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Domingo 6 de Abril de 2014

Demuestra quién eres
Pastor Tony Hancock

Pablo Gustavo Doré fue un artista reconocido del siglo XIX. Se cuenta la historia de un viaje que hizo, cuando se le extravió el pasaporte. En la frontera, se acercó a uno de los guardias y le explicó lo que le había sucedido. Esperaba que el guardia comprendiera la situación, pero el hombre le respondió que había mucha gente que trataba de cruzar la frontera con una identidad fingida. No podía simplemente aceptar su palabra.

"Pero yo soy Doré, el artista" - le respondió. Por fin, el guardia le dijo: "Está bien. Si usted realmente es el reconocido artista Doré, hágame una ilustración de las personas que están paradas en la esquina." Tomando lápiz y papel, Doré rápidamente le hizo la ilustración. Al ver la obra y el claro estilo del artista, el guardia le permitió pasar.

¿Te das cuenta? La obra del artista demostraba quién era. Su identidad - Pablo Gustavo Doré, reconocido ilustrador - se reflejaba en lo que hacía. Su talento y carácter artístico quedaban plasmados en el papel.

Cada persona que se ha entregado de corazón a Jesucristo ha recibido una nueva identidad. Cuando tú te arrepientes del pecado y decides seguir a Cristo, confiando en su sacrificio para el perdón de tus pecados, llegas a ser una nueva criatura. Sucede una transformación en tu interior, por obra del Espíritu Santo de Dios. Ya no eres el mismo.

La pregunta es ésta: ¿vives de acuerdo con tu nueva identidad? ¿Demuestras con tus acciones quién eres ahora? Este fue uno de los problemas que se presentaba en la Iglesia de Corinto. Sus acciones, su comportamiento, no reflejaban su nueva identidad en Cristo. Hoy vamos a ver una de las manifestaciones de esto. Leamos 1 Corintios 6:1-11.

6:1 ¿Osa alguno de vosotros, cuando tiene algo contra otro, ir a juicio delante de los injustos, y no delante de los santos?
6:2 ¿O no sabéis que los santos han de juzgar al mundo? Y si el mundo ha de ser juzgado por vosotros, ¿sois indignos de juzgar cosas muy pequeñas?
6:3 ¿O no sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Cuánto más las cosas de esta vida?
6:4 Si, pues, tenéis juicios sobre cosas de esta vida, ¿ponéis para juzgar a los que son de menor estima en la iglesia?
6:5 Para avergonzaros lo digo. ¿Pues qué, no hay entre vosotros sabio, ni aun uno, que pueda juzgar entre sus hermanos,
6:6 sino que el hermano con el hermano pleitea en juicio, y esto ante los incrédulos?
6:7 Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados?
6:8 Pero vosotros cometéis el agravio, y defraudáis, y esto a los hermanos.
6:9 ¿No sabéis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No erréis; ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones,
6:10 ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores, heredarán el reino de Dios.
6:11 Y esto erais algunos; mas ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios.

Los versos 9 al 11 describen toda una lista de estilos de vida que descalifican a la persona de entrar al reino de Dios. Una persona que vive en adulterio, borrachera, idolatría o perversión sexual no puede formar parte de la familia de Dios. Pero luego siguen estas palabras tan bellas: "Eso eran algunos de ustedes". Para toda persona hay esperanza. El pecado te descalifica de entrar al reino de Dios, pero sólo si sigues viviendo en él. Si arrepentido lo abandonas y te entregas a Jesucristo, puedes ser limpiado. El quiere transformarte.

Cuando tú te arrepientes de corazón y reconoces a Jesucristo, hay varias cosas maravillosas que suceden. Aquí vemos tres. Primeramente, eres lavado. Toda la impureza y suciedad de tu corazón son quitadas. En lugar de estar lleno de suciedad, ahora eres puro ante Dios. El bautismo representa esto; así como las aguas del bautismo lavan el cuerpo, por fe, nuestro corazón es lavado.

La segunda cosa es que somos santificados. Al entregarnos a Jesús, quedamos separados. Ya no pertenecemos a este mundo que se ha rebelado contra Dios y que terminará en la destrucción. Hemos sido separados para Dios. El pecado nos había tirado a la basura, pero Dios nos recogió, nos lavó y nos separó para El.

La tercera cosa es que somos justificados. Eramos culpables de pecado, y Satanás tenía mucho de qué acusarnos. Estábamos bajo el juicio de Dios. Pero Cristo pagó nuestra condena en la cruz. Ahora, habiéndolo aceptado, Dios nos ha declarado inocentes. Ya no hay ninguna condena que pagar. Ante Dios, somos justos, en base a la justicia de Cristo.

Todas estas cosas son maravillosas, y como creyentes, nuestros corazones cantan porque tenemos esta nueva identidad en Cristo. Esta nueva identidad se tiene que reflejar en lo que hacemos. Pero muchas veces, como los corintios, reaccionamos como si estas cosas no nos hubieran sucedido.

