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Domingo 4 de Mayo de 2014

Una promesa inquebrantable
Pastor Tony Hancock

En estos tiempos, las promesas y las garantías se quebrantan con demasiada facilidad. Hace poco, compré una camisa que decía en letras muy claras: inarrugable. La primera vez que se lavó la camisa, ¡adivina lo que apareció por toda la camisa! Arrugas.

Después de decepcionarnos una y otra vez con promesas vacías, llegamos a una actitud pesimista frente a las promesas que otros nos hacen. Decimos: "Lo creeré cuando lo vea". Desgraciadamente, me parece que muchos han llegado a pensar lo mismo del matrimonio.

Cuando se casaron nuestros padres o nuestros abuelos, se esperaba que el matrimonio durara toda una vida. Era una buena expectativa. Pero tristemente, vimos casos de infidelidad y abuso escondidos tras la fachada de una familia feliz. Como resultado, muchos han llegado a desconfiar del matrimonio y son renuentes a comprometerse.

Desconfiamos del matrimonio, porque no hemos aprendido a verlo como Dios lo ve. Algunos lo ven como una costumbre social nada más, una respuesta a la presión de mantenerse respetables. Otros lo ven simplemente como un contrato de conveniencia mutua, que se hace y deshace al antojo.

Pero éste no fue el plan de Dios. Dios creó el matrimonio para ser la unión de un hombre y una mujer, una unión que sólo la muerte puede quebrantar. De hecho, El declara de manera contundente en Malaquías 2:16: "Yo aborrezco el divorcio - declara el Señor, Dios de Israel". En el plan de Dios, el matrimonio es una promesa inquebrantable.

Con sus mentiras, el enemigo ha tratado de destruir el plan bueno de Dios. En Cristo, somos llamados a volver al diseño original de Dios y vivir de acuerdo a sus buenos propósitos. Por lo tanto, hoy te invito a considerar conmigo lo que El nos enseña acerca del matrimonio como una promesa inquebrantable.

Comenzamos con un intercambio entre Jesús, sus discípulos y algunos fariseos. Los fariseos se acercaron a Jesús y le preguntaron si estaba permitido que un hombre se divorciara de su esposa por cualquier motivo. Era un tema debatido, y querían envolver a Jesús en sus debates. Pero Jesús no tomó la carnada. Encontramos su respuesta en Mateo 19:4-6:

19:4 El, respondiendo, les dijo: ¿No habéis leído que el que los hizo al principio, varón y hembra los hizo,
19:5 y dijo: Por esto el hombre dejará padre y madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne?
19:6 Así que no son ya más dos, sino una sola carne; por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre.

Si queremos comprender el matrimonio, tenemos que volver al diseño original de Dios. Cuando Dios creó el hombre y la mujer, fue para unirlos en un matrimonio para toda la vida. Cuando un hombre y una mujer se casan, Dios los une. Por lo tanto, dice Jesús, "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre".

Dios no creó al hombre y a la mujer para pasar su vida en una sucesión de relaciones sexuales, primero con una pareja y luego con otra. Tampoco los creó para la poligamia o cualquier otra cosa que se aleje de su plan original. Hoy en día las personas se cambian de pareja como se cambian de carro, pero éste no fue el plan original de Dios.

El matrimonio no es como un plato descartable, que se usa hasta que ya no sirve y se tira a la basura. Es un tesoro fino, que se tiene que cuidar y proteger de los bandidos. Hay muchos bandidos que amenazan el matrimonio: los problemas económicos, la atracción hacia otras personas, las diferencias de opinión, los problemas del pasado, la falta de perdón, la enfermedad... la lista se puede alargar mucho más.

Pero la pregunta sencilla que cada pareja tiene que contestar es ésta: ¿estamos dispuestos a buscar juntos la solución a cualquier problema que se presente, sin jamás ver el divorcio como una opción? ¿O estaremos pensando siempre: "Si esto no funciona, me puedo ir?" Si recordamos que Dios odia el divorcio, podemos aprender a pensar de un modo diferente acerca del matrimonio.

