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Domingo 16 de Febrero de 2014

La locura de la cruz
Pastor Tony Hancock

Una señora paseaba su bebé por el parque en su carriola. Iba comentándole a su hijita las cosas que veía, aunque por supuesto, la bebita no le respondía. Era demasiado pequeña para hablar. Un señor también iba caminando por el parque con su perrito. Cuando los vio, la señora le comentó a su hijita: "¡Mira, un perrito!"

En eso, pensó dentro de sí: "¡Este señor va a pensar que estoy loca! Hablando sola aquí con mi nena…" Ni le había pasado el pensamiento por la mente, cuando vio al hombre agacharse y darle una palmadita a su perrito mientras le decía: "¡Mira, una bebita!"

Son interesantes las opiniones que tenemos acerca de los demás, ¿no es cierto? También es interesante cómo nos preocupamos por lo que piensan de nosotros. ¡Qué nadie nos crea locos! Y si no entendemos lo que hace otra persona, decimos: ¡Debe estar loco! Pero a veces lo que parece ser una locura, resulta tener una lógica muy profunda.

Así es con la cruz. Para muchas personas, la cruz es una locura. No comprenden de qué se trata. Sin embargo, lo que Cristo hizo allí en la cruz es el evento más importante de la historia. En la cruz se marca el destino de cada persona. Nuestra respuesta al Cristo que fue crucificado es crucial. Abramos la Biblia en 1 Corintios 1:18-25 para ver lo que nos dice Dios al respecto:

1:18 Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios.
1:19 Pues está escrito:  Destruiré la sabiduría de los sabios,  Y desecharé el entendimiento de los entendidos.
1:20 ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo?
1:21 Pues ya que en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría, agradó a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación.
1:22 Porque los judíos piden señales, y los griegos buscan sabiduría;
1:23 pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura;
1:24 mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo poder de Dios, y sabiduría de Dios.
1:25 Porque lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Observa lo importante que es la cruz: es el punto de división entre los que se salvan y los que se pierden. Nuestro destino eterno se refleja en nuestra reacción a lo que Cristo hizo en la cruz: si experimentamos por fe el poder de Dios que se vio en la cruz de Cristo, seremos salvos eternamente. En cambio, si para nosotros es locura, nuestra eternidad será de tormento y castigo.

En el Antiguo Testamento, se cuenta la historia de un hombre llamado Naamán (2 Reyes, capítulo 5). El era general de los ejércitos de la nación de Siria, un hombre con mucho poder y de mucho honor entre su pueblo. A pesar de su poder y su posición, sin embargo, no podía controlar su propia salud. Sufría de la enfermedad de la lepra, y ningún doctor lo pudo curar.

Su esposa tenía como sirvienta a una jovencita que había sido capturada de los israelitas. Esta pequeña sirvienta le dijo a su ama: "Mi amo debe ir a consultar al profeta del Señor en Israel". Naamán había investigado todas las demás opciones, así que decidió hacer el corto viaje a Israel para ver si el profeta Eliseo le podría ayudar.

Cuando llegó a Eliseo, el profeta ni siquiera se dignó a salir a su encuentro. Más bien, le mandó decir por medio de su siervo: "Vete a lavar siete veces en el río Jordán, y quedarás limpio". Al recibir esta noticia, Naamán se enfureció. "¿Qué burla es ésta? ¡Los ríos de mi tierra son mucho mejores que este charco mugroso!"

Pero uno de sus acompañantes, con la cabeza más fría que él, le aconsejó: "Si el profeta te hubiera dicho que hicieras algún gran esfuerzo, ¿no lo habrías hecho? ¿Por qué, entonces, no vas al río y te sumerges en él? ¡Puede ser que quedes limpio!"

Naamán quedó convencido, y se fue al río para bañarse. La primera vez que se sumergió en el agua, no pasó nada. La segunda tampoco. La tercera, la cuarta, la quinta y la sexta vez, quedó igual. Pero cuando subió del agua por séptima vez, ¡su piel era como la de un bebé! La lepra se le había quitado por completo. Naamán se convirtió en creyente en el Dios verdadero.

¿Te das cuenta? Naamán pensaba que lo que Eliseo le decía era una locura. Sin embargo, el Señor había decidido sanarle de esa forma precisa para que él se diera cuenta de quién era el Dios verdadero. El podía aceptar la oferta, o podía rechazarla; lo que no podía hacer era dictarle a Dios cómo quería que lo sanara.

Es lo mismo con la cruz. Dios ha decidido ofrecer la salvación a cualquier persona que la quiera aceptar. La salvación está disponible en la cruz, por fe en lo que Jesucristo hizo allí por nosotros. Podemos aceptarlo, o podemos rechazarlo. Lo que no podemos hacer es decirle a Dios que preferimos ser salvos de otra manera más de acuerdo a nuestros propios gustos.

Pero esto es precisamente lo que muchas personas pretenden hacer. Algunos buscan lo milagroso, lo vistoso y lo llamativo. Se parecen a los judíos que menciona Pablo en el verso 22: piden señales milagrosas. Andan de un lugar a otro, esperando ver algún milagro o señal espectacular que los obligue a creer. A los de su día que le exigían una señal, Jesús les dijo que sólo les daría la señal de la resurrección - y la mayoría se negaron a creerlo.

Otros buscan una explicación lógica, algo que les convenza intelectualmente. Se parecen a los gentiles o griegos que menciona Pablo; buscan sabiduría. Creen que, si estudian lo suficiente, si investigan suficientes cosas, encontrarán la razón perfecta. Desean estar en el lugar de Dios, y verlo todo.

