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Domingo 9 de Marzo de 2014

Arraigados en el evangelio
Pastor Tony Hancock

Durante la tormenta de hielo reciente, me di cuenta de algo muy interesante. Cuando el hielo pesó sobre las ramas de los árboles, los resultados fueron diferentes de un árbol a otro. Algunos árboles perdieron ramas que cayeron al suelo, pues no podían soportar el peso.

Otros árboles se doblaron bajo la carga de hielo, pero cuando el hielo se derritió, poco a poco se enderezaron. Pero algunos árboles - entre ellos algunos muy antiguos, de troncos muy gruesos y apariencia impresionante - se cayeron al suelo, levantando sus raíces al aire. Por supuesto, esto marca el fin de cualquier árbol.

En la vida, llegan momentos duros y difíciles. Vienen pruebas y sufrimientos, y cada uno de nosotros responde de una forma diferente. Para algunos, el tronco de su vida queda firme, aunque de repente se caiga una rama que otra. Pero otros, frente a la crisis, se caen por completo.

¿Qué marca la diferencia? Lo que marca la diferencia - tanto para un árbol como para una persona - es la calidad de su raíz. Un árbol firmemente arraigado en la tierra puede soportar muchas tormentas, mientras que otro árbol con raíces poco profundas se caerá bajo el peso.

¿Dónde están tus raíces? ¿Qué es lo que te sostiene? Si no tienes raíces profundas, podrás caer en la tormenta. De todas las tormentas que vienen en esta vida - la enfermedad, la necesidad, la inseguridad, el rechazo - la peor tormenta vendrá cuando esta vida se haya acabado. Me refiero a la tormenta del juicio final, cuando todos tendremos que rendir cuentas por nuestras acciones, palabras y hasta pensamientos.

Cuando llegue ese día, sólo podremos sobrevivir y entrar a la vida eterna si estamos firmemente arraigados. Abramos la Biblia en Colosenses 2:6-7 para ver dónde hundir nuestras raíces:

2:6 Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él;
2:7 arraigados y sobreedificados en él, y confirmados en la fe, así como habéis sido enseñados, abundando en acciones de gracias.

La única tierra firme donde podemos arraigarnos para prosperar en toda tormenta es en Cristo. No hay otro. Nosotros llegamos a saber acerca de Jesucristo cuando escuchamos el evangelio, que es la buena noticia de que Dios nos ofrece su perdón y salvación en base a lo que Jesucristo ha hecho por nosotros, por su muerte en la cruz y su resurrección victoriosa.

Cuando nosotros creemos ese mensaje, no sólo como una información interesante sino como la verdad divina, y ponemos toda nuestra confianza en Jesucristo, empezamos a crecer en Cristo. Este proceso de crecimiento tiene que continuar durante toda nuestra vida. ¿Cómo sucede?

Sucede cuando aprendemos acerca de El por medio de su Palabra, leyéndola, estudiándola con otros, escuchando predicaciones, recibiendo clases, etc. Sucede cuando lo experimentamos en nuestra vida diaria, contestando nuestras oraciones y dándonos fuerzas para enfrentar los problemas. Sucede conforme vamos entregándole a El cada parte de nuestra vida: nuestro uso del dinero, nuestras amistades, nuestro trabajo, nuestra familia y todo lo demás.

Cuando crecemos en Cristo, el poder más grande de todo el universo se pone a trabajar en nuestra vida. Es el poder que resucitó a Cristo de entre los muertos, y la Biblia dice que ese poder también opera en nosotros - si estamos firmemente arraigados, sembrados por fe en Cristo mismo.

Quizás tú te encuentras aquí en esta mañana y nunca te has comprometido de veras con Jesucristo. Te das cuenta, al escuchar estas palabras, que realmente no estás arraigado en El, porque nunca lo has recibido como Señor. Esta mañana puedes tomar esa decisión. ¿Qué implica esto? Implica reconocer que has pecado, y que necesitas perdón; significa aceptar de manera personal que Cristo murió en la cruz por ti, por tus pecados. Significa decidir que ya no vivirás sólo por ti mismo, sino que caminarás por fe en el que dio su vida por ti en la cruz.

Si nunca has tomado esa decisión, hoy puede ser el día de tu nuevo comienzo. Puedes empezar a crecer en el único terreno firme, confiando ahora en Jesucristo, caminando con El.

Si en esta mañana tú ya has tomado esa decisión, debes celebrar. Estas creciendo en buen terreno. No dejes de crecer en Cristo. Este versículo te dice que, de la misma manera en que aceptaste a Cristo - es decir, por fe - debes seguir creciendo en El. A veces, cuando ya tenemos cierto tiempo en el evangelio, empezamos a olvidar lo que seríamos sin Cristo.

¿Qué sería de ti, si El no fuera parte de tu vida? ¿Dónde estarías, si El no te hubiera tocado el corazón? Es bueno recordar lo que seríamos sin Cristo, para darle las gracias y motivarnos a seguir creciendo y madurando en El. Pero hay otra cosa más que Jesús espera de los que están arraigados en El.

El contó una historia al respecto en Mateo 13:3-8:

13:3 Y les habló muchas cosas por parábolas, diciendo: He aquí, el sembrador salió a sembrar.
13:4 Y mientras sembraba, parte de la semilla cayó junto al camino; y vinieron las aves y la comieron.
13:5 Parte cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra;
13:6 pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó.
13:7 Y parte cayó entre espinos; y los espinos crecieron, y la ahogaron.
13:8 Pero parte cayó en buena tierra, y dio fruto, cuál a ciento, cuál a sesenta, y cuál a treinta por uno.