Pero surge la pregunta: ¿habrá alguna situación en la que el divorcio sea permisible? Nunca fue parte del plan de Dios, pero vivimos en un mundo imperfecto y caído. ¿Habrá algún matrimonio tan fracasado que el divorcio sea la mejor opción? Sigamos leyendo en Mateo 19, los versos 7 al 9:

19:7 Le dijeron: ¿Por qué, pues, mandó Moisés dar carta de divorcio, y repudiarla?
19:8 El les dijo: Por la dureza de vuestro corazón Moisés os permitió repudiar a vuestras mujeres; mas al principio no fue así.
19:9 Y yo os digo que cualquiera que repudia a su mujer, salvo por causa de fornicación, y se casa con otra, adultera; y el que se casa con la repudiada, adultera.

En la ley de Moisés, había una norma para los esposos que se divorciaban de sus esposas. Tenían que darles una carta de divorcio. No podían simplemente correrlas de la casa, como podría suceder en otras naciones. Algunos de los judíos habían tomado esta norma como un permiso para divorciarse por cualquier razón, pero no era así. Era, más bien, una protección para la mujer.

Pero Jesús aclara que sólo hay una razón válida para que se rompa un matrimonio: el adulterio. Si uno de los cónyuges le es infiel a su pareja, entonces la persona traicionada tiene el derecho - pero no la obligación - de divorciarse. Si alguien se divorcia de su pareja por cualquier otra razón - porque le salieron canas y ya no es tan atractiva, por ejemplo, o porque su secretaria es mucho más guapa - entonces su nuevo matrimonio no es ningún matrimonio. En realidad, está viviendo en adulterio.

¿Por qué se permite el divorcio por caso de adulterio, pero no por otras razones? La lógica es ésta. Cuando un miembro de la pareja traiciona a su cónyuge, la acción de cometer adulterio rompe el lazo matrimonial. El adulterio rompe el compromiso de fidelidad y amor que la pareja hace al casarse. Por lo tanto, si la persona traicionada decide divorciarse, no está rompiendo el vínculo matrimonial; ese lazo ya fue quebrantado por la traición que se cometió.

Cuando los discípulos de Jesús escucharon esta explicación, quedaron asombrados. Veamos su reacción en los versos 10-12:

19:10 Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.
19:11 Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado.
19:12 Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba.

¡Concluyen que es mejor no casarse, que entrar al matrimonio sin la opción de divorciarse! Sinceramente, la mayoría de la gente del mundo piensa como pensaban ellos.

Pero Jesús les responde que, si Dios les da la capacidad especial para no casarse con el fin de servirle mejor, deben recibirlo. De otro modo, deben casarse. Pero ¡no les da una tercera opción! No nos da la opción de vivir en unión libre, o de quedarnos solteros y tener aventuras esporádicas. Las dos opciones para la persona que sigue a Jesucristo son la soltería, lo cual implica abstenerse de las relaciones sexuales, o el casamiento. Ninguna de estas dos opciones es mejor que la otra, pero son las únicas opciones.

Ahora vamos a ver cómo aplica el apóstol Pablo estas palabras del Señor Jesús a la situación de los creyentes de Corinto. Pasemos a 1 Corintios 7:10-11:

7:10 Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido;
7:11 y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer.

Como vimos la semana pasada, había personas en la Iglesia de Corinto que se separaban de sus cónyuges usando su fe como pretexto. Decían: "Vamos a separarnos para poder servir mejor al Señor". Había otros que se habían convertido, pero su cónyuge no, y se encontraban en una situación difícil. Les parecía mejor separarse de su cónyuge y dedicarse a servir al Señor.