Creo, en realidad, que estas dos reacciones caracterizan a la mayoría de las personas . Unos buscan una experiencia totalmente abrumadora y convincente; otros buscan una explicación completa y coherente. Pero la fe verdadera no se basa en ninguna de estas cosas; se basa, más bien, en la revelación de Dios. Nos llega por medio de su Palabra escrita, la Biblia, en cuyas páginas conocemos a la Palabra que se hizo carne, Jesucristo. Su máxima obra se hizo en la cruz. La cruz es la culminación de la revelación y la victoria de Dios.

Dios ha decidido salvar a todos los que crean la predicación de algo que, para el ser humano, es una locura. Pero para quien lo cree, es el poder de Dios y la sabiduría de Dios, que sobrepasan cualquier poder y cualquier conocimiento del ser humano. No está mal que estudies, ni es malo tener conocimiento; al contrario, son cosas muy buenas. Pero nunca substituyas el conocimiento humano por la revelación de Dios.

¿Has aceptado la sabiduría de Dios para salvación? ¿Has abandonado la confianza en ti mismo y la búsqueda de señales para confiar completamente en Cristo? Sólo en su cruz puedes encontrar la paz y el perdón. Y cuando compartes su mensaje con otros, ¿dependes de palabras de sabiduría humana? ¿Crees que sólo podrás convencerlos con una demostración de poder? El mensaje de salvación es sencillo. Es el mensaje de Dios, y es el poder de Dios para salvación.

La cruz no es sólo el punto de división entre los que se salvan y los que se pierden. La cruz nos exige humildad, para que la gloria sea para Dios. Leamos los versos 26 al 31 para ver más sobre esto:

1:26 Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles;
1:27 sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte;
1:28 y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es,
1:29 a fin de que nadie se jacte en su presencia.
1:30 Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención;
1:31 para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.

Dios ha llamado a la salvación los más bajos del mundo, para que no presumamos de nosotros mismos, sino de nuestro Dios y su sabiduría. Esto no significa, por supuesto, que cada persona de bajo nivel automáticamente se salva. Tampoco significa que la persona de alto nivel no puede salvarse. Lo que significa es que la salvación es de Dios, y El se queda con toda la gloria por lo que ha hecho.

Imagina, por un segundo, que formaras parte de un equipo de rescatistas. Se dedican a salvar a los esquiadores que se pierden en alguna montaña nevada. Cierto día, les toca salir a rescatar a un grupo de deportistas. Su vida está en juego; la nieve sigue cayendo, y existe un riesgo de avalancha.

Los ojos del mundo entero están puestos en el drama que se desenlaza. Poco a poco, su equipo de rescate avanza por los densos lomos de nieve, arriesgando la vida con cada paso. Finalmente, logran alcanzar a los deportistas perdidos, ya casi muertos de frío, y cuidadosamente los llevan de regreso a la civilización.

Tan notorio se ha vuelto el evento que se convoca una conferencia de prensa para que los deportistas rescatados relaten su experiencia. Con las cámaras de muchos canales fijos en su rostro, el primer deportista empieza a hablar. "Estamos aquí para hablarles de nuestra gran inteligencia", dice. "Nosotros mismos tomamos la decisión de acompañar a estos rescatistas para quedar a salvo. Es gracias a nuestra propia astucia que estamos aquí vivos ante ustedes".

¿Qué pensamientos pasarían por tu mente en aquel momento? ¿Qué pensarías del gran sacrificio que habías hecho para salvar a aquel hombre, sólo para que él se tome todo el crédito? Así me imagino que se ha de sentir Dios, cuando nosotros pensamos que la salvación se trata de nosotros. No nos podemos jactar en la presencia de Dios. Sólo nos podemos caer cara al suelo y alabarle por su gran sabiduría y poder.

En la sabiduría de Dios, como dice el verso 30, Cristo es nuestra justificación. Cuando El murió en la cruz, cumplió la pena de nuestro pecado. Así Dios nos puede declarar no culpables a nosotros, librándonos de nuestra condena. También es nuestra santificación. La sangre que Cristo derramó en la cruz nos purifica de nuestra maldad, para que podamos entrar en la presencia de un Dios santo.

Es también nuestra redención. En la cruz, Cristo pagó el precio para rescatarnos de nuestra esclavitud al pecado, al diablo y a la muerte. Cuando nos acercamos con fe a Cristo, reconociendo lo que El hizo en la cruz por nosotros, quedamos libres - libres de culpa, de corrupción y de condenación.

En su famoso cuadro "Las tres cruces", el artista holandés Rembrandt coloca al Cristo crucificado al centro. Después de ver la figura de Cristo, majestuosa y pacífica en medio del caos de la crucifixión, empezamos a observar las demás figuras que aparecen en el cuadro. Entre los soldados bien armados y los líderes religiosos encontramos una figura desconocida.

Los estudiosos del arte nos dicen que esa figura representa al pintor mismo, a Rembrandt. Aunque vivió unos mil seiscientos años después de la muerte de Cristo, él sabía que había tenido parte en la muerte de su Señor. Fueron sus pecados, como los tuyos y los míos, que llevaron a Cristo a la cruz.

¿Has venido a la cruz para humillarte ante El y recibir el perdón de tus pecados? ¿Le das a Dios la gloria por tu salvación? ¿Vives cada día agradecido con El, alabándole por su poder y sabiduría? Para los que se pierden, la cruz es una locura; pero para los que se salvan, es el poder perfecto de Dios.


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