El sembrador riega la semilla generosamente, y cae en lugares diferentes. Algunas semillas ni siquiera brotan, y sólo le sirven de alimento a las aves. Otras semillas brotan, pero no llegan a la madurez. Les falta raíz, o la mala hierba los ahoga. Pero algunas de las semillas sí brotan - y dan mucho fruto.

Leamos ahora la explicación de esta historia, en los versos 18 al 23:

13:18 Oíd, pues, vosotros la parábola del sembrador:
13:19 Cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón. Este es el que fue sembrado junto al camino.
13:20 Y el que fue sembrado en pedregales, éste es el que oye la palabra, y al momento la recibe con gozo;
13:21 pero no tiene raíz en sí, sino que es de corta duración, pues al venir la aflicción o la persecución por causa de la palabra, luego tropieza.
13:22 El que fue sembrado entre espinos, éste es el que oye la palabra, pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas ahogan la palabra, y se hace infructuosa.
13:23 Mas el que fue sembrado en buena tierra, éste es el que oye y entiende la palabra, y da fruto; y produce a ciento, a sesenta, y a treinta por uno.

La semilla en esta historia representa el mensaje del evangelio, las buenas noticias del reino de Dios y su salvación. Las diferentes clases de tierra son las diferentes formas en que las personas responden al mensaje.

Algunas personas se muestran totalmente indiferentes. No les interesa para nada. Otros tienen alguna reacción emocional, pero no hay ningún compromiso profundo. Con el tiempo su interés se marchita, o llegan otras cosas para ahogarlo. Pero la última clase de persona recibe el mensaje de corazón. Con arrepentimiento y profundo compromiso, esta persona experimenta un cambio de vida, y empieza a dar fruto.

¿A qué clase de fruto se refiere la historia? Bueno, pensemos por un momento. Cuando se siembra una semilla, y crece la planta, ¿qué clase de fruto produce? Por ejemplo, si sembramos granos de maíz, ¿qué producirá la planta madura de maíz? Producirá más granos de maíz, ¿no es cierto?

De la misma manera, si nosotros llevamos fruto en el evangelio, el resultado será que el evangelio se siembra en las vidas de otras personas. A veces, lo haremos de forma directa. Compartiremos el evangelio con otros que lo necesitan escuchar. En otras ocasiones, lo haremos de manera indirecta. Con nuestro ejemplo, testificaremos del Señor. Con nuestras ofrendas y oraciones, apoyaremos a otros que llevan el evangelio a otros lugares. Pero de alguna forma u otra, si la semilla da fruto en nuestra vida, el evangelio se sembrará en la vida de otros.

Quiero recoger dos ideas de esta historia. La primera de ellas es que el sembrador sembró con generosidad. Nosotros también debemos sembrar generosamente, porque no sabemos quién va a responder. El sembrador de la historia no sembró solamente en los lugares donde él pensaba que podría ver una buena cosecha. El sembró por todas partes.

Nosotros no sabemos quiénes responderán al evangelio, y por lo tanto, tenemos que regar el mensaje por todas partes. ¿Alguna vez has pensado que cierta persona jamás podría interesarse por las cosas de Dios? Pero nosotros no sabemos quiénes mostrarán interés y quiénes no.

Cuando empecé a visitar a las personas e invitarlas a la Iglesia, descubrí algo insólito. Algunos me aseguraban: ¡Allí nos vemos el domingo! Luego, no llegaban. Otros no se mostraban muy convencidos, pero se aparecían en la Iglesia - y hasta llegaban a aceptar a Cristo como Señor y Salvador. A nosotros sólo nos toca sembrar; Dios es el que da el crecimiento.

La segunda idea que quiero recoger de este pasaje es la importancia de sembrar con generosidad, porque la siembra determina la cosecha. Este principio se menciona en 2 Corintios 9:6: "Recuerden esto: El que siembra escasamente, escasamente cosechará, y el que siembra en abundancia, en abundancia cosechará."

¿Te das cuenta? Si compartimos el evangelio con poca gente, poca gente responderá. Si compartimos el evangelio con mucha gente, la cosecha será más grande. ¿Cómo podría crecer la Iglesia, si compartiéramos el evangelio con más personas? ¿Cómo podría cambiar la sociedad, si más personas llegaran a conocer a Cristo?

En los últimos cien años, mientras la Iglesia Evangélica en América Latina y África y China ha explotado, la Iglesia norteamericana y europea se ha estancado. ¿Por qué será? Algunos se fijan en razones culturales o sociales, otros simplemente menean la cabeza. Pero ¿será que hemos dejado de sembrar? ¿Será que nos hemos vuelto cómodos, con nuestros buenos ingresos y vidas seguras, y hemos dejado de sembrar generosamente el mensaje?

En esta mañana, quiero invitarte a que ores conmigo, pidiéndole a Dios tres cosas: que El ponga en tu mente la cara de una persona con quien puedes compartir el evangelio esta semana, la disposición de orar por los perdidos y una cantidad que tú puedes ofrendar por las misiones. Así puedes dar fruto del evangelio que fue sembrado, alguna vez, en ti. ¿Estás dispuesto a pedirle esto al Señor?


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