estar dispuesto a quedar en segundo lugar?

La estrategia estrella en la vida cristiana no consiste en reclamar el lugar que nos toca, sino en tener la humildad necesaria para ceder cuando es necesario. Consiste en imitar a nuestro Señor Jesús, el que se portó como un siervo y lavó los pies de sus discípulos. Con esta estrategia, podemos ganar un premio de valor eterno.


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