Pero Pablo dice: "Jesús ya nos dijo qué hacer. Ya nos dio la orden. El matrimonio es una promesa inquebrantable, y no debe haber separación." Luego reconoce que quizás haya situaciones en las que una separación temporal sea recomendable, pero aclara que siempre debe ser para buscar la reconciliación. Una separación, si se necesita, es para que la pareja tenga espacio para resolver sus problemas. No es el primer paso hacia el divorcio.

Pero también había otra situación que se había presentado. En ciertos casos, la pareja incrédula de un creyente lo abandonaba. ¿Qué hacer entonces? Encontramos la respuesta en los versículos 12 al 16:

7:12 Y a los demás yo digo, no el Señor: Si algún hermano tiene mujer que no sea creyente, y ella consiente en vivir con él, no la abandone.
7:13 Y si una mujer tiene marido que no sea creyente, y él consiente en vivir con ella, no lo abandone.
7:14 Porque el marido incrédulo es santificado en la mujer, y la mujer incrédula en el marido; pues de otra manera vuestros hijos serían inmundos, mientras que ahora son santos.
7:15 Pero si el incrédulo se separa, sepárese; pues no está el hermano o la hermana sujeto a servidumbre en semejante caso, sino que a paz nos llamó Dios.
7:16 Porque ¿qué sabes tú, oh mujer, si quizá harás salvo a tu marido? ¿O qué sabes tú, oh marido, si quizá harás salva a tu mujer?

Si un creyente está casado con un incrédulo, no debe separarse. Su presencia en el hogar trae bendición a su pareja y a sus hijos.

Sin embargo, si su pareja toma la iniciativa y se va, entonces no debe sentirse obligado. Esto nos da una segunda razón por la que el divorcio puede ser aceptable: en el caso de abandono de hogar. En este caso, como en el caso de adulterio, la persona que abandona el hogar toma la iniciativa en romper el lazo matrimonial. El divorcio simplemente representa un reconocimiento de lo que ya ha sucedido, y deja a la persona abandonada libre para buscar otra pareja - claro, en el Señor.

Estoy seguro que muchos, al escuchar estas instrucciones bíblicas, responden como respondieron los discípulos de Jesús. En el mundo, las actitudes son muy diferentes. Las personas que no conocen a Dios tienen formas muy diferentes de ver el matrimonio.

Pero si nosotros conocemos a Dios, nos toca aprender a ver el matrimonio como El lo ve. Nos toca esforzarnos y comprometernos en convertirlo en una promesa inquebrantable. La verdad es que esto trae gran bendición a la pareja y a sus hijos. Las estadísticas nos demuestran una y otra vez las ventajas del matrimonio. Los hombres casados viven más tiempo que los hombres solteros, por lo general. Los hijos que crecen en familias íntegras tienen mejor salud y menos problemas que los niños que crecen en hogar quebrantados o violentos.

¿Cómo podemos lograr que nuestros matrimonios sean duraderos? Sólo poniendo a Cristo al centro del hogar. Si nos entregamos a El, buscando su ayuda en todo momento, caminando por fe, con humildad, podemos tener éxito donde tantos han fracasado.

Las estadísticas nos dicen que los cristianos se divorcian con igual frecuencia que los incrédulos, pero hay algo que esas estadísticas no mencionan. La primera es que los que se llaman cristianos, pero no asisten con frecuencia a la Iglesia, se divorcian con mayor frecuencia que los incrédulos. Pero ¿serán cristianos de verdad?

La segunda es que las familias que tienen un altar familiar todos los días tienen un índice de divorcio muy, muy pequeño. El mensaje es éste. No ganas nada con simplemente llamarte cristiano, o colgar un cuadro de la última cena en tu comedor. Pero si caminas con Cristo, si El está al centro de tu vida familiar, es muy probable que logres tener un matrimonio bueno y duradero.

¿Qué te parece? ¿Estás preparado para luchar y hacer del pacto matrimonial una promesa inquebrantable?


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