Uno de los problemas que se había presentado era una cuestión de juicio. Es irónico, en realidad, que los creyentes de Corinto no habían querido juzgar al hombre que vivía en pecado sexual con su madrastra, pero sí estaban dispuestos a llevarse unos a otros a corte por cuestiones de dinero.

¡Ponían las cosas al revés! No se preocupaban por las cosas que realmente debían juzgarse, la inmoralidad abierta y sin arrepentimiento; pero sí trataban de aprovechar las cortes para sacarse dinero unos a otros. Queda claro que se trata aquí de casos civiles, no criminales; en Romanos 13, la Biblia indica claramente que las autoridades seculares están puestas para castigar los crímenes.

Pero en este caso, los creyentes llevaban sus diferencias acerca de dinero frente a las cortes civiles de la ciudad. ¡Qué vergüenza! ¿No había personas capaces de arreglar estos casos dentro de la congregación? Y si los creyentes ayudaremos al Señor Jesús a juzgar el mundo cuando El regrese, ¿cómo podemos ser incapaces de arreglar asuntos internos a la congregación sin ir a corte?

En realidad, el hecho de que estos asuntos de dinero llegaran a convertirse en casos de corte ya reflejaba una derrota. Porque en lugar de sacrificarse por amor los unos por los otros, se estaban tratando de aprovechar unos de otros. Ya habían perdido la batalla, y se estaban comportando como cualquier persona del mundo.

Aquí encontramos un principio importante, que los cristianos no deben llevarse a corte por asuntos de dinero. No es una ley absoluta; podría haber alguna situación extraordinaria en la que un creyente podría tener que demandar a otro creyente. Pero si te encuentras en una Iglesia donde existen varias demandas legales entre miembros de la congregación, puedes estar seguro de que algo no anda bien allí.

Es como si supiéramos de una familia donde los hermanos continuamente se demandan unos a otros. Tristemente, estos casos no son tan escasos. Cuando se trata de alguna herencia, se dan muchos casos de hermanos que se demandan unos a otros para tratar de recibir más de lo que les corresponde bajo los términos del testamento. Pero siempre que se ve algo así, es triste - porque se ha perdido la unión familiar por dinero.

En la familia de Dios, es aun más triste - porque entonces se ve que las personas están sirviendo a otro dios, el dios del dinero, en lugar del Dios de amor que conocemos a través de Jesucristo. Debemos evitar las demandas entre creyentes, aunque tengamos que soportar una pequeña injusticia. Es mejor perder un poco de dinero que destruir la unión del cuerpo. Y si es necesario tomar acción, esa acción debe empezar dentro de la Iglesia. Debemos buscar una solución en familia, hablando con los líderes de la Iglesia, antes de siquiera pensar en involucrar a las cortes seculares.

Pero este principio va mucho más allá de las cuestiones de demandas legales. La cuestión es: ¿estamos mostrando en nuestra vida la identidad que hemos recibido en Cristo? Volvamos a las tres cosas que marcan nuestra nueva identidad. Hemos sido lavados, hemos sido santificados y hemos sido justificados.

Ahora bien, si hemos sido lavados, ¿vivimos con motivos impuros? ¿Tenemos pensamientos sucios? Los corintios reflejaban sus motivos impuros en las acciones que tomaban contra sus hermanos. Y tú, ¿te esfuerzas por vivir en pureza, porque Cristo te purificó? Si tienes una identidad pura en Cristo, se debe reflejar en tus pensamientos, palabras y acciones.

Si hemos sido santificados, ¿vivimos como el pueblo santo de Dios? Los corintios ignoraban la santidad de la Iglesia y llevaban sus problemas ante los incrédulos. Y tú, ¿vives una vida consagrada a Dios, sabiendo que ya no perteneces a este mundo? ¿Eres diferente de los demás, o se te ha olvidado que Cristo te ha hecho santo?

Si hemos sido justificados, ¿tratamos justamente a los demás? Los corintios ignoraban la gracia que Dios les había mostrado al justificarlos por fe en Cristo, y trataban injustamente a sus hermanos. ¿Y tú? ¿Eres justo en tu trato con los demás, recordando que Dios te ha perdonado una enorme deuda?

Un diácono algo presumido le hablaba a una clase de jóvenes acerca de la importancia de vivir una vida cristiana. Les preguntó a los muchachos: "¿Por qué me llama la gente un cristiano?" Después de unos segundos de silencio, uno de los jóvenes respondió: "Quizás porque no lo conocen muy bien".

¡No seamos como ese diácono! Más bien, demostremos quiénes somos en Cristo, con corazones limpios, santos y justos. Desde adentro hacia fuera, mostremos la transformación que Dios ha hecho en nosotros. Y si tú nunca le has entregado tu vida a Cristo, puedes hacerlo hoy. Ven con fe a El, para que El te limpie, te santifique y te haga justo ante Dios